Doble error

Part 3

Chapter 34,085 wordsPublic domain

Una noche, suplicaron a Julia que cantase no sé qué trozo. Ella tenía una hermosa voz y lo sabía. Al acercarse al piano miró, antes de cantar, a las mujeres con aire un poco orgulloso, como si quisiera desafiarlas. Pero aconteció que precisamente aquella noche, por indisposición o por desdichada fatalidad, estaba privada de casi todos sus recursos. La primera nota que salió de aquella garganta, ordinariamente tan melodiosa, resultó decididamente falsa. Julia se azoró, no cantó nada a derechas y equivocó todos los matices. Toda confusa, pronta a romper a llorar, la pobre Julia abandonó el piano y, al volver a su sitio, no pudo menos de mirar la alegría maligna que disimulaban mal sus compañeras, viendo humillado su orgullo. Los hombres mismos parecían contener con trabajo una sonrisa burlona. Bajó los ojos de vergüenza y cólera, y estuvo algún tiempo sin osar levantarlos. Cuando alzó la cabeza, el primer rostro amigo con que tropezó fue el de Darcy. Estaba pálido, y en sus ojos brillaban lágrimas. Parecía más conmovido de su fracaso que ella misma.

—¡Me quiere! —pensó—. ¡Me quiere de verdad!

Por la noche no pudo pegar los ojos, y el rostro triste de Darcy, aparecía siempre a su vista. Durante dos días no pensó más que en él y en la pasión secreta que debía alimentar por ella. La novela iba avanzando, cuando la señora de Lussan encontró una tarjeta de Darcy con estas dos letras: S. D.

—¿Adónde se va el señor Darcy? —preguntó Julia a un joven que le conocía.

—¿Adónde? ¿No lo sabe usted? A Constantinopla; sale esta noche en la diligencia.

—¡No me quiere! —pensó ella.

Ocho días después, Darcy había sido olvidado. Por su parte, Darcy, que era entonces bastante sentimental, estuvo ocho meses sin olvidar a Julia. Para disculpar a esta, es preciso considerar que Darcy vivía en medio de los bárbaros, mientras que Julia estaba en París, rodeada de homenajes y distracciones.

De cualquier modo, seis o siete años después de su separación, Julia en su coche, por el camino de P..., recordaba la expresión melancólica de Darcy el día en que cantó tan mal, y, si hay que confesarlo, pensó en el amor probable que él entonces sentía por ella, y acaso también en los sentimientos que podría conservar todavía. Todo esto le preocupó con bastante viveza durante media legua. Después, fue Darcy olvidado por tercera vez.

VIII

No poco contrariada se sintió Julia cuando, al entrar en P..., vio en el patio de la señora de Lambert un coche cuyos caballos desenganchaban, lo cual anunciaba una visita que debía prolongarse. Imposible, por consiguiente, entablar la discusión de sus quejas contra Chaverny.

La señora Lambert, cuando Julia entró en el salón, estaba con una mujer a quien Julia había visto en sociedad; pero a la cual apenas de nombre conocía. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí misma, para ocultar la expresión del disgusto que experimentaba por haber hecho en balde el viaje a P...

—¡Ah, buenos días, querida!—exclamó la señora Lambert, besándola—; cuánto me alegro de ver que no me ha olvidado usted. No ha podido usted venir en mejor ocasión, pues espero hoy no sé cuánta gente que la quiere a usted con locura.

Julia respondió, con aire un poco cohibido, que había pensado encontrar sola a la señora Lambert.

—Se van a alegrar mucho de verla —prosiguió la señora Lambert—. Está tan triste mi casa desde el matrimonio de mi hija, que siento una gran satisfacción cuando mis amigos tienen la atención de venir a verme. Pero, hija mía, ¿qué ha hecho usted de sus hermosos colores? Se encuentra usted muy pálida hoy.

Julia inventó una pequeña mentira: lo largo del camino..., el polvo..., el sol...

—Precisamente vendrá hoy a comer con nosotros uno de sus adoradores, a quien voy a dar una agradable sorpresa: el señor de Châteaufort, y, probablemente, su fiel Acates, el comandante Perrin.

—He tenido el gusto de recibir últimamente al comandante Perrin —dijo Julia, ruborizándose un poco, pues estaba pensando en Châteaufort.

—También vendrá el señor de Saint-Leger. Le obligaremos a que organice una velada de proverbios para el mes próximo, y usted tendrá en ella un papel, querida; hace dos años era usted personaje principal para los proverbios.

—Dios mío, señora; hace tanto tiempo que no he jugado a proverbios, que no me sentiría tan segura como en otro tiempo, y tendría que acudir al «Oigo a alguien».

—¡Ah, Julia, hija mía! Adivine usted a quién esperamos además. Pero este, querida, es preciso tener memoria para recordar su nombre.

El nombre de Darcy, se presentó inmediatamente a Julia.

—Me obsesiona verdaderamente —pensó—. ¿Memoria, señora?... Yo la tengo buena.

—Pero yo digo una memoria de seis o siete años. ¿Recuerda usted a uno de sus amigos más atentos cuando era usted muchachita y llevaba trenza?

—Verdaderamente no adivino.

—¡Qué horror, querida! Olvidar así a un hombre tan simpático, que entonces, si no me engaño, le agradaba tanto que casi su madre de usted se alarmaba. Vamos, amiga mía, puesto que así olvida usted a sus adoradores, habrá que recordarle sus nombres: es Darcy a quien va usted a ver.

—¿Darcy?

—Sí; ha vuelto al fin de Constantinopla hace solo algunos días. Ha venido a verme anteayer, y le he invitado. ¿Sabe usted, ingrata, que me ha preguntado por usted con un interés muy significativo?

—¿Darcy? —dijo Julia dudando y con distracción afectada—. ¿Darcy? ¿Es un joven alto, rubio..., que es secretario de embajada?

—¡Oh, querida! No le reconocerá usted; ha cambiado mucho; está pálido, o más bien de color oliváceo, con los ojos hundidos; ha perdido mucho pelo a causa del calor, según dice. Si esto continúa, dentro de dos o tres años estará calvo por delante. Y, sin embargo, no tiene todavía treinta años.

Aquí, la dama que escuchaba el relato de la desgracia de Darcy, aconsejó el uso del _Kalydor_, que le había sentado muy bien después de una enfermedad que le hizo perder mucho pelo. Y se pasaba, al hablar, los dedos por los numerosos bucles de un hermoso castaño claro.

—¿Ha permanecido Darcy todo este tiempo en Constantinopla? —preguntó Julia.

—No por completo, pues ha viajado mucho: ha estado en Rusia, y después ha recorrido toda Grecia. ¿No sabe usted su suerte? Ha muerto su tío y le ha dejado una hermosa fortuna. Ha estado también en el Asia Menor, en la... ¿cómo dice?... la Caramania. Está delicioso. Tiene historias muy pintorescas, que la divertirán a usted mucho. Ayer me ha contado algunas tan bonitas que le decía a cada paso: «Pero guárdelas usted para mañana; se las dirá usted a esas damas, en lugar de perderlas con una vieja como yo».

—¿Le ha contado a usted la historia de la mujer turca que salvó? —preguntó la señora Dumanoir, la encomiadora del _Kalydor_.

—¿La mujer turca que salvó? ¿Ha salvado a una mujer turca? No me ha dicho una palabra.

—¡Cómo! Si es una acción admirable, una verdadera novela.

—¡Oh! Cuéntenos usted eso, haga el favor.

—No, no; pregúntenselo a él mismo. Yo solo sé la historia por mi hermana, cuyo marido, como usted sabe, ha sido cónsul en Esmirna. Pero ella se la había oído a un inglés, testigo de toda la aventura.

—Cuéntenos usted esa historia, señora. ¿Cómo quiere usted que podamos esperar hasta la comida? No hay nada tan desesperante como oír hablar de una historia que no se sabe.

—Voy a estropeársela a ustedes; pero, en fin, esta es, tal como me la han contado. El señor Darcy se hallaba en Turquía examinando no sé qué ruinas a orillas del mar, cuando vio venir hacia él una procesión muy lúgubre. Eran unos mudos que llevaban un saco, y este saco se agitaba como si dentro hubiese alguna cosa viva.

—¡Ah, Dios mío! —exclamó la señora Lambert, que había leído «El Giaur»—. Era una mujer que iban a echar al mar.

—Justamente —prosiguió la señora Dumanoir, un poco picada de verse quitar así el rasgo más dramático de su cuento—. El señor Darcy mira al saco, oye un gemido sordo y adivina en seguida la horrible verdad. Pregunta a los mudos lo que van a hacer; por toda respuesta, los mudos sacan sus puñales. Por fortuna, el señor Darcy estaba muy bien armado. Pone en fuga a los esclavos, y saca, en fin, del maldito saco a una mujer de encantadora belleza, medio desvanecida, y la lleva a la ciudad, donde la deja en una casa segura.

—¡Pobre mujer! —dijo Julia, que comenzaba a interesarse por la historia.

—¿La cree usted salvada? De ningún modo. El marido, celoso, porque era un marido, amotinó a todo el populacho, que se dirigió con antorchas a casa del señor Darcy, con intención de quemarlo vivo. No sé bien el fin de este asunto; lo único que sé, es que ha sostenido un sitio y acabado por poner a la mujer en seguridad. Parece, además —añadió la señora Dumanoir, cambiando repentinamente de expresión y tomando un «tono de nariz muy devoto»—, que el señor Darcy tuvo cuidado de que la convirtiesen, y que ha sido bautizada.

—¿Y se ha casado con ella Darcy? —preguntó Julia sonriendo.

—Eso no puedo decírselo. Pero la mujer turca... tenía un nombre singular: se llamaba Eminé. Sentía una pasión violenta por el señor Darcy. Mi hermana me decía que le llamaba siempre «Sôtir..., Sôtir», que quiere decir «mi salvador» en turco y en griego. Eulalia me ha dicho que era una de las mujeres más guapas que se pueden ver.

—¡Le pincharemos con eso de la turca! —exclamó la señora Lambert—. ¿No es eso, señoras? Hay que atormentarle un poco. Por lo demás, ese rasgo de Darcy no me sorprende nada; es uno de los hombres más generosos que conozco, y sé algunas acciones suyas que me hacen llorar siempre que las cuento. Su tío ha muerto dejando una hija natural, que no había nunca reconocido. Como no hizo testamento, no tenía ella ningún derecho a su herencia. Darcy, que era el único heredero, ha querido que tuviese una parte, y probablemente esta parte ha sido mucho mayor de lo que su padre mismo le hubiese destinado.

—¿Era bonita esta hija natural? —preguntó la señora de Chaverny, con cierto aire maligno, pues comenzaba a sentir la necesidad de hablar mal de aquel Darcy que no podía ahuyentar de su pensamiento.

—¡Ah, querida! ¿Cómo puede usted suponer? Pero, además, Darcy estaba todavía en Constantinopla cuando murió su tío, y probablemente no ha visto a esa criatura.

La llegada de Châteaufort, del comandante Perrin y de algunas otras personas puso fin a esta conversación. Châteaufort se sentó al lado de Julia, y aprovechando un momento en que hablaban muy alto:

—Parece usted triste, señora —le dijo—; me consideraría muy desgraciado si la causa fuera lo que ayer le dije.

Julia no había escuchado, o más bien, no había querido escuchar. Châteaufort sintió, pues, la mortificación de repetir su frase, y la mayor aún de una respuesta un poco seca, después de la cual Julia se mezcló en seguida en la conversación general; y, cambiando de sitio, se alejó de su desgraciado admirador.

Châteaufort, sin desalentarse, derrochaba inútilmente sus ingeniosidades. La señora de Chaverny, a quien solo quería agradar, le escuchaba distraída; pensaba en la próxima llegada de Darcy, aunque preguntándose por qué se preocupaba tanto de un hombre que ella debía haber olvidado, y que probablemente la había también olvidado a ella desde hacía mucho tiempo.

Al fin escuchose el ruido de un coche; la puerta del salón se abrió.

—¡Ah! ¡Ya está aquí! —exclamó la señora Lambert.

Julia no osó volver la cabeza; pero se quedó intensamente pálida. Experimentó una viva y súbita sensación de frío, y tuvo necesidad de reunir todas sus fuerzas para rehacerse e impedir que Châteaufort reconociese el cambio de su fisonomía.

Darcy besó la mano de la señora Lambert, y, después de hablarle en pie algún tiempo, se sentó a su lado. Entonces se produjo un gran silencio. La señora Lambert parecía esperar y preparar un reconocimiento. Châteaufort y los hombres, a excepción del buen comandante Perrin, observaban a Darcy con curiosidad algo celosa. Llegado de Constantinopla, tenía una gran superioridad sobre ellos, y esto era motivo suficiente para que adoptasen ese aire de rigidez acompasada que se toma con los extranjeros. Darcy, que no se había fijado en nadie, fue el primero en romper el silencio. Habló del tiempo y del camino, de cualquier cosa; su voz era dulce y musical. La señora de Chaverny se atrevió a mirarle; lo vio de perfil. Le pareció enflaquecido, y su expresión había cambiado... En resumen, lo encontró bien.

—Querido Darcy —dijo la señora Lambert—, mire usted alrededor, y vea si encuentra por ahí alguna de sus antiguas amistades.

Darcy volvió la cabeza, y vio a Julia, que hasta entonces se había ocultado bajo su sombrero. Levantose precipitadamente con una exclamación de sorpresa, y se adelantó hasta ella, tendiéndole la mano; después, deteniéndose de repente y como arrepintiéndose de su familiaridad, saludó a Julia muy profundamente, y le expresó en términos muy «correctos» todo el gusto que tenía en volverla a ver. Julia balbució algunas palabras corteses, y enrojeció viendo a Darcy parado ante ella y mirándola fijamente.

Pronto recobró su aplomo, y le miró a su vez con esa mirada distraída y observadora a un tiempo que las gentes de mundo toman cuando quieren. Era un joven alto, pálido, cuyas facciones expresaban serenidad; pero una serenidad que parecía provenir menos de un estado habitual del alma que del imperio que esta parecía haber llegado a adquirir sobre la expresión de la fisonomía. Arrugas ya marcadas surcaban su frente. Sus ojos estaban hundidos, la comisura de los labios se marcaba hacia abajo, y las sienes comenzaban a despoblarse. No tenía, sin embargo, más de treinta años. Iba vestido con mucha sencillez; pero con esa elegancia que indica el hábito de la buena sociedad, y la indiferencia respecto a un asunto que absorbe las meditaciones de tantos jóvenes. Julia hizo todas estas observaciones con gusto. Notó, además, que tenía en la frente una cicatriz bastante larga, que ocultaba mal con un mechón de pelo y que parecía hecha de un sablazo.

Julia estaba sentada al lado de la señora Lambert. Entre ella y Châteaufort había una silla; pero apenas levantado Darcy, Châteaufort había puesto su mano en el respaldo de la silla, la había colocado sobre un solo pie y la tenía en equilibrio. Era evidente que pretendía guardarla como el perro del hortelano. La señora Lambert se compadeció de Darcy, que continuaba en pie delante de Julia. Hizo sitio a su lado en el sofá donde estaba sentada, y se lo ofreció a Darcy, que se encontró de esta manera al lado de Julia, y él aprovechó esta posición ventajosa, entablando con ella una conversación tirada.

Tuvo, sin embargo, que sufrir de la señora de Lambert y de algunas otras personas un interrogatorio en regla sobre sus viajes; pero, desembarazándose con bastante laconismo, aprovechaba todas las ocasiones para continuar con Julia su especie de aparte.

—Tome usted el brazo de la señora de Chaverny —dijo la señora de Lambert a Darcy cuando la campana del castillo anunció la comida.

Châteaufort se mordió los labios; pero encontró modo de colocarse en la mesa bastante cerca de Julia para observarla bien.

IX

Después de la comida, como hacía una tarde hermosa y el tiempo era caluroso, se reunieron en el jardín, alrededor de una mesa rústica, para tomar café.

Châteaufort había notado con despecho creciente las atenciones de Darcy para la señora de Chaverny. Según iba observando el interés que ella parecía tener en la conversación del recién llegado, era menos amable, y los celos no producían otro efecto que quitarle sus medios de agradar. Se paseaba sobre la terraza donde estaban sentados, y, según costumbre de las personas inquietas, no podía permanecer en un sitio, mirando a menudo las gruesas nubes negras que se formaban en el horizonte y anunciaban una tempestad, y con más frecuencia a su rival, que hablaba en voz baja con Julia. Tan pronto la veía sonreír, tan pronto se ponía seria o bajaba tímidamente la vista; en fin, veía que Darcy no podía decirle una palabra que no produjese un efecto marcado; y lo que más le fastidiaba es que las varias expresiones que las facciones de Julia tomaban, no parecían ser más que la imagen y como el reflejo de la móvil fisonomía de Darcy. No pudiendo al cabo resistir esta especie de suplicio, se acercó a ella, e inclinándose sobre el respaldo de su silla, mientras Darcy daba a alguien noticia sobre la barba del sultán Mahmud:

—Señora —le dijo con acento amargo—, el señor Darcy parece ser un hombre muy amable.

—¡Oh, sí! —respondió la señora de Chaverny con expresión entusiasta, que no pudo reprimir.

—Ya se ve —continuó Châteaufort—, pues le hace olvidar a sus antiguos amigos.

—¡Mis antiguos amigos! —dijo Julia con acento un poco severo—. No sé lo que quiere usted decir.

Y le volvió la espalda. Después, tomando una punta del pañuelo que la señora Lambert tenía en la mano:

—¡De qué buen gusto es el bordado de este pañuelo! —dijo—. Es una labor maravillosa.

—¿Le gusta a usted, querida? Es un regalo de Darcy, que me ha traído no sé cuántos pañuelos bordados de Constantinopla. A propósito, ¿es su turca la que los ha bordado?

—¡Mi turca! ¿Qué turca?

—Sí, esa bella sultana a quien ha salvado usted la vida, que le llamaba... ¡Oh!, lo sabemos todo... Que le llamaba... su... salvador, en fin. Usted sabrá cómo se dice en turco.

—¿Es posible —exclamó él— que la fama de mi desdichada aventura haya llegado ya a París?

—Pero si no es una aventura desdichada, como no sea acaso para el Mamamuchi que perdió su favorita.

—¡Ay! —respondió Darcy—, veo bien que usted solo sabe la mitad de la historia, pues es una aventura tan triste para mí como lo fue para don Quijote la de los molinos de viento. Después de haber dado tanto que reír a los francos, ¿tengo aún que sufrir las burlas de París por la única acción de caballero andante que he acometido?

—¡Cómo! No sabemos nada. ¡Cuéntenoslo usted! —exclamaron todas las damas al unísono.

—Debería —dijo Darcy— dejarles con el relato que ya conocen ustedes y reservarme la continuación, cuyo recuerdo no tiene nada de agradable para mí; pero un amigo mío —le pido a usted permiso para presentárselo, señora Lambert—, sir John Tyrrel, un amigo mío, actor también en esta escena trágico-cómica, vendrá pronto a París, y acaso se diese el gusto de otorgarme en su relato un papel aun más ridículo del que he desempeñado. He aquí el hecho. Esta desdichada mujer, una vez instalada en el consulado de Francia...

—¡Oh, pero comience usted por el principio! —exclamó la señora Lambert.

—Pero si ya lo saben ustedes.

—No sabemos nada, y queremos que nos cuente usted toda la historia de punta a punta.

—¡Pues bien! Sepan ustedes que yo me encontraba en Lárnaca en 18... Un día salí de la ciudad para dibujar. Conmigo iba un joven inglés, muy simpático, buen muchacho, hombre corrido, llamado sir John Tyrrel, uno de esos individuos inestimables cuando se viaja, porque piensan en la comida, no olvidan las provisiones y están siempre de buen humor. Por lo demás, viajaba sin objeto fijo, y no sabía ni geología ni botánica, ciencias muy fastidiosas en un compañero de viaje.

»Yo me había sentado a la sombra de una casucha, a unos doscientos pasos del mar, que en aquel sitio está dominado por rocas a pico. Estaba muy ocupado en dibujar los restos de un sarcófago antiguo, mientras sir John, tumbado en la hierba, se burlaba de mi desdichada pasión por las bellas artes, fumando delicioso tabaco de Latakié. A nuestro lado, un truchimán turco, que habíamos tomado a nuestro servicio, nos hacía café. Sabía hacer el café de un modo admirable, y era el más cobarde de los turcos que he conocido.

»De repente, sir John exclamó con alegría:

»—Mire usted esas gentes que bajan del monte con nieve: les compraremos para hacer un sorbete con naranjas.

»Levanté la vista, y vi venir hacia nosotros un asno, sobre el cual iba atravesado un grueso bulto; dos esclavos lo sostenían por cada lado. Delante, un asnero conducía el asno, y detrás, un turco venerable, de barba blanca, cerraba la marcha montado en un caballo bastante bueno.

»Nuestro turco, sin dejar de atizar el fuego, echó una mirada de soslayo sobre la carga del asno, y nos dijo con sonrisa singular:

»—No es nieve.

»Y siguió ocupándose de nuestro café con su flema habitual.

»—¿Qué es, pues? —preguntó Tyrrel—. ¿Es algo de comer?

»—Para «los peces» —respondió el turco.

»En este instante, el hombre a caballo partió a galope, y, dirigiéndose hacia el mar, pasó a nuestro lado, no sin dirigimos una de esas miradas despectivas con que los musulmanes gustan de obsequiar a los cristianos. Metió su caballo hasta las rocas a pico a que me he referido, y lo paró junto al sitio más escarpado.

»Entonces examinamos nosotros con más atención el bulto que llevaba el asno, y nos chocó la forma extraña del saco. En seguida acudieron a nuestra memoria todas las historias de mujeres ahogadas por maridos celosos, y nos comunicamos nuestras impresiones.

»—Pregunta a esos granujas —dijo sir John a nuestro turco— si es una mujer lo que llevan ahí.

»El turco abrió los ojos con espanto, pero no la boca. Estaba claro que juzgaba nuestra pregunta demasiado impertinente.

»En este momento, llegado ya el saco cerca de nosotros, le vimos claramente moverse y hasta escuchamos una especie de lamento o gruñido que de él salía.

»Tyrrel, aunque gastrónomo, es muy caballeresco. Se levantó como un loco, se precipitó sobre el asnero y le preguntó en inglés, tan turbado estaba por la cólera, lo que llevaba y lo que pretendía hacer con el saco. El asnero no se preocupó de responder; pero el saco se agitó violentamente y escuchamos gritos de mujer, a lo cual los esclavos se pusieron a dar sobre el saco fuertes golpes con las correas de que se servían para conducir el asno. Tyrrel estaba decidido a todo. De un vigoroso y científico puñetazo derribó por tierra al asnero; después cogió a un esclavo por el cuello; y en esto, el saco, empujado violentamente en la lucha, cayó con pesadez sobre la hierba.

»Yo había acudido. El otro esclavo se disponía a recoger piedras, el asnero se levantaba. A pesar de mi aversión a mezclarme en los asuntos de los demás, me era imposible no ir en socorro de mi compañero. Cogí un palo que me servía para sostener mi quitasol y lo blandí, amenazando a los esclavos y al asnero, con el aire más marcial que me era posible. Todo iba bien, cuando el diablo del turco a caballo, visto ya el mar y habiéndose vuelto al escándalo que hacíamos, partió como una exhalación y cayó sobre nosotros antes de que lo hubiésemos pensado; llevaba en la mano una especie de mal cuchillo...

»—¿Un ataghán? —preguntó Châteaufort, que gustaba del color local.

»—Un ataghán —prosiguió Darcy con una sonrisa de aprobación—. Pasó cerca de mí, y me dio en la cabeza una cuchillada con este ataghán, que me hizo ver treinta y seis... «bujías», como tan elegantemente decía mi amigo el marqués de Roseville. Yo le respondí, sin embargo, dándole un palo en los riñones, y me puse a hacer el molinete como mejor pude, golpeando a asnero, esclavos, caballo y turco, más furioso ya que el mismo Tyrrel. El asunto hubiese, sin embargo, terminado mal para nosotros. Nuestro truchimán se mantenía neutral, y nosotros no podíamos defendemos mucho tiempo con un palo, de tres hombres de infantería, uno de caballería y un ataghán. Por fortuna, sir John se acordó de un par de pistolas que habíamos sacado. Las cogió y me arrojó una, y con la otra apuntó en seguida al jinete que nos daba tanta guerra. La aparición de estas armas y el ligero chasquido del gatillo de la pistola, produjeron un efecto mágico en nuestros enemigos, que se pusieron vergonzosamente en fuga, dejándonos dueños del campo de batalla, del saco y hasta del asno. A pesar de toda nuestra cólera, no habíamos hecho fuego, y fue suerte, pues no se mata impunemente a un buen musulmán y cuesta caro darle una paliza.