Part 2
Varias personas invitadas a la comida de la señora de Chaverny se habían excusado, y esto hizo la comida un poco triste. Châteaufort estaba al lado de Julia, muy afanoso en servirla, galante y amable como de costumbre. En cuanto a Chaverny, que se había dado un largo paseo a caballo, tenía un apetito prodigioso. Su voracidad era capaz de estimular las ganas de los más enfermos. El comandante Perrin le hacía compañía, escanciándole a menudo y riendo a grandes carcajadas, cuantas veces la soez alegría del anfitrión le daba pie para ello. Chaverny, sintiéndose entre militares, había recobrado en seguida su buen humor y sus modales del regimiento; por lo demás, no había sido nunca de los más delicados en la elección de sus bromas. Su mujer adoptaba un aire fríamente desdeñoso a cada salida impertinente; en tal circunstancia, se volvía del lado de Châteaufort y entablaba un aparte con él, aparentando no escuchar una conversación que le desagradaba soberanamente.
He aquí una muestra de la urbanidad de este modelo de esposos. Hacia el final de la comida, habiendo recaído la conversación sobre la ópera, discutíase el mérito relativo de varias bailarinas, y, entre otras, elogiábase mucho a la ***. Con tal motivo, Châteaufort excedió a los demás en sus elogios, alabando sobre todo su gracia, su aire y sus modales honestos.
Perrin, a quien Châteaufort había conducido a la Ópera algunos días antes, y solo esta vez había ido, se acordaba muy bien de la ***.
—¿Es aquella pequeña, vestida de rosa, que salta como un cabrito, que tiene las piernas de que usted habla tanto, Châteaufort?
—¡Ah! ¿Hablaba usted de sus piernas? —exclamó Chaverny—. ¡Pero no sabe usted que si habla demasiado de ellas, regañará con su general, el duque de J***! ¡Cuidado, compañero!
—No le creo tan celoso que prohíba mirarlas a través de unos gemelos.
—Al contrario; está tan orgulloso de ella, como si las hubiese descubierto. ¿Qué dice usted, comandante Perrin?
—No soy competente más que en piernas de caballo —respondió modestamente el viejo soldado.
—Son verdaderamente admirables —prosiguió Chaverny—, y no las hay más hermosas en París, excepto las...
Se detuvo y se puso a retorcerse el bigote con aire burlón, mirando a su mujer, que enrojeció hasta los hombros.
—¿Excepto las de la D***? —interrumpió Châteaufort, citando a otra bailarina.
—No —respondió Chaverny, con el tono trágico de Hamlet—. «Pero mira a mi mujer.»
Julia se puso púrpura de indignación. Lanzó a su marido una mirada rápida como el relámpago, pero en la que se pintaban el desprecio y el furor. Después, esforzándose por contenerse, se volvió bruscamente hacia Châteaufort.
—Es preciso —dijo con voz ligeramente temblorosa— que estudiemos el dúo de «Maometto». Debe resultar muy bien con la voz de usted.
Chaverny no cambiaba de tema fácilmente.
—Châteaufort, ¿no sabe usted que he querido sacar un molde de las piernas de que hablo? Pero no han querido permitírmelo.
Châteaufort, que experimentaba una alegría muy viva con esta impertinente revelación, aparentó no haber oído y habló de «Maometto» con la señora.
—La persona a quien aludo —continuó el implacable marido— se escandalizaba de ordinario cuando le hacía justicia en este punto; pero en el fondo no le disgustaba. ¿No sabe usted que se hace tomar medida por el que le vende las medias?... No te disgustes, mujer; «la que le vende las medias». Cuando estuvo en Bruselas, me llevé tres páginas de letra suya con las más detalladas instrucciones para compra de medias.
Pero era inútil que hablase; Julia estaba decidida a no escuchar una palabra. Charlaba con Châteaufort y le hablaba con una alegría afectada, y su sonrisa graciosa quería persuadirle de que solo a él escuchaba. Châteaufort, por su parte, parecía completamente absorto en el «Maometto»; pero no se le escapaba ninguna de las impertinencias de Chaverny.
Después de la comida se tocó música, y la señora de Chaverny cantó al piano con Châteaufort. Chaverny se eclipsó en cuanto se abrió el piano. Llegaron varias visitas; pero esto no impidió que Châteaufort hablase muy a menudo en voz baja con Julia. Al salir declaró a Perrin que no había perdido la noche, y que sus asuntos iban viento en popa.
Perrin, encontraba muy sencillo que un marido hablase de las piernas de su mujer; y cuando se quedó solo en la calle con Châteaufort, le dijo con un tono convencido:
—¿Cómo se atreve usted a perturbar un matrimonio tan bien avenido? ¡Usted sabe lo que quiere a su mujer!
V
Desde hacía un mes, Chaverny, estaba muy preocupado con la idea de llegar a ser gentilhombre de cámara.
Parecerá acaso extraño que un hombre gordo, perezoso, amigo de la comodidad, fuese accesible a un pensamiento ambicioso; pero no carecía de buenas razones para justificarlo.
—Ante todo —decía a sus amigos—, yo gasto mucho dinero en palcos, que doy a mujeres. Cuando tenga un cargo en la corte, tendré, sin que me cueste un céntimo, tantos palcos como quiera. Y ya se sabe todo lo que se consigue con palcos. Además, me gusta mucho cazar; tendré a mi disposición los cazaderos reales. Por último, ahora que no tengo ya uniforme, no sé cómo vestirme para ir a los bailes de Madama; no me gustan los trajes de marqués; un traje de gentilhombre de cámara me sentará muy bien.
Por consiguiente, se había puesto a solicitarlo. Hubiese querido que su mujer solicitase también; pero ella se había negado con obstinación, por más que tuviese varias amigas muy influyentes. Por haberle hecho algunos pequeños favores, confiaba mucho en el crédito del duque de H***, que era entonces muy bien visto en la corte. Su amigo Châteaufort, que tenía también muy buenos conocimientos, le servía con un celo y un interés que encontraréis acaso si estáis casados con una mujer bonita.
Una circunstancia favoreció mucho el asunto de Chaverny, aunque pudo tener para él consecuencias bastante funestas. Su mujer se había procurado, no sin algún trabajo, un palco de la Ópera cierto día de primera representación. Este palco tenía seis asientos. Chaverny, por excepción, y después de vivas instancias, había consentido en acompañarla. Era que Julia quería ofrecer un asiento a Châteaufort y, sintiendo que no podía ir sola con él a la Ópera, había obligado a su marido a venir a esta función.
Inmediatamente, después del primer acto, Chaverny salió, dejando a su mujer sola con su amigo. Ambos guardaron al principio silencio con aire un poco cohibido: Julia, porque desde hacía algún tiempo se sentía turbada cuando se hallaba a solas con Châteaufort; este, porque tenía sus proyectos y había encontrado conveniente aparecer conmovido. Al echar a hurtadillas una ojeada por la sala, vio con placer varios gemelos conocidos dirigidos hacia su palco. Experimentaba una viva satisfacción en pensar que, varios amigos suyos envidiaban su felicidad y, según toda apariencia, la suponían más grande de lo que en realidad era.
Julia, después de haber olido su pomo y su ramillete varias veces, habló del calor, del espectáculo, de los trajes. Châteaufort escuchaba distraído, suspiraba, se agitaba en su asiento, miraba a Julia y volvía a suspirar. Julia comenzaba a inquietarse; de repente él exclamó:
—¡Cómo quisiera vivir en los tiempos de la caballería!
—¡Los tiempos de la caballería! ¿Por qué? —preguntó Julia—. ¿Sin duda porque un traje de la Edad Media le sentaría a usted bien?
—Muy fatuo me supone usted —dijo él con tono de amargura y de tristeza—. Me gustan esos tiempos porque un hombre que tenía corazón podía aspirar a... muchas cosas... En definitiva no se trataba más que de hendir un gigante para agradar a una dama. Mire usted: ¿ve ese gran coloso en la galería? Yo quisiera que usted me ordenase ir a pedirle el bigote, para darme en seguida permiso de decirle a usted dos palabritas sin que se disgustase.
—¡Qué locura! —exclamó Julia, ruborizándose hasta el blanco de los ojos, pues adivinaba estas dos palabritas—. Pero vea usted a la señora de Sainte-Hermine, descotada a su edad y con traje de baile.
—Yo no veo más que una cosa: que usted no quiere escucharme, y hace mucho tiempo que lo advierto... Usted lo quiere, me callo; pero... —añadió muy bajo y suspirando—, usted me ha comprendido.
—No, ciertamente —dijo Julia con tono seco—. Pero ¿dónde está mi marido?
Una visita muy oportuna la sacó de apuro. Châteaufort no despegó los labios. Estaba pálido, y parecía profundamente afectado. Cuando salió el visitante, hizo algunas observaciones indiferentes sobre el espectáculo. Había entre ellos largos intervalos de silencio.
Iba a comenzar el segundo acto, cuando se abrió la puerta del palco y apareció Chaverny, acompañando a usa mujer muy bonita y muy compuesta, tocada con magníficas plumas rosa. El duque de H*** la seguía.
—Querida amiga —dijo a su mujer—, he encontrado al señor duque y a la señora en un palco detestable de al lado, desde el cual no pueden verse las decoraciones. Se han servido tomar un asiento en el nuestro.
Julia se inclinó fríamente; el duque de H*** le desagradaba. El duque y la dama de las plumas rosas, se confundían en excusas y temían molestarla. Hubo un movimiento y un pugilato de generosidad para colocarse. Durante el desorden que se originó, Châteaufort inclinose al oído de Julia, y le dijo muy bajo y muy de prisa:
—Por amor de Dios, no se coloque usted delante.
Julia se extrañó mucho y permaneció en su puesto. Ya todos sentados, se volvió hacia Châteaufort, y le pidió con una mirada algo severa explicación de este enigma. Estaba sentado, con el cuello rígido y los labios apretados, y toda su actitud, anunciaba que sufría una enorme contrariedad. Reflexionando, Julia interpretó bastante mal la recomendación de Châteaufort. Pensó que quería hablarle bajo durante la representación y continuar sus singulares discursos, cosa imposible si se ponía delante. Al mirar hacia la sala notó que varias mujeres dirigían sus gemelos hacia el palco; pero siempre ocurre lo mismo cuando aparece una figura nueva. Hablaban en secreto y sonreían; pero ¿qué había en ello de particular? ¡La Ópera es una aldea tan pequeña!
La dama desconocida se inclinó hacia el ramillete de Julia, y dijo con sonrisa encantadora:
—¡Tiene usted un magnífico ramillete, señora! Me parece que ha debido costar mucho en esta estación: por lo menos, diez francos. Pero, ¿se lo han dado a usted, es un regalo, sin duda? Las damas no compran nunca sus ramilletes.
Julia abría los ojos, y no sabía qué especie de provinciana tenía delante.
—Duque —dijo la dama con aire lánguido—, usted no me ha dado un ramillete.
Chaverny se precipitó inmediatamente hacia la puerta. El duque quería detenerlo y la señora también. No tenía ya ganas de ramillete. Julia cambió una mirada con Châteaufort, como queriéndole decir:
—Le doy las gracias, pero es demasiado tarde.
No había, sin embargo, adivinado por completo.
Durante toda la representación, la dama de las plumas, tocaba con los dedos con medida falsa y hablaba de música a tontas y a locas. Interrogaba a Julia sobre el precio de su traje, de sus joyas, de sus caballos. Julia no había visto modales semejantes. Dedujo que la desconocida debía de ser una parienta del duque, recién llegada de la baja Bretaña. Cuando volvió Chaverny, con un enorme ramillete, mucho más hermoso que el de su mujer, hubo una gran admiración, con gracias y excusas interminables.
—Señor de Chaverny, yo no soy ingrata —dijo la supuesta provinciana, después de una larga retahíla—; para probárselo, «hágame usted pensar en prometerle alguna cosa», como dice Potier. De verdad, le bordaré una bolsa cuando acabe la que he prometido al duque.
Por fin terminó la ópera, con gran satisfacción de Julia, que se sentía violenta al lado de su singular vecina. El duque le ofreció el brazo; Chaverny tomó el de la otra dama. Châteaufort, con aire sombrío y contrariado, seguía detrás de Julia, saludando cohibido a las personas conocidas que encontraba en la escalera.
Algunas mujeres pasaron al lado de ellos. Julia las conocía de vista. Un joven les habló bajo con risa burlona; en seguida miraron, con aire de curiosidad muy viva, a Chaverny y a su mujer, y una de ellas exclamó:
—¿Es posible?
Apareció el coche del duque; este saludó a la señora de Chaverny, repitiéndole las gracias por sus atenciones. Mientras tanto, Chaverny quería acompañar hasta el coche a la dama desconocida, y Julia y Châteaufort se quedaron solos un momento.
—¿Quién es esta mujer? —preguntó Julia.
—¡No debo decírselo..., porque la cosa resulta un poco extraordinaria!
—¿Cómo?
—Por lo demás, todas las personas que la conocen a usted sabrán a qué atenerse. ¡Pero Chaverny!... No lo hubiera creído.
—Pero, bueno, ¿qué es ello? ¡Hable usted, por favor! ¿Quién es esa mujer?
Chaverny volvía. Châteaufort respondió en voz baja:
—La querida del duque de H***, la señora Melania R***.
—¡Dios mío! —exclamó Julia, mirando a Châteaufort con aire estupefacto—. ¡Es imposible!
Châteaufort se encogió de hombros, y, al mismo tiempo que la acompañaba al coche, añadió:
—Eso es lo que decían esas señoras que hemos encontrado en la escalera. En cuanto a la otra, es una persona aceptable dentro de su género. Exige cuidados, miramientos... Hasta tiene un marido.
—Querida —dijo Chaverny con tono alegre—, tú no me necesitas para volver a casa. Buenas noches. Voy a cenar en casa del duque.
Julia no respondió nada.
—Châteaufort —prosiguió Chaverny—, ¿quiere usted venir conmigo a casa del duque? Está usted invitado, acaba le decírmelo. Se ha fijado en usted, y le es usted simpático, buena persona.
Châteaufort dio las gracias fríamente, y saludó a la señora de Chaverny, que mordía el pañuelo con rabia cuando partió su coche.
—Bien, querido —dijo Chaverny—, al menos me llevará usted en su «cabriolet» hasta la puerta de esta infanta.
—Con mucho gusto —respondió alegremente Châteaufort—; pero, a propósito, ¿sabe usted que su mujer ha comprendido al fin al lado de quien estaba?
—Imposible.
—Esté usted seguro; y por parte de usted, no estaba eso bien.
—¡Bah! Ella ha estado muy bien, y además no se la conoce todavía demasiado. El duque la lleva a todas partes.
VI
Julia pasó una noche muy agitada. La conducta de su marido en la Ópera colmaba todas sus culpas y parecía exigirle una reparación inmediata. Al día siguiente tendría una explicación con él y le expresaría su propósito de no seguir viviendo bajo el mismo techo con un hombre que la había comprometido de una manera tan cruel. Pero esta explicación le aterraba. Nunca había tenido una conversación seria con su marido. Hasta entonces había expresado sus disgustos solo poniendo mala cara, sin que Chaverny le diese la menor importancia, pues como dejaba a su mujer en completa libertad, nunca se le hubiese ocurrido creer que su mujer pudiese negarle una indulgencia que, en caso necesario, él estaba dispuesto a concederle. Temía, sobre todo, llorar en medio de esta explicación, y que Chaverny atribuyese estas lágrimas al amor herido. Y entonces sentía vivamente la ausencia de su madre, que hubiera podido darle un buen consejo o encargarse de pronunciar la sentencia de separación. Todas estas reflexiones la sumieron en una gran incertidumbre, y cuando se durmió, había tomado la resolución de consultar a una de sus amigas, que la había conocido siendo ella muy joven, y confiarse a su prudencia para la conducta que debía seguir con Chaverny.
Mientras se abandonaba a su indignación, no había podido menos de hacer involuntariamente un paralelo entre su marido y Châteaufort. La enorme inconveniencia del primero hacía resaltar la delicadeza del segundo, y reconocía con cierto placer, pero no sin reprochárselo, que el amante se había cuidado más de su reputación que el marido. Esta comparación moral la arrastraba sin querer a observar la elegancia de modales de Châteaufort y el aspecto medianamente distinguido de Chaverny. Veía a su marido, con su vientre un poco prominente, deshaciéndose en cumplidos pesados con la querida del duque de H***, mientras Châteaufort, más respetuoso aún que de ordinario, parecía procurar retener en torno a ella la consideración que su marido podía hacerle perder. En fin, como sin querer nuestros pensamientos nos arrastran lejos, imaginose más de una vez que podía quedarse viuda, y que entonces, joven y rica, nada se opondría a que coronase legítimamente el amor constante del joven jefe de escuadrón. Un ensayo desdichado no significaba nada contra el matrimonio, y si el afecto de Châteaufort era verdadero... Pero entonces ahuyentaba estos pensamientos, que la hacían ruborizarse, y se proponía ser más reservada que nunca en sus relaciones con él.
Se despertó con mucho dolor de cabeza, y más lejana aún que la víspera de una explicación decisiva. No quiso bajar a almorzar, temerosa de encontrarse con su marido; mandó que le llevasen té a su cuarto y pidió el coche para ir a casa de la señora Lambert, la amiga a quien quería consultar. Esta dama se encontraba entonces en el campo, en P...
Mientras almorzaba abrió un periódico. El primer artículo que apareció a su vista decía así:
«El señor Darcy, primer secretario de la Embajada de Francia en Constantinopla, ha llegado anteayer a París con despachos. Este joven diplomático ha tenido, inmediatamente después de su llegada, una larga conferencia con el ministro de Negocios Extranjeros».
—¡Darcy en París! —exclamó—. Me gustaría verlo. ¿Se habrá puesto muy estirado? ¡Este joven diplomático! ¡Darcy, joven diplomático!
Y no pudo menos de reírse solo de estas palabras: «Joven diplomático».
Este Darcy acudía en otro tiempo con mucha asiduidad a las reuniones de la señora de Lussan; entonces era agregado al ministerio de Negocios Extranjeros. Había abandonado París poco tiempo antes del matrimonio de Julia, y después no le había vuelto a ver. Sabía solo que había viajado mucho y que había obtenido rápidos ascensos.
Tenía aún el periódico en la mano cuando entró su marido. Parecía de muy buen humor. A su aparición, ella se levantó para salir; mas como hubiese sido preciso pasar muy cerca de él para entrar en su tocador, permaneció de pie en el mismo sitio, pero tan agitada que su mano, apoyada en la mesa de té, hacía temblar distintamente el servicio de porcelana.
—Querida —dijo Chaverny—, vengo a despedirme por algunos días. Voy a cazar a las posesiones del duque de H***. Tengo que decirte que está encantado de tu amabilidad de ayer noche. Mi asunto marcha bien, y me ha prometido recomendarme al rey con el mayor interés.
Mientras le escuchaba, Julia palidecía y se ruborizaba alternativamente.
—El duque de H*** te debe eso... y mucho más —dijo con voz temblorosa—. No puede hacer menos por uno que compromete a su mujer del modo más escandaloso con las queridas de su protector.
Después, haciendo un esfuerzo desesperado, atravesó la habitación con paso majestuoso y entró en su tocador, cuya puerta cerró con violencia.
Chaverny se quedó un momento con la cabeza baja y el aire confuso.
—¿De dónde diablo sabe ella esto? —pensó—. ¿Qué importa, después de todo? Lo hecho, hecho.
Y como no era costumbre suya detenerse mucho tiempo en una idea desagradable, hizo una pirueta, cogió un pedazo de azúcar del azucarero y gritó con la boca llena a la doncella, que entraba:
—Diga a mi mujer que pasaré tres o cuatro días con el duque H*** y que le mandaré caza.
Salió, no pensando más que en los faisanes y los ciervos que iba a matar.
VII
Julia partió para P... sintiendo redoblada cólera contra su marido; pero esta vez era por un motivo bastante ligero. Había cogido para ir al castillo del duque H*** la carretela nueva, dejando a su mujer otro coche que, según el cochero, estaba necesitado de reparaciones.
Durante el camino, Julia se aprestaba para contar su aventura a la señora Lambert. A pesar de su disgusto, no era insensible a la satisfacción que da a todo narrador una historia bien contada, y se preparaba a su relato, buscando exordios y comenzando ya de una manera, ya de otra. Al cabo de estos ejercicios, vino a resultar que vio las enormidades de su marido en todos sus aspectos, y que su resentimiento se acrecentó proporcionalmente.
Como todos saben, hay más de cuatro leguas de París a P..., y por larga que fuese la requisitoria de la señora de Chaverny, concíbese que es imposible, aun al odio más envenenado, dar vueltas a la misma idea durante cuatro leguas seguidas. A los sentimientos violentos que le inspiraban los agravios de su marido, venían a juntarse recuerdos dulces y melancólicos, por esa extraña facultad del pensamiento humano que asocia a menudo una imagen sonriente a una sensación penosa.
El aire puro y vivo, el sol espléndido, los rostros tranquilos de los transeúntes, contribuían también a sacarle de sus reflexiones rencorosas. Recordó las escenas de su infancia y los días en que iba a pasearse por el campo con amiguitas de su edad. Veía de nuevo a sus compañeras del convento; asistía a sus juegos, a sus comidas. Se explicaba las confidencias misteriosas que había sorprendido a las mayores, y no podía menos de sonreír, pensando en los cien pequeños detalles que revelan tan pronto el instinto de coquetería en las mujeres.
Después se representaba su entrada en sociedad. Bailaba de nuevo en los bailes más brillantes que había visto en el año que siguió a su salida del convento. Los otros bailes los había olvidado; pronto se siente hastío; pero estos bailes le trajeron a la memoria a su marido.
—¡Qué loca estaba! —se dijo—. ¿Cómo no me di cuenta, a primera vista, de que sería desdichada con él?
Todos los absurdos, todas las tonterías de novio que el pobre Chaverny le dirigía con tanto aplomo un mes antes de la boda, todo esto se hallaba anotado, registrado cuidadosamente en su memoria. Al mismo tiempo, no podía menos de pensar en los numerosos admiradores que su boda había reducido a la desesperación, y que no habían par eso dejado de casarse o consolarse de otro modo, pocos meses después.
—¿Habría sido feliz con otro? —se preguntó—. A... es francamente un tonto; pero no es ofensivo, y Amelia lo gobierna a su antojo. Siempre se puede vivir con un marido que obedece. B... tiene queridas, y su mujer es tan bondadosa que se aflige. Pero no tiene más que miramientos para ella, y... es lo único que yo pediría. El joven conde C..., que siempre está leyendo libelos políticos y que se prepara con tanto afán para ser un día un buen diputado, ¿acaso resultaría un buen marido? Sí; pero todos estos individuos son fastidiosos, feos, tontos...
Pasando así revista a todos los jóvenes que había conocido de soltera, presentose por segunda vez a su memoria el nombre de Darcy.
Darcy era en otro tiempo, dentro de la sociedad de la señora de Lussan, un personaje sin trascendencia; es decir, se sabía..., las mamás sabían, que su fortuna no le permitía pensar en sus hijas. Para ellas, nada había en él que pudiese trastornar las jóvenes cabecitas. Por lo demás, tenía reputación de hombre galante. Algo misántropo y cáustico, se complacía mucho, si se hallaba solo en medio de un círculo de muchachas, en burlarse de las ridiculeces y pretensiones de los demás jóvenes. Cuando hablaba bajo con alguna señorita, las madres no se alarmaban, porque sus hijas reían a carcajadas, y las madres de las que tenían hermosa dentadura llegaban hasta decir que Darcy era muy amable.
La conformidad de gustos y el temor recíproco de su ingenio maldiciente habían aproximado a Julia y Darcy. Después de algunas escaramuzas, habían establecido un tratado de paz, una alianza ofensiva y defensiva; se respetaban mutuamente y estaban siempre unidos para compartir el pellejo de sus amistades.