Doble error

Part 1

Chapter 13,973 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

COLECCIÓN UNIVERSAL

Próspero Merimée

DOBLE ERROR

MCMXIX

ES PROPIEDAD Copyright by Calpe, 1919.

Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA.

COLECCIÓN UNIVERSAL

PRÓSPERO MERIMÉE

Doble error

NOVELA

La traducción del francés ha sido hecha por D. Ángel Sánchez Rivero.

[Ilustración]

MADRID-BARCELONA MCMXIX

«Tipográfica Renovación» (C. A.), Larra, 8.—MADRID

MERIMÉE

_Próspero Merimée (1803-1870) nace en París, muere en Cannes; desempeña algunos cargos administrativos, y en un viaje por España contrae estrecha amistad con la condesa de Montijo y con su hija Eugenia, años después Emperatriz de los Franceses. Esta amistad le hace compartir la vida íntima de la corte durante el Segundo Imperio y le lleva al Senado._

_Para el público español la personalidad de Merimée va principalmente unida al recuerdo de _Carmen_, una de las más resonantes interpretaciones de nuestro ambiente. Con esta linda novelita, son título a la gloria de Merimée la _Crónica del reinado de Carlos IX, Colomba, Tamango, Matteo Falcone, La Venus de Ille_ y otras varias, breves y delicadas._

_Merimée pertenece a la casta de los artistas refinados, enemigos de la prodigalidad y la exuberancia. Su forma es precisa y apretada; su construcción firme y lógica. Dibuja un carácter con un rasgo ligero. Huye de las frases excesivas. Su tono es el de un hombre de mundo que cuenta las mayores atrocidades sin cambiar de acento, con un espíritu de mordacidad velada y de escepticismo desilusionado._

Doble error (La double méprise), _publicada en 1833, presenta en breve espacio estas características del delicado talento de Merimée: la ironía mundana y pesimista, la sobriedad elegante, la trabazón arquitectónica y el fácil y penetrante dibujo de los caracteres._

DOBLE ERROR

I

Julia de Chaverny llevaba unos seis años de casada y desde hacía próximamente cinco o seis meses había reconocido, no solo la imposibilidad de amar a su marido, sino también la dificultad de tenerle en alguna estimación.

Y no es que este marido fuese mala persona ni tonto ni bobo. Acaso, sin embargo, había en él algo de todo esto. Consultando su memoria, hubiera ella podido recordar que en otro tiempo le había parecido amable; pero ahora le aburría. Todo en él le resultaba antipático. Su manera de comer, de tomar el café, de hablar, le crispaba los nervios. No se veían, ni se hablaban, más que en la mesa; pero comían juntos varias veces por semana, y era lo bastante para alimentar la aversión de Julia.

En cuanto a Chaverny, era un hombre bastante buen mozo, quizá demasiado grueso para su edad, de tez fresca, sanguínea, refractario por temperamento a esas vagas inquietudes que atormentan a las gentes imaginativas. Creía piadosamente que su mujer sentía por él una dulce amistad (era demasiado filósofo para creerse amado como el primer día de matrimonio), y esta persuasión no le causaba ni placer ni pena; se hubiera acomodado igualmente a lo contrario. Había servido en un regimiento de Caballería; pero al heredar una fortuna considerable, se había cansado de la vida de guarnición y, presentada su dimisión, se había casado. Explicar el matrimonio de dos personas que no tenían una idea común puede parecer bastante difícil. Por una parte, los parientes y estos amigos oficiosos que, como Frosina, casarían la república de Venecia con el Gran Turco, se habían movido mucho para arreglar los asuntos de interés. Por otro lado, Chaverny pertenecía a una buena familia; no estaba entonces demasiado gordo; era alegre, y resultaba en toda la acepción de la palabra un «buen muchacho». Julia le veía venir con gusto a su casa, porque le hacía reír contándole historietas de su regimiento, de una comicidad que no era siempre de buen gusto. Le encontraba simpático, porque bailaba con ella en todos los bailes y no le faltaban nunca buenas razones para persuadir a su madre a que se quedase hasta una hora avanzada, a ir al teatro y al Bois de Boulogne. Por último, Julia le tenía por un héroe porque se había batido honrosamente en duelo dos o tres veces. Pero lo que redondeó el triunfo de Chaverny, fue la descripción de cierto coche que haría construir según un plan suyo y en el cual conduciría él mismo, a Julia cuando hubiese consentido en otorgarle su mano.

Al cabo de algunos meses de matrimonio, todas las bellas cualidades de Chaverny habían perdido mucho de su mérito. No bailaba ya con su mujer; no hay que decirlo. Sus historietas alegres, las había referido todas tres o cuatro veces. Ahora decía que los bailes se prolongaban demasiado. Bostezaba en el teatro y consideraba una molestia insoportable el uso de ponerse de etiqueta por la noche. Su defecto capital era la pereza; si hubiese procurado agradar, acaso lo hubiera podido conseguir; pero todo esfuerzo le parecía insoportable; condición común a casi todas las gentes gordas. La sociedad le aburría, porque en ella solo le reciben a uno bien en la medida de los esfuerzos que se hacen por agradar. La alegría burda le parecía muy preferible a distracciones más delicadas; pues para distinguirse entre las personas de su gusto, solo necesitaba gritar más fuerte que los otros, cosa no difícil para él, con pulmones tan vigorosos como los suyos. Además, se vanagloriaba de beber más vino de Champaña que un hombre ordinario, y hacía perfectamente saltar a su caballo una valla de cuatro pies. Gozaba, por consiguiente, de una estimación legítimamente adquirida, entre esos seres difíciles de definir a quienes se llama los jóvenes, que abundan en nuestros bulevares hacia las cinco de la tarde. Partidas de caza, jiras campestres, carreras, comidas o cenas de solteros, eran buscadas por él con ahinco. Veinte veces al día declaraba que era el más feliz de los hombres; y siempre, al escucharle, levantaba Julia los ojos al cielo y su boquita tomaba una indecible expresión de desdén. Bella, joven y casada con un hombre que le disgustaba, concíbese que debía verse rodeada de homenajes muy interesados. Pero, además de la protección de su madre, mujer muy prudente, su orgullo, que era su defecto, la había defendido hasta entonces contra las seducciones del mundo. Por lo demás, el desengaño que había seguido a su matrimonio, dándole una especie de experiencia, había hecho difícil que se entusiasmase. Sentíase orgullosa de verse compadecida en sociedad, y citada como un modelo de resignación. Después de todo, se encontraba casi feliz; a nadie amaba, y su marido la dejaba en completa libertad. Su coquetería (es preciso confesarlo, le gustaba un poco probar que su marido no conocía el bien que poseía), su coquetería, completamente instintiva, como la de un niño, se conciliaba muy bien con cierta reserva desdeñosa que no era gazmoñería. En fin, sabía ser amable con todo el mundo; pero con todo el mundo igualmente. La maledicencia no podía reprocharle la menor cosa.

II

Los dos esposos habían comido en casa de la señora de Lussan, madre de Julia, que partía para Niza. Chaverny, que se aburría mortalmente en casa de su suegra, se había visto obligado a pasar allí la velada, a pesar de sus ganas de ir a reunirse con sus amigos en el bulevar. Después de comer se había arrellenado en un cómodo sofá, y había pasado dos horas sin decir una palabra. La razón era sencilla: dormía, con decoro desde luego, sentado, la cabeza inclinada a un lado como escuchando con interés la conversación, y hasta se despertaba de cuando en cuando y colocaba unas palabras.

Después fue preciso sentarse en una mesa de _whist_, juego que detestaba porque exigía cierto cuidado. Todo esto se había prolongado hasta bastante tarde. Acababan de dar las once y media. Chaverny no tenía ningún compromiso para la noche: no sabía qué hacer. Mientras se hallaba en esta perplejidad, anunciaron su coche. Si volvía a su casa, tenía que llevar a su mujer. La perspectiva de encontrarse a solas con ella durante veinte minutos, era cosa que le espantaba; pero no tenía cigarros en el bolsillo, y sentía apremiantes deseos de empezar una caja recibida del Havre en el momento mismo en que salía para comer. Se resignó.

Cuando envolvía a su mujer en el chal, no pudo menos de sonreír viéndose, en un espejo, cumplir así los deberes de un marido de ocho días. Consideró también a su mujer, a la cual apenas había mirado. Esta noche le pareció más bonita que de costumbre, y por ello tardó algún tiempo en ajustar el chal sobre sus hombros. A Julia le contrariaba, como a él, la perspectiva de quedarse a solas con su marido. Su boca hacía una pequeña mueca de disgusto, y sus cejas arqueadas se aproximaban involuntariamente. Todo esto daba a su fisonomía una expresión tan agradable, que ni un marido podía ser a ella insensible. Sus ojos se encontraron en el espejo durante la operación de que acabo de hablar. Ambos se sintieron turbados. Para salir del apuro, Chaverny besó sonriendo la mano de su mujer, al levantarla ella para arreglarse el chal.

—¡Cómo se quieren! —dijo por lo bajo la señora de Lussan, que no advirtió el frío desdén de la mujer, ni el aire despreocupado del marido.

Sentados ambos en el coche y tocándose casi, permanecieron primero algún tiempo sin hablar. Chaverny sentía que era conveniente decir algo, pero nada se le ocurría. Julia, por su parte, guardaba un silencio desesperante. Él bostezó dos o tres veces, y sintiéndose avergonzado, se creyó, la última vez, en la obligación de pedir perdón a su mujer.

—La reunión ha sido larga —agregó para excusarse.

Julia no vio en esta frase más que la intención de criticar las reuniones de su madre y de decirle alguna cosa desagradable. Desde hacía mucho tiempo había tomado la costumbre de evitar toda explicación con su marido; continuó, pues, guardando silencio.

Chaverny, que a su pesar se sentía esta noche con ganas de hablar, prosiguió al cabo de dos minutos:

—He comido hoy muy bien; pero tengo que decirte que el champagne de tu madre es demasiado dulce.

—¿Cómo? —preguntó Julia volviendo hacia él la cabeza con mucho abandono y fingiendo no haber oído.

—Decía que el champagne de tu madre es demasiado dulce. Se me ha pasado decírselo. Es asombroso, pero se cree que es fácil elegir el champagne. Y no hay nada más difícil. Hay veinte clases de champagne que son malas, y no hay más que una buena.

—¡Ah!

Y Julia, después de haber concedido esta interjección a la cortesía, volvió la cabeza y miró por la ventanilla de su lado. Chaverny se echó hacia atrás y puso los pies en el asiento delantero del coche, algo mortificado de que su mujer se mostrase tan insensible a todos sus esfuerzos por entablar conversación.

Con todo, después de haber bostezado otras dos o tres veces, continuó acercándose a Julia.

—Ese traje te sienta maravillosamente, Julia. ¿Dónde lo has comprado?

—Quiere, sin duda, comprar otro igual a su querida —pensó Julia—. En casa de Burty —respondió sonriendo ligeramente.

—¿Por qué te ríes? —respondió Chaverny, quitando sus pies del asiento y acercándose más.

Al mismo tiempo cogió una manga del traje y se puso a tocarla un poco a la manera de Tartufo.

—Me río —dijo Julia— de que te fijas en mi traje. Ten cuidado; me estás arrugando la manga.

Y retiró su manga de la mano de Chaverny.

—Te aseguro que me fijo mucho en tus trajes y que admiro mucho tu gusto. No, palabra de honor; el otro día hablaba a... una mujer que se viste siempre mal, aunque gasta disparatadamente. Va a arruinarse... Le decía... Hablaba de ti...

Julia se divertía con su confusión y no procuraba atajarla interrumpiéndole.

—Estos caballos son muy malos. No andan. Tendré que cambiarlos —dijo Chaverny completamente desconcertado.

Durante el resto del camino, la conversación no se hizo más animada; por una y otra parte no se fue más allá de la réplica.

Los dos esposos llegaron al fin a la calle ***, y se separaron deseándose buenas noches.

Julia empezaba a desnudarse, y su doncella acababa de salir, no sé con qué motivo, cuando se abrió bastante bruscamente la puerta de su alcoba y entró Chaverny. Julia se apresuró a cubrirse los hombros.

—Dispensa —dijo él—; quisiera, para dormirme, el último volumen de Scott... ¿No es Quintín Durward?

—Debe de estar en tu cuarto —respondió Julia—; aquí no hay libros.

Chaverny contemplaba a su mujer en ese semidesorden tan favorable a la belleza. La encontraba «incitante».

—Es verdaderamente una mujer muy guapa —pensaba.

Permanecía en pie, inmóvil, delante de ella, sin decir una palabra y con la palmatoria en la mano. Julia, también de pie frente a él, estrujaba su gorro de dormir y parecía esperar con impaciencia que la dejara sola.

—¡Estás preciosa esta noche, te lo aseguro! —exclamó al fin Chaverny avanzando un poco y colocando la palmatoria—. ¡Cómo me gustan las mujeres con el pelo en desorden!

Y hablando de esta suerte, cogió con una mano las largas trenzas que cubrían los hombros de Julia y casi le pasó tiernamente un brazo alrededor de la cintura.

—¡Ay, Dios mío! ¡Hueles a tabaco de un modo horrible! —exclamó Julia volviéndose—. Deja mi pelo; vas a impregnarlo de ese olor y no podré quitármelo ya de encima.

—Bah, dices eso por capricho y porque sabes que fumo algunas veces. No te hagas tanto de rogar, mujer.

No pudo ella libertarse de sus brazos lo bastante de prisa, para evitar un beso que le dio en el hombro.

Por fortuna para Julia, entró su doncella; pues nada hay tan odioso para una mujer como esas caricias, que es casi tan ridículo rechazar como aceptar.

—María —dijo Julia—, el cuerpo de mi traje azul es demasiado largo. He visto hoy a la señora de Begy, que tiene siempre muy buen gusto; el cuerpo de su traje era seguramente dos dedos bien cumplidos más corto. Mire; haga en seguida un pliegue con alfileres para ver qué efecto hace.

Entonces se entabló entre la doncella y la señora un diálogo de los más interesantes sobre las dimensiones precisas que debe tener un cuerpo.

Julia sabía perfectamente que Chaverny nada odiaba tanto como oír hablar de modas y que iba a ponerlo en fuga. Y en efecto, después de cinco minutos de idas y venidas, Chaverny, viendo que Julia seguía absorta en su discusión, bostezó de un modo formidable, recogió su palmatoria y se marchó, esta vez para no volver.

III

El comandante Perrin se hallaba sentado delante de una mesita y leía con atención. Su levita, perfectamente cepillada, su gorro de cuartel, y sobre todo la rigidez inflexible de su pecho, anunciaban a un viejo militar. Todo estaba limpio en su cuarto, pero era de la mayor sencillez. Un tintero y dos plumas, ya cortadas, se hallaban sobre la mesa, al lado de un cuaderno de papel de cartas, del cual no había utilizado una hoja desde hacía un año, por lo menos. Si el comandante Perrin no escribía, en cambio leía mucho. Estaba leyendo las «Cartas Persas» y fumando su pipa de espuma de mar, y estas dos ocupaciones cautivaban de tal manera toda su atención, que no advirtió la entrada en su cuarto del comandante Châteaufort. Era un joven oficial de su regimiento, de simpática figura, muy amable, algo fatuo, muy protegido por el ministro de la Guerra; en una palabra, la antítesis del comandante Perrin. Con todo, eran amigos, no sé por qué, y se veían todos los días.

Châteaufort dio un golpe sobre el hombro al comandante Perrin. Este volvió la cabeza sin abandonar su pipa. Su primera expresión fue de contento al ver a su amigo; la segunda de disgusto, ¡hombre admirable!, porque iba a interrumpir su lectura; la tercera indicaba que se sometía a las circunstancias y que iba a hacer lo mejor posible los honores de su habitación. Registraba su bolsillo buscando una llave que abría un armario donde guardaba una preciosa caja de cigarros, que el comandante no fumaba y que iba dando uno a uno a sus amigos; pero Châteaufort, que le había visto cien veces hacer el mismo ademán, exclamó:

—¡No se moleste usted, papá Perrin, no saque usted sus cigarros: ya tengo!

Y después, sacando de un elegante estuche de paja de Méjico un cigarro color de canela, bien afilado por sus dos extremos, lo encendió, se echó sobre un pequeño sofá que el comandante Perrin nunca utilizaba, y con la cabeza sobre una almohada y los pies sobre el respaldo opuesto. Châteaufort comenzó por envolverse en una nube de humo, mientras que, con los ojos cerrados, parecía meditar profundamente lo que tenía que decir. Su rostro estaba radiante de alegría, y parecía guardar con trabajo en su pecho el secreto de una dicha que ardía en deseos de dejar traslucir. El comandante Perrin, después de colocar una silla frente al sofá, fumó algún tiempo sin decir nada; después, viendo que Châteaufort no se apresuraba a hablar, le dijo:

—¿Cómo sigue Urika?

Se trataba de una yegua negra que Châteaufort había fatigado con exceso y que estaba amenazada de asma.

—Muy bien —dijo Châteaufort, que no había escuchado la pregunta—. ¡Perrin! —exclamó, extendiendo hacia él la pierna que descansaba sobre el respaldo del sofá—, ¿sabe que es para usted una fortuna tenerme por amigo?

El viejo comandante buscaba en sí mismo qué ventajas le había procurado la amistad de Châteaufort, y no encontraba otra cosa que el regalo de algunas libras de _Kanaster_, y algunos días de arresto sufrido por mezclarse en un duelo en que Châteaufort representó un papel principal. Su amigo le daba ciertamente numerosas señales de confianza. A él se dirigía siempre Châteaufort para que le sustituyese cuando estaba de servicio o cuando le era preciso un auxiliar.

Châteaufort no le mantuvo mucho tiempo en su perplejidad y le tendió una cartita escrita en papel inglés satinado, con una linda escritura en letra menuda. El comandante Perrin hizo una mueca que, en él, equivalía a una sonrisa. Había visto con frecuencia cartas satinadas y cubiertas de letra menuda como esta, dirigidas a su amigo.

—Tome usted —dijo este—, lea. A mi me debe usted esto. Perrin leyó lo que sigue:

«Le agradeceríamos mucho, querido señor, que tuviera la amabilidad de venir a comer con nosotros. Mi marido hubiese ido a invitarle, pero se ha visto obligado a salir de caza. No conozco las señas del comandante Perrin y no le puedo escribir para suplicarle que venga con usted. Me ha inspirado usted muchos deseos de conocerlo y le estaré doblemente agradecida si viene con él.

JULIA DE CHAVERNY.

»P. S.—Muchas gracias por la música que se ha tomado usted el trabajo de copiar para mí. Es deliciosa, y tiene usted siempre un gusto admirable. Ha dejado usted de venir a nuestro jueves, y eso que sabe usted todo el gusto que tenemos en verle».

—Una bonita escritura, y bien fina —dijo Perrin al acabar—. Pero, ¡vive Dios!, esa comida me revienta; será preciso ponerse medias de seda, y nada de fumar después de la comida.

—¡Vaya una desgracia! ¡Preferir la mujer más bonita de París a una pipa! Lo que me asombra es la gratitud de usted. No me da las gracias de la felicidad que me debe.

—¡Dar las gracias! No es a usted a quien debo agradecer esa comida, si es que hay que agradecerla.

—¿A quién, pues?

—A Chaverny, que ha sido capitán con nosotros. Habrá dicho a su mujer: Invita a Perrin, es un tipo curioso. ¿Cómo quiere usted que una mujer bonita, a quien no he visto más que una vez, piense en invitar a un viejo... como yo?

Châteaufort sonrió mirándose en el espejo, muy estrecho, que decoraba la habitación del comandante.

—No está usted hoy perspicaz, papá Perrin. Vuelva usted a leer esa carta y encontrará seguramente algo que no ha visto.

El comandante dio vuelta a la carta por uno y otro lado y nada vio.

—¡Cómo, viejo dragón! ¿No ve usted que ella le invita para complacerme, solo para probarme que le interesan mis amigos... que quiere darme la prueba... de...?

—¿De qué? —interrumpió Perrin.

—De... usted sabe bien de qué.

—¿De que le ama? —preguntó el comandante con aire de duda.

Châteaufort silbó sin responder.

—¿Está, pues, enamorada de usted?

Châteaufort continuaba silbando.

—¿Se lo ha dicho ella a usted?

—Pero... eso está claro, me parece.

—¿Cómo?... ¿En esta carta?

—Evidente.

A su vez se puso Perrin a silbar. Su silbido fue tan significativo como el famoso «Lillibulero» de mi tío Toby.

—¡Cómo! —exclamó Châteaufort arrancando la carta de manos de Perrin—, ¿no ve usted todo lo tierno que hay aquí, sí, lo tierno? ¿Qué tiene usted que decir a esto: «Querido señor»? Tenga usted en cuenta que en otra carta me escribía: «Señor mío», sencillamente. «Le seré doblemente agradecida»; esto es positivo. Y note usted que hay una palabra borrada después, «muchos»; ella quería poner «muchos afectos»; pero no se ha atrevido; «muchos recuerdos» no era bastante... No ha terminado la carta... ¡Oh, amigo mío! ¿Pretende usted acaso que una mujer de buena familia, la señora de Chaverny, vaya a echarse al cuello de un servidor, como una modistilla? Yo le digo a usted que la carta es deliciosa y que es preciso ser ciego para no ver la pasión en ella. Y las quejas del final, porque he faltado un solo jueves, ¿qué me dice usted?

—¡Pobre mujer! —exclamó el comandante Perrin—; no te encapriches de este; ¡te arrepentirás pronto!

Châteaufort no hizo caso de la prosopopeya de su amigo, y tomando un tono de voz bajo e insinuante:

—¿Sabe usted, querido —dijo—, que puede prestarme un gran servicio?

—¿Cómo?

—Es preciso que me ayude usted en este negocio. Sé que su marido está muy mal con ella. Es un bestia, que la hace desdichada... Usted lo ha conocido, Perrin; dígale a su mujer que es un bruto, un hombre que tiene la peor reputación.

—¡Oh!

—Un libertino, usted lo sabe. Tenía queridas cuando estaba en el regimiento; y ¡qué queridas! Dígale todo esto a su mujer.

—¡Oh! ¿Cómo decir eso? Entre el árbol y la corteza...

—¡Dios mío! Hay modos de decirlo todo. Sobre todo hable bien de mí.

—Eso ya es más fácil. Sin embargo...

—No tan fácil, escuche; porque si yo le dejase a usted hablar, haría tal elogio que mis asuntos no resultarían favorecidos. Dígale que desde «hace algún tiempo» nota usted que estoy triste, que no hablo, que no como...

—¡No es nada! —exclamó Perrin con una sonora carcajada que imprimía a su pipa los más ridículos movimientos—, nunca podré decirle eso en la cara a la señora de Chaverny. Todavía ayer por la noche, estuvo usted a punto de armar un escándalo en la comida que los compañeros nos han dado.

—Bien; pero es inútil contarle eso. Es conveniente que sepa que estoy enamorado de ella, y esos escribidores de novelas han persuadido a las mujeres de que un hombre que bebe y come no puede estar enamorado.

—En cuanto a mí, nada conozco que me haga dejar de beber o comer.

—Pues bien, querido Perrin —dijo Châteaufort poniéndose el sombrero y arreglándose el pelo—, quedamos convenidos; el jueves próximo vengo a buscarle; ¡zapato bajo y media de seda, etiqueta rigurosa! Sobre todo, no olvide echar pestes del marido y decir mucho bueno de mí.

Salió moviendo su fusta con mucha gentileza y dejando al comandante Perrin muy preocupado de la invitación que acababa de recibir, y más perplejo aún al pensar en las medias de seda y en el traje de etiqueta.

IV