Part 6
No podía explicarse cómo Châteaufort y Darcy venían a verla al mismo tiempo, y, en su turbación, no dudó un momento que Darcy hubiese elegido a Châteaufort como confidente. Nada más sencillo, sin embargo, que su simultánea presencia. Llevados por el mismo motivo, habíanse encontrado en la puerta, y después de cambiar un saludo muy frío, se habían encomendado recíprocamente al diablo de todo corazón.
A la respuesta del criado, bajaron juntos la escalera, se saludaron de nuevo aun más fríamente y se alejaron en dirección opuesta.
Châteaufort había advertido la atención particular mostrada a Darcy por la señora de Chaverny, y desde aquel momento había sentido odio hacia él. Por un lado, Darcy, que se picaba de ser fisonomista, no había podido observar el aire confuso y contrariado de Châteaufort sin deducir que amaba a Julia; y como, en calidad de diplomático, era inclinado a suponer el mal «a priori», dedujo muy ligeramente que Julia no era cruel para Châteaufort.
—Esta extraña coqueta —se decía a sí mismo saliendo— no habrá querido recibirnos juntos temiendo una explicación como la del «Misántropo»... Pero he cometido la tontería de no encontrar algún pretexto para quedarme y dejar que se marchase ese joven fatuo. Seguramente si solo hubiese esperado a que volviese la espalda, me hubiera recibido, pues tengo sobre él la incontestable ventaja de la novedad.
Al mismo tiempo que se hacía estas reflexiones se había parado, y, volviéndose, entró de nuevo en el hotel de la señora de Chaverny. Châteaufort, que se había vuelto también varias veces para observarlo, retrocedió y se puso a pasearse a cierta distancia para vigilarlo.
Darcy dijo al criado, sorprendido de verle de nuevo, que se había olvidado de darle un recado para su ama, que se trataba de un asunto urgente, de un encargo que le había hecho una dama para la señora de Chaverny. Acordándose que Julia comprendía el inglés, escribió con lápiz en su carta: «Begs leave to ask when he can show to madame de Chaverny his turkish album».[1] Entregó su tarjeta al criado y dijo que esperaría la respuesta.
[1] Ruega a la señora de Chaverny le indique cuándo podrá presentarle su álbum turco.
Esta respuesta tardó mucho tiempo. Por fin volvió el criado lleno de turbación.
—La señora —dijo— se ha sentido muy mal hace un momento y se encuentra demasiado enferma para poder responderle.
Todo esto había durado un cuarto de hora. Darcy no creía en el desmayo, pero estaba claro que no quería verle. Tomó la cosa filosóficamente, y recordando que debía hacer algunas visitas en el barrio, salió sin apesadumbrarse del contratiempo.
Châteaufort le esperaba con una ansiedad furiosa. Al verle pasar no dudó que fuese su rival afortunado y se prometió coger la primera ocasión por los cabellos para vengarse de la infiel y de su cómplice. El comandante Perrin, con quien se encontró muy a tiempo, recibió sus confidencias y le consoló lo mejor que pudo, no sin mostrarle lo poco justificado de sus sospechas.
XV
Julia se había desmayado verdaderamente al recibir la segunda tarjeta de Darcy. A su desvanecimiento siguió un vómito de sangre que la debilitó mucho. Su doncella había mandado buscar al médico; pero Julia se negó obstinadamente a verle. Hacia las cuatro habían llegado los caballos de posta, las maletas se hallaban atadas; todo estaba dispuesto para la partida. Julia montó en el coche, con una tos espantosa y en un estado que daba lástima. Durante la tarde y toda la noche no habló más que al ayuda de cámara sentado en el pescante, y eso solo para que dijese a los postillones que se apresurasen. Continuaba tosiendo y parecía sufrir mucho del pecho; estaba tan débil, que se desmayó cuando abrieron la portezuela. La llevaron a una mala fonda y la acostaron. Un médico de pueblo fue llamado; la encontró con una fiebre violenta y le prohibió que continuase el viaje. Pero ella quería a cada momento partir. Por la noche sobrevino el delirio y todos los síntomas aumentaron de gravedad. Hablaba sin parar, y con una volubilidad tan grande, que era muy difícil comprenderla. En sus frases incoherentes se presentaban a menudo los nombres de Darcy y de Châteaufort y de la señora Lambert. La doncella escribió al señor de Chaverny, para comunicarle la enfermedad de su mujer; pero se hallaban a cerca de treinta leguas de París. Chaverny cazaba en las posesiones del duque de H***, y la enfermedad hacía tales progresos que difícilmente podría llegar a tiempo.
El ayuda de cámara había ido a caballo a la ciudad vecina y traído un médico. Este desaprobó el plan de su colega, y declaró que se le había llamado muy tarde y que la enfermedad era grave.
El delirio cesó al amanecer; Julia se durmió entonces profundamente. Cuando se despertó, dos o tres horas después, pareció que le costaba trabajo recordar por qué serie de accidentes se hallaba acostada en un mal cuarto de fonda. Pero pronto recobró la memoria. Dijo que se sentía mejor, y hasta habló de marchar al día siguiente. Y después de haber meditado, al parecer, largo tiempo, con la mano puesta sobre la frente, pidió papel y tinta y quiso escribir. Su doncella le vio comenzar varias cartas que rompía después de escritas las primeras palabras. Al mismo tiempo encargaba que se quemaran los pedazos de papel. La doncella notó en varios trozos esta palabra: «Señor», cosa que le pareció extraordinaria, pues ella creía que la señora estaba escribiendo a su madre o a su marido. En otro fragmento leyó: «Usted debe de sentir por mí un gran desprecio...».
Durante cerca de media hora intentó inútilmente escribir esta carta, que parecía preocuparle vivamente. Por fin, el agotamiento de sus fuerzas no le permitió continuar; apartó lejos de sí el pupitre que habían colocado en el lecho, y dijo con aire extraviado a su doncella:
—Escriba usted misma al señor Darcy.
—¿Qué tengo que escribirle, señora? —preguntó la doncella creyendo que el delirio iba a comenzar de nuevo.
—Escríbale que no me conoce..., que no lo conozco...
Y volvió a caer anonadada en el lecho. Fueron las últimas palabras seguidas que pronunció. De nuevo cayó en el delirio para no salir más de él. Murió al otro día, sin grandes sufrimientos aparentes.
XVI
Chaverny llegó tres días después de su entierro. Su dolor pareció sincero, y todos los habitantes de la aldea lloraron al verle de pie en el cementerio contemplando la tierra recién removida que cubría el féretro de su mujer. Primero quiso exhumar el cadáver para llevárselo a París; pero como el alcalde se oponía y el notario le hablaba de formalidades interminables, se contentó con encargar un bloque de piedra caliza y dar órdenes para la erección de una tumba sencilla, pero decorosa.
Châteaufort sintió vivamente esta muerte tan repentina. Declinó varias invitaciones a bailes, y durante algún tiempo no se le vio más que vestido de negro.
XVII
En sociedad se hicieron varios relatos de la muerte de la señora de Chaverny. Según unos, había tenido un sueño o, si se quiere, un presentimiento que le anunciaba que su madre estaba enferma. La impresión fue tan fuerte que en seguida se había puesto en camino para Niza, a pesar de un violento catarro cogido al volver de casa de la señora de Lambert, y este catarro se había convertido en una pulmonía.
Otros, más clarividentes, aseguraban con aire misterioso que la señora de Chaverny, no pudiendo disimular el amor que sentía por el señor de Châteaufort, había acudido al lado de su madre, buscando fuerza para resistir a esta pasión. El catarro y la pulmonía eran resultado de la precipitación de su viaje. En este punto todos estaban de acuerdo.
Darcy no hablaba jamás de ella. Tres o cuatro meses después de su muerte, hizo una boda ventajosa. Cuando anunció su matrimonio a la señora Lambert, ella le dijo felicitándole:
—Verdaderamente, su mujer es encantadora; solo la pobre Julia pudiera haberle convenido tanto.
Darcy sonrió con aquella sonrisa irónica en él habitual, pero no respondió nada.
Estos dos corazones, que no se conocieron, estaban acaso hechos el uno para el otro.