Del Plata al Niagara

Part 6

Chapter 63,629 wordsPublic domain

Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestría y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora, de cada instante. Por varios días, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. Á la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en París ó Berlín: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo como _amorces_ sin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espíritu á espíritu, cuyo destino se acaba allí, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el Pacífico.

_Dolce far niente_!

Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuída casi como un barco de río, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros duermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese el _flic-flac_ de las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruídos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancía en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la línea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por la _sacra fames_: allí está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquí un indicio de incurable esterilidad!

Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacío infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa línea esfumada donde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las _glad waters_ de Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarín de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navíos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ...

...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonía que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volvería á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento, abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacío de una fantasía apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Así deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...

Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda n^[os] 66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla del _Nirvâna_ budhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...

Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan, _penser à faire sa retraite_. Las primeras noches teníamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producía un amplio y saludable vacío á nuestro derredor, la gente huía á toda prisa: era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energía muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.

Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacío; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacer con estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando érase joven y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.

Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquí todos los días; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesía, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.

Coquimbo.—La Serena.

En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrían ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahía, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.

Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, _Warspite_ y _Melpomene_, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.

Á la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marítima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobres seres humanos que, sin duda, han naufragado allí, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperaría que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera con _docks_ y almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé qué _tramway_ eléctrico ya concedido ... Así visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...

Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marítimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerías con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vía ... Casi creería cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en su centro: es nuestro _Laja_ imponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.

Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vía de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruínas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacía, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construída en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.

Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrería insólita de nuestro anciano vehículo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesía le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caído en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cíngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.

Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hasta en la _China-town_ de San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confitería—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—_faute de combattants_. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de la _Reforma_: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasía, que escribe «también» y me trata como cofrade. _J’en passe_ ... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones políticas y el secreto de todas las popularidades,—_do ut des_.—Pero declina el día; por más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascinador: el _cocktail_ del estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres Marías!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chile ETC!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.

Caldera.

Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.

Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece al _Blanco Encalada_, echado á pique por la torpedera _Lynch_, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no es materia divisible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significaría una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial sería aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en su _épave_ desahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navío de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís con la vocación sublime; pero, mientras estéis allí, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoísmo puede arrastraros al deshonor.

Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad del _Blanco_ estaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; la _Lynch_ pudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.

El bote llega sobre el _Blanco_ á pique. La admirable transparencia del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterías y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allí, alimentándose todavía con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de un _aquarium_, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de días y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es el _circulus_ de la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva Bahía de los Difuntos.