Part 7
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efímero Potosí de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta línea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña California de la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increíble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquí se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado Rodríguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la mina _Colorada_, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba al _Facundo_, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!
Debería escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernísimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable Alí-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».
La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en los _Folk-lores_ las leyendas de la selva y del mar: las de las minas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. Así, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquí la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espíritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanías, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famoso _Reventón del Zorro_, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesía inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacía como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!
Antofagasta.
Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquí la bahía está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesos _dieces_ de plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.
También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquí notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, el _caliche_ rojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este líquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.
Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañías de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos de _bersaglieri_, ingleses de _horse-guards_, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquí un grupo compacto y obstruyen, con su inevitable _vich_, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente las mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponía sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecía, poniéndose sombría la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañía ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañería. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacía esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en batería, cuánta agua! _Que d’eau!_ ...—Lo mismo sucede en Santiago y en Valparaíso; pululan las compañías de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producía un incendio por noche—¡á veces dos!
¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navío, instruído y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, los _collas_ que, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan ser castillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me desliza _sub rosâ_ confidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario del _Laja_ reclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanía, con una mar alborotada—así es casi siempre en los puertos del Pacífico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. Á derecha é izquierda pelícanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como diría Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el _Huáscar_, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un símbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres! Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroísmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat es _simbólico_, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del Pacífico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahí por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenía que ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían del todo distintas.—Á pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente del _Independencia_ en Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrías de ese pequeño _Huáscar_, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados _Cochrane_ y _Blanco_, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús del _Cochrane_, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. El _Huáscar_ fué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.
Iquique.
Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en territorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—_Erbfeind_—podrían engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasía. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—Á la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnífico velero de cinco palos _La France_, uno de los mayores del mundo, especialmente construído y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la línea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo, todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.
Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahía su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestro _Laja_ ha fondeado, es donde la corbeta _Esmeralda_ fue echada á pique por el _Huáscar_: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañonera _Covadonga_, acosada por la _Independencia_, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del Pacífico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquí la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.
La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrían al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo del implacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el diez por ciento.
La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escrito folletos técnicos y una excelente _Geografía de Tarapacá_; pero se interesa en otras cosas que la «salitrería»: por ejemplo, en las urdimbres políticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.
El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañías inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrían producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañías nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio que _sponte sua_ no evacuará jamás.
Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allí existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el líquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de las _Flores del mal_,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeo ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvía, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...
* * * * *
Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquí á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderías; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroísmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es así como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á los _rotos_ feroces: _¡No sea usted grosero!..._ El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.
Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que había pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita de ópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espacioso _chalet_ que resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.
Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indígenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbríos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?
La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan los pelícanos y cuervos marinos, como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi agotado y substituído. La vida de á bordo gravita pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca, ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.