Del Plata al Niagara

Part 5

Chapter 53,554 wordsPublic domain

Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la pintura convencional,—enviaron á Europa escuadras de artistas bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.

En arquitectura, _ut supra_. En música, no creo que sus ambiciones pasen de la _Marina_ para la generalidad, y de _Rigoletto_ para los iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra la _Misa_ de Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber acudido en masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!

Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente nuestra atención, en razón directa, precisamente, de su diferencia radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía argentina.

* * * * *

Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura», pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental como el aseo físico en persona decente. Este rasgo heredado de la colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en el Pacífico.

Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez, así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.

En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las funciones más importantes del Estado son gratuitas, _honoríficas_, en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido de algún modo el equilibrio. Este _algo_ intangible es la consideración pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias». Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la virtud»!

El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7 millones para Chile y 13 para la Argentina;—pero cuando se analiza la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí 12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del sueldo del argentino.

Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz, es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.

Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien: _all’s well that ends well_.

Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos al _condottierismo_ electoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elemento agitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida esta _viruela_ epidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]

III

DE VALPARAÍSO Á LIMA

LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE

Á bordo del _Laja_.

Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, Valparaíso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. Á pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativo _confort_ de la vida física, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenía en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperaban algunos amigos de juventud ...

Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros días. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entreví.

Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en Valparaíso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles y _docks_ de vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—Valparaíso es el puerto de comercio _en sí_, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, Bahía y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias íntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marítimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos y aduanas, de los malecones ó _wharfs_, refleja la agitada monotonía del Océano.

Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no sería descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraíso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraíso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.

En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahía hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserío pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahía; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacías se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno, cuya banda nos despide con el _God save the Queen_ ... Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.

* * * * *

No es este _Laja_ el mejor steamer de la Compañía sudamericana, pero es estable y bien distribuído; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar Pacífico. Cierto _manque de tenue_, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó París. _Todo se arregla_: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artículos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...

Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde con _vis-à-vis_ grotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada día su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenía anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigable y geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡_l’homme de la montagne_!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar un _lied_ de Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el Pacífico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al día siguiente.

Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestra _petite table_ reservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espíritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer día, pero que gana con el trato: _love me little, love me long_.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—íntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacífica y buena.

Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio: los ha plantado allí, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espíritu le ha preservado en parte del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofía; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama París. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos del _Fausto_, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito _Intermezzo_:

_Mir träumte wieder der alte Traum..._