Del Plata al Niagara

Part 34

Chapter 343,543 wordsPublic domain

Desde el extremo de la isla, en cuya aguda proa rompe la corriente con estruendosa violencia, se contempla el caudaloso río desde su salida de _Great Island_: amplio como un estuario hacia el fondo del horizonte, tumultuoso y veloz como un torrente al acercarse y tropezar sobre las raudas ó rápidos que obstruyen el lecho, dos kilómetros más arriba de la represa. Eriza el lomo en la pedregosa pendiente, rompe su oleaje en los barrancos coronados de bosques, y vuelve, en espantoso turbión, á chocar sobre la carena delantera en que estamos, cual si quisiera derruirla ó arrasarla; pero, casi bruscamente, contienen su ímpetu vertiginoso, más que este rompeolas de peñascos, las masas profundas de la doble esclusada, donde los carámbanos de hielo y los troncos arrancados á las playas giran en lentos remolinos, vacilantes y como conscientes del peligro próximo. Trepando á un morro de piedra, con la nieve al tobillo, puedo explicarme la marcha del drama elemental, desde la peripecia de los rápidos hasta la catástrofe, siguiendo el breve destino de cualquier astilla abandonada á la corriente. El raudal monstruoso asoma por el sud, como precipitado del cielo, arremete espumoso por la rápida y accidentada pendiente, estrella su triple frente en los estrechados barrancos y la muralla á pico de la isla, para retroceder, despedazado é impotente, y luego incorporarse rendido al inmenso depósito; aquí se retuerce la oleada viajera, sacudida por los hondos estremecimientos de la resaca; pero la tregua es breve, y, entre arranques y sofrenadas, como el corcel que ventea al enemigo, tiene que arrastrarse, empujada por otra nueva oleada, y llegar finalmente á la cornisa llena de vapores donde bruscamente se desploma al abismo ...

Aquí el espectáculo es realmente soberbio y fascinador; se tiene la conciencia de asistir á un formidable conflicto entre las fuerzas naturales: uno de esos dramas colosales é informes de Esquilo, en que son protagonistas la Fuerza, la Violencia, las olas monstruosas del Océano, y en cuyos cataclismos gigantescos no puede el hombre figurar, sino como víctima pasiva y ludibrio de las energías elementales:—á manera de estas ramas inertes que el viento arroja á la corriente, que pasan delante de mí, una tras otra, y que no me canso de seguir con la mirada como un melancólico emblema del destino humano. Oigo cerca de mí las risas alegres de la pareja enamorada, que el aire sutil me trae por entre el rumor de la catarata: son felices porque son jóvenes, y su vida ensaya el corto y rápido vuelo en alas de la ignorancia y la ilusión. Creerían acaso, si me vieran, que mi cabeza gris tiene envidia á sus cabellos rubios, y pensarían que media otro abismo entre mi madurez pensativa y su rozagante juventud: media el mismo intervalo que entre aquella astilla, que pasó hace un minuto, y la que flota ahora delante de mí, y dentro de otro minuto dará el propio salto en la vorágine donde todas se juntan y confunden ...

Cerca de mediodía, como á menudo sucede en estos climas, el cielo se ha nublado, ó más bien, un uniforme velo gris se ha tendido sobre el cielo, del horizonte al cenit, apagando de paso el sol resplandeciente y envolviendo la tierra en una vislumbre amarillenta. Es una tempestad de invierno que se acerca, y, junto con la primera ráfaga que sacude por los aires la nieve suelta de los árboles, oigo los gritos de los conductores que llaman desaforadamente á sus viajeros. Felizmente estamos cerca de los trineos y no muy lejos del hotel; bajo la capota y «corriendo parejas con el viento», llego sin novedad á la posada,—donde oiré contar á mi _zéphyr_, durante el almuerzo, las historias más espeluznantes del Niágara, desde Blondin y su tortilla preparada en la maroma, hasta el capitán Webb que se lanzó al abismo tremendo y logró salir de él, yendo á despedazarse en una roca del _Whirlpool_.

Después de dos ó tres horas de furioso huracán, aunque sin nieve, el cielo se despeja, el frío recrudece, y, en la calma perfecta de esta tarde de invierno, asisto desde el mirador del hotel á la magnífica puesta del sol sobre los montes enrojecidos. La noche baja lentamente; mejor dicho, es un crepúsculo blanquecino que se eterniza y no llega á empañar los objetos, pues la luna llena aparece en el horizonte y, como un espejo redondo que reflejara el terrestre disco de hielo, se alza, divinamente pura y nítida, sobre el obscuro firmamento, lustrando de claridad boreal la mate blancura de los campos. ¿Qué hacer esta noche, hasta la hora decente de procurar el sueño, sin más sociedad que el mozo francés ni más lectura que la disfrazada _Atala_, que he vuelto á saber de memoria? He dado una vuelta por la aldea de _Niagara Falls_, sin más atractivos en esta estación que su docena de fábricas en movimiento, y no siento el menor deseo de volver á leer sus carteles de anuncios gigantescos. De todos los consejos pegados en las paredes, el único que estaría dispuesto á seguir es aquel de _Take the Erie railroad!_ en todas partes repetido ... Y el _Herald_ de Nueva York, que anuncia, para mañana á la noche, _Carmen_ en francés, con Jean de Reszké, Lassalle, la Calvé de gitanilla y la Eams de Micaela ... Pero me falta ver «lo mejor» de la catarata: el salto mismo, desde la cornisa de _Goat Island_, ya que no visitar la «Cueva» húmeda, donde correría riesgo de quedar congelado. ¿Cómo conciliar tantos «deberes»? Sino me marcho mañana temprano á Nueva York, pierdo una interpretación ideal de mi obra preferida; si me voy, dejo de ver llover el Niágara ... ¡Horrible ansiedad! ¿Quién resolverá este conflicto de armonías?

Pido la colaboración de mi paisano para estudiar los horarios, aunque sé de antemano que es imposible resolver esta cuadratura de círculo. De repente, entre serio y _blagueur_: «¿Por qué no vuelve V. á las _Falls_ esta noche, con la luna?»—Le miro un momento, boquiabierto, deslumbrado por el descubrimiento. ¡El Niágara de noche! Por esta vez creo que he dado con una novedad ... Pero (sé la guía de memoria) ¿qué es esa historia de rejas que se cierran al ponerse el sol ...? «¡Bah! contesta el _zéphyr_, en invierno ... y luego ...», desliza su dedo pulgar sobre el índice ... Asunto concluído. Como un bocado, me envuelvo en mi _ulster_, enciendo un cigarro, me alargo de nuevo en el trineo de marras, y, sin el menor tropiezo, me encuentro á las ocho de la noche en el puentecito de _Goat Island_, bien seguro esta vez de no verme perturbado, á no ser por las almas de los que aquí cerca han perecido ... ¡Incomparable _zéphyr_! Le debo la sensación más extraña de mi vida: una hora inolvidable, supraterrestre, cruzada de visiones fantásticas y terrores innominados que no intentaré reproducir, pues no encuentro palabras legibles para sustituirlas á las incoherentes y alucinadas que, esta misma noche, á la vuelta de la excursión, he garabateado con lápiz en mi cartera de viaje. Me limito á resumir algunas impresiones objetivas.

Desde el puente que une _Goat Island_ á la ribera y domina el salto americano, tengo la luna al frente, hacia el este: tejo de hielo nítido sobre el obscuro fondo sideral; ni una nube en el cielo, ni un soplo de brisa, ni un halón flotante en torno del satélite; parece como si la atmósfera, oreada y rarefacta por el frío polar, transmitiera con intensidad insólita las vibraciones sonoras y los rayos de luz. El rumor de las ondas se hincha y retumba solemnemente, tan continuo y pleno que forma una armonía. Entre el resplandor lunar y el vasto reflejo de la tierra blanca, la visión de los objetos cercanos es tan detallada y perfecta como de día; sacudida la nieve suelta por el huracán, los cantos de las rocas resplandecen; los árboles tienen aspecto de cactos cirios, y, de sus ramillas coaguladas en espesas raquetas anacaradas, cuelgan franjas y lambrequines de plata, cándidas filigranas que la vislumbre azul irisa vagamente. El paisaje cristalizado ostenta una rigidez marmórea y funeral; y tan habituado está el espíritu á asociar las ideas correlativas de calma nocturna é inmovilidad, que entre el mugido atronador de las cascadas se tiene la ilusión de un vasto silencio.

Me dirijo un poco más allá, hasta una roca maciza (_Luna Island_) que parte exactamente las dos caídas; camino sin cuidado, pues, además de la claridad, arroyos y derrames están sólidamente congelados y la capa de nieve rugosa salva de cualquier resbalón. Casi á mis pies, á uno y otro lado, los dos inmensos cilindros líquidos giran eternamente, arrojando al vacío cien chorros tumultuosos que parecen caer en un abismo sin fondo, pues se remontan nubes espesas de agua molecular que se adhieren á los _séracs_ vecinos. Á la base de mi barranco en desplome, que deja entre la napa curva y la ahuecada pared de esquisto la ancha cornisa llamada «Cueva de los vientos» (_Cave of the Winds_), se acumulan esos bloques caóticos de hielo, que se transforman y crecen hasta el fin del invierno, como dotados de no sé qué vida monstruosa en medio del letargo universal; más allá comienza la bóveda espesa que cubre la corriente, y se prolonga hasta el _Suspension Bridge_, que perfila en el cielo su esqueleto metálico. El astro vierte sus raudales de plata sobre los raudales de agua, enciende las espumas, jaspea de reflejos opalinos la glauca masa torrencial, dibuja sus arco iris de cambiantes matices sobre las ondas pulverizadas ...

El cuadro reviste soberana magnificencia; pero yo también comienzo á sentir la atracción del abismo: quisiera descender, sin guía, sin las grapas de hierro que aseguran la pisada en el hielo, por esa vecina torre de madera cuya escalereja en espiral conduce á la cueva. En suma, con tiento y precaución, y, si necesario fuese, bajando sentado, una por una, las gradas más resbaladizas, no ha de ser empresa sobrehumana; según las guías oficiales, no hay peligro en ningún tiempo, la luz exterior penetra por las troneras abiertas en cada piso ... Me resuelvo: preveo que me maldeciría después por haber retrocedido. Y, efectivamente, la doble operación, más fácil aún á la subida, resulta un poco larga, pero sin inconveniente mayor. Doy fondo al cuarto de hora, y, por un pasadizo algo accidentado á mi derecha, me encuentro en la gruta famosa, debajo de la catarata: deslumbrado por el cuadro, aturdido por el rumor potente que nace aquí mismo,—acaso un tanto nervioso y dotado de esa mórbida lucidez que casi linda con la alucinación. El frío es intensísimo, y con la humedad congelada en mi sobretodo paréceme que revisto una coraza. Para reaccionar,—ó persuadirme de que reacciono—enciendo un cigarrillo y me pongo á «batir la suela» á lo largo de esta esplanada polar.

El espectáculo, según todos han dicho, es asombroso en pleno día de verano: en esta soledad nocturna, al resplandor de la luna boreal, reviste una irrealidad de fantasmagoría, una extrañeza única. Pero lo único es por esencia lo inefable, puesto que, siendo todos nuestros balbuceos simples reminiscencias, aquí falla cualquier término de comparación. Más vale entonces, sin empeñar una lucha imposible, procurar la expresión breve y sencilla que, si no presenta á la vista el mágico cuadro, lo sugiera al menos á la imaginación fecunda[78].

El ancho cobertizo abovedado en que me encuentro se desploma ocho ó diez metros fuera de la pared vertical, levantándose cerca de veinte sobre el resalto en talud que desciende hasta la sima: es el caveto colosal, formado por erosión en la arcilla esquistosa, de una cornisa ciclópea cuya platabanda superior, de estratos calcáreos duros como granito, forma hasta el mismo salto el lecho del río. En el receptáculo de la catarata, que cae delante de mí con un tumulto atronador, el choque formidable roe la blanda capa arenisca (_sandstone_), cavándola sin tregua hasta que por su propio peso se derruya el resalto que me sustenta ahora; y así continúa la obra de mina hasta que el borde superior se derrumbe á su vez, trasladando la catarata unos dos metros por año hacia los rápidos y el lago Erie, y, por tanto, reduciendo progresivamente su altura[79].

Á la gloriosa luz de un día de verano, consiste sin duda la belleza del cuadro en ver despeñarse el enorme raudal de 10.000 metros cúbicos por segundo, y contemplar el sol al través de la líquida masa irisada y transparente que se aplasta en el hondo hervidero. Muy otro es el carácter de la escena presente.—La napa americana, relativamente delgada, y dividida ahora por los _séracs_ de la cornisa, abre sus diez cascadas parciales que sólo juntan sus espumas en el embudo receptor; es sobre todo la catarata canadiense la que levanta á la izquierda el formidable estruendo. Pero no hay esplendor veraniego ni gala primaveral que pueda equipararse, por la novedad del conjunto y la emoción intensa que produce, al fantástico palacio del Invierno que me rodea y cuyos prodigios sobrenaturales parece que sólo se desplegasen para mí. Forman amplio propíleo de hielo, al borde del abismo, altísimos pilares estriados y truncas columnas salomónicas, en cuyos intervalos azulados flotan los cortinajes de las reverberantes cascadas, tendidas y rayadas como largas urdimbres en sus telares gigantescos. De las grietadas paredes y peñascos laterales que obstruyen la corriente, se escapan cintas diáfanas que los destellos lunares animan y colorean á manera de fuentes luminosas. Junto á los bloques informes que se acumulan en este peristilo, y parecen escombros del edificio interrumpido, redondeadas estalagmitas yerguen sus ánforas y balaustres; otras remedan candelabros enormes, cipos de mármol sepulcral,—y la imaginación enfermiza evoca leyendas seculares, catástrofes antiguas y recientes que podrían tener aquí su panteón ... Pero hacia la bóveda de concha es donde se ostenta la caprichosa riqueza de esta arquitectura invernal: las mil estalactitas destiladas por la roca calcárea se han cubierto de florones y arabescos, coagulando durante meses los vapores que la catarata difunde por la atmósfera, y, desde la cornisa invisible, se descuelgan fajas y bandas en festones, suntuosos mantos de armiño, doseles y caladas cenefas en los intercolumnios, lámparas de alabastro que destilan diamantes líquidos y cuyos caireles cristalinos espejean al resplandor astral ... Esta, en verdad, es la hora propicia é ideal para admirar la mágica platería de escarcha: por incoloros y débiles que fueran, paréceme que los rayos del sol alterarían su marmórea sublimidad. Todo es aquí glacial y funerario, las mismas sombras proyectadas irradian palidez crepuscular: sólo la fría y casta luna puede agregar una armonía á la helada pompa nocturna, abrillantando de satinada blancura la blanca matidez del ventisquero, y derramando sobre el paisaje fantasma el misterio de su poesía espectral ...

Pero es tiempo de volver, si no quiero quedar adherido al pavimento y agregar una estatua de hielo á la colección. Al encontrarme arriba, pisando el suelo firme de la isla, me confieso _in petto_ que también tiene su poesía el calorífero del hotel. Me meto en el trineo y, durante los minutos del trayecto, evoco no sé por qué á ese extraño peregrino perturbado y perturbador, acaso el mayor poeta del siglo con su prosa cantante y rítmica, en todo caso el más sincero y conmovido, á despecho ó á causa de su engañosa imaginación: al que vino aquí mismo hace un siglo, vivió algunos días entre los indios del Niágara y preparó, silencioso é ignorado, en la entonces virgen soledad, esa paleta rutilante con que iba á deslumbrar al mundo. Él era joven; escuchaba la voz de su «silfo» augural que le decía: _¡Tu serás rey!_ Relámpagos de esperanza iluminaban su precoz desencanto, y sabía ya que la gloria le devolvería «lo que el viajero deja de su vida en los lugares donde pasa» ...[80]

Nueva York.

Pensé quedarme una quincena en la ciudad «imperial». Después de una semana, tomo pasaje para Europa en el transatlántico _La Bourgogne_, persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco á mi concepto general de los Estados Unidos. Esta metrópoli del comercio y del capital americano es cosmopolita, más europea que yankee; y esto no sólo por la presencia del numeroso elemento extranjero, sino por la orientación general del pueblo neoyorkino. Aquí, ricos y pobres viven en Europa, unos por el recuerdo, otros por la esperanza, todos por los gustos, los hábitos, el lujo importado, el incesante contacto de los viajes y de la imitación. Su sola originalidad consiste en deformar por la exageración el modelo que es más fácil exceder que igualar; sustituyen por el lujo chillón la elegancia discreta, traducen la armonía estética por el boato llamativo: revelan sus aficiones artísticas empedrando con dollars las jiras de los histriones y comprando cuadros célebres para ponerlos bajo vidrio, en marco dorado más ancho que la pintura. En suma, este es un París para chicagoenses. Medio europeo, medio americano, este grupo híbrido nada nuevo me puede enseñar, si no es la prosaica realización del ideal á que aspiran las ciudades-hongos del Oeste. Pero todo esto lo tengo visto ó previsto ya; y después de visitar concienzudamente algunos sitios interesantes ó representativos:—la Bolsa y dos ó tres bancos de _Wall Street_; algunos docks sobre North-River y otras tantas fábricas de Brooklyn (entre ellas los talleres de Appleton); el _building_ del _New York Times_ y la torre de Babel del _World_, el _Columbia College_ y la hermosa biblioteca de Astor, etc. etc.,—me siento tan incapaz de añadir á mis apuntes americanos un rasgo que, _mutatis mutandis_, no se encuentre referido, ya á Boston y sus anexos, ya á Chicago y su Exposición, ya, por fin, á otras metrópolis del centro ó del oeste, que considero ocioso prolongar estas visitas en tranvía ó _elevated_, por entre el viento y la nieve.

La actividad urbana de Nueva York tiene que asombrar al viajero europeo, mucho más aún que el tamaño de sus _buildings_ y el lujo exterior de sus residencias: Broadway es más genuinamente americana que la regia _Quinta Avenida_ ó el magnífico _Central Park_, ahora despojado y cubierto de escarcha. Para mí, sin desconocer el carácter de fuerza y riqueza, más grandioso aquí que en cualquiera otra ciudad de los Estados Unidos, nada de lo que veo supera ni alcanza, como manifestación desnuda y significativa, lo que tengo ya descrito. Lo he dicho y lo repito: Nueva York es hoy una amalgama por partes iguales de América y Europa; ahora bien, el primer elemento, es mejor observarlo allá donde se encuentra en estado nativo; el segundo, sólo podré saborearlo, sin adulteración ni contraste, en esa Europa materna que siento está llamando, hace ya tantos días, á su envejecido hijo pródigo. ¡Basta ya de contar las copias infinitas de un falso original que nunca me ha gustado plenamente!

Libre de consigna me entrego al agradable vagar callejero, asisto á algunas conferencias y funciones teatrales que, como casi siempre, se liquidan por una buena dosis de decepción. Á más de que me siento cada día menos apto para soportar la inevitable vulgaridad de la realización escénica, siempre defectuosa en conjunto,—hasta en la misma «Casa de Molière»,—lo que florece naturalmente en Nueva York es la función de «estrellas», con compañías formadas de dos ó tres celebridades europeas, sobre un fondo de cómicos de la legua en disponibilidad. Por supuesto que la compañía de ópera es la que más se ajusta á la regla, y la exhibición de _Carmen_ (por que tanto bregué) ó de _Romeo y Julieta_ (con los Reszké, la Melba y Plançon—el mejor de todos) no me causa sino segundos de placer entre minutos de irritación. Los mismos protagonistas, excelentes en París ó Londres, abultan sus efectos para la exportación, y la Calvé,—á pesar de su hermosa voz y su belleza expresiva—hace una _Carmen_ francamente insoportable. Luego ¡la orquesta ambulante y los coros de baratillo!...

Pero no estoy aquí para reflejar anticipadamente impresiones europeas, y prefiero mencionar dos _performances_, algo diversas por el asunto, aunque igualmente características y, en el fondo, reveladoras del mismo gusto americano, del mismo «estado de alma». Me refiero á una conferencia del coronel Ingersoll, el famoso libre pensador profesional, y á la recepción del _champion_ Corbett, despues de su reciente victoria internacional en Jacksonville.

_Ab Jove principium._ La vuelta de Jim Corbett, al día siguiente de dejar hecho unas gachas al pobre _champion_ inglés Mitchell, ha sido una marcha triunfal desde Florida hasta Nueva York—un «¡triunfo de Heliogábalo!» exclamaba el _New York Herald_, esta mañana. El ilustre boxeador venía en tren especial para detenerse en cada punto del trayecto y arengar á las poblaciones entusiastas. Todos los diarios de la Unión traen sendos _reportages_ telegráficos, en que se describe la vida casera del héroe, de la cocina á la alcoba. Esta noche recibe á todo New York en el inmenso hipódromo de _Madison-Square Garden_, completamente lleno. Aparece al fin en la plataforma circular, donde debe dar una «repetición» de su último match, haciendo de _unglorious_ Mitchell un simple aficionado. Jim es un gran diablo flaco, todo nervios y tendones, con cara lampiña y mirada de tigre, sin la belleza animal ni la apariencia de fuerza del ex _champion_ Sullivan; viste calzón y camiseta obscuros, lo que acentúa aún su apariencia mefistofélica. Á raíz de una entusiasta ovación, el público, naturalmente, le pide un pequeño _speech_; balbucea algunos _clichés_ con voz delgada y gesticulación de pugilista, y luego entra á representar. La esgrima del _boxing_ es una simplificación de la del _Bourgeois gentilhomme_: no se trata siquiera de dar sin recibir, pues uno y otro adversario dan y reciben. Lo que asegura el triunfo es la resistencia; fuera de tres ó cuatro golpes terribles que el uno procura dar y el otro evitar, lo demás no se cuenta, y aquí mismo Corbett recibe cinco ó seis moquetes sin pestañear. Pero, es _match_ de broma, con guantes rehenchidos: un simulacro tan insípido como una corrida con toros embolados y sin la muerte. En uno y otro caso, sólo el peligro, la sangre es lo que apasiona y estimula la crueldad bestial. El público, tan entusiasta momentos antes, se fastidia en seguida y nos escurrimos casi todos en medio del segundo _round_.