Part 33
Tal es el _training_ que se llama educación, con el aditamento de introducirse en las clases superiores el socorrido sistema de la materias electivas, que deja al alto criterio del alumno el sustituir la historia de Roma por la de Inglaterra ó el griego por el francés, y recíprocamente. Si se recuerda que, en Alemania y Francia, excelentes jueces se oponen á que los estudios clásicos de las _Realschulen_ y del _Enseignement moderne_ (que no admiten comparación con el mecanismo de las _High Schools_) sean válidos para las carreras universitarias, se comprenderá por qué el kaleidoscopio de Harvard no responde, ni puede responder, sino á una ilustración rápida y dispersa, á un rozamiento superficial de _Half-Hours_ con la literatura, la filosofía y la ciencia pura, y que sólo prepara para el plagio y la mediocridad. Y es así como los Estados Unidos y el mismo Massachusetts han ingerido, en un tronco robusto de instrucción primaria, un deplorable vástago de educación superior, que se prodiga estérilmente en ramas y follajes sin producir el fruto de estación. Faltando la fuerte disciplina secundaria, la enseñanza superior se desploma en el vacío: no pasa de conferencias y programas extraordinariamente variados, que los estudiantes «curiosean» entre una función teatral y una larga sesión en el gimnasio.—«No hay (escribía J. de Maistre) métodos fáciles para aprender cosas difíciles». Los yankees han aplicado á las ciencias y las letras su artificio pedagógico de la _primary school_; toman ó dan «lecciones objetivas» de matemáticas, física, astronomía, literatura clásica y filología comparada, despachando en algunos meses de pocas horas diarias los estudios que requieren años de ruda labor y sólida iniciación: _sunt verba et voces, prætereaque nihil_.—El punto en que realmente sobresalen las universidades yankees sobre todas las europeas, sin exceptuar á las inglesas, es el atletismo; el grave problema que preocupa á profesores y estudiantes durante el año académico, la rivalidad en que agotan sus esfuerzos los alumnos de Harvard y Yale—es el _championship_ de las regatas y del _foot-ball_.
Aunque en páginas anteriores he puesto de relieve la «estéril abundancia» y la falta absoluta de originalidad creadora que caracteriza la mente americana, no puedo dejar de presentar algunas reflexiones más, como prueba confirmativa de la conclusión á que he arribado respecto de la educación superior en la «Atenas» de los Estados Unidos. Claro está, con efecto, que si la alta educación literaria y científica no tiene en sí misma su propio fin, si llevan un objeto exterior y ulterior los grados universitarios, habremos de apreciar su eficacia por el rango que las ciencias y las letras yankees ocupan en el mundo. Ahora bien: este rango, no es posible disimularlo, es de los ínfimos,—y estamos aquí en sitio inmejorable para comprobarlo. Boston—con sus anexas Cambridge y Concord—era en verdad, á mediados del siglo, el gran foco de reflexión del pensamiento europeo en América. Á la distancia, y sobre todo para sus efectos civilizadores en la Nueva Inglaterra, la luz prestada casi desempeñaba el mismo oficio que si fuera propia, y hasta para la Europa originaria se hacía perceptible la vislumbre que el unitarismo de Channing y el trascendentalismo de Emerson irradiaban. La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos, cuatro veces más poblados que entonces, y cubiertos de universidades, escuelas y bibliotecas. De este mar de hombres, que leen diarios y libros desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio. Más que nunca, el pueblo norteamericano viene siendo, según el dicho intraducible del menos yankee de los bostonienses, el más «deletreado» y el menos culto del orbe[69]. La decadencia es visible, y si bien la explica en parte el carácter de la enseñanza superior, tal como lo he bosquejado ante la mejor universidad del país, cumple preguntarse, para no exagerarla, si ella entraña una nueva manifestación regresiva, ó si es simplemente la agravación democrática del estado anterior.
Creo que no es sino la evolución natural que, para ser claro y breve, he llamado antes la preponderancia del Oeste. El desarrollo físico del país y el fausto exterior de los «sepulcros blanqueados» acentúan sin duda el contraste, entre el cuerpo que ha crecido asombrosamente y el espíritu que ha mermado un poco: lo que antes fuera dudoso y discutible nos deslumbra ahora con su evidencia; pero, en el fondo, ha habido cambio en la proporción, mucho más que en la esencia. Aun en el apogeo de la «Academia» bostoniense, la característica del pensamiento americano ha sido siempre la ausencia de originalidad. La novedad del escenario ha podido en algunos casos producir ilusiones; en realidad, la influencia de Walter Scott es tan notable en Fenimore Cooper, como la de Barante en Prescott, la de Hoffmann en Hawthorne y la de todo el mundo en Longfellow. Parece al pronto que hacen excepción los dos ilustres bostonienses Emerson y Poe, y ello es cierto en alguna manera, pero no es sino para corroborar la ley general. Con hondas diferencias en su manifestación intelectual y su destino, ambos significan igualmente el aborto del genio «virtual», fuera de su medio propicio. Pudo todavía el humus colonial de la Nueva Inglaterra hacer brotar acá y allá la planta soberana, predestinada á ser roble soberbio en su patria de origen,—y sin duda no es casual la agrupación de los talentos americanos en el Massachusetts[70];—pero el talento creador es árbol de familia y, lejos del ambiente favorable, había de detenerse en su crecimiento y languidecer. Tenía Poe, más que el instrumento, el instinto genial del arte,—y así lo prueba su rudo batallar contra Longfellow y otros pálidos «moralistas» de la poesía,—pero era superior á su producción desigual y enfermiza, finalmente sumergida en el _delirium tremens_, como la de Baudelaire en la parálisis general. Poe es en América lo que sería Baudelaire en Francia, á no tener éste á su lado, y muy arriba de él, á los genios robustos que, por la diferencia de estatura, enseñan lo que va de la realización á la tentativa, de la originalidad al «excentrismo», de la salud á la enfermedad.—En cuanto al trascendental y simbólico Emerson, es muy sabido que fué una suerte de Carlyle americano, sin el estilo agudo ni la prodigiosa visión histórica del escocés[71]: éste suele tornarse obscuro á fuer de profundo; temo que á veces el otro parezca profundo á fuerza de obscuridad; en todo caso, nunca logró sacudir la fascinación que ejercía el que _era_ sobre el que _pudo ser_; y sólo la ingenua vanidad de sus paisanos pudo igualar con el maestro al discípulo modesto que conservó hasta el fin, en frente de aquél, algo de la actitud respetuosa de Eckermann delante de Goethe[72].
Con todo, así desmedradas ó fragmentarias, las producciones de Emerson y Poe quedan aparte y aisladas, distinguiéndose por su carácter personal de otras voluminosas imitaciones europeas que no necesito enumerar. Poesía, novela, historia, crítica: todo el _stock_ literario americano forma un conjunto de tentativas plausibles, honradas, no pocas de indiscutible utilidad por el asunto, pero subalternas y sin belleza artística. Algunos modernos, para salir de la huella imitativa, han dado un brusco tirón hacia el monte tupido, y la originalidad yankee revienta en el enorme balbuceo de Walt Whitman (_the true laureate of Democracy!_) ó el _clownismo_ humorístico de Mark Twain ... Entre tanto, los convencidos apologistas del _American Thought_, Stedman, Richardson y otros, inclinados sobre el estanque nacional, describen á sus paisanos maravillados el brillo y magnitud de los astros que aparecen en su cristal: y es la verdad que nada les falta para poblar un firmamento y alumbrar la tierra—nada más que ser visibles á la distancia y convertirse, de reflejada imagen, en alta y perenne realidad.
Esta carencia de personalidades geniales, tratándose sobre todo de una democracia en evolución, podría en suma explicarse y confundirse con el reposo fecundo de la incubación, si otros síntomas inquietantes no obscureciesen el diagnóstico. Los espíritus originales, en la ciencia y en el arte, no son un accidente, sino la manifestación esporádica de la substancia nacional. Los «reventones» metálicos que brotan á flor del suelo tienen un valor representativo muy superior al suyo propio: suelen ser indicio del mineral subterráneo que ramifica á todos rumbos sus vetas ignoradas. Por otra parte (si me es lícito prolongar la imagen), no se trata, en el caso actual, de un cantón desierto, vagamente entrevisto y cuyos _prospects_ admitan cualquier sorpresa; sino de una vasta región explorada en todos sus repliegues, sondada paso á paso en sus capas superficiales y profundas, cuyo plano de relieve revela sus menores detalles y accidentes con insuperable exactitud; en tal situación, las innumerables muestras y ensayos cobran una importancia poco menos que absoluta; y si, después de millares de experimentos repetidos, el resultado del análisis acusa idénticamente la ausencia de metal puro y la invariable mediocridad de la combinación, es legítimo inferir que no existe la capa aurífera.
Hace un siglo que las generaciones sucesivas de los Estados Unidos, en número creciente de diez, de veinte, de sesenta millones de individuos, han instituído la experimentación, al parecer más completa y decisiva, para descubrir y sacar á luz el espíritu nacional; cubierto el territorio de universidades y colegios, empapelado de libros y periódicos; admirablemente preparada la exhibición inmediata del talento presumible por la igualdad en las leyes y las costumbres, y suscitada su aparición por el anhelo general,—nada se ha producido que entrañe una promesa viable, una lejana esperanza de ver surgir, algun día, la teoría científica ó la obra de arte original que arranque al mundo un grito de admiración. Y bien, la sentencia se formula por sí sola: la democracia absoluta, la tabla rasa de las tradiciones y el desdén de toda preocupación ideal, se traducen en lo especulativo por la mediocridad uniforme é incurable—que es la forma más perfecta de la igualdad.—Y ante el aborto evidente de la tentativa secular, acaso parezca más triste que la robusta inconsciencia del Oeste, sólo preocupado de crecer y engordar, esta estéril pertinacia del _Hub_ bostoniense, empeñado infatigablemente, como Wagner, el fámulo de Fausto, en aprender las fórmulas y recetas de la ciencia, en juntar, dentro de la redoma de vidrio, los elementos que sólo producirán el homúnculo irrisorio y caricatural[73].
Una nación, como un individuo, puede desarrollarse próspera y feliz, sin aspirar á la gloria suprema de ser en la noche de los siglos una de las antorchas que sirvan de guía al resto de la humanidad: bástale para ello encerrarse en su optimismo egoista, y desechar como un vano juguete todo culto desinteresado é ideal, entonando el prosaico «Salmo de la vida», que es la negación de toda belleza y la demostración _ad absurdo_ de su inutilidad:
_Trust no Future, howe’er pleasant! Let the dead Past bury its dead!..._[74]
Ese futuro de que se desconfía es la esperanza inmortal; esos muertos, que el _pioneer_ advenedizo no se digna enterrar, se llaman la tradición, el recuerdo entristecido, la mirada pensativa y dulce á lo que fué y pasó, para no revivir sino al llamamiento mágico del arte evocador—es decir, el sentimiento del misterio y del ensueño que es toda la poesía. ¿Á qué vienen, entonces, esos ridículos é impotentes remedos de la cultura europea, esos aprendizajes, sin convicción ni éxito posible, de las altas disciplinas intelectuales, y esos aldabonazos importunos á las puertas del templo donde el profano no quiere orar? Más lógico y plausible, lo repito, es el _rush_ materialista del Oeste, que limita sus deseos y no mira más allá del objeto que su mano puede alcanzar; y por eso dije antes que era Chicago la ciudad más representativa de los Estados Unidos, aquella de cuya robusta y simplificada «plataforma» está proscripto el ocioso fantaseo artístico.
Me vuelve á la memoria una extraña palabra de Heródoto, que, soltada de paso por el narrador ingenuo, reviste para mí la belleza profunda de un mito; después de describir á los «anónimos» y los fabulosos Atlantes, el «padre de la historia» termina con este rasgo inesperado: «y se dice de este pueblo que _no sabe soñar_ ...»[75]. El dón del ensueño, la visión y el anhelo de lo ideal ¿no es también lo que falta á la moderna Atlántida?
XX
LA ÚLTIMA EXCURSIÓN
EL NIÁGARA.—NUEVA YORK
En lugar de correr derechamente á Nueva York, vuelvo sobre mis pasos: después de una larga disputa entre mis dos _yo_,—el viajero un poco _snob_ en busca de «impresiones», y el crítico avisado que de antemano prevé una decepción, éste se declara vencido: ¡voy á visitar las cataratas del Niágara! Se sabe que han sido apenas descritas durante los 273 años transcurridos desde el viaje de Charlevoix ... Á pocos peregrinos, felizmente, les ha ocurrido elegir el mes de enero para esta excursión, y, sin creer que sea nueva en absoluto, espero que mi «vista» del Niágara congelado no se parecerá del todo á un extracto de la guía oficial.
De Boston hacia Buffalo rehago el trayecto conocido; por otra parte, á cualquier rumbo que fuera, el cuadro sería idéntico: los mismos esqueletos vegetales sobre el informe manto de nieve, entre las masas negruzcas de las poblaciones. Con agregarse la monotonía accidental del paisaje á la permanente de las ciudades, el viajar por estas regiones se vuelve tan poco útil como agradable. La naturaleza está de máscara blanca, y es tan imposible hacer diferencia entre el sitio más pintoresco y el más desolado erial, como elegir entre dos damas turcas cubiertas de su _yachmak_. La nieve niveladora, que borra todo rasgo y color, aun más que el frío hiperbóreo, es lo que apresurará mi vuelta á Europa, quitándome el deseo de visitar el Canadá[76].
Enfilamos en Rochester el ramal de Niagara Falls, donde llegamos al obscurecer; todos los hoteles de la ribera canadiense (nadie ignora que el río es frontera de los países) están cerrados, pero del lado americano ha quedado abierto por este invierno la confortable _Prospect House_. Además de un excelente _menu_, me encuentro allí con un mozo francés, ex _zéphyr_ de Argelia (hum!), que me sirve con veneración y, á los postres, no resiste al placer de sentarse un momento para contarme su vida y milagros. No hay más huéspedes en el comedor y en toda la casa que una joven pareja en pleno viaje de novios, y éstos ¡lo que se cuidan del viajero, y del _zéphyr_, y aun del _menu_!...—Interrumpo la interesante sesión de sobremesa para ganar mi cuarto deliciosamente entibiado por el calorífero, y, después de esta jornada de ferrocarril, solicito el dulce sueño, leyendo una traducción inglesa de la _Atala_, de Chateaubriand, que he encontrado en una librería de Boston; en tanto que afuera la tempestad de nieve sacude los abetos seculares, arrancándoles gemidos que, por instantes, cubren el ronquido lejano del Niágara[77].
Al día siguiente, bien reposado y dispuesto, fleto un pequeño trineo y me deslizo sin apuro á las cataratas inevitables; siento que estoy cumpliendo un deber sagrado para con mis lectores futuros, y este consuelo altruísta conforta mi ánimo. Es tanto más imprescindible un nuevo esbozo de las caídas famosas, cuanto que ha sido mil veces intentado en todas las lenguas y en todas las formas, desde la del estudio geológico hasta las de la oda pindárica y del anuncio comercial: omitirlo, sería singularizarme. Se habla vagamente de otras cataratas en la América del Sur, mucho más rumbosas—quiero decir, de mayor «desprendimiento»: por ejemplo, la de Kaieteur, en la Guayana inglesa, que cae de 226 metros—ó infinitamente más pintorescas, como la nuestra de Iguazú, en razón misma de su división y escalonamiento en medio de todas las opulencias vegetales del trópico. Pero el Niágara queda incomparable y único, en la pobreza de su marco natural, vulgarizado aún por el sórdido parasitismo explotador, porque es enorme la napa líquida que se desploma, y el espíritu utilitario de los yankees ha sabido juntar en un haz compacto aquellas mil rapsodias descriptivas. Sin perjuicio, pues, de calcular los 5 ó 6 millones de caballos-vapor que aquí se desperdician (_wasted energy_), sacan provecho en el presente de su maravilla _mammoth_ ... Felizmente estoy solo; es la buena estación que ninguna guía señala; casi todos los hoteles están cerrados; no haré parte de ninguna procesión de turistas á la «Cueva de los vientos», ni pisaré el vaporcito tradicional: el invierno solícito ha espantado las moscas.—Pongo pie á tierra cerca del puente colgante, dos ó tres cuadras abajo de la caída, y procuro templar mis _high spirits_, vagando al aire frío y tónico, bajo el claro cielo azul donde el sol irradia su tibia caricia, sin una mancha blanca, como si todas las nubes de ayer se hubiesen descolgado para cubrir el congelado suelo. Camino entre los árboles del monte, cuyas ramas cargadas de festones y astrágalos remedan candelabros de cristal. Trae un gozo físico la soledad, el ambiente puro, el débil crugido de la nieve bajo mis pies. Pero diviso el tablero de _Suspension-Bridge_; ha llegado el momento: evoco á Chateaubriand, á José María de Heredia,—no el nuestro, sino el anterior («¡Templad mi lira!»), al _Appleton Guide_ ... Hago lo posible por exaltarme y ponerme á nivel de la situación.
* * * * *
Es muy sabido—como todo lo que á la catarata se refiere—que el río Niágara derrama las aguas del lago Erie en el Ontario; desde Buffalo, donde comienza, hasta más allá de Lewiston, donde desemboca, este río de comunicación no tiene 60 kilómetros; pero el enorme desnivel de 101 metros, en tan breve distancia, produciría una corriente vertiginosa, á no tropezar el raudal, en la mitad de su camino, con la muralla vertical que lo represa. Entonces la napa superior, dividida en dos brazos desiguales, se desploma de 47 metros de altura, en la vasta y profunda hoya encajonada que este puente domina, uniendo con un tablero de 400 metros las riberas americana y canadiense. Desde mi observatorio, abarco la escena en su conjunto, si bien no percibo aún los rasgos verdaderamente conmovedores de la caída. Los dos barrancos rocallosos, con su vegetación petrificada, despliegan sus desgarradas paredes hasta los extremos de la doble catarata: á mi derecha, la canadiense encorvada en herradura (_Horseshoe Fall_) alarga su lomo obscuro hasta la mitad de la cuenca; la otra se estrecha á mi izquierda, entre la orilla y la «isla de la Cabra» (_Goat Island_) que se prolonga en el thalweg superior. El desarrollo total de la barrera pasa de un kilómetro; pero las nubes de agua pulverizada, que se levantan como humareda blanca del hondo hervidero, impiden medir su profundidad; cerca de las orillas y la isla medianera, como en un inmenso crisol, se acumulan los bancos de hielo, las adheridas concreciones que desmenuzan la napa colosal en veinte cascadas parciales. Á mis pies, el río coagulado extiende hasta la catarata su rugosa bóveda sobre la masa líquida que fluye invisible hacia el distante torbellino (_Whirlpool_), donde se estrella contra las rocas y disloca al fin su rajada corteza en mil carámbanos flotantes ... No experimento decepción, pero no siento que suban á mis labios los borbotones de adjetivos entusiastas. El espectáculo tiene grandeza y majestad, si bien, á la distancia, la inmóvil uniformidad del color y de las formas acolchadas por la nieve le infunde cruel monotonía; el invariable rumor persistente equivale al silencio universal, y, por sobre el acompañamiento profundo y casi insensible de las caídas, percibo el grito agudo de un pájaro que hiende el aire sobre mi cabeza. Después de algunos minutos, dejo mi puesto y remonto la ribera americana, hasta el puente que la une con _Goat Island_ y domina á plomo la misma catarata.
La montuosa isleta que divide el ancho río, y forma promontorio sobre el abismo, es un óvalo de unas dos millas de longitud, cuyo eje mayor rellena el thalweg, con un relieve de diez ó doce metros sobre la superficie; está cubierta de árboles y espesuras, con sendas sinuosas que se cruzan y pierden á todos rumbos; pero el mismo manto invernal envuelve hoy arces y abetos, rocas y malezas, barrancas y edificios lejanos, en un solo lienzo incoloro é informe. La nieve reciente ha redondeado de blanda matidez alabastrina los prismas y cristales de hielo, impidiendo que los rayos del sol irisen sus aristas, y apenas si, acá y allá, algunas agujas centellean sobre el albo campo deslumbrador. Desde aquí diviso el pretil de madera que permite inclinarse sobre la vorágine y contemplar el horror grandioso de la pesada masa desplomada; pero, desde luego, quiero darme cuenta de la formidable avenida, antes de su violenta bifurcación en la punta de _Goat Island_; y, por la vaga depresión que indica el camino terraplenado, me dirijo hacia el extremo superior.
Me he acostumbrado tan pronto á creerme único visitador de este reino hiperbóreo, que la vista de algunas huellas humanas en la nieve casi me produce el mismo efecto que á Robinson. ¿Será un caníbal, ó Friday, el que ha invadido mis dominios y me precede en el itinerario? Pero, acaso el uno y el otro, pues son dos personas las que caminan delante de mí. Sin ser un consumado rastreador, distingo las dos huellas; las unas, anchas y profundas, se adelantan un poco á las otras, un tanto más delgadas y con el tacón más agudo. Caminan muy juntos, como si el «ancho» llevase preso al «delgado»; y á trechos bastante próximos parecería, por la nieve pisoteada y los rastros confundidos, como si se hubiese empeñado un violento _corps à corps_ entre el feroz caníbal y su desventurada víctima ... ¡Qué horrible misterio!... ¿Estaré acaso sobre la pista de un drama pasional?... Sigo caminando una cuadra más y, de repente, á diez pasos, un doble bulto negro—todo es negro sobre la nieve—se destaca vivamente de un esconce de la roca. Son mis novios de _Prospect House_. Al verme vuelven al camino—_the right way, sir!_—y los encuentro en la punta de la isla, sumergidos en la contemplación del horizonte. Él es un buen yankee robusto y seco; Mrs. Friday es más agradable; esbelta y rubia, no hace mal efecto en el paisaje, con su _jaquette_ azul ceñida al talle y su sombrero de ala recta sobre el cabello empolvado de nieve. Esbozamos un vago saludo y, después de una mirada involuntaria á los dos pares de zapatos reveladores, me alejo, para no hacer de guardia civil; y escucho esta reflexión filosófica que saluda mi retirada discreta: _a biting cold!..._ ¡Sí, mucho frío les hace á los novios!...