Del Plata al Niagara

Part 31

Chapter 313,738 wordsPublic domain

Al viajar desde Chicago á cualquier región del este, el rasgo general que hiere la vista es la densidad creciente de la población, mejor dicho, la multiplicidad é importancia de los centros comerciales y fabriles. Las ciudades populosas se suceden como ganglios á lo largo de la vía férrea; se siente la aproximación de los viejos Estados del Atlántico, de las genuínas colonias inglesas que han sido el núcleo de la nacionalidad y el primer receptáculo de la inmigración europea. Pero, de Cincinnati á Baltimore y Filadelfia, como de Cleveland á Pittsburg ó Buffalo, la uniformidad invernal de la campiña refleja la de las agrupaciones humanas; apenas si, acá y allá, rasga la niebla del vago recuerdo un punto luminoso y alegre,—sólo acaso porque me tocara entreverlo bajo el claro sol de invierno y el cielo azul—así Toledo y su parque á orillas del lago Erie; la blanca Indianapolis, libre del hollín de Cincinnati y Chicago, con su vistoso monumento á los soldados anónimos: _¡Indiana’s silent victors!_ Pero aun antes de la nieve niveladora, la campiña, en el Ohío y Michigan, carece de la majestad que ostenta la sabana ilimitada, entre el Missisipi y los montes Rocallosos, sin cobrar la amenidad de los valles y colinas de California. Acabado el verano, con sus mieses doradas y sus verdes praderas, el suelo desnudo ha sido despojado de su único atractivo. La cadena de los montes Alleghanies accidenta la monótona Virginia, y su cruzada en ferrocarril abre un paréntesis en el tedioso viaje; en la tarde de otoño, una impresión de dulzura triste se desprende de los montes rojizos, de los enebros y encinas, cuyos follajes herrumbrados contrastan con el verde obscuro de los abetos, sobre el fondo pálido de la helada pradera. Pero muy luego vuelven á sucederse interminablemente las mustias heredades, cubiertas de bañados ó de ralos encinares que rodean las casillas de madera y techo de zinc, fabricadas por millares para ser transportadas y armadas en cuatro días, en cualquier punto del territorio. Son hogares trashumantes, casi tan movibles como la tienda del pastor, y que tal vez no duren bastante para ver florecer los arbustos frutales plantados en su contorno. La tierra americana se cansa pronto, y sus explotadores abandonan sin tristeza el campo arrendado, en cuanto deja de «pagar». Aun en el oeste casi virgen, con el despotismo de los sindicatos compradores de cereales, hase vuelto tan precaria la suerte de los agricultores, que muchos entregan sus campos roídos de hipotecas, y prefieren trabajar á jornal. El seno de la gran nodriza se ha secado al viento de la especulación. Por otra parte, esta nodriza es una mercenaria. Nada hay aquí que se asemeje á la pasión entrañable del labriego francés por su terruño. Aquél, en verdad, se une indisolublemente al campo heredado ó adquirido, que las generaciones han fecundado con el sudor de su afán. Para este rural advenedizo, la tierra vale lo que produce; cuando ella deja de ser remuneradora, levanta sus frágiles penates y los transporta más allá; y por eso no se asienta en sólidos cimientos la casilla sin musgo ni enredaderas, donde los hijos no han nacido ni los abuelos morirán.

Desde mediados de diciembre, el crudo invierno se ha desplomado bruscamente en los Estados del centro; sorda y espesa, la nieve ha caído sin interrupción durante una semana, y el blanco sudario que envuelve campos y ciudades se perpetúa por la congelación. El viajar ahora es melancólica tarea; por lo demás, menos penosa aún que durante el verano. Mejor que en región alguna de Europa—donde el confort se reserva para la vida casera—los yankees han resuelto, amplia y democráticamente, el problema de la comodidad material. Han sacudido el yugo de las estaciones; en verano, con los bloques de hielo y el agua á torrentes por todas partes; en invierno, con la calefacción, tan general é intensa, que envuelve la vida urbana y viajera en una atmósfera aisladora y tibia: á tal punto que, lejos de sufrir por el frío polar, el forastero lo desea, y procura por una hora la tónica reacción, sabiendo que, á cualquiera parte que se dirija, el paseo á pie por las aceras congeladas será un breve paréntesis al confortable ambiente del calorífero.

He dado una última carrera de despedida por el oeste, y, después de Navidad, vuelvo de Chicago á Boston por la orilla de los lagos, deteniéndome en varias ciudades manufactureras; algunos puntos negros sobre el fondo implacablemente blanco: tal es el efecto general del paisaje en la retina; y el residuo sensacional es un despliegue abrumador y monótono de la misma fuerza física. Las ciudades negruzcas que atravieso, asentándome en ellas horas ó días, según el humor (gracias al socorrido _unlimited ticket_): Detroit, Cleveland, Pittsburg, Buffalo, son inmensos talleres fabriles y febriles, que despiden el potente rumor del esfuerzo humano y evocan imágenes monstruosas de cíclopes fraguando metales en las cavernas volcánicas:

_Ac veluti lentis Cyclopes fulmina massis Quam properant..._[56]

Sucédense los «enjambres» mineros, más numerosos y compactos á medida que se interna el viajero en el New York y Pennsylvania; de noche, por entre el velo espeso de la niebla y el humo que enrojece los focos de gas natural, y hasta la cruda incandescencia eléctrica, esos grupos infatigables é insomnes revisten no sé qué apariencia fantástica. Tienen su enérgica existencia propia, al parecer independiente de la que se adapta al curso de los astros y al cambio de las estaciones; en la muerte universal que cubre las campiñas, y el invierno que aletarga la vida orgánica, los gnomos subterráneos se alimentan sin duda con los metales que extraen y amasan, con los aceites minerales que manan de la roca, sin conocer más sol que los gases inflamados, más brisa que el hálito de sus fuelles gigantes, más nubes que los penachos de humo que se retuercen bajo sus bóvedas de hierro y granito. Y en la fuga nocturna del tren por el campo de nieve, las negras poblaciones atravesadas, que dejan la sensación de bloques de carbón sobre un pavimento de mármol, se llaman—¡amarga ironía!—Roma, Ithaca, Troya, Siracusa: nombres prestigiosos y sonoros que llevan el espíritu á las regiones luminosas y bendecidas, donde la fácil existencia no cuesta tanto afán: á los siglos antiguos, en que á la esbelta humanidad, vagando á sus anchas por el planeta desocupado, bastábale pedir sus frutos espontáneos al suelo intacto y sus peces al mar, para levantar gozosa el himno de la vida y proseguir el sueño de belleza que poblara el universo de dioses y héroes ...

Pero son ociosas las miradas hacia atrás, y casi impíos estos votos regresivos, si en las comarcas antes felices de la vieja Europa la pobreza creciente impone su ley de bronce, y en la misma patria del arte se han secado las poéticas fuentes del pasado al cierzo realista del presente. Bien hacen las tribus proletarias en desdeñar la gleba empobrecida, si es cierto que la exuberante Cibeles americana brinde á las bocas ávidas un seno henchido y desbordante de savia nutricia ... Pero ¡ay! ¡ilusión más triste que la vieja realidad! También la estrechez y la miseria han asomado hoy en los territorios casi vírgenes ayer. Las minas y fábricas conocen las huelgas dolorosas, ya motivadas por la escasez del salario, ya por el exceso de producción. Estos Estados Unidos, que ostentaban orgullosos su desarrollo material, han crecido en efecto con velocidad portentosa, pero también han madurado con asombrosa rapidez; en el mundo nuevo, lo propio que en el viejo, los problemas solemnes é ineludibles comienzan á surgir; las mismas exigencias se formulan aquí, sin que las atenúen, como allá, las tradiciones de la raza y el amor de la patria venerable. La madrastra se ha tornado para muchos tan estéril como la madre; y en Chicago y Pittsburg, en Brooklyn y Filadelfia, como en Birmingham y Roubaix, millares de trabajadores sin trabajo, bajo el viento y la nieve, tienden al transeunte sus pobres manos ateridas que, no sabiendo ya levantarse al cielo en ademán de súplica, se cierran hacia la tierra en actitud de amenaza.

Boston.

La capital del Massachusetts y metrópoli de la Nueva Inglaterra cuenta 500.000 habitantes (900.000 con los suburbios); es, después de Nueva York, el gran emporio comercial del Atlántico; en su inmenso puerto, más de 10.000 buques cargan y descargan anualmente 4 millones de toneladas, que representan un intercambio exterior de 150 millones de dollars; posee 4000 fábricas industriales; después de Londres, es el primer mercado de lanas del globo; tiene 60 bancos nacionales en actividad, y, en las cercanías del Correo y la Municipalidad, el tráfico de _Washington street_ no es inferior al de Broadway; por fin, relativamente á su población, es la ciudad más rica de los Estados Unidos, como es la más antigua y la primera en gloria histórica. Ahora bien: Boston oculta, por así decirlo, el _business_ que Chicago ostenta; se muestra más orgullosa de sus escuelas y librerías que de sus talleres y depósitos. Como un millonario de tradición y gusto, ella no lleva al visitante ante su caja de hierro, sino á su Biblioteca y galería artística; y en los clubs, en los hoteles, en las reuniones sociales—hasta en las salas de redacción de los diarios,—conoceréis que os toman por un viajero «de distinción» si os dirigen al pronto esta pregunta: _What do you think of our public schools?_[57]

El Massachusetts ocupa, en efecto, el primer puesto en los Estados Unidos, no sólo en la educación primaria y superior, sino tambien en la cultura general. Mejor dicho, la preocupación y el amor de las disciplinas intelectuales forman su característica, como el comercio en New York, la especulación en Chicago y la política en Washington. Desde este punto de vista excepcional hay que mirar á Boston, aceptando con docilidad y complacencia la actitud que ella misma elige, no sólo porque es más noble y elevado este rasgo sobresaliente, sino porque presenta el resumen más exacto de su fisonomía.

El aspecto de la vieja capital es marcadamente inglés, más aún que el de Filadelfia. Desde la cúpula dorada de _State House_, que domina la colina comunal en que se agrupara la primera población, se contempla el vasto panorama de la calada bahía, con sus importantes distritos suburbanos de Charlestown, East y South Boston, Roxbury, Brookline, Cambridge, que son otras tantas ciudades. Se tiene al fin bajo los ojos algo que no sea el eterno tablero rectangular salpicado de enormes _buildings_ advenedizos: las calles oblicuas se retuercen irregularmente, como las arterias de un organismo, obedeciendo á una ley más profunda que la regla y el compás de un ingeniero; los parques sinuosos—_the lungs_, como aquí se dice—parecen en efecto «pulmones» vitales y no simples polígonos verdes. Del tumultuoso oleaje petrificado, surgen islotes que son verdaderos monumentos, reliquias históricas impregnadas de humanidad y tradición, y cuyo costo venal no puede valorarse: templos, museos, academias, casas consistoriales, hospicios, mercados, colegios seculares, que algo recuerdan ó remedan con su estilo, y que me guardaré de enumerar ó describir.

Bien sé que no se trata sino de una «Atenas» puritana y colonial, y que fuera excesivo pedir á los peregrinos del _Mayflower_ el fino gusto de nuestra raza: no es de la opulenta Boston de quien se ha dicho que le infligió la suerte el _dono infelice di bellezza_[58]; y no me empeñaré en demostrar que la estatua del coronel Prescott ó el obelisco de Bunker Hill sean de muy distinto orden estético que otros adefesios americanos. Con todo, y no residiendo la fealdad de las cosas _útiles_ sino en la presencia de elementos incoherentes ó inapropiados, compréndese cómo los años y el desuso tengan una virtud armonizadora; y por esto, sin duda, se desprende para mí no sé qué belleza moral y pensativa de la abandonada _Old State House_ y del macizo _Faneuil Hall_, regalo agradecido de un hugonote francés que, con su morada de refugio, legó al Massachusetts la cuna de su futura libertad[59].

Reina armonía profunda entre el carácter material de la población y la índole de sus habitantes. El mismo sello de bienestar tranquilo, de lujo sólido, de honrada placidez y satisfacción interna, se deja ver en las gentes, los edificios y las instituciones. El _Hub_ está en su quicio, y los puntos de la circunferencia giran debidamente alrededor del centro de gravedad. Poco se habla aquí de monstruosas fortunas improvisadas por «reyes» de tal ó cual industria ó especulación, pero sí de muchas posiciones holgadas, debidas al largo trabajo metódico, al equilibrado presupuesto casero y, como en Europa, á la fácil economía: las cajas de ahorros (_Saving banks_) tenían el año pasado más de 90 millones de dollars en depósito. Pero, lo que vale más aún y es más europeo: no se habla del _business_ fuera del escritorio. Los comerciantes y banqueros tienen á tanta honra ser admitidos en _St. Botolph Club_, donde dominan los abogados, _clergymen_ y literatos, como en el aristocrático _Somerset_, que blasona de sangre azul (_blue blood_), es decir, de una inmigración un poco anterior á las otras. Por lo demás, muchos bostonianos pertenecen á uno y otro, y en la misma noche he visitado, fuera de los nombrados, el democrático _Suffolk_ y el _Papyrus_ literario con las mismas personas. Á este propósito consignaré un detalle significativo.

Llegaba á Boston provisto hasta el recargo de cartas de introducción para diferentes funcionarios y particulares; esta _paper currency_ de la recomendación circula tan abundante en la América del norte como en la del sud; regularmente no tiene más efecto útil que mantener las relaciones de cortesía entre mandante y mandatario, desempeñando el portador (¡cuente V. con un amigo! _very glad!_) un papel análogo al del cartero en día de Año nuevo. En general, una sola, bien elegida, es suficiente, como basta una vela encendida para que se trasmitan lumbre todos los del entierro. Una hora después de mi llegada é instalación en la excelente _Adams House_ (¡plan europeo!), fuí á entregar personalmente en la redacción del _Pilot_ la única carta que de Buenos Aires traía para Boston, dejando dormir en mi maleta todas las demás, dirigidas á personajes encumbrados. La persona destinataria[60] me recibió con una cordialidad que todavía me conmueve, y me presentó allí mismo al primer redactor, Mr. James J. Roche, que ha sido mi agradable compañero y guía eficacísimo en la simpática población. No he necesitado más para que se me abrieran de par en par las puertas de los hogares, de los clubs, de los establecimientos públicos—y formar parte, durante unas semanas, del Todo-Boston ilustrado y social. No digo que en otras partes la incorporación sea más difícil—al contrario—pero se trata de Boston, del _Hub_ civilizado de los Estados Unidos, y he querido hacer una excepción para lo que es de suyo excepcional.

Tampoco debe exagerarse la característica escolar de la antigua metrópoli puritana, ó deducir de ello que se muestre poco amiga de diversiones y elegancias ligeras. En ninguna ciudad americana es más «activa» la vida de club para los hombres, de funciones sociales, artísticas y caritativas para las señoras—fuera, por supuesto, del paseo á las tiendas ó _shopping_ que, en todos los tiempos y regiones, constituye el _bonheur des dames_. Es broma gastada en toda la Unión, aquello de los inseparables _eye-glasses_ de las muchachas bostonienses: es la pura verdad que ni por sus lentes ni por su belleza y frescura se diferencian sensiblemente de las de San Francisco ó Baltimore. Más distinguidas en general que las del Oeste, menos estrepitosas que las de Nueva York, las reuniones mundanas de Boston nada pierden en punto á brillo y alegría por acercarse más á las europeas. Pero es cierto que aquí se respira en todas partes una atmósfera moral de seriedad y anhelo educativo. Menudean las conferencias científicas, literarias y pedagógicas, casi siempre públicas y gratuítas. Son casi diarias las audiciones musicales de las varias sociedades de profesores ó aficionados; y los programas clásicos de la _Händel and Haydn Society_, los cuartetos de la _Harvard musical Association_, sobre todo las ejecuciones de la _Boston Symphony Orchestra_, revelan una cultura artística tan profunda como difundida. Existen, sin duda, espectáculos teatrales para todos los gustos,—y no revela el peor de todos el éxito inagotable de Jefferson en _Rip Van Winkle_, ó el de Dailey en _A country Sport_, la celebrada farsa de Columbia Theatre,—empero, para juzgar del espíritu dominante, debe asistirse á una representación de Irving y Ellen Terry en el Globe Theatre, y comprobar la atención respetuosa, el silencio admirativo de la cuajada muchedumbre ante el _Merchant_ de Shakespeare ó el _Becket_ de Tennyson; Irving, envejecido y tísico, sólo ha conservado la dicción admirable; pero Ellen Terry, aunque también bastante pasada y marchita, guarda siempre su extraña gracia de leyenda sajona, su encanto fantástico de mujer-niña shakespeariana. Sobre todo, es tan perfecta é inteligente la restauración decorativa de la obra maestra, que la función teatral se convierte en una solemnidad literaria y artística. Como en Bayreuth, la sala está á obscuras durante la representación; la mejor sociedad ocupa los balcones y la platea, en traje de calle: visiblemente, se ha venido á escuchar, no á exhibirse; y tan distante está este público de una «Gran Ópera» mundana, como el actor y literato inglés del ridículo _cabotinage_ de un Coquelin.

Los clubs que he frecuentado revelan carácter análogo, hasta en sus mismos instantes de relativo _unconstraint_, después de media noche; aun entonces están más concurridas las salas de lectura y conversación que las de poker, y si se _indulge_ un poco en el _brandy and soda_, es casi siempre con un fin recomendable y para estimular una discusión intelectual. Casi todos ellos tienen excelentes restaurants, sin exceptuar el _New-England Woman’s Club_; el de _Somerset_ lo tiene especial para señoras, á más de un lujoso _supper-room_. Por supuesto que en las comidas periódicas de otras asociaciones, como las del sábado del _Papyrus Club_, reina franca alegría, si bien no me ha parecido que degenerase el humor en el _horse-play_ de otras francachelas profesionales, entre las cuales ocupan el primer rango—es decir, el piso bajo—las del _Clover Club_ de Filadelfia[61]. La recepción del _St. Botolph_, á que asistí, fué al contrario un modelo de cordial urbanidad; se sentaban á la mesa lujosa, al lado del gobernador R., abogados, jueces, banqueros, periodistas, artistas, en fraternal igualdad, y agregaré de paso—como rasgo del espíritu bostoniense—que, á pesar de estar presentes varios extranjeros «de distinción», tocóle al más humilde la derecha del presidente, sólo porque le presentara el periodista y ex presidente del club Mr. J. Jeffrey Roche, á título de _literary man_[62]. Antes de llegar á los postres, el presidente me advirtió caritativamente en voz baja que me iba á «llamar» (_to call_), y así tuve tiempo de «improvisar» mentalmente las cuatro frases en mal inglés con que correspondí á su brindis amable. Después de los saludos á los huéspedes y sus respuestas agradecidas, se inició de un borde al otro de la mesa un fuego graneado de chuscadas en prosa y verso, para nosotros incomprensibles, pues estribaban casi siempre en los nombres y apodos de los comensales; y á poco circuló de mano en mano la monumental _loving-cup_ de plata, en que cada _good fellow_, después de un gran saludo á la concurrencia, absorbía de pie su trago de champagne. Terminada la sobremesa, y en vista de que eran apenas las doce de la noche, se nos llevó en procesión al _Suffolk_, que pasa por ser el club menos «convencional» de Boston. Y, bajo la nieve espesa que caía en silencio, la larga comitiva, formada en parejas mancomunadas contra el hielo resbaladizo, se desenvolvía, negra sobre blanco, por las aceras de la ciudad pedagógica y puritana.

Antes de resumir las impresiones diversas que han producido en mí las escuelas y facultades del Massachusetts, no dejaré de mencionar sus numerosas bibliotecas públicas y especiales que, junto á las Sociedades científicas y literarias, á los Conservatorios de música y Museos de bellas artes ó historia natural, completan el organismo educativo, y constituyen en conjunto lo que con legítimo orgullo se denomina el cerebro y el espíritu de la ciudad—_the brain and the mind of the city_.

Cuando la visité, no estaba la Biblioteca pública instalada aún en su palacio en construcción de Dartmouth street, con sus regios salones y sus bóvedas ennoblecidas por las «Musas» de Puvis de Chavannes; pero ya, en su antiguo y relativamente estrecho local, frente al _Common_, era sin duda, no sólo la mejor de los Estados Unidos, sino una de las instituciones más bellas é imponentes del mundo civilizado. No constituyen, como en la Biblioteca del Congreso, la ancha base de su riqueza cuantitativa, unos trescientos mil volúmenes oficiales é informes administrativos, sino que figuran en su masa enciclopédica, además de las producciones fundamentales de la ciencia, la historia y la literatura de todos los países, verdaderos tesoros bibliográficos, dignos algunos de emular los de la _Bibliothèque Nationale_ ó del _British Museum_. Casi todos los escritores del Massachusetts han legado una parte ó el todo de su librería á la pública: Everett, su primer presidente, 1000 volúmenes; Bowditch, 2500; Ticknor, 7500, con su inapreciable colección española; otros han multiplicado las donaciones en dinero, ó adquirido valiosas librerías para regalarlas: así los 12,000 volúmenes del fondo Barton, que comprende todas las ediciones de Shakespeare y algunas rarísimas de la antigua literatura francesa. Con todo, lo realmente admirable en el establecimiento, es el servicio interno, así de la casa central como de sus nueve sucursales. Entre sus 150 empleados hay más de 100 mujeres, jóvenes casi todas y admitidas por concurso; en los salones de lectura estudian en silencio centenares de personas, de todas las edades y condiciones; pero el servicio mayor de la Biblioteca consiste en los préstamos á domicilio, que pasan de 1.300.000 obras anuales, de las cuales sólo se pierden ó reemplazan por deterioro, según me afirma el _Chief Librarian_, unos 800 volúmenes (exactamente 1 por 16.000). No hay catálogo completo encuadernado; pero sí grupos de tarjetas ó fichas, ordenados en el doble orden alfabético y por materias, y que cada lector puede consultar libremente en los casilleros que rodean las mesas: economía en el servicio y comodidad en la investigación.

Además de la Biblioteca pública, hay otras muy importantes: la del Ateneo (160.000 volúmenes), la de la Sociedad histórica (33.000 volúmenes y 82.000 folletos); la de _State House_ (65.000); la de Derecho (20.000); la importantísima de Harvard, en Cambridge (450.000) y veinte más, anexas á instituciones diversas, representando una masa bibliográfica igual á la de París, en proporción del número de habitantes, pero muy superior por los servicios prestados y la circulación. Después de estudiar el mecanismo y marcha de las instituciones anexas á la educación propiamente dicha, el viajero menos profesional adivina ya que el sistema escolar de la región ha de responder á todas las espectativas y merecer su reputación universal. Compréndese, por otra parte, que no me sea posible describirlo prolijamente en estos apuntes ligeros, y debo limitarme á formular el juicio somero que numerosas visitas me han sugerido, debiendo agradecer la amable cooperación que todos los funcionarios me han prestado, algunos con sus explicaciones orales, otros con el envío de varias colecciones de textos clásicos.

XIX

EL MASSACHUSETTS

II

BOSTON Y CAMBRIDGE