Part 30
Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien: todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones, porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar, perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder, amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras constituciones hispano-americanas resultasen artificiales é impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribir _a priori_ las opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido, elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos; mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.
Mount Vernon.
He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer; la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi segunda excursión.
Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor de ruedas, el _Macalaster_, hace el breve trayecto; nos embarcamos á las diez de la mañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo largo del Paraná.
La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque, sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías, cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras franciscanas los hechos y milagros de su institutor seráfico.—Aquí es de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon, que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo valiente.
Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada de señoras, _the Mount Vernon Ladies’ Association_; es un rasgo más del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar la _sacred place_; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz con la sociedad _Women of America_, que encontró medio de adquirir la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros, merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52] que envió 68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyo _room_ ha sido otorgado á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de estos trastos venerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los confines del país!
La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo, conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha, debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso: WASHINGTON; en la de la izquierda: MARTHA, CONSORT OF WASHINGTON.
El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar la curiosidad vulgar de los peregrinos: el _Hall_ con su enorme «llave de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija adoptiva; el cuarto de La Fayette, con el _bureau_ que usó el elegante y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por momentos, á pesar del mueblaje de lance y del _bric-à-brac_ apócrifo, la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprende del ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de este _home_ campestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los suyos, llevando la existencia activa y reposada del _gentleman-farmer_ virginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses, cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa, recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación, que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria, recibiese del reservado é impasible Washington, estas bellas palabras de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:
«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima. Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta, debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de volver á veros. Pero no quiero quejarme: _he tenido mi día ..._ No encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no intento hallarlas ...»
¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecido al que acabo de citar ...
En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás, según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está un _farmer_ de Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años: le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de su _ash-tree_, con más convicción que el guardián de las reliquias de una catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los reformadores y mártires del protestantismo: «_Yo soy la resurrección y la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá_»[54].
Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne, en que creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida, defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito, ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos, la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano» de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores, iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en otra presidencia! _Rather in my grave than in the presidency!_»—Todo ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguida en el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un continente.
Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de un _Fiat lux_ repentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente sagrada y única del Nilo Azul ...
Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con un _memento_ instructivo y filosófico; parece que he sido también alguna vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...
XVIII
EL MASSACHUSETTS
I
LA VIDA SOCIAL
Al acercarse ya el término de mi paseo por estos Estados Unidos, me ocurre examinar rápidamente, en obsequio de algún viajero futuro, si el programa que me tracé era el más racional y si lo he realizado pasablemente, siquiera en sus partes importantes. Respecto al primer punto, mi conclusión es favorable; hecho el experimento, apruebo el plan seguido y siento que, á repetir la excursión, no modificaría mucho el itinerario. Citaré este solo hecho significativo en favor de mi conclusión: no he conocido á Nueva York hasta después de recorrer el oeste y el centro; ahora bien, durante mis dos estancias en la «ciudad imperial», fuera del movimiento y las proporciones mayores mil veces descritos, no he encontrado allí un solo elemento que agregase un rasgo nuevo á mi esquema general del país. No tratándose de estadística sino de sociología, afirmo, sin buscar ni rehuir la paradoja, que el gran emporio comercial del Atlántico, para quien conozca ya las otras ciudades representativas, es un factor _négligeable_. Es posible que, para un viajero llegado de Europa y preocupado de referir á ella su examen comparativo, fuese preferible el itinerario más natural; dado mi punto de vista sudamericano, creo que ha convenido acometer por el litoral Pacífico el estudio progresivo de la región, caminando al oriente, en sentido contrario al que ha seguido la civilización, así en el mundo antiguo como en el nuevo. Al hacerlo, parece que se faltase á la lógica, aplicando á la geografía un método opuesto al de la historia; pero es simple apariencia. La edad cronológica de una comarca suele ser lo contrario de su edad sociológica: con referencia á la civilización, yendo de Méjico á Nueva Inglaterra, se marcha en realidad como el tiempo, de lo pasado á lo presente. Por lo demás, la imagen clásica del río que nace en su propio manantial y desciende el curso de los años no es tampoco aplicable al progreso de América, que no es, en principio, más que una simple desviación y derrame del europeo: fuera más exacto compararlo con una corriente que se desprende de un vasto lago central, á manera del San Lorenzo que sale del Ontario y engruesa con su hoya propia el caudal primitivo. En todo caso, no es dudoso que, después de conocer á Nueva York y el Massachusetts, el primer efecto de California y del mismo Illinois sería muy diferente del que produce cuando se llega de Méjico.
La realización del programa ha fallado en parte por el tiempo. La ciclópea Feria ha absorbido mi atención y embarazado mis movimientos; fuera de que no son suficientes algunos meses para un viaje de iniciación. Sería indispensable un año de libre y activa permanencia para completar el análisis de los factores primordiales. Éstos, en suma, no son muy complejos ni numerosos; infinitamente más difícil y delicado es el estudio original de cualquiera nación europea. Esta inmensa comarca no presenta, sobre un fondo común é invariable, sino cuatro ó cinco aspectos distintos y característicos. Éstos, únicamente, requieren y merecen examen detenido; y para ello es inútil y hasta nocivo trasegarse de Estado en Estado, consumiendo el tiempo y fatigando la vista con el espectáculo de copias y «réplicas» del mismo original. Para quien no lleva un objeto técnico preciso, las estaciones prolongadas deben ser las que en estas páginas he señalado, sin perjuicio de las excursiones complementarias á todas las zonas de la Unión.
Para juntar los elementos de un juicio personal, sería suficiente una permanencia de un año bien empleado, conociendo, por supuesto, el observador la historia y la lengua del país, y cuidándose mucho de no disipar su actividad en frívolo turismo. El viajar durante meses, con el solo objeto de _haber visto_ las poblaciones y parajes célebres, constituye la más estéril de las fatigas; se extraería mayor gusto y provecho de una lectura. Sobre todo, cuando se trata de sitios naturales, famosos por su belleza, las vistas y descripciones literarias han desflorado de antemano nuestras impresiones: la imaginación los fingía más bellos. Mejor dicho, las cosas no son bellas sino para los que poseen el mágico cristal de los videntes, que revela la poesía oculta bajo la prosa superficial. Y es pretensión ridícula en cualquier transeunte, el creer que descubrirá, en un sitio histórico ó natural, lo que Taine ó Flaubert hubieran visto.
Al paso que se achica, el planeta se torna más chato y monótono. Cuando la civilización niveladora haya borrado de la haz de la tierra los vestigios de la antigüedad y del exotismo, la uniformidad universal será desesperante, y las distancias aproximadas no valdrán el trabajo de ser salvadas. En un largo viaje, lo que se encuentra á cada paso es la repetición de lo que se conoce ya; y ello nos interesa precisamente en proporción de los recuerdos, es decir, de los elementos psicológicos que le incorporamos: he evocado en Belize la selva de Fontainebleau; en los Alleghanies herrumbrados por el otoño, las faldas de los Pirineos; en California, el valle de Aconcagua ó Tucumán. La naturaleza es menos varia que el humano habitáculo. Pero, si el mismo paisaje no nos interesa hondamente más que por la impregnación histórica ó legendaria que contiene ó le atribuímos ¿qué substancia imaginativa pueden encubrir estas vírgenes praderas sin huellas seculares, estas ciudades nuevas sin nobleza ni estética? Lo único que aquí retribuye la tristeza del peregrinaje es la manifestación, más futura que presente, de una variedad sociológica en formación. Y aquí, sobre todo, es cierta la palabra de Pope: «El verdadero estudio de la humanidad, es el hombre»[55]. Pero lo que vale ser estudiado del hombre no se muestra en la existencia artificial de los ferrocarriles y hoteles; el alma colectiva puede asomar á la superficie de la vida callejera, casi nunca el alma individual, la que piensa, desea, sufre á solas, y es la célula consciente del organismo social. Por eso, no sabrá nada real é íntimo de la psicología americana quien no haya ahondado lo bastante en ella para criar afectos y antipatías, agregando al juicio del espíritu la reacción personal del sentimiento.
En los meses de octubre, noviembre y diciembre, he recorrido varias veces los Estados del centro y del este, deteniéndome algunos días en sus más importantes poblaciones, fuera de estancias repetidas en Washington, Boston y Nueva York. Pudiera ahorrarme lo primero en beneficio de lo segundo, pues nada útil he extraído de las rápidas excursiones, y por ellas he tenido que abreviar las permanencias provechosas.