Part 29
La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente, la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado, las de las señoras y de los _gentlemen_ sin importancia. Adornan las paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones, águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua, telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó se agazapan en las gradas de la _President’s chair_. En el despoblado recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios, escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia, entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de un _personal bill_, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada en la lista de las _Army nurses_; y el viejo S., de Nevada, brega por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada humorística que levanta risa general ...
La Cámara de representantes, _of course_, gasta más refocilamiento que el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio; por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el Senado. El sillón del _Speaker_, delante de una ancha mesa de mármol; á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano, semejante á los _fasces_ romanos; en las paredes, algunas pinturas en que un intenso _spreadeaglism_ suple á su modo la belleza ausente: el Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos del fecundo Brumidi, la _Ocupación de California_, el _Descubrimiento del Hudson_, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez en la _Toma de Yorktown_, en una actitud teatral que contrasta con la serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia el _Speaker_, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43], y, como un examinando ante la mesa, procura hacerse oir, siquiera de los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados; otros gastan una llaneza de traje y modales que llega al _débraillé_; uno hay, sin duda de _Mizzoura_, que ha venido á la capital con sus dos muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel. Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...
La cuestión que hoy se debate tiene mucho mayor alcance que la de la otra cámara: trátase nada menos que de un proyecto para la admisión del Utah entre los estados de la Unión; con todo, se presta tan poca atención al informe constitucional como al alegato _pro nutrice_. El orador presente no es un diputado, sino el delegado del territorio ¡y mis amigos mormones se llevan una azotaina de profeta y señor mío!... Por lo demás, en este caso como en la mayoría de los otros, el orador no habla para la cámara distraída, sino para el interesado público local; la votación ha sido convenida en los comités de los partidos, y se anuncia de antemano que la admisión del Utah (demócrata) será aprobada en la Cámara y rechazada en el Senado,—no por cuestiones de etiqueta con Mormon ó Moroní—sino sencillamente porque la mayoría, allá republicana, es aquí demócrata.
Sin pretender que otras cuestiones palpitantes,—como las del _Silver bill_ ó de los aranceles aduaneros—se traten en el parlamento con la misma indiferencia aparente, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría de los casos, la discusión es un mero simulacro que conduce al voto, ya complaciente, ya imperativo, siempre independiente de la argumentación. Es una consecuencia y una condición de la disciplina partidista, como también uno de los síntomas visibles de la corrupción política, que todos los observadores americanos y extranjeros han comprobado. Algunos de éstos[44] han analizado con admirable perspicacia el mecanismo legislativo de la Unión, mostrando cómo—muy especialmente en la Cámara de diputados—todas las ficciones constitucionales y vistosas del gobierno popular se reducen en la realidad á unos cuantos despotismos ocultos, tan poderosos é irresponsables como la autocracia rusa ó la realeza de derecho divino: así, en la Cámara, los comités permanentes y, desde luego, el presidente, que los designa á su antojo.
Todo _bill_ introducido pasa á uno de los cuarenta y siete comités, el cual estatuye soberanamente sobre su suerte; ésta, para la inmensa mayoría, tiene que ser fatal: baste decir que, durante el último congreso, ¡el número de proyectos pasó de 13.000! Ahora bien: sólo tres días (vale decir, 12 á 15 horas de la semana) se consagran á la discusión general, ó sea un término medio de 600 horas hábiles para las dos sesiones anuales: admitiendo que cada proyecto no exigiera más que la hora concedida al miembro informante, el Congreso no alcanzaría á despachar (y ¡con qué conciencia!) el cinco por ciento de los presentados. Como bien se comprende, el número de _bills_ examinados es mucho menor; pero la necesaria selección dista de obedecer únicamente á razones de interés público. En principio, los cuatro comités de elecciones, impresiones, apropiaciones y «vías y medios» tienen la preferencia, por corresponder á asuntos que no sufren dilación; en la práctica, todos se disputan el turno ante la decisión inapelable del _Speaker_. En cuanto á los móviles, _exceptis excipiendis_, que excitan el celo de los diferentes comités, los más disculpables son los que obedecen al deseo de derramar pensiones y empleos sobre el propio distrito electoral; otros son menos inofensivos: así los que rezan con privilegios y concesiones solicitados por bancos, ferrocarriles, grandes compañías industriales y comerciales, en que puede decirse que el «interés» de tal ó cual comité suele crecer en razón directa del capital ...
Tal es, según los datos más imparciales y la suma de impresiones que un contacto frecuente y prolongado sugiere, el carácter general del mecanismo legislativo en estos Estados Unidos, que la credulidad hispano-americana ha considerado, por tantos años, al través del prisma fascinador de las teorías y de las prosperidades materiales. El mismo James Bryce, considerado aquí como un optimista, tiene que reconocer los vicios crecientes de un sistema que, sin desempeñar como en otros parlamentos,—y en este mismo, en otro tiempo—lo que se ha llamado una «función política educativa», va propagando á todos los órganos sociales, desde los partidos á los individuos, la inmoralidad y el escepticismo. Ello explica bastante, fuera de otras consideraciones materiales, el desdén que á la política profesan los únicos que, por su ilustración y dignidad moral, mereceríanpracticarla y dirigirla. Los abogados sin pleitos y los _politicians_ sin otra profesión llenan más y más el recinto del Congreso, no atraídos seguramente por el sueldo modesto (5000 pesos anuales), absorbido en parte ó en todo por los gastos electorales[45], ni el brillo de sus funciones desprestigiadas, y mucho menos por el deseo de servir á su país. Y este desgaste de fuerzas vivas (que con el tiempo se van tornando menos exuberantes á pesar de las apariencias), esta vulgarización sistemática de las almas y las inteligencias, representa en compendio el «triunfo de la democracia» y la práctica real de aquellas instituciones ejemplares, llamadas, según Tocqueville, Laboulaye y sus émulos doctrinarios, á regenerar el mundo y resolver todos los problemas sociológicos.
Es costumbre replicar á estas críticas y objeciones con dos afirmaciones positivas, cuyo valor es innegable: se muestra, por una parte, la asombrosa prosperidad material de los Estados Unidos, que sobrepasa en crecimiento todo término de comparación; y, por la otra, se comprueba la subsistencia y solidez aparente de la Constitución, de que es sin duda una parte muy esencial el sistema legislativo tan singularmente practicado. Parece lógico, entonces, relacionar ambos hechos, y repetir que los Estados Unidos deben principal ó exclusivamente á su Constitución tan gigantesco desarrollo.
Como siempre acaece, hay una parte de verdad en dicho juicio, y acaso otra mayor de ofuscamiento é ilusión. Creo que, al atribuir influencia tan excesiva á la Constitución americana, se comete no sólo, como en la escuela se dice, un sofisma de inducción (_non causa pro causa_), pero también un grave error de hecho, aceptando como definitivo un estado quizá transitorio y circunstancial, y admitiendo que el desarrollo físico y colectivo de una agrupación sea el criterio de su progreso absoluto, cuando éste es, ante todo, un proceso psicológico individual. En lugar, pues, de discurrir otra variante al conocido análisis de las instituciones yankees, creo que será más útil formular algunas de las reflexiones que su historia y su contacto práctico me han sugerido, refiriéndolas á nuestras tentativas de imitación en Sud América.
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Se ha hecho notar, precisamente á propósito de esta Constitución, cuán reducida y rara es la parte de originalidad que cualquiera «innovación» encierra, mayormente si resulta de una deliberación colectiva. Para demostrarlo, algunos escritores europeos y norteamericanos, rompiendo con la tradición popular y «el culto de la Biblia política», han desarmado la obra de los constituyentes de Filadelfia y enseñado cómo ella no contiene, del eje central á las ruedas accesorias, un solo elemento que no existiera ya, bien en la ley inglesa, bien en las cartas coloniales y constituciones de Estados derivadas de aquélla. Con ser exacta la exposición, está evidente el error de la consecuencia general, debido á un vicio de método. En un organismo, el conjunto es algo más que la suma de las partes. Entre los radicales, como Von Holst ó Stevens, y los ortodoxos fanáticos, como Tocqueville ó Pomeroy, algunos espíritus más fríos y sagaces han tomado la posición intermedia de Bryce y Boutmy, si bien más vecina de los primeros que de los segundos. Han mostrado sin esfuerzo que, respecto de la «Constitución» inglesa[46], la americana, á más de ser escrita y concreta, trae desde luego la modificación esencial de vaciar la substancia monárquica y centralista de aquélla en un molde muy distinto, cual es la democracia federativa; de suerte que, con ser idénticos los elementos constituyentes, han resultado muy diversos ambos productos políticos. La demostración es irreprochable; pero ¿es completa? No, porque no enseña el principio directo y psicológico á que obedece el conjunto. Se dice alguna vez que los árboles impiden ver la selva; el achaque es frecuente sobre todo entre los botánicos. Éstos conocen, analizan, clasifican una por una las especies vegetales de una región; no van más allá, y hasta suelen negar la existencia de esa selva abstracta ó subjetiva que sólo divisan los artistas filósofos.
Dados sus antecedentes históricos, sus factores actuales y las condiciones á que estaba de antemano sometida su aceptación, había mil probabilidades matemáticas contra una, para que la Constitución escrita de Filadelfia fuese un fracaso ruidoso, un aborto tan efímero como la Constitución francesa de 1791, próxima á ver la luz. Al hablar de las trece colonias «inglesas» y sus poblaciones, muchos historiadores modernos, exagerando la homogeneidad de aquéllas, generalizan lo que ha dicho Bagehot del solo Massachusetts, á saber que gentes dotadas de semejante espíritu político y social se avendrían con cualquiera constitución. En realidad, no puede darse aglomeración más heterogénea que la de dichas colonias: diferían profundamente por el origen, la organización y las constituciones; por la nacionalidad y la lengua, por la religión y la clase social, por los hábitos familiares y las aptitudes políticas. Si es cierto, como ya dijimos, que no hay en la Constitución de los Estados Unidos un solo elemento que no tenga su antecedente en las leyes anteriores, es porque formaban éstas la enciclopedia más vasta y contradictoria que existiera jamás. Por su origen y organización, algunas colonias eran tierras de la corona, como Virginia; otras, feudos ó señoríos personales, como el Maryland; el resto, concesiones otorgadas, con cartas especiales, á corporaciones ó compañías. Sus instituciones no eran menos varias que su lengua y nacionalidad; alrededor de los nobles _cavaliers_ de Virginia y los peregrinos del Massachusetts, pululaban los inmigrantes y colonos suecos, suizos, holandeses, hugonotes franceses, etc. Era aún mayor y mucho más grave la diferencia de religiones y sectas, como que la mutua intolerancia era un fermento de guerra intestina y de desorganización social. Fuera del Maryland, donde al principio dominaron con lord Baltimore, los católicos eran perseguidos y vejados en todas partes; pero entre las mismas sectas protestantes, la que dominaba en cualquier colonia erigía la creencia religiosa en principio político para oprimir á las sectas rivales; los puritanos de la Nueva Inglaterra se encarnizaban contra los cuákeros, y éstos mismos, refugiados en Pensylvania, entronizaban la intolerancia en los actos gubernativos. Fuera de la esclavitud de la raza negra, las distinciones de clases creaban privilegios entre los blancos; había siervos europeos (_indented servants_) que, además de no tener derechos políticos, distaban mucho de ser equiparados á los _gentlemen_ ante la ley penal; hasta el siglo XVIII no eran ciudadanos (_freemen_) sino los propietarios de la religión «ortodoxa» para cada colonia: puritanos en Massachusetts, católicos en Maryland, cuákeros en Pensylvania, episcopales en Virginia, etc.
En cuanto á las instituciones locales, si bien es cierto que las legislaturas tenían en principio que subordinar sus actos á la _Common law_ y demás estatutos ingleses emanados del Parlamento, resultaban en la practica tan distintos como las costumbres, las condiciones climatéricas, las industrias y la índole social de las comarcas, produciéndose desórdenes y motines frecuentes entre gobernantes y gobernados. La misma organización municipal, nacida en el Massachusetts, iniciador, y verdadero paladión de la libertad americana, no se propagó en su verdadera forma en todas las colonias; el sud aristocrático y esclavista no conoció el funcionamiento de la _town_ comunal hasta después de la emancipación. No sólo en estas colonias de _landlords_, pero en las más democráticas, como Rhode-Island y Pensylvania, la educación popular era muy poco difundida; y allí mismo donde prosperara, como en el Connecticut y el Massachusetts, se resentía de la influencia puritana, por su espíritu intolerante y sectario.
Tales eran, sin prolongar la enumeración, los principales rasgos diversos y encontrados que caracterizaban las colonias, y que algunas pinturas admirativas y complacientes han transformado en una fisonomía uniforme y convencional de agrupaciones igualmente aptas para el _self-government_. Y á las intolerancias sectarias, á las rivalidades locales, á los conflictos de intereses entre los Estados grandes y chicos, los del norte y del sud, hay que agregar la falta de contacto por las distancias entonces enormes y, rotos los vínculos con la metrópoli, el interregno ó la germinación apenas sensible de la vaga nacionalidad[47].—Á este respecto, pudo hacer ilusión durante la guerra de la Independencia el ardor de un sentimiento común, en el cual es muy sabido que entró bastante débil y tardío el anhelo de libertad; pero el triste experimento del Congreso federativo, cuyo fracaso motivara la convención constitucional, mostraba demasiado la necesidad de crear _ex nihilo_ el organismo nacional que no existía. En el fragor de los combates había dejado de percibirse el rumor de las disensiones locales; producido el gran silencio de la paz después de la independencia asegurada, tan sólo éstas se dejaron oir; y no hay que recordar la angustiosa situación económica que siguió, y parecía precursora del aniquilamiento.
Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia, y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional, destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.
El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente. Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y, como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador. Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión importante.
Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionar los países que prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser un poco vago, no es del todo aplicable al país (tan _europeizado_ como los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre todos los que practican concienzudamente el régimen republicano, federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemos _aislar_ el espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].
Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph, Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella expresión y darle mayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del desastre de otros.
He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara, así en la colonias como en los Estados de la confederación: el inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados (55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el gobierno libre se funda en el _espíritu de tolerancia_, no aceptado en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió. Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas, y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente, tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de su perennidad exterior.
Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogo imperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como lo quieren otros, era un _modus vivendi_ transitorio, un compromiso provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente imperfecto.