Del Plata al Niagara

Part 21

Chapter 213,604 wordsPublic domain

Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni dar lecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión. Entretanto, me divierte esta prueba _avant la lettre_ de la humanidad futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual: encuentro en mi _diario_ repetida hasta el fin esta impresión del primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el «_booming_» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero, naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre en cada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la «cámara». «¿Tienen también ustedes minas _at home_?» Procuro, en mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con animación, sin aspereza; cada argumento empieza con un _Me parece (I think ...)_, que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la apóstrofe dantesca:

_Or se’ tu quel Virgilio e quella fonte Che spande di parlar sì largo fiume!..._

Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondula como un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré. ¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por mi _déshabillé_ al aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mujer del bastidor medianero:

—_Sir_, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?

—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo ...

En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate de _poker_ con un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:

—¡Señorita!

—¿Señor?...

—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...

Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:

—Y usted, _sir_, ¿qué dice?

—Yo creo que los dos tienen razón ...

Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el desnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy. Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ... Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al contrario; pero me incomodan, positivamente ...

Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres como un _Christmas;_ disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto: «Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City, que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente: «Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».

Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderas esmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia y el bienestar. Cerca de un _cottage_, semi-oculto como un nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático. Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la vida nacional.

Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la última noche, se arma en el fumadero un formidable _poker_. El coronel pretende iniciarme; pero confundo _spades_ y _clubs_, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad y despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...

Salt Lake City.

Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City; estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones. Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la aglomeración mormona.

El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del Nuevo Mundo: la naturaleza ostenta frescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos «meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda: es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».

La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos (_maple-trees_) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos, fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos, de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire: todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctricas, _clochetons_ chinescos, piletas y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la estatua colosal del ángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta de _Aída_. Ocupan otro costado de Temple square el insignificante _Assembly Hall_ y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...

Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.

El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se entreven interiores risueños y cuidados como _homes_ ingleses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de blanco leen un _magazine_, cerca de los niños que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una ráfaga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero: TO THE RACES; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras! Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipódromo.

Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas, pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis «chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.

En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake; los hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.

Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañistas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas», transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—_en cabinet particulier_.

En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas sin mantel; pero casi todas han traído su _lunch_ en canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las paredes, en el piso de _skating_, en los bancos del circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es un _sport_ de reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable cabello.

Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas. El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado, cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas, remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz. Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo, las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñas y alquerías. Y se recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él llamara la «Isla de la Decepción».

Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme (_to meet_) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo, que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis, formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh! terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!