Del Plata al Niagara

Part 20

Chapter 203,273 wordsPublic domain

De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable y el lujo flamante del _Palace Hotel_, con su despliegue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa central: _Clean hands and pure heart!_ Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en este principio del verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física ... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza, ni la historia, ni la poesía: pero en este _Frisco_ bullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á la _guenille_ burguesa—al casco material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!

¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y del _boasting_ grosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado llamándose _placer_. No necesito reseñar esa historia fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios, americanos del sud, _squatters_ é indios de las praderas, todos los desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo, como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos de _Market street_ recuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.

Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (_Golden Gate_) a _China Basin_, los blocks regulares, parcial ó completamente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso; los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; el _booming_ convulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías de _Golden Gate Park_ y el Hipódromo, pero los «huecos» agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólico _to let_ que llama en vano al transeunte. Más que Chicago, Kansas City y otras «ciudades hongos» (_mushroom cities_) del Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora mismo se inicia el _krach_ de la plata, cuyas consecuencias generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la California robusta y juvenil.

En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el malestar interno. Este magnífico _Palace Hotel_, que cubre una media manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer su _bacon and beans_,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison. A la tarde, en el espléndido _Golden Gate Park_ hormiguean los carruajes y caballos de raza; la elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este momento, ejecuta una selección de _Mignon_; casi todas las jóvenes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar al _clou_ de la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la plañidera romanza:

_Conné-tiou la pays...?_

Y este desafinado murmullo, cuyo _crescendo_ se acentúa con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson: _C’est là que je voudrais vi-i-vre!.._

Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo los focos eléctricos, al rumor de las músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tienen templos, _restaurants_, teatros propios, y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les dominan con su ruda energía.

Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la excursión que hago una noche á la _China town_, acompañado de un cónsul extranjero y un _detective_, cuya presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras de _Market Street_—el _Broadway_ de San Francisco—y bruscamente, á la altura de _Union Square_, donde se incorpora el agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso: _Tin Yuk_, joya celestial, _Wa Yun_, fuente de flores, etc., etc. Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil y tabletas de _chewing-gum_; entrevemos en algunas tabernas grupos de magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo arroz con sus palillos como de _crochet_, jugando á una suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de los Milagros, en _Nuestra Señora de París_ ...

De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abiertas se divisan anchas escaleras labradas y otras salas parecidas á esta....

Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo de _Clay Street_—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y palcos para la celeste _high-life_; hay una como cazuela con aposentos para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una monótona melopeya. Hemos entrado _in medias res_—detalle insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—el _Barbero de Sevilla_. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompañamiento de violines, gongos, flautas y tamboriles ... ¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla, inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...

Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al parque de _Golden Gate_ y al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin omitir la excursión á San José y al _Lick Observatory_ con su famoso telescopio (_the largest in the world_); he recorrido concienzudamente las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales del _Monde où l’on s’ennuie_; he examinado con la debida prolijidad el enorme é inacabado _City Hall_, menos notable por su arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar provendrá de mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es de muy pobre psicología ...

Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo en pocos meses. El _turismo_ es el enemigo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo, de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno problema de la _World’s Fair_ se resolviese en su favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo de la rueda» (_the Hub_)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.

XI

SALT LAKE CITY

EL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONES

Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas, que los trenes del _Southern Pacific_ deben recorrer teóricamente en 37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje; cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.

La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente en la obscuridad.

Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos de _toilette_, agua helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cada _smoking room_ es, por supuesto, el charladero central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país del anuncio y de la _interview_. En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en los pasajes. El _Pullman-car_ no es sino una condición de los viajes largos, y el tren _vestibuled_ es un síntoma exterior de la igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma de las ideas son _comunes_, en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo menos campechano.

No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye su horripilante _toilette_ á nuestra vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del Utah, y _chiqueur_ infatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.