Del Plata al Niagara

Part 19

Chapter 193,604 wordsPublic domain

Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser, es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en el _smoking-room_, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante! Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés! Cuando pienso que fué por aquí á fundar á San Francisco!»—Entonces, sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás, es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces: era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico de sus _boniments_ profesionales: no he protestado, me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.

El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos indios apaches—_the last of the Mohicans!_—arrollados en un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco de _hickory_, vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar casi bonitos esos mamoncitos apaches!

Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso. Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento ataque de tos ¡en la carraspera del _crincrín_ ha reconocido el canto de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el _capela gorria_ lo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador ... ¿Por medio de qué _avatar_ misterioso, de qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al curtido _minstrel_, quien, completamente embrutecido, sordo además como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente: _yes, sir_, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las monedas de diez _cents_, sin detener su arco las coge con sus labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta con solemnidad—_¡Debryan bisaya!_—que el viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha, se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á cantar:

_¡Don Cárlos gureá, Don Cárlos maiteá! ¡Ay, ay, ay, mutilac, Capelac gorriac!..._

Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y mejicanos, _waiters_ y guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de su vida.

Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sachém por el gran Manitú: «_¡No era este don Carlos, sino el abuelo!_» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el camarada aquél!

La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un vasto cañón, teniendo á _San Bernardino Range_ á la derecha y á _San Jacinto_ á la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Los _cottages_ rojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que la virtud del esfuerzo laborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse, para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos el propio desarrollo de un continente independiente y completo.

Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia y venturosa plenitud.

Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (_seedless_) que aquí se apellidan _Washington Navel_, aunque la variedad haya sido importada de Bahía[21].

En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes líneas del _Southern Pacific_ y del _California S. Railroad_. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral de _winter resorts_ y sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas empenachadas: la sola _Colton Company_ emplea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4000 cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!

Los Ángeles.

Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré en el mismo San Francisco—no está sugerida solamente por los nombres de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los que están engullendo _tamales_, ó zangarreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre los _prominent_ de hoy ...

Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y morales que constituyen, _ne varietur_, el progreso entendido á la yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus pintorescas residencias y chalets de _bay window_ y gradería exterior; los enormes _buildings_ de ocho á quince pisos con fachada de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda la fabricación al por mayor de la «arquitechería» americana. Desde la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura material, desde el _Masonic Temple_ hasta el hotel _mammoth_ con sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas, teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco _cents_, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de manzanas edificadas,—pero, _mutatis mutandis_, las construcciones públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por fuera, como el _New York Herald_ al _Chicago Herald_, como el policeman de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios naturales, los Estados Unidos son un monstruoso _cliché_. De ahí el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para el _turista_ superficial, que vaga de calle en calle y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha sucedido en el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto, precisamente, la mayor parte de las _Impresiones_ de tanto _commis voyageur_ de la literatura se extasían con exceso ante los colosales montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y, desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida patria del fastidio.

En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó conduciendo _buggies_, pregoneros y _sandwichmen_ exhibiendo reclamos, procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquina de _North Main_ y _Arcadia street_, miro pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota, y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...

Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San Francisco. En _Spring street_, delante de un _Concert Hall_, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur de un _champagne_ californiano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al fin con un _dining-room_ dependiente de una sociedad de templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas; quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé de _Madame Favart_.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento del _Salvation Army_, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la pequeña representación bajo la luz eléctrica del _Hall_ pecaminoso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo. ¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escudilla, se llena con los cuartos del grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde la ocasión de instruirme, me desliza al oído: _¡Son espiritistas!_ Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee la _doble vista_, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas redondas del vecino _Hall_ ...

El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. El _cañón_ se ensancha ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y los _ranchos_ de ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campestre y anuncian la aproximación de la _Queen City_ del Pacífico. Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enorme _ferry-boat_ toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, de carros enganchados, de _rotisseries_ y _saloons_, de mesas y bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches. Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineados contra la pared, aullan infatigablemente los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de _Express_ nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; pronunciamos: _Palace Hotel_, y asunto concluído. Nos dirigiremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.

Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes del mundo—_the best in the world_—y sobre todo, suprimir el enojo de los _impedimenta_, esas batallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.

San Francisco.