Del Plata al Niagara

Part 18

Chapter 183,503 wordsPublic domain

Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas. _Magnus sæclorum nascitur ordo._ Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación, ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y tradicional ... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento; y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de la errante y siempre ascendente humanidad.

Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.

Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más con el objeto de observarlas como síntomas externos, que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años: aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es el principio director, el _primum movens_, la célula vivificante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el alma _yankee_[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda, donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.

¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contacto diario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta creo posible que esas pinturas _ab irato_ resulten menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix, es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo; Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de los Estados Unidos ...

Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los umbrales del tío Sam.

X

CALIFORNIA

Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho del _puff_ atronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de explotación y las agencias territoriales _ídem_, que de consumo multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El «lanzamiento» ó _booming_ del extremo sudoeste se presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas» para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.

Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano, al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, el regalo era mediocre. Á trueque de la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia. ¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, serán _servidos_ á su paladar ...

Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste, y del Arizona (_Árida zona_ ¡admirable bautismo!) que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cual haces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas: ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria que bien pudiera ser la oración _ad petendam pluviam_. ¡Oh sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!

Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona «pagaría», como aquí se dice; pero ¿cuándo? _That is the question._ En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor empleo de los _superavit_ ni de conjurar el peligro de la obstrucción metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ... Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú, sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr ingenuamente las peores aventuras!...

De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del organismo americano, que desde su centro irradia al punto más extremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía del _Southern Pacific Railroad_: en torno de la casilla de «pintado pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles de _pitch pine_, esteras, un _rocking-chair_, diarios y _magazines_ sobre una mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su única _échappée_ diaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista! _Good bye, Mrs. Paine!_» El tren se escurre, y hasta mañana quedará cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse vivir.

Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad la lámpara del _home_ humilde, donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silencio ritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro _car_: se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con el pesar de no abrazarlas ...

Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ó tres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una parranda con _chinas_ abrutadas ... No es por arriba sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el edificio entero.

Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan afligentes como su paisaje. Nuestro _Pullman-car_ está obstruído con maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos los _collas_ de la frontera jujeña, para hacernos entender—pero unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mascan; los que han dejado el _chewing_ nacional apestan el fumadero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con los _waiters_ negros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del _Engineer_.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo en caso de propina, más que su _slang_ gangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ó fórmulas locales: imagináos á nuestros cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á los _boys_ de las aceras.

Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre, Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien agencias de emigración en esas provincias: el _Manco_, Elicegui, el _Chiquito_, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.

Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los Pirineos.

Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el camino recto.—En tanto que otros soñadores vienen á América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida. _Omnia vanitas._ Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo, gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...

Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino; y así como el clima de las Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...