Part 22
El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero, tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos, cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el resto de mi vida,—productos variados de _Napa valley_. Pero en suma, todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado; en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus primeros habitantes.
Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por ejemplo, que las minas de plata de Park City, que visitaré dentro de pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos, y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la de _Ontario Silver Mining Cº_, de la que mi huésped es superintendente. Al fin se presenta una ocasión para que abandone mi papel _effacé_ de mero oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, un _outline_ optimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino californiano «tipo Champagne».
Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela el persuadir á mi _cicerone_ de que mi entrevista con el profeta respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles, los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (_High Priests_) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no ha sido usted diplomático?...»
¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien un tanto desflorado por el «inimitable Boz» en su _Martin Chuzzlewit_. Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista), etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (_Jack of all trades, master of none_). Su existencia—que debe de pasar de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve, y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás, sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamente en sus duelas crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...
Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt Lake; la imprenta del _Deseret News_[23], el principal diario mormón; las dos moradas de Brigham Young, _Lion House_ y _Bee-Hive House_, que revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila explayada en su vértice (_Old Eagle Gate_), conmemora cierta victoria de la secta sobre las fuerzas federales (_¡Tempora mutantur!_). Al lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, la _White House_, que era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este de _Eagle Gate_, un gran rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción. Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamos el famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en literatura sagrada, el _Libro de Mormón_.
Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido, escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro, para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo, en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy socorrida para los once mil y tantos bobalicones que _ven_ hablar á su presidente, ¡sin estar en el foco! _¡Wonderful!_ exclama el coronel, que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera éste el constructor.
* * * * *
Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe; entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible: «¡Cómo! un _gentleman_ que viene desde Buenos Aires para estudiar vuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar. El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con cara satisfecha: _dignus sum intrare_. En el breve trayecto hasta la residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (_Old dogs!_) ¡Así pudieran ahorcarnos!...»
La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala, donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado, se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con un tono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de «gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada, donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á divertirme considerablemente.
El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses; los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes: Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este es el gran impresor y librero de Salt Lake; pero las hazañas que le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa ruidosa, aplicándole la ley Edmunds por _Unlawful cohabitation_. Su _Vida de Smith_ ha sido escrita en la penitenciaría federal.
El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de un _leitmotiv_.—El presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un antiguo _farmer_, muy rico, que combina sus funciones sagradas con otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los «grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficial de academia! Con todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de encontrarme bien conservado ...
Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones. He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo» nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la de Washington: _¡E pluribus unum!..._» Y así continúa con un ardor de demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso la socorrida fórmula: «_¡Aoh! yes: e pluribus iunum ..._»
Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quieren que beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón de libros, lujosamente encuadernados,—_Historia del Utah, de Smith, de Young, de Taylor, el Libro de Mormón_, una docena de «defensas»; _Mr. Durant_, una estúpida cuasi-novela _de propaganda fide_, etc., etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también, en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete alguna vez.
XII
SALT LAKE CITY
II
EL MORMONISMO
Para mi gobierno, atribuyo una importancia que sin duda encontraréis excesiva á la impresión total que los hombres y las cosas producen en mí. Tomo el pulso á mi instinto, y sólo después procuro explicarme su manifestación, siquiera asome tan obscura como irresistible.—Salgo de esa entrevista, tan atenta y cortés, con un marcado sentimiento de antipatía. Me pregunto ¿por qué? Analizo, estudio, reflexiono—y la respuesta de mi sentido recto y honrado es que allí falta la sinceridad. ¡Oh! ¡distingamos aquí como en otras empresas, entre los predicadores y los creyentes, entre los promotores ardientes de la sociedad y el dócil rebaño de los accionistas! Un movimiento religioso moderno, que no se apoyase en la fe de sus adeptos, se estancaría muy pronto en la inmovilidad y la muerte. No fundaría nada estable y sólido, á semejanza de esos ridículos y nómades «salvacionistas», que reclutan los vagabundos del mundo entero y vienen á ser los gitanos del proselitismo. Pero los iniciadores del mormonismo han sido meros impostores. Y era tan grosera la impostura, que sólo en aquellos Estados Unidos rudos y crédulos de hace medio siglo ha podido ser acogida y prosperar.
Los tres factores sociales que con desigual energía han cooperado á la fortuna del mormonismo, venciendo los obstáculos que levantara el egoísmo material, y sobre todo lo absurdo y vulgar de la doctrina, son los siguientes: 1º la ausencia de cultura general y de espíritu crítico (correlativa de lo muy robusto y eficaz del sentimiento religioso), que hasta ahora, y á pesar de las apariencias contrarias, constituye la fuerza moral al par que la inferioridad intelectual del pueblo americano; 2º la escasa densidad de la población y la disponibilidad de vastos territorios vacantes en el oeste; 3º la laxitud del vínculo federal, caracterizada por la celosa y, entonces, más que hoy, preponderante autonomía de los Estados. Conviene tener á la vista estos tres factores, que he enumerado en el orden de su importancia, para fallar sobre el porvenir del mormonismo: si ellos subsisten intactos, la secta cumplirá su cabal desarrollo; si ellos han mermado y tienden á desaparecer, la secta languidecerá fatalmente, y su absorción por el organismo nacional será tan sólo cuestión de pocos años.
Encontraréis en todas partes la historia de su origen y rápida propagación; pero no puede gustarse plenamente el sabor americano de esta fruta religiosa, sino estudiando en los voluminosos documentos que me han sido facilitados, los caracteres de la planta y las peripecias de su crecimiento semisecular. Y no se tenga por asunto de poco momento: el problema religioso vuelve á ser la cuestión palpitante del mundo.
Ahora bien, con todas sus deficiencias y vulgaridades, el mormonismo muestra realizado en nuestro tiempo un experimento completo que, no sólo suministra indicaciones preciosas acerca del espíritu de credulidad del pueblo americano, sino que arroja al propio tiempo vivísima luz sobre el proceso histórico y legendario de todas las religiones. No puedo, por ahora, hacer más que justificar brevemente mis conclusiones; pero no abandono definitivamente el tema. Creo que un estudio substancial y filosófico del movimiento mormónico constituiría el mejor comentario crítico de tantas historias religiosas como este siglo ha producido: representaría un cartabón ó marco fiel para el contraste de aquellas innumerables inducciones, ya tímidas, ya temerarias, que la simbólica y la exégesis modernas han acuñado, con dudosa aleación de arte y ciencia, de conjetura y de realidad.
Como entidad religiosa, el mormonismo presenta un conjunto más completo que el protestantismo—sin que ello importe comparar la Biblia al _Libro de Mormón_; tiene revelación, milagros, mártires, misterios y sacramentos, jerarquía eclesiástica, y hasta un embrión de culto simbólico, adulterado por evidentes preocupaciones materiales: en suma, todos los elementos y todos los ingredientes de una iglesia establecida. El organismo es, lo repito, de aspecto vulgar, de concepción grosera y factura primitiva, pero vivificado y ennoblecido por la fe robusta de sus adeptos. Se parece á una moneda fiduciaria cuya garantía de emisión, con ser una quimera, fuese por todo un pueblo aceptada firmemente como un valor positivo: provisionalmente, la ilusión tendría el poder representativo y la plena eficacia de la verdad.