Part 14
La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado derechos enormes _contra_ la exportación del henequén: es su manera de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en dos días de navegación.
Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.
Veracruz.
Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pantanoso y la incuria malsana.
Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado, _Independencia_ y _Libertad_ (¡naturalmente!), que se herrumbran en el fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cubierta del _Independencia_, juegan á empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo ...
Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestro _Engineer_. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano á mis carceleros (_A slice of bacon, sir?_), y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho: ¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso superior á la de los _sacalaguas_ limeños! Ante este _cicerone_ con aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar mis _vení_ y _ché_ argentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.
En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner mis cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia el _Hotel Universal_, detrás de mi carriola: queda á dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un carruaje en todo el malecón.
El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción ... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la Martinica.
El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter «propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto el enrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil veces peor que la inerte suciedad. Una _fadeur_ nauseosa de hospital y cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia; me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...
Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del _Teatro crítico_, roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del autor!—y caigo en el conocido artículo de _Los españoles americanos_, donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente Padre Feijóo!...
Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:
Contémplame: mi nombre es _Pudo-ser_; También me llamo _Nunca_, _Adios_, _Es-tarde_![12]
Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de veinte años y ofrecidos como _ex-voto_ de penitencia ó gratitud.
El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos: naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casi limpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y, sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación con esta ú otra salida: _¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!..._ Quedo aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo algunos bocados, sin mirarlos demasiado.
La fonda—_the leading hotel_, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía» de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto, después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza natural se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡los _croque-morts_ de la ornitología!
Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para un programa de _palomas_ y _zapateados_, están en situación. El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía «selecciones» italianas ó «perlas de salón».
El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones; se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrecha donde cae una trenza maciza; un encanto mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la noche un poco de vida facticia y _falote_ alegría.
Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta función al aire libre, entre los _characteristics_ de Veracruz![13] Pero lo que arrebata al público, es la _Marina_ sentimental y cursi que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéutico en una boca de mujer: _¡Qué jarabe!_—Son sinceros; experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la misma sensación estética que otros ante el _allegretto_ de la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan y _algodonan_ las quejas desgarradoras de un pistón frenético: _En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!..._ Me duermo á medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes inalterables:
_Nodier raconte qu’en Espagne Trois officiers, cherchant un soir Une venta dans la campagne..._
El Anáhuac.
Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de infectos pantanos, donde algunos _jacales_ techados de palma me traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable, con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!
La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre la roca viva, con no sé qué prisa por escapar de los lazos de esas «tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas próximas.
Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de 330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de aplaudir!
Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se presenta sucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo que por algún tiempo no me harán falta ...
Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres. ¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!
Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, un _Salve magna parens_ vaga en mis labios, que se dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus campos de producción inagotable.
Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún: lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel da breve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de un _morituri_ de gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.
En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!