Del Plata al Niagara

Part 15

Chapter 153,470 wordsPublic domain

Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía los caseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa del _bordj_ argelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del néctar divino: aquello se intitula LA INVENCIÓN DEL PULQUE, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no es para mí flaca satisfacción el que mi _gusto_ concuerde con el de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa como la bebida—y recíprocamente.

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La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura y el cielo gris; nada que leer, fuera de un papelucho de Veracruz que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío ... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos, donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros: 5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer! Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batía _à plate couture_ al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...

Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se ha llenado de mejicanos. Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan dócilmente á su don Porfirio?

El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me envuelvo en el _zarape_ que he comprado á un buhonero y, desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar. ¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:

_Petit pioupiou, Soldat d’un sou,_ _Qu’as-tu rapporté du Mexique?..._

¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos y agentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine, Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.

¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15] en que se emite este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón III _releva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien_. ¡Un trono sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un reguero de derrotas.

Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ella menos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad ...

De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la _Nochetriste_, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante el _calderón_ de tres minutos de la locomotora ...

Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido; temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra: _¡Cuidado con el tifus de Méjico!_—¿Cómo, todavía?

VIII

MÉJICO

No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocido _soroche_ de la Puna boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido que el _apunamiento_ no guarda proporcion con la altitud absoluta: es posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas del mundo.

Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido en la esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de reclusión en el _Hotel Iturbide_, fueron mis _relevailles_ dirigirme á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.

Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.

Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo?

En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é intacto de la sociología colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetes _yankees_ de la vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante de _self-made men_, la contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.

Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta á dar cuenta de la indiferencia popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros, nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional. Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya de diez siglos,—_Gesta Dei per Francos_. Grano á grano, sus cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ... Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte generaciones encadenadas.

El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional: este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes antecolombianos y aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia europeas.

¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de nuestro parlamento.

Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias seculares que veníais á buscar. _Etiam periere ruinæ._ Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.

Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía, derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento: _nomina, numina_. El «Palacio Nacional», que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no merecen mención artística sino el _Hidalgo_ de Ramírez y el _Arista_ de Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda, la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la evocación.

Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la «reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión. Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica y los ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de desastre y horror.

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