Part 13
Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas gratuítas de la naturaleza: _Ecce hæreditas Domini!_ Antes de la tarea concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!
Progreso.—Mérida de Yucatán.
Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco, física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones inglesas—sin que falte el inevitable _Home, sweet home!_—que la madre acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de Santa Ana; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas de _Don Pasquale_, del _Elisire d’amore_, de la _Sonnámbula_. Estoy aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla el _Barbero_, de Rossini. Pero, después del _Ecco ridente_, ya no resisto más. Á grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral de _Una voce poco fa_, para decirle resueltamente: «Vea usted, _dóctor_, si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de Mérida del Yucatán.
Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición: en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...
El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina: _sub umbra alarum protege me_. Dejo colgar mi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las calles de la dispersa población, circulan las vagonetas _decauville_, transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación: ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. ¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?
Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevan sobre el _huipil_ escotado y sin mangas el corto _fustán_ con franja de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto de ferocidad. Segun el _Arte del idioma maya_, que he adquirido á peso de henequén: «amar» se dice _Ocobxhal_; la «querida», responde á este suave llamado: _Ixkakatnatzucil_—también ¡así será ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba correctamente _Malintzín_.
* * * * *
Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco, inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, viendo que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso», prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios: todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas: la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.
Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización: rifas, caballos de palo, órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos, con su _txin txin_ de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del maya más castizo.
La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas—¿por qué será que la _toilette_ matinal incita á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para su hija, que tiene escuela.
Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.» Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible. Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...
Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata, ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe «un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.
¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me contesta que, por la marejada, el _Engineer_ no concluirá su descarga hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.
Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad? No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he visto en Sud-América, me apeo en las _sorbeterías_, en una «Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida ... ¡llego hasta comprar una _Historia y geografía del Yucatán_: me siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una copa de «cognac» en la derecha. El libro es la _Química_ de Pelouze y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar henequén!
En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar que las «hazañas espartanas» (página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos secretos ...
Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha despachado ya su último bote con la correspondencia; el _Engineer_ tiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?» contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡que _una vez_ fué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela y me grita: _¡agárrese, señor!_ Siento un formidable _flic-flac_ de la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz tranquila del patrón: _¡Échale un cabo!_ Me sacudo y asomo la cabeza: el _Engineer_ surge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita: _Allow him to come up alone!_ (¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena, _alone_! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me lleva á comer: _A slice of bacon, sir?_—y de puro asustado trago el tocino sin mascar ...
VII
DE VERACRUZ Á MÉJICO
Después de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y Mérida,—cuando el capitán del _Engineer_ me enseña en la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac, cuéstame algún trabajo recordar que _vuelvo_ á tocar en Méjico. ¡Son tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del calórico.
Los griegos confundían _istmo_ y _estrecho_ bajo una sola designación. No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino separadas por el mar: _Oceano dissociabili_, decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, el _extranjero_, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente: el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la civilización.
Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitaria del gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10] Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor: el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—una _Historia política del Yucatán_, en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas democracias hispano-calientes?
En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromas de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!