Del Plata al Niagara

Part 12

Chapter 123,765 wordsPublic domain

Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es un _cargo-boat_, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos del _steward_ que arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en el _Engineer_, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.

VI

DE COLÓN Á VERACRUZ

BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN

El vapor _Engineer_, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejo _cargo-boat_ de excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueños lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.

La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, el _steward_ me enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante: _A slice of bacon, sir?_ ¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....

¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como un _ñandú_. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa en el cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....

El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.

Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo: _cella continuata dulcescit_, que dice la _Imitación_. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—_All’s well!_—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam por el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...

Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...

Belize.

Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido ese derecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:

_Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ..._

En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital del _British Honduras_, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros del _Engineer_: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...

Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.

Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de carambolas para esperar la bajada del sol!

Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: el _home_ británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielo pálido; las palmeras reales dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á mangles purpurinos. En una _verandá_, sobre el balcón donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un mono suelto.

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan: jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de corcho del _policeman_. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente al _cricket_. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto, que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: _fish!_ en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta como una cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del alemán «carambolero».

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir: _fiant tenebræ_! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: es _Saint-Mary’s Parish_, de la comunión episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me será abonada en cuenta. Voy á la _church_.

* * * * *

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba; en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sencillo, dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.

He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombrero _Gainsborough_. Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar; rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco de una mujer de pastor!

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de Promisión:

_A land of sacred liberty And endless rest..._

El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos: los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañía _limited_ que tuviera en el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las voces _energy_, _struggle_, _victory_, _civilization_, retumban como los ¡quién vive! de un nocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso _civis sum romanus_ estalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!

Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y me traen reminiscencias de la _Oración por todos_ de Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha? _Solo, olo, solo en el vasto mar ..._ ¿por qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo marinero inglés?[9] ¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...

El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas que con nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que, sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:

_Remember all who love thee And who are loved by thee; Pray, too, for those who hate thee, If any such there be..._

«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible, aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos cometer: los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho sufrir ...

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:

_Then, for thyself in meekness, A blessing humbly claim..._