Part 14
Matilde se arrojó en brazos de su amiga, la besó con arrebato, y luego se fué con su tesoro.
Llegó por fin el día de la fiesta y el triunfo de Matilde fué grande, inmenso. Entre todas, era la más linda, la más elegante, la más graciosa, y, loca de alegría, no dejaba de sonreír un momento. Todos los hombres la miraban, todos preguntaban quién era, querían serle presentados, y no tan sólo los altos funcionarios quisieron bailar con ella, sino que llamó la atención al mismo ministro.
Y ella bailaba con embriaguez, con arrebato, trastornada por el gozo que sentía y sin pensar en otra cosa que en el triunfo de su belleza, en la gloria de su éxito, y sintiéndose rodeada por una especie de nube de felicidad formada con todos los homenajes, todas las admiraciones y todos los deseos despertados con aquella victoria tan completa y agradable para una mujer.
Abandonó los salones á las cuatro de la mañana. Su marido había estado durmiéndose en un saloncito, con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían de lo lindo.
Colocó sobre sus hombros el abrigo que para la salida había llevado, modesto abrigo propio de su clase y cuya pobreza se daba de bofetadas con la elegancia de su traje de baile, y como ella lo sabía, para que las otras mujeres que se cubrían con ricas pieles no se fijasen en ella, quiso huir.
Loisel la retenía diciéndole:
--Espera, hija mía, espera que vas á enfriarte. Voy á llamar un coche.
Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle no encontraron ni un mal coche de punto, y echaron á andar dando voces á cuantos cocheros pasaban á lo lejos.
Desesperados y tiritando llegaron hasta el Sena. Por fin, en los muelles encontraron un carricoche viejo, uno de esos vehículos noctámbulos que en París únicamente se ven por la noche como si su miseria les avergonzase durante el día.
En él fueron hasta su casa. Vivían en la calle de los Mártires, y subieron la escalera tristemente. Para ella todo había terminado, y él, él pensaba que tenía que estar en la oficina á las diez.
Ante el espejo, Matilde se quitó el abrigo que la envolvía, para verse todavía una vez, y un grito de angustia se ahogó en su garganta.
No llevaba el collar.
Su marido, ya casi desnudo, preguntó.
--¿Qué tienes?
Ella, medio loca, se volvió hacia él.
--Que... que... que no tengo el collar de la señora de Forestier.
Completamente trastornado el marido se puso en pie.
--¡Qué dices!--exclamó.--¡No, no es posible!
Y buscaron por los pliegues del traje, por los del abrigo, por los bolsillos, por todas partes, sin poderlo encontrar.
Entonces él murmuró:
--¿Estás segura de que al salir del baile lo llevabas?
--Sí, lo he tocado en el vestíbulo del ministerio.
--Pero si lo hubieses perdido por la calle, lo hubiéramos oído caer. Se te habrá caído en el coche.
--Es probable. ¿Sabes el número?
--No. Y tú, ¿no lo has mirado?
--Tampoco.
Y se miraron aterrados. Al fin Loisel se vistió y dijo:
--Voy á recorrer el camino que hemos hecho á pie á ver si lo encuentro.
Y salió. Ella se quedó vestida con el traje de baile, sin fuerzas para acostarse, abatida en una silla, sin lumbre y sin poder pensar.
Su marido volvió á las siete sin haber encontrado nada.
Fué á la Prefectura de policía, á los periódicos para prometer importante recompensa, á las compañías de carruajes, á todas partes donde podía llevarle un reflejo de esperanza.
Ella, ante el espantoso desastre, estuvo esperando todo el día en el mismo estado de abatimiento.
Por la noche, Loisel volvió pálido y descompuesto sin haber encontrado nada.
--Es preciso--dijo--que escribas á tu amiga diciéndole que has roto el broche del collar y que lo haces componer. Eso nos dará tiempo.
Y le dictó la carta.
Al cabo de una semana perdieron las esperanzas, y Loisel, que había envejecido lo indecible, dijo:
--Es preciso que pensemos en comprar otro collar.
Y á partir del día siguiente, con el estuche que lo había guardado, se dirigieron á casa del joyero cuyo nombre estaba impreso en el raso. Éste consultó sus libros y dijo:
--Señora, no fuí yo quien vendió el collar: sólo vendí el estuche.
Entonces empezaron á recorrer joyerías, buscando un collar igual al otro, consultando sus recuerdos, y enfermos los dos de pesar y de angustia.
En una tienda del Palais-Royal encontraron un rosario de brillantes que les pareció exactamente igual al que buscaban, y aun cuando valía cuarenta mil francos, después de mucho regatear lograron que se lo dejasen en treinta y seis mil.
Suplicaron al joyero que no lo vendiese antes de tres días, y pusieron por condición que, si el primero se encontraba, se lo devolverían por treinta y cuatro mil francos.
Loisel poseía dieciocho mil francos que sus padres le habían dejado, y tomó prestado lo que faltaba.
Y fué pidiendo mil francos á uno, quinientos á otro, cinco luises por aquí, tres por allí, firmó letras, contrajo compromisos ruinosos, trató con usureros y con toda clase de prestamistas, y comprometió el fin de su existencia arriesgando su firma sin saber siquiera si podría hacerle honor; y asustado por las angustias del porvenir, por la negra miseria que le amenazaba, la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fué á buscar el collar nuevo dejando en el mostrador del joyero treinta y seis billetes de mil francos.
Cuando Matilde llevó el collar á su amiga, la señora de Forestier la recibió muy fríamente.
--Debías habérmelo devuelto antes--la dijo,--pues lo hubiese podido necesitar.
Y no abrió el estuche, que era lo que Matilde temía. Si hubiese advertido la substitución ¿qué hubiera dicho? ¿que hubiera pensado? ¿La hubiera confundido con una ladrona?
La mujer de Loisel conoció la horrible vida de los necesitados. Por lo demás, tomó heroicamente la determinación que era preciso tomar. Se tenía que pagar y se pagaría. Y se despidió á la criada, se dejó el cuarto que tenían y se fueron á vivir á una buhardilla.
Y ella supo lo que era trabajar y conoció las odiosas tareas de la cocina. Ella lavó los platos, dejando las uñas en los grasientos cacharros y en las cacerolas; ella lavó la ropa sucia, los trapos y las camisas que tendía en una cuerda; ella bajó la basura todas las mañanas y subió el agua deteniéndose á cada piso para tomar aliento; y vestida como una mujer de pueblo, fué á la frutería, á la tienda de ultramarinos, á la carnicería, con la cesta al brazo, regateando, y defendiendo su dinero céntimo á céntimo.
Todos los meses tenían que pagar letras y renovar otras para ir ganando tiempo.
Por las tardes, al salir de su oficina, su marido llevaba los libros á un comerciante y, muy frecuentemente, por la noche copiaba escrituras á veinticinco céntimos la página.
Y esta vida duró diez años, terminados los cuales lo habían restituido todo, con los intereses usurarios y la acumulación de los intereses compuestos.
La mujer de Loisel parecía vieja. Pero era la mujer fuerte, dura y ruda de los hogares pobres. Mal peinada, y con la modesta falda recogida, hablaba recio y fregaba el pavimento con jabón y un estropajo; pero á veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba junto á la ventana y pensaba en el baile aquél donde había triunfado por su hermosura y tan festejada se había visto.
¿Qué hubiera sucedido si no hubiese perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Qué singular y cambiadiza es la vida! ¡Cuán poca cosa se necesita para perderse ó salvarse!
Ahora bien, un domingo que había ido á pasear por los Campos Elíseos para distraerse un poco de los quehaceres de la semana, vió á una señora que llevaba á un niño de la mano. Era su amiga, la señora de Forestier, siempre joven, siempre hermosa, siempre seductora.
La mujer de Loisel se emocionó. ¿Le hablaría? Sí, le hablaría, y ahora que lo había pagado todo le contaría lo ocurrido. ¿Por qué no había de hacerlo?
Y se acercó.
--Buenos días, Juana.
La otra, sin reconocerla, se extrañó de que aquella mujer tan modesta le hablase con tanta familiaridad, y balbució:
--Señora... no sé... pero sin duda se equivoca.
--No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga no pudo contener un grito.
--¡Oh! Mi pobre Matilde... ¡Cuán cambiada estás!
--Sí, he pasado una época terrible, y desde que no te he visto he sufrido muchísimo... he pasado muchas miserias... y todo por ti.
--¡Por mí! ¿cómo es eso?
--Tú recordaras el collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio...
--Si, pero ¿qué?
--Pues bien, lo perdí,
--¿Cómo pudiste perderlo si me lo devolviste?
--Te devolví otro igual, y hemos tardado diez años en pagarlo. Como comprenderás, no era cosa fácil para nosotros, que no teníamos nada... En fin, ya pasó, y cree que estoy contentísima.
La señora de Forestier se había parado.
--¿Dices que compraste un collar de brillantes para reemplazar el mío?
--Sí, y no lo notaste porque las piedras eran exactamente iguales.
Y al hablar así sonreía con satisfacción inocente, y orgullosa.
La señora de Forestier, muy emocionada, la tomó las manos y murmuró:
--¡Oh! Mi pobre Matilde, mi pobre Matilde... Pero... mi collar era falso, y cuando más, valía quinientos francos...
EL VIEJO
Templado sol de otoño, filtrándose por las grandes hayas que se alzaban junto á la cuneta, bañaba el patio de la alquería. Bajo el césped roído por las vacas, la tierra, impregnada aún de la reciente lluvia, se hundía bajo el peso de los pies con ruido de agua; y los árboles, cargados de manzanas sembraban sus frutos de color verde pálido sobre el verde obscuro de la hierba.
Cuatro terneras, atadas en línea, pacían y mugían volviendo la cabeza hacia la casa, y las aves, dando una nota de color, escarbaban el suelo, agitaban las alas, cacareaban, mientras los dos gallos cantaban sin cesar, buscaban gusanos para sus gallinas, y las llamaban cloqueando vivamente.
La valla se abrió, y un hombre que tendría cuarenta años pero que por lo menos aparentaba sesenta, arrugado, torcido, andando lentamente con paso que sus grandes zuecos llenos de paja hacían más pesado todavía, entró en el patio. Sus brazos, exageradamente largos, colgaban á ambos lados de su cuerpo, y cuando se fué acercando á la casa, un perrillo amarillento que estaba atado al tronco de un peral enorme, junto á un tonel que le servía de perrera, meneó la cola y se puso á ladrar dando muestras de alegría. El hombre gritó:
--¡Calla Finot!
Y el perro calló.
Una campesina salió de la casa. Su cuerpo huesoso, ancho y aplastado, se dibujaba bajo la chambra de lana que la ceñía el talle. Una falda gris muy corta le llegaba hasta la mitad de las piernas, que cubrían medias azules, y también llevaba grandes zuecos llenos de paja. Una cofia entonces amarillenta pero que en otros tiempos había sido blanca, cubría algunos cabellos pegados al cráneo, y su rostro moreno, enjuto, feo y desdentado, mostraba esa fisonomía salvaje y brutal que con frecuencia caracteriza á la gente del campo.
El hombre preguntó:
--¿Cómo va?
La mujer respondió:
--El cura dice que está agonizando y que no pasará la noche.
Y los dos entraron en la casa.
Después de haber cruzado la cocina entraron en la habitación, pequeña y obscura, iluminada por la luz que entraba por un ventanillo ante el cual colgaba un harapo de percal normando. Las grandes vigas del techo, ennegrecidas por el tiempo y por el humo, cruzaban la habitación de parte á parte, sosteniendo el delgado pavimento del granero por el que corrían, día y noche, verdaderas manadas de ratas.
El piso, desigual y húmedo, parecía grasiento, y en el fondo, la cama formaba una mancha vagamente blanca. Ruido ligero, ronco, una respiración dura, que silbaba como un estertor y producía un gorgoteo semejante al del agua en una bomba rota, salía de aquel lecho tenebroso donde agonizaba un viejo, el padre de la campesina.
El hombre y la mujer se acercaron y miraron al moribundo con mirada plácida y resignada.
El yerno dijo:
--Por esta vez, todo ha concluido; ni siquiera llegará á la noche.
La mujer contestó:
--Así ronca desde mediodía.
Y luego se callaron. El padre tenía los ojos cerrados, el rostro de color de tierra, y estaba tan flaco que parecía de madera. La entreabierta boca daba paso al aliento desigual y duro, y á cada aspiración, la sábana, de tela gris, se alzaba sobre su pecho.
El yerno, después de un largo silencio, dijo:
--No hay más que dejarle acabar, pues no podemos hacer nada. De todos modos, es una contrariedad pues el tiempo es bueno y mañana convendría cortar las colzas.
Su mujer se inquietó al oir esto, y, después de haber reflexionado unos instantes, murmuró:
--Ya que se tiene que morir, no le enterraremos hasta el sábado y mañana podrás dedicarte á las colzas.
--Sí, pero mañana será preciso que invite para el entierro, y para ir de Tourville á Manechot necesito cinco ó seis horas.
La mujer se quedó pensativa por espacio de dos ó tres minutos y luego dijo:
--No son más que las tres y podrías empezar esta tarde á recorrer la parte de Tourville. Como apenas tiene para unas horas, puedes decir que ha muerto.
Quedóse el hombre algo perplejo pesando las consecuencias y las ventajas de la idea. Al fin dijo:
--Bueno, pues voy.
Se disponía á marcharse, pero después de un instante de vacilación volvió para añadir:
--Puesto que no tienes nada que hacer, prepáralo todo y haz cuatro docenas de morcillas para los que vengan al entierro. Preciso será darles algo. El horno lo encenderás con la leña que hay en el cobertizo. Está seca.
Salió de la habitación, entró en la cocina, sacó del armario un pan de seis libras del que cortó una rebanada con mucho cuidado, y recogiendo en la palma de la mano las migas que habían caído sobre la mesa, se las metió en la boca para que no se perdiese nada. Tomó luego un poco de manteca salada, la extendió sobre el pan con la punta de su cuchillo, y se puso á comer lentamente, como lo hacía todo.
Luego cruzó el patio, hizo callar al perro que ladraba de nuevo, y llegando al camino por un sendero, se alejó con dirección á Tourville.
Al quedarse sola, la mujer se puso á trabajar. Abrió un saco de harina y empezó á amasar la pasta para las tortas dándole vueltas y más vueltas hasta que la convirtió en una bola amarillenta que dejó á un lado, encima de la mesa.
Fué luego á buscar manzanas, y para no estropear el árbol se encaramó en una banqueta: escogió las frutas con cuidado para sólo arrancar las maduras, y fué colocándoselas en el delantal.
Desde el camino una voz le gritó:
--¡Eh!
Volvió la cabeza y vió á un vecino, el alcalde, que volvía de cuidar sus tierras, y le respondió:
--¿Qué se le ofrece?
--Y el padre ¿cómo está?
--Casi muerto. El sábado á las siete es el entierro porque las colzas dan prisa.
El vecino replicó:
--Entendido y buena suerte. Que lo pase usted bien.
Y correspondiendo á la fineza, la mujer gritó:
--Gracias; lo mismo digo.
Y continuó cogiendo manzanas.
Al entrar en la casa fué á ver á su padre creyendo que ya le encontraría muerto, pero desde la puerta oyó el monótono estertor, y juzgando inútil acercarse á la cama, empezó á preparar las tortas.
Una á una fué envolviendo las manzanas en una hoja de fina pasta, y las alineó al borde de la mesa. Cuando hubo hecho cuarenta y ocho bolas, descolgó las morcillas y luego empezó á preparar la cena. Colgó el puchero para hacer cocer patatas, y pensó que estaba de más encender el horno pues tenía todo el día siguiente para terminar los preparativos.
Su marido, cuando volvió á eso de las cinco, preguntó desde la puerta.
--¿Ha muerto?
--Todavía no. Sigue roncando.
Fueron á verle, y encontraron al viejo en el mismo estado que horas antes. Su ronca respiración, entonces regular como el movimiento de un reloj, ni se había apresurado ni disminuido. Se repetía por segundos, y sólo variaba de tono según el aire que había entrado en sus pulmones.
Su yerno le miró y dijo:
--Acabará sin darse cuenta de ello, como una vela...
Entraron en la cocina, y sin decir palabra se pusieron á comer. Cuando hubieron engullido la sopa comieron una tostada con manteca, y, lavados los platos, volvieron á la habitación del agonizante.
La mujer, que llevaba en la mano una lamparilla fumosa, la paseó por delante del rostro de su padre. Y seguramente, si no hubiese respirado, se le hubiera creído muerto.
La cama de los campesinos estaba oculta al otro extremo de la habitación, en una especie de nicho; y se acostaron sin hablar, apagaron la luz y cerraron los ojos. Y muy pronto dos ronquidos distintos, profundo uno y agudo otro, acompañaron el continuo estertor del moribundo.
Por el granero corrían las ratas.
Cuando el marido despertó, al despuntar el alba, su suegro vivía aún. Inquieto por la resistencia del viejo sacudió á su mujer y la dijo:
--Oye, Filomena, no quiere acabar. ¿Qué opinas?
Ella, que tenía fama de pensar con acierto, respondió:
--Es seguro que no concluirá el día. No hay que temer nada pues el alcalde no se opondrá á que se le entierre mañana, como no se opuso á que se enterrase al padre de los Renard que murió en tiempo de siembra.
La evidencia del razonamiento le convenció y se fué al campo.
Á medio día el viejo no había muerto aún, y los hombres que se había alquilado para la recolección de colzas, fueron en masa á contemplar al anciano que tan agarrado estaba á la vida. Y cuando cada uno hubo dado su parecer, volvieron á su trabajo.
Á las seis, cuando volvieron, el padre respiraba todavía; y el yerno se asustó.
--Y ¿qué hacemos ahora, Filomena, qué hacemos?--dijo.
Ella tampoco sabía qué pensar. Fueron á ver al alcalde, y éste prometió que cerraría los ojos y daría el permiso para que se le enterrase al día siguiente. También se comprometió, todo por complacer á Chicot, á conseguir que se firmase el acta de defunción con fecha anterior, y así, el hombre y la mujer se fueron tranquilos.
Se acostaron y durmieron como la víspera, uniendo sus ronquidos sonoros al estertor, más débil á cada momento, del anciano.
Cuando despertaron, vivía aún.
Entonces se miraron aterrados. De pie, junto al lecho del padre, le contemplaban con desconfianza, como si les estuviese gastando una broma pesada, engañándoles, contrariándoles por gusto, y casi le guardaban rencor por el tiempo que les hacía perder.
El yerno preguntó:
--Bueno, y ahora ¿qué hacemos?
Ella, que tampoco lo sabía, contestó:
--¡Es una contrariedad!
Y como no se podía avisar á los invitados que iban á llegar de un momento á otro, decidieron esperarles para referirles lo ocurrido.
Á eso de las siete aparecieron los primeros: las mujeres, vestidas de negro, con la cabeza cubierta con enorme capucha, y muy triste la cara; los hombres, cohibidos con sus chaquetas de paño, avanzaban dos á dos y hablaban de sus asuntos.
Chicot y su mujer les recibieron entre desolados y confundidos, y los dos á un tiempo abordaron al primer grupo y se pusieron á llorar. Explicaban su aventura y referían su situación, ofreciendo sillas, agitándose, excusándose y queriendo probar que otros hubieran hecho lo mismo en su caso, y hablaban tanto, que ni siquiera dejaban tiempo á los otros para que les contestasen.
Iban de uno á otro repitiendo:
--Nunca lo hubiéramos creído. ¡Mentira parece que dure tanto!
Los invitados, sin saber qué decir y contrariados como quien pierde una ceremonia esperada, se sentaban ó permanecían de pie sin acertar con lo que debían hacer. Algunos quisieron irse, pero Chicot les obligó á quedarse diciendo:
--De todos modos tomaremos algo. Teníamos comida preparada y hay que aprovecharla.
Al oir estas palabras todos los rostros se iluminaron. El patio se iba llenando, y los que habían llegado primero daban la noticia á los que venían después. Se hablaba bajo, pero la idea de tomar algo alegraba á todo el mundo.
Las mujeres entraron para ver al moribundo. Al llegar junto á la cama se persignaban, murmuraban una oración y luego salían. Los hombres, con menores deseos de contemplar el espectáculo, miraban por la ventana.
La mujer de Chicot explicaba la agonía.
--Hace dos días que está así, ni más mi menos. ¿Verdad que parece una bomba de agua?
Cuando todos hubieron visto el agonizante se pensó en la colación, pero como no cabían en la cocina, se sacó una mesa al patio. Las cuatro docenas de manzanas vestidas, dispuestas en dos grandes platos, y una pirámide enorme de morcillas, atraían todas las miradas, y pronto los brazos se extendieron con cierta precipitación que envolvía el temor de que no hubiese bastantes para todos. Pero aun quedaron cuatro.
Chicot, con la boca llena, dijo:
--Si el padre nos viese, sufriría lo indecible, pues le gustaban mucho.
Un campesino muy gordo y muy jovial contestó:
--Ya no comerá más. Á cada uno su turno.
Esta reflexión, lejos de entristecer á los invitados, pareció que les alegraba, pues les correspondía el turno y ellos eran los que comían.
La mujer de Chicot, desolada al pensar en el gasto, iba al cillero constantemente para buscar sidra; los jarros se sucedían á los jarros y todos se vaciaban.
De pronto, una campesina vieja que se había quedado junto al moribundo, retenida por el miedo de que aquello le sucediera pronto, apareció en la ventana y gritó con voz aguda.
--¡Ha muerto! ¡Ha muerto!
Todos callaron y las mujeres se pusieron con presteza en pie para ir á verlo.
Efectivamente, había muerto. El estertor había cesado, y los hombres, algo molestos, se miraron. Aun no habían concluido las morcillas... ¡También había sido poco oportuno para escoger el momento!
Los Chicot, ya no lloraban, y ya que había lanzado el último suspiro, estaban tranquilos y repetían:
--Si nosotros sabíamos que no podía durar, pero si se hubiese decidido esta noche, no hubiera molestado inútilmente á tanta gente.
En fin, todo había concluido: se decidió que se le enterraría el lunes, y que con este motivo volverían á comer manzanas y morcillas.
Los invitados se fueron hablando del suceso, contentos á pesar de todo por haberlo presenciado, y también por haber tomado un refrigerio.
Y cuando el hombre y la mujer se quedaron solos, ella, con el rostro contraído, murmuró:
--¡Y tendré que hacer otras cuatro docenas de manzanas y que descolgar morcillas! ¡Si hubiese muerto esta noche!
Y el marido, más resignado, contestó:
--Eso no ocurre todos los días...
Á CABALLO
Los pobres vivían penosamente con el corto sueldo del marido. Dos niños habían nacido del matrimonio, y la estrechez se había convertido en una de esas miserias veladas, humildes, vergonzosas; miseria de familia noble que á pesar de todo quiere conservar la altura que á su rango corresponde.
Héctor de Gribelin se había educado en una provincia, en la casa paterna, y al lado de un viejo abate. No eran ricos, pero vivían salvando las apariencias, y cuando llegó á los veinte años se le buscaron los medios para que se crease una posición, y entró en el Ministerio de marina con mil quinientos francos de sueldo.
Había tropezado en este escollo como todos aquellos á quienes no se ha preparado para los rudos combates de la vida, como todos los que ven la existencia á través de nubes, que ignoran los medios y las resistencias; en quienes no se han desarrollado aptitudes especiales, facultades particulares, energías para la lucha, y á quienes no se han entregado armas ó útiles para defenderse.
Sus tres primeros años de empleado fueron horribles.
Había encontrado á algunos amigos de su familia, gente de ideas rancias y de escasa fortuna también, que vivían en calles nobles, las calles tristes del _faubourg_ Saint Germain, y con ellas se había formado un círculo de relaciones.
Extraños completamente á la vida moderna, humildes y orgullosos, aquellos aristócratas necesitados ocupaban los cuartos altos de las dormidas casas. Los inquilinos todos de aquellas moradas ostentaban títulos, pero el dinero era tan raro en el primer piso como en el sexto.