Part 15
Los eternos prejuicios, la preocupación del rango y el cuidado de figurar, constituían la obsesión de aquellas familias, grandes en otros tiempos y arruinadas entonces por la inacción de los hombres. En esta sociedad, Héctor de Gribelin encontró á una joven tan noble y tan pobre como él, y con ella se casó.
Y en cuatro años tuvieron dos hijos.
Durante cuatro años, aquel hogar perseguido por la miseria no conoció más distracciones que el paseo por los Campos Elíseos los domingos y algunas noches de teatro, dos ó tres cada invierno, gracias á billetes de favor que un compañero de oficina ofrecía al jefe de la familia.
Pero, he aquí que al llegar la primavera el jefe confió un trabajo extraordinario á su empleado y éste recibió trescientos francos de gratificación.
Al llegar á su casa dijo á su mujer:
--Querida Enriqueta, tenemos que celebrar esto con una gira. Á los niños les sentará muy bien.
Y después de larga discusión se decidió que irían á almorzar al campo.
--Á fe mía--exclamaba Héctor--una vez es una vez. Tomaremos un coche para ti, los niños y la criada, y yo alquilaré un caballo en el picadero. Eso me sentará admirablemente.
Y durante la semana no se habló más que de la proyectada excursión.
Todas las noches, cuando volvía de la oficina, Héctor cogía á su hijo mayor, le montaba á horcajadas en sus piernas y, haciéndole saltar, le decía:
--Así galopará papá el domingo próximo en el paseo.
Y el chiquillo se pasaba los días montado en las sillas, arrastrándolas por las habitaciones, y gritando:
--Papá... tatá...
La criada miraba con asombro á su amo pensando que seguiría el coche á caballo, y durante las comidas oía hablar de equitación, enterándose de las hazañas por él realizadas en otros tiempos en casa de su padre. ¡Oh! Se había educado en buena escuela, y una vez que le hubiese sentado los pantalones al bruto no temía nada.
Y frotándose las manos repetía constantemente á su mujer:
--Si me diesen un animal algo difícil, estaría contentísimo. Ya verás cómo monto, y si quieres, volveremos por los Campos Elíseos, á la hora del regreso del Bosque. Como estaremos muy bien, no me disgustaría que encontrásemos á alguien del ministerio. No se necesita más para hacerse respetar por los jefes.
El día convenido, carruaje y caballo llegaron á un tiempo ante la puerta. Héctor bajó en seguida para examinar su montura. Se había hecho coser trabillas á su pantalón, y manejaba un látigo que había comprado la víspera.
Levantó y palpó las cuatro patas del bruto, le tocó el cuello, los riñones, le abrió la boca para examinar sus dientes, y como toda la familia había bajado, les dió una lección teórico práctica con respecto al caballo en general, y en particular con respecto al que iba á montar, calificándole de excelente.
Cuando todo el mundo se hubo colocado en el carruaje, Héctor inspeccionó la cincha, y apoyándose en un estribo se plantó en la silla.
El animal, al sentir la carga caracoleó, y á punto estuvo de tirar al jinete.
Éste, muy emocionado, intentaba calmarle.
--Vamos, hop, vamos, hop...
Y cuando le hubo tranquilizado preguntó:
--¿Todo está dispuesto?
Cuatro voces á un tiempo respondieron.
--Sí.
--Pues en marcha.
Y la cabalgata se alejó.
Todas las miradas estaban fijas en Héctor que montaba á la inglesa exagerando los movimientos. Apenas caía en la silla que se alzaba como si fuese á volar por el espacio, y á veces parecía que se iba á agarrar á las crines; y tenía los ojos fijos, el rostro crispado y las mejillas pálidas.
Su mujer, que tenía sobre las rodillas á uno de los niños, y la criada que llevaba el otro, repetían sin cesar:
--Mira á papá, mira á papá.
Y los pequeños, embriagados por el movimiento, la alegría y el aire libre, daban gritos agudísimos. El caballo, asustado con los clamores, acabó por galopar, y el jinete, haciendo esfuerzos para contenerle, perdió el sombrero. Preciso fué que el cochero se apease del pescante para recogerlo, y cuando Héctor lo hubo recobrado le gritó á su mujer:
--No permitas que los chicos griten así. Este animal acabará por desbocarse.
Almorzaron en el césped, en lo más agreste del bosque del Vesinet, y con las provisiones que habían llevado en cestos.
Por más que el cochero cuidaba de los caballos, Héctor se levantó muchas veces para ver si al suyo le faltaba algo, y le daba palmaditas en el cuello ofreciéndole pan, galletas y azúcar en la palma de la mano.
--Es un excelente trotón--dijo.--En los primeros momentos me ha sacudido un poco, pero no he tardado en recobrar mis facultades. Ha visto que yo era el más fuerte, y no hay cuidado de que se mueva.
Como se había dicho, volvieron por los Campos Elíseos.
Los coches hormigueaban en la vasta avenida, y por los lados los paseantes estaban en número tan grande que semejaban dos largas cintas negras tendidas desde el Arco de Triunfo hasta la plaza de la Concordia. Un diluvio de sol caía sobre la muchedumbre haciendo centellear el charol de los carruajes, el acero de los arneses y el níquel de las portezuelas.
Locura de movimiento y embriaguez de vida parecía agitar á aquella masa formada por seres humanos, coches y caballos... Y el Obelisco, á lo lejos, se erguía como enorme columna de oro.
El caballo que Héctor montaba, pareció lleno de nuevo ardor, y en cuanto hubo pasado el Arco de Triunfo partió al trote largo, á pesar de las tentativas que para contenerle hacía su jinete, y dirigiéndose hacia la cuadra.
El coche se había quedado atrás, muy lejos, y al llegar frente al gran Palacio, el animal, que vió campo abierto, torció á la derecha y se puso á galopar.
Una mujer vieja que llevaba un gran delantal cruzaba el arroyo tranquilamente y cortaba el paso á Héctor cuyo caballo avanzaba á galope tendido. Viéndose impotente para dominar al bruto, empezó á gritar con todas sus fuerzas.
--¡He! ¡He!
La mujer debía ser sorda pues continuó andando tranquilamente hasta el momento en que, al chocar con el pecho del caballo que avanzaba con velocidad de locomotora, rodó á diez metros, cayendo con la falda al aire después de haber dado tres volteretas.
Muchas voces gritaron:
--¡Detenedle!
Héctor, enloquecido, se agarraba á las crines gritando:
--¡Socorro! ¡Socorro!
Una sacudida terrible le hizo pasar como una bala por encima de las orejas de su corcel, y cayó en los brazos de un agente que había salido á su encuentro.
En un segundo se formó á su alrededor un grupo que gesticulaba y vociferaba furiosamente. Especialmente un señor viejo, un señor que llevaba una condecoración redonda y grande y largos bigotes blancos, parecía exasperado. No hacía más que repetir:
--¡Ira de Dios! cuando se es torpe hasta ese extremo se queda uno en casa, y cuando no se sabe montar, no se sale á matar gente de este modo.
Cuatro hombres, aparecieron, llevando á la vieja; y la vieja con su rostro amarillento, la cofia de través y llena de polvo, parecía muerta.
--Que lleven á esta mujer á una farmacia,--ordenó el señor viejo--y nosotros vamos á la comisaría de policía.
Héctor se puso en marcha entre dos agentes. Otro llevaba su caballo de la brida y un grupo inmenso les seguía, cuando apareció el coche con la familia del infortunado jinete. Su mujer corrió hacia él, la criada perdió la cabeza, y los chiquillos empezaron á llorar. Héctor les explicó que volvía al punto, pues aunque había derribado á una mujer, la cosa no tenía importancia.
En la comisaría la explicación fué corta. Dió su nombre, Héctor de Gribelin, empleado en el Ministerio de Marina, y esperaron noticias de la atropellada. Un agente las trajo. Había recobrado el conocimiento pero se quejaba de terribles dolores internos. Era una mujer de setenta y cinco años, de apellido Simón, que ejercía el oficio de asistenta.
Cuando supo que no estaba muerta, Héctor recobró la esperanza y prometió pagar los gastos que su curación exigiese. Luego corrió á casa del farmacéutico.
La muchedumbre se agrupaba á la puerta, y la buena mujer, sentada en una butaca, con las manos inertes y embrutecido el rostro, gemía desesperadamente. Dos médicos la examinaban. No tenía ningún hueso roto, pero temían una complicación interna.
Héctor le preguntó:
--¿Sufre usted mucho?
--¡Oh! Sí.
--¿Dónde?
--Algo así como si tuviese fuego en el pecho.
Un médico se acercó.
--¿Es usted el autor del accidente?
--Sí, señor.
--Convendría enviar á esta mujer á una casa de salud. Sé de una donde podría estar por seis francos diarios. ¿Quiere usted que me encargue de todo?
Héctor, encantado, le dió las gracias, y algo más tranquilo se dirigió á su casa.
Su mujer le esperaba llorando á lágrima viva, pero él la tranquilizó diciendo:
--No es nada; esa pobre mujer está mejor y dentro de tres días estará completamente restablecida. La he enviado á una casa de salud; no es nada.
¡No es nada!
Al día siguiente, al salir la oficina, fué á verla y la encontró tomando una taza de caldo. Parecía satisfecha y contenta, y Héctor le preguntó:
--¿Cómo está?
--¡Oh! mi buen señor, nada bien: estoy como ayer y parezco aniquilada. No hay mejoría, no hay mejoría...
El médico dijo que era preciso esperar pues podía presentarse cualquier complicación.
Esperó tres días y volvió á verla. La mujer tenía la piel fresca, los ojos claros, pero en cuanto vió á Héctor se puso á gemir.
--¡Oh! mi pobre señor, no puedo moverme, no puedo. Así estaré hasta el fin de mi vida.
Héctor se estremeció y dirigió mil preguntas al médico, que levantó los brazos al cielo.
--Qué quiere usted que le diga,--contestó.--Yo no puedo decir más que cuando se la quiere levantar chilla como una condenada. Ni siquiera se puede cambiar de sitio su butaca sin que grite desesperadamente. Yo tengo que creer lo que me dice, pues no estoy en su pellejo, y mientras no la vea andar no puedo suponer que miente.
La vieja escuchaba sin moverse y mirándoles maliciosamente.
Y así pasaron ocho días, y luego quince, y un mes sin que la vieja se levantase de la butaca. Comía todo el día, engordaba, charlaba alegremente con los otros enfermos, y parecía acostumbrarse á la inmovilidad como si la hubiese ganado sobradamente con sus cincuenta años de subir y bajar escaleras, revolver colchones, subir carbón y agua, barrer suelos y cepillar alfombras.
Héctor, desesperado, iba á verla todos los días y siempre la encontraba lo mismo, tranquila y serena, y diciendo:
--No puedo moverme, mi pobre señor, no puedo.
Y todas las noches, devorada por la angustia, la mujer de Héctor le preguntaba:
--¿Y la vieja Simón?
Y él, con desesperado abatimiento, respondía:
--Lo mismo, siempre lo mismo.
Despidieron á la criada, pues no podían sostenerla, se hicieron mayores economías, y la gratificación anual desapareció.
Entonces Héctor reunió á cuatro médicos eminentes para que reconociesen á la vieja. Ella, mirándoles con malicia, se dejó examinar y palpar cuanto quisieron.
--Es preciso hacerla andar,--dijo uno.
Á lo que ella exclamó:
--No puedo, señores, no puedo.
Entonces la cogieron, la levantaron, y la arrastraron algunos metros; pero se les escapó de las manos y se desplomó en el suelo dando gritos espantosos hasta que la volvieron á llevar á su asiento tomando infinitas precauciones.
Y dictaminaron muy discretamente; mas, declararon que estaba imposibilitada para trabajar.
Cuando Héctor dió esta noticia á su mujer, ella se dejó caer en una butaca murmurando:
--Más valdría que la tuviésemos aquí: nos costaría menos.
Él dió un salto.
--¡Tenerla aquí!--exclamó.--¿Eso piensas?
Pero ella, resignada á todo, y con los ojos llenos de lágrimas, respondió:
--Qué quieres, amigo mío, yo no tengo la culpa...
DOS AMIGOS
París estaba bloqueado, hambriento, agonizante. En los tejados se veían contados gorriones y las cloacas quedaban despobladas. Se comía cualquier cosa.
El señor Morissot, relojero de oficio y soldado de ocasión, paseaba tristemente en una clara mañana de enero por uno de los bulevares exteriores con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y la tripa vacía, cuando se detuvo ante un compañero en quien reconoció á un amigo. Era el señor Sauvage con quien había trabado amistad á orillas del río.
Antes de la guerra, Morissot salía todos los domingos al despuntar el alba con la caña de bambú al hombro y la caja de hoja de lata á la espalda: tomaba el ferrocarril de Argenteuil, se apeaba en Colombes, y á pie iba hasta la isla Marante. Apenas llegaba á ese lugar de sus sueños se ponía á pescar, y pescando estaba hasta la noche.
Todos los domingos se encontraba con un hombrecito regordete y jovial, el señor Sauvage, que tenía tienda de mercería en la calle de Notre Dame de Lorette, y que, como él, era un fanático de la pesca. Con frecuencia pasaban tardes enteras sentados uno junto á otro, con la caña en la mano y los pies colgando por encima de la corriente, y así habían llegado á ser buenos amigos.
Ciertos días no hablaban; otros sí, pero aun sin pronunciar palabra se entendían admirablemente, pues tenían gustos iguales y sensaciones idénticas.
En primavera, por la mañana y á eso de las diez, cuando el sol hacía flotar sobre las tranquilas aguas la ligera neblina que sigue á la corriente, calentando sus espaldas de pescadores furiosos con el calor de la estación nueva, sucedía á veces que Morissot decía á su vecino: «¡Eh! ¡Qué hermosura!». Y Sauvage respondía: «No hay nada mejor». Y esto bastaba para que se comprendiesen y se estimasen.
En el otoño, al finalizar la tarde, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente lanzaba al agua dibujos de nubes escarlata, purpuraba el río, inflamaba el horizonte llenándole de manchas rojizas como el fuego y dorando los árboles amarillentos que parecían estremecerse con los calofríos del invierno, Sauvage miraba sonriendo á Morissot y le decía: «¡Qué espectáculo!». Y Morissot, maravillado, contestaba sin apartar los ojos del flotador: «Eso es mejor que el bulevar, ¿verdad?».
En cuanto se hubieron reconocido se estrecharon enérgicamente las manos, y muy emocionados al encontrarse en aquellas circunstancias, Sauvage, exhalando un suspiro murmuró: ¡Cuántos acontecimientos!». Y Morissot, muy triste, gimió: «¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día hermoso del año».
Con efecto, el cielo azul aparecía inundado de luz.
Soñadores y tristes echaron á andar uno junto á otro hasta que Morissot dijo: «¿Y la pesca? ¡Eh! ¡Qué hermoso recuerdo!».
Sauvage preguntó:
--¿Cuándo volveremos?
Entraron en un cafetín, tomaron un ajenjo, y echaron á andar de nuevo por las aceras.
Morissot se detuvo para decir:
--¿Otro ajenjo? y como Sauvage aceptase, entraron en una taberna.
De ella salieron aturdidos como quien tiene el vientre lleno de alcohol. El tiempo era bueno, y brisa agradable les acariciaba el rostro.
Sauvage, á quien el aire templado había concluido de embriagar, se detuvo.
--Si fuésemos...--dijo.
--¿Á dónde?
--Pues á pescar.
--Pero ¿dónde?
--Á nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes, y como yo conozco al coronel Dumoulin nos dejarán pasar sin ningún inconveniente.
--Vamos--contestó Morissot temblando de deseos: y se separaron para ir á buscar sus utensilios.
Una hora después andaban uno junto á otro por la carretera real y por ella llegaron al pueblo donde estaba el coronel, quien sonriendo al oir la petición, no tuvo ningún inconveniente en satisfacerla. Y en cuanto les hubieron dado un salvo conducto y el santo y seña, reanudaron la marcha.
No tardaron en llegar á las avanzadas, cruzaron Colombes, completamente abandonado, y se encontraron en los viñedos que llegaban hasta el Sena. Serían las once.
En frente, Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y de Sannois dominaban todo el país, y la llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus desnudos cerezos y sus tierras grises.
Sauvage señaló las altas colinas y murmuró:
--Los prusianos están allí.
Y ante el desierto paisaje, extraña inquietud paralizó á los dos amigos.
¡Los prusianos! Nunca los habían visto, por más que desde hacía un mes los sentían alrededor de París, arruinando á Francia, pillando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y cierto terror supersticioso se unió al odio que sentían para aquel pueblo desconocido y victorioso.
Haciendo un esfuerzo, Morissot consiguió articular:
--¡Si los encontrásemos!
Sauvage, con esa ironía parisiense que á pesar de todo aparece en todas las ocasiones, respondió:
--Pues les ofreceríamos una fritada.
Con todo, intimidados por el silencio, vacilaron antes de aventurarse por los campos.
Al fin Sauvage se decidió y dijo:
--Vamos, en marcha, pero con precaución.--Y por una viña bajaron casi á gatas, ocultándose tras las matas, con la mirada inquieta y alerta el oído.
Para llegar á la orilla del río sólo les faltaba cruzar un franja de tierra desnuda, y la cruzaron corriendo ocultándose en los secos cañaverales en cuanto hubieron llegado junto al agua.
Morrisot pegó el oído á tierra para escuchar si alguien andaba por aquellas cercanías y no oyó nada: estaban solos, perfectamente solos.
Se tranquilizaron y se pusieron á pescar.
Frente á ellos, la isla Marante impedía que les viesen desde la orilla opuesta, y la casa del restaurant estaba cerrada y parecía abandonada desde hacía algunos años.
Sauvage cogió el primer pescado, Morissot el segundo, y á cada momento levantaban las cañas con un animalito plateado que daba coletazos, colgado al extremo del hilo: una verdadera pesca milagrosa.
Metían delicadamente los peces en una red de finas mallas que se hundía en el agua á sus pies, y deliciosa alegría les penetraba, esa alegría que se experimenta cuando se encuentra el goce de que por espacio de mucho tiempo se ha estado privado.
El sol les calentaba las espaldas y no oían nada, no pensaban nada, ni nada en el mundo les preocupaba: pescaban.
De pronto, ruido sordo que parecía venir de bajo tierra hizo temblar el suelo, y el ruido del cañón se volvió á oir.
Morissot volvió la cabeza, y á lo lejos y á la izquierda distinguió la gran silueta del Mont-Valérien que lucía en su frente una pluma blanca, penacho formado con el humo de la pólvora que acababa de vomitar.
Inmediatamente después una segunda columna de humo salió de la cumbre de la fortaleza y no tardó en oirse una nueva detonación.
Luego siguieron otras y otras y la montaña lanzaba su mortífero aliento despidiendo vapores lechosos que lentamente se iban elevando hacia el tranquilo cielo y formaban una nube encima de ella.
Sauvage se encogió de hombros, y dijo:
--Ya empiezan otra vez.
Morissot, que tenía clavados los ojos en la pluma de su flotador, se sintió poseído de repentina cólera contra los que de tal modo cañoneaban, y murmuró:
--¡Preciso es ser muy bruto para matarse así!
--Eso es ser peor que las bestias--dijo Sauvage.
Y Morissot, que acababa de coger un pez grande, añadió:
--Y siempre sucederá lo mismo mientras haya gobiernos.
--La República no hubiera declarado la guerra--interrumpió Sauvage.
--Con reyes se tiene la guerra fuera; con la República dentro--dijo Morissot sentenciosamente.
Y empezaron á discutir y á resolver los graves problemas políticos con el sano juicio de hombres de cortas luces, poniéndose de acuerdo para llegar á esta conclusión: que la humanidad no será nunca libre. Y el Mont-Valérien seguía vomitando hierro, derribando á cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, cortando ensueños, alegrías, felicidades esperadas y deseadas, y abriendo en el corazón de las mujeres, madres, esposas y amantes, heridas que nunca más se habrían de cerrar.
--Así es la vida--dijo Sauvage para concluir.
--Mejor sería decir: así es la muerte,--replicó Morissot.
Y los dos se estremecieron asustados al oir que alguien andaba detrás de ellos. Y al volver la cabeza vieron á cuatro hombres de pie, cuatro hombres grandes, armados y barbudos, vestidos como criados, llevando á la cabeza grandes gorras planas y separados lo preciso para poder mover libremente los fusiles.
Las cañas se les cayeron de las manos y echaron á correr río abajo.
No tardaron en ser alcanzados, y los otros, metiéndoles en una barca, les llevaron á la isla.
Detrás de la casa que habían creído abandonada vieron alineados á veinte soldados alemanes.
Una especie de gigante velludo que fumaba sentado á horcajadas en una silla, les preguntó en muy buen francés:
--Y bien, señores, ¿han pescado mucho?
Uno de los soldados dejó á los pies del oficial la red repleta de pescados. El prusiano sonrió.
--Ya veo que la cosa no iba mal--repuso--pero aquí no se trata de eso. Óiganme y no se azoren. Para mí, ustedes son dos espías que me acechaban. Les cojo y les fusilo, pues lo de la pesca era una combinación para disimular sus proyectos. Han caído en mis manos, y como estamos en guerra, tanto peor para ustedes. Con todo, como para llegar hasta aquí les habrán dado el santo y seña, si me lo comunican les perdonaré.
Los dos amigos, lívidos y temblando nerviosamente, callaron.
El oficial añadió:
--Nadie lo sabrá nunca y les dejaré marchar tranquilamente. El secreto quedará entre nosotros, pero si callan, les mato. Escojan.
Los dos permanecieron inmóviles y sin abrir la boca.
El prusiano, sin perder la tranquilidad, extendió la mano hacia el río y agregó:
--Piensen que dentro de cinco minutos estarán en el fondo del agua. Dentro de cinco minutos... ¿Tienen ustedes familia?
En el Mont-Valérien, el cañoneo continuaba.
Los dos pescadores seguían silenciosos. El alemán dió órdenes en su idioma; cambió luego su silla de sitio para no estar demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres se colocaron á veinte pasos de distancia con el fusil en la mano.
El oficial gritó:
--Les concedo un minuto; ni un segundo más.
Luego se levantó, acercóse á los franceses, cogió á Morissot por un brazo, y llevándosele á parte, le dijo con voz muy baja:
--Pronto, el santo y seña. Su compañero no sabrá nada y yo fingiré que me enternezco.
Morissot no contestó.
Entonces el prusiano se dirigió á Sauvage y le hizo la misma pregunta.
Sauvage permaneció callado también.
Los dos amigos se encontraron uno junto á otro.
El oficial dió órdenes y los soldados levantaron las armas.
Entonces los ojos de Morissot se fijaron casualmente en la red llena de pescados que sobre la hierba estaba á pocos pasos.
Un rayo de sol hacía brillar las escamas que aun se agitaban, y se sintió desfallecer. Á pesar de sus esfuerzos, sus ojos se llenaron de lágrimas y sólo pudo balbucir:
--Adiós, amigo Sauvage.
--Adiós, amigo Morissot,--contestó el otro.
Y sacudidos de pies á cabeza por invencibles temblores se estrecharon la mano.
El oficial grito: «¡Fuego!».
Y doce disparos que semejaron una sola detonación, rompieron el silencio que reinaba en la isla.
Sauvage cayó de cara. Morissot, que era mucho más alto, osciló, giró sobre sus talones y se desplomó sobre su compañero, con los ojos abiertos como si mirase al cielo, mientras de su agujereado pecho salían chorros de sangre.
El alemán dió nuevas órdenes y sus hombres se dispersaron para volver al poco rato trayendo cuerdas y piedras que ataron á los pies de los muertos. Luego los llevaron hasta la orilla.
Dos soldados cogieron á Morissot, uno por la cabeza, otro por los pies, y otros dos hicieron lo mismo con Sauvage. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados lejos, describieron una curva, y se hundieron de pie en el río.
El agua se agitó, burbujeó, se calmó luego, mientras pequeñas ondas se acercaban á las orillas.
En el río flotaba un poco de sangre.
El oficial, siempre sereno, dijo á media voz:
--Ahora les toca el turno á los peces.
Luego se encaminó hacia la casa, y al fijarse en la red que contenía los pescados la examinó, sonrió y gritó: «¡Wilhem!».
Un soldado que llevaba delantal blanco acudió al llamamiento, y el prusiano, dándole la pesca de los dos fusilados, le dijo:
--Fríeme en seguida esos animalitos, ahora que están vivos. Será un plato delicioso.