Part 13
--Rosalía--gritó Chicot con toda fuerza de sus pulmones.--Trae una botella del bueno, del superior...
Y la criada apareció trayendo una botella larga que adornaba una etiqueta verde. Una vez llenas dos copitas, el hostelero dijo:
--Pruebe esto, pruébelo, que no hay mejor.
Y la vieja empezó á beber á sorbitos para que el goce durase más. Cuando hubo apurado la copita, se relamió, diciendo luego:
--Efectivamente, es cosa buena.
Aún no había concluido de hablar cuando Chicot ya había llenado otra vez las copas. Ella quiso negarse, pero ya era tarde, y la segunda copita fué saboreada con la misma lentitud que la primera. Chicot quiso hacerle tomar la tercera, y para insistir dijo:
--Parece leche, y sin molestia ni riesgo, se pueden tomar diez ó doce. Eso pasa como si fuese agua con azúcar. Y no hace daño ni al vientre ni á la cabeza; parece que se evapora en la lengua. No hay nada mejor para la salud.
Como la vieja tenía ganas de beber, cedió, pero no quiso más que media copita.
Y Chicot, en un arranque de generosidad, exclamó:
--Puesto que le gusta, y para demostrarle que somos buenos amigos, voy á regalarle un barrilito.
La buena mujer lo aceptó y se fué un tanto trastornada.
Al día siguiente, el hostelero entró en casa de la tía Magloria y del fondo de su carricoche sacó un barrilito que rodeaban aros de hierro; quiso que probasen el contenido para demostrar que era lo mismo que habían bebido la víspera. Cuando hubieron tomado tres copitas cada uno, se fué diciendo:
--Cuando se acabe, no se acabará, puesto que yo tengo; y pida sin miedo de molestar. Se lo ofrezco con gusto, y quiero que acepte. Está dicho.
Y se alejó en su tílburi.
Cuatro días después volvió y encontró á la vieja, sentada á su puerta, y cortando el pan para la sopa.
Se acercó, la saludó y la habló, echándose casi encima de ella para sentir su aliento. Y como reconoció el olor á alcohol, su rostro se iluminó.
--¿Me ofrece usted una copita?--dijo.
Y tomaron dos ó tres.
Por el lugar se dijo pronto que la vieja Magloria se emborrachaba sola. Unas veces la encontraban tendida en la cocina, otras en el patio, algunas en los caminos de las cercanías, y era preciso llevarla á su casa inerte como un cadáver.
Chicot dejó de ir á su casa y cuando alguien le hablaba de la tía Magloria, decía tristemente:
--¿No es una vergüenza que á su edad haya adquirido tan mala costumbre? Y cuando se es viejo, no hay nada que hacer. Eso tarde ó temprano acabará mal.
Y acabó mal, con efecto, pues al invierno siguiente, allá, muy cerca de Navidad, cayó borracha perdida en la nieve, y murió.
Y Chicot, al tomar posesión de la alquería, murmuraba:
--Si esa mujer no se hubiese emborrachado, lo menos hubiera vivido diez años más.
EL BICHO DE BELHOMME
La diligencia del Havre se disponía á salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio, cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban á que les llamasen por su nombre.
Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en otros tiempo, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y sostenían, diforme y abultado, algo que parecía el vientre de bestia diforme. Tres pencos blancos, que á primera vista llamaban la atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.
Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecito ventrudo y sin embargo flexible y ágil, á causa de la constante costumbre de encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro por el uso y tal vez el abuso del alcohol, y brillantes los ojos que parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la posada se secaba los labios con el reverso de la mano.
Grandes cestos redondos, llenos de aves asustadas, esperaban ante las inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno á uno, los colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado, colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una lista que leyó en voz alta:
--¡Señor cura de Gorgeville!
El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la diligencia.
--¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?
Un hombre alto y delgado, vestido con negra levita que le llegaba hasta las rodillas, avanzó tímidamente y y á su vez desapareció por la abierta portezuela.
--¡Poiret: dos asientos!
Vino Poiret, alto y delgado, encorvado por el arado, enjuto por la abstinencia y con la piel seca por falta de lavarla. Su mujer le seguía, una mujer pequeñita y flaca que parecía una ternera cansada, y que, con las dos manos, sostenía un inmenso paraguas verde.
--¡Rabot, dos asientos!
Rabot, que era perplejo por temperamento, preguntó, «¿Es á mí á quien se llama?»
El cochero, al que de apodo llamaban «el descarado», iba á contestar una atrocidad, cuando Rabot se lanzó hacia la portezuela empujando por delante á su mujer, una mocetona cuadrada cuyo redondo vientre parecía un barril y cuyas manazas recordaban las palas de las lavanderas.
Y Rabot se metió en la diligencia como las ratas entran en sus agujeros.
--¡Caniveau!
Un labrador gordo y pesado como un buey, hizo crujir los resortes y se metió en el amarillento carruaje.
--¡Belhomme!
Y éste, alto y delgado, se acercó con el cuello torcido, doliente el rostro, y con un pañuelo aplicado al oído como si violento dolor de muelas le atormentase.
Todos, por encima de las antiguas y singulares vestiduras de paño negro ó verdoso, vestiduras de etiqueta que lucían por las calles del Havre, llevaban largas blusas azules; y en la cabeza ostentaban gorras de seda, altas como torres, que, en el campo normando, suponen elegancia suprema.
Cesáreo Horlaville cerró la portezuela y, encaramándose luego en el pescante, hizo chasquear el látigo.
Los tres caballos parecieron despertar. Agitando el cuello hicieron oir el vago murmullo de los cascabeles. Con toda la fuerza de sus pulmones, el cochero empezó á gritar al tiempo que azotaba fuertemente á las bestias que se agitaron, hicieron un esfuerzo, y arrancaron al trote corto, arrastrando á la diligencia que los baches sacudían, armando sorprendente ruido de hierro viejo y cristales mientras en el interior, los viajeros alineados en las dos filas de asientos, se veían zarandeados de lo lindo.
En un principio, y por respeto al cura, todos callaban, pero como él era de temperamento expansivo y familiar, fué el primero en romper el silencio.
--Y bien, amigo Caniveau,--dijo.--¿Las cosas marchan bien?
El enorme campesino, que se sentía unido al eclesiástico por cierta simpatía de porte, barriga y gordura, contestó sonriendo:
--Así así, señor cura; ¿y usted?
--¡Oh! Yo, siempre igual.
--¿Y usted, Poiret?
--Todo iría á pedir de boca si no fuesen las colzas que este año no producirán casi nada; y como únicamente se encuentra beneficio en eso...
--Qué quiere usted, los tiempos son duros.
--Vaya si lo son,--afirmó con voz de gendarme la mujer de Rabot.
Como vivía en una aldea vecina, el cura no la conocía más que de nombre.
--¿Es usted la Blondel?--preguntó el sacerdote.
--Yo soy, para servir á usted.
Rabot, tímido y satisfecho, saludó sonriendo, inclinando exageradamente la cabeza hacia delante como si quisiese decir: «Y yo soy Rabot, el que se casó con la Blondel».
De pronto, Belhomme, que seguía con el pañuelo aplicado á la oreja, empezó á gemir de modo lamentable. Y golpeando el suelo de la diligencia con el pie, decía _ñau, ñau_, expresando así su espantoso sufrimiento.
--¿Le duelen á usted las muelas?--preguntó el cura.
El labrador, dejando de quejarse un instante, respondió:
--No, señor cura; no son las muelas, es el oído, en el fondo del oído...
--¿Y qué es lo que tiene en el oído? ¿un tumor?
--No sé si es un tumor, pero sé que es un bicho, un bicho muy grande que se me metió dentro cuando dormía en el granero...
--¡Un bicho! ¿Está usted seguro?
--¿Si estoy seguro? Como del Paraíso, señor cura, pues me roe el fondo del oído. Y se me comerá la cabeza, se me comerá la cabeza... ¡Ah!... _ñau, ñau_.--Y empezó de nuevo á patear.
Todos escuchaban profundamente interesados.
Y cada uno daba su opinión. Poiret pretendía que debía ser una araña, el maestro una oruga, pues en el Orne, en Champemuret donde había estado seis años, ocurrió un caso parecido, y la oruga, que había entrado por el oído, salió por la nariz, pero el hombre se quedó sordo porque el bicho le taladró el tímpano.
--Eso debe ser un gusano,--afirmó el cura.
Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado el codo en la portezuela, pues era el último que había subido, seguía gimiendo:
--¡Oh! _ñau, ñau, ñau_... yo juraría que es una hormiga, una hormiga muy grande... me muerde horriblemente. Mire usted, señor cura... ¡Oh! _ñau, ñau, ñau_... es tremendo...
--¿Ha visto al médico?--preguntó Ganiveau.
--No.
--¿Y por qué?
El temor al médico pareció curar á Belhomme quien, sin quitarse el pañuelo de la oreja, se irguió.
--¡Por qué, por qué! ¿Crees que tengo el dinero para dárselo á ese gandul? Hubiera venido una vez, dos, tres, cuatro, cinco... y hubiera tenido que darle dos escudos de á veinte, lo menos dos escudos de á veinte; y dime ¿qué me hubiera hecho ese gandul, qué me hubiera hecho?... ¿Lo sabes?
Caniveau se reía.
--No, no lo sé, pero ¿á donde vas así?
--Al Havre, á ver á Chambrelán.
--¿Qué Chambrelán?
--El curandero.
--¿El curandero?
--Sí, el curandero que sanó á mi padre.
--¿Á tu padre?
--Sí, hace mucho tiempo.
--¿Y qué tenía tu padre?
--Pues un aire en la espalda que no le dejaba moverse.
--Y ¿qué le hizo Chambrelán?
--Pues le amasó la espalda con las dos manos como quien amasa pan, y todo pasó en dos horas.
Belhomme creía que Chambrelán había pronunciado algunas palabras extrañas, pero delante del cura no se atrevió á decirlo.
Riendo, Caniveau repuso:
--Lo que tienes en el oído debe ser un conejo que ha tomado ese agujero por su madriguera. Espera, voy á hacerle salir.
Y Caniveau, colocándose las manos junto á la boca á manera de bocina, empezó á imitar los ladridos de los perros de caza. Y al oírle, todos soltaron el trapo á reir, hasta el maestro que nunca se reía.
Pero como Belhomme parecía enfadarse y tomar á mal la broma, el cura, dirigiéndose á la mujer de Rabot, cambió la conversación.
--¿Tienen ustedes mucha familia?--preguntó.
--¡Oh! Sí, señor cura, y se sufre mucho para criarla.
Rabot inclinó la cabeza como queriendo decir: «¡Oh! sí, y se sufre mucho para criarla».
--¿Cuántos hijos?
--Dieciséis, señor cura, dieciséis...
Rabot se puso á reir y saludó. Tenía dieciséis hijos, y ¡qué diablo! estaba orgulloso.
Pero Belhomme renovó sus gemidos.
--¡Oh! _ñau, ñau_...! ¡cómo muerde, cómo muerde!...
La diligencia se detuvo ante el café de Polito y el cura dijo: «Si se echase un poco de agua en la oreja, tal vez se le haría salir. ¿Quiere que probemos?».
--¡Ya lo creo que quiero!
Y todos bajaron para asistir á la operación.
El sacerdote pidió una jofaina, una toalla y un vaso de agua, y recomendó al maestro que mantuviese inclinada la cabeza del paciente, y que cuando el líquido hubiese penetrado en el orificio, la volviese bruscamente.
Pero Caniveau, que miraba la oreja de Belhomme para ver si á simple vista distinguía el bicho, exclamó:
--¡Demonio, vaya una pasta! Hay que destapar esto pues con tanta confitura el conejo no puede salir. Se le pegarían las patas.
El cura examinó á su vez el conducto y le encontró demasiado estrecho y demasiado obstruido para que el bicho saliese. Entonces el maestro, con una cañita y un poco de algodón en rama despejó el camino y, en medio de la ansiedad general, el sacerdote vertió medio vaso de agua que corrió por la cara, pelo y cuello de Belhomme. El maestro hizo girar rápidamente la cabeza, como si hubiese querido destornillarla, y en la blanca vasija cayeron algunas gotas. Todos los viajeros se precipitaron, mas no había salido ningún bicho.
Con todo Belhomme declaró: «Ya no siento nada», y el cura dijo solemnemente: «¡Claro está! ¡Cómo que se habrá ahogado!» Y con general contento volvieron á meterse en la diligencia.
Mas apenas se habían vuelto á poner en marcha cuando Belhomme dió un grito terrible. El bicho había despertado y le mordía furiosamente, afirmando que se le había metido en la cabeza y le estaba devorando los sesos. Chillaba tanto y hacía contorsiones tan raras, que la mujer de Poiret, creyéndole poseído por el diablo, empezó á llorar y á hacer la señal de la cruz. El dolor del enfermo se calmó un poco y contó que el bicho se paseaba por el interior del oído. Con el dedo imitaba sus movimientos y parecía que le veía y le seguía con la mirada. «Ahora sube, ahora sube... _ñau, ñau_... ¡qué horror!».
Caniveau se impacientaba: «El agua enfurece al bicho ése, prueba de que está acostumbrado al vino».
Y como todos rieron, repuso: «Cuando lleguemos al café de Bourbeaux, date un poco de aguardiente triple y te juro que no se moverá más».
Pero el dolor era tan fuerte que Belhomme no podía soportarlo y empezó á chillar como si le arrancasen el alma. El cura se vió obligado á sostenerle la cabeza, y rogaron á Cesáreo Horlaville que se detuviese en cuanto encontrase una casa.
Así lo hizo frente á una alquería que se alzaba junto al camino, y allí transportaron á Belhomme al que extendieron sobre la mesa de la cocina para reanudar la operación. Caniveau insistía aconsejando se mezclase aguardiente al agua á fin dé dormir al bicho matándolo tal vez, pero el cura prefirió el vinagre.
Está vez vertieron el líquido gota á gota, con objeto de que penetrase hasta el fondo, y luego le dejaron algunos minutos en el órgano habitado.
Una jofaina estaba preparada también, y el cura y Caniveau, esos dos colosos, volvieron á Belhomme, mientras el maestro daba golpecitos en el lado sano á fin de que el otro se vaciase completamente.
El mismo Cesáreo Horlaville, con el látigo en la mano, había entrado para presenciar la operación.
Y de pronto advirtieron un puntito negro, no más grande que una semilla de cebolla, en el fondo de la jofaina. Y sin embargo se movía. ¡Era una pulga! Primero se oyeron gritos de asombro y luego sonoras carcajadas... ¡Una pulga! Valiente cosa... Caniveau se daba tremendas manotadas en los muslos, el cochero hacía chasquear el látigo, el cura reventaba, abriendo las quijadas como cuando los asnos rebuznan, el maestro como cuando se estornuda, y las mujeres daban gritos de alegría muy parecidos al cacareo de las gallinas.
Belhomme, sentado en la mesa y con la jofaina en las rodillas, contemplaba atentamente, y con justa cólera, al menudo bicho que se agitaba en la gota de agua.
Y diciendo: «Maldita seas», la escupió.
El cochero, loco de alegría, no hacía más que repetir «Era una pulga, una pulga... maldita pulga».
Y luego, cuando se hubo calmado un poco, exclamó: «Vamos, en marcha, que ya hemos perdido bastante tiempo».
Y los viajeros, sin dejar de reir, se dirigieron hacia la diligencia.
Belhomme, que había llegado el último, dijo que no continuaba el viaje y que se volvía á Criquetot porque ya no tenía nada que hacer en el Havre.
El cochero repuso:--Haz lo que quieras pero paga tu asiento.
--Como no he pasado de la mitad del camino, no debo más que la mitad.
--Lo debes todo por que lo tomaste hasta el Havre.
Y empezó una discusión que no tardó en convertirse en furiosa querella. Belhomme juraba que no daría más que un franco, y Cesáreo Horlaville afirmaba que cobraría dos.
Y frente á frente, y con los ojos clavados en los ojos, gritaban á más y mejor.
Caniveau se apeó.
--Ante todo, debes dos francos al cura, ¿oyes? y luego una ronda para todos, lo que asciende á dos francos setenta y cinco, y además darás un franco á Cesáreo. ¿Hace, descarado?
El cochero, encantado de que Belhomme se viese obligado á desembolsar tres francos setenta y cinco, contestó: «Aceptado».
--Entonces paga.
--No pagaré: el cura no es médico...
--Si no pagas, te meto en el coche de Cesáreo y con nosotros vienes hasta el Havre.
Y el coloso, cogiendo á Belhomme por la cintura, le levantó, como hubiera podido levantar á un niño.
El otro se convenció de que era preciso ceder y, sacando la bolsa, pagó.
La diligencia se puso de nuevo en marcha dirigiéndose al Havre mientras Belhomme volvía á Criquetot; y los viajeros, que parecían haber enmudecido, contemplaban en la blanca carretera la blusa azul del labrador que sobre sus largas piernas se balanceaba.
EL COLLAR
Era una de esas muchachas encantadoras que, como por error del destino, había nacido en el seno de una familia de empleados. No tenía dote ni esperanzas de tenerla, y por lo mismo no podía brillar, darse á conocer, hacer que la comprendiesen y la quisiesen, ni casarse con un hombre rico y distinguido. Y así fué que aceptó por marido á un modesto empleado en el ministerio de Instrucción pública.
No pudiendo ser elegante tuvo que conformarse con ser sencilla, pero fué desgraciada, pues las mujeres no pertenecen á ninguna casta ni á ninguna raza, y su gracia y sus encantos les sirven de timbres de nacimiento y de familia. La finura nativa, el instinto de elegancia y la flexibilidad de la inteligencia, constituyen su jerarquía, y estas condiciones colocan en la misma línea á las mujeres del pueblo y á las grandes señoras.
Sintiéndose capaz para todas las delicadezas y todos los lujos, sufría incesantemente, y todo la hacía sufrir: la pobreza de su casa, la miserable desnudez de las paredes, la sillas viejas y las raídas cortinas. Todas estas cosas, por las que cualquiera otra mujer de su clase ni siquiera se hubiese preocupado, la torturaban y la indignaban. La presencia de la bretona que le servía de criada despertaba en ella pesares desolados y sueños extraños, y soñaba con las mudas antesalas cubiertas con ricos tapices de oriente y alumbradas por grandes lámparas de bronce, y con que veía durmiendo en amplias butacas á dos lacayos con calzón corto. Pensaba en vastos salones vestidos con sedas antiguas, adornados con muebles de estilo sobre los que se pareciesen inestimables figulinas; y en saloncitos coquetones discretamente perfumados y expresamente arreglados para conversar con amigos íntimos, hombres conocidos y diputados, esos hombres cuyas atenciones envidian y desean todas las mujeres.
Cuando á la hora de comer se sentaba á la redonda mesa cubierta con manteles que servían tres días, y veía en frente á su marido, quien al destapar la sopera decía satisfecho: «¡Ah! ¡El rico cocido! No hay nada mejor...», soñaba con las comidas servidas en relucientes vajillas de plata, en comedores con las paredes cubiertas con tapices llenos de personajes antiguos y extraños pájaros que revoloteaban por bosques de hadas; y soñaba también con manjares exquisitos servidos en fuentes maravillosas, con las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, teniendo delante la rosada carne de una trucha y las blancas pechugas de gallina.
Pero no tenía trajes, no tenía joyas, no tenía nada; y lo peor era que sólo la interesaban estas cosas ¡tanto se creía nacida para ellas! ¡La hubiera complacido sobremanera gustar, ser envidiada y que su presencia fuese siempre deseada!...
Tenía una amiga rica, una compañera de colegio á la cual no quería visitar porque luego sufría mucho; y pasaba días enteros llorando amargamente de pena, de desesperación y de angustia.
Ahora bien, una tarde, su marido volvió de la oficina radiante y satisfecho, y le entregó un sobre bastante grande.
--Toma,--la dijo.--Ahí dentro hay algo para ti.
Rasgado el sobre, de él sacó una tarjeta impresa que decía:
«El ministro de Instrucción pública y su esposa, ruegan á los señores Loisel que les concedan el honor de pasar con ellos, en el hotel del Ministerio, la velada del lunes 18 de enero».
En vez de verla contenta, como su marido esperaba, arrojó con despecho la invitación sobre la mesa y murmuró:
--¿Y qué quieres que haga con esto?
--Querida mía, yo me figuraba que te alegrarías. No sales casi nunca, y ésta es una ocasión única. Mucho me ha costado conseguir esta invitación, pues son muchos los que quieren y no pueden ir á esta fiesta. Se invita á contados empleados, y en el Ministerio estará todo el mundo oficial.
Ella le miraba descompuesta, y no pudiendo contener su impaciencia exclamó:
--¿Y qué quieres que me ponga? No tengo nada...
El infeliz, que ni siquiera había pensado en semejante cosa, balbució:
--Pues... el traje que llevas para ir al teatro... Me parece que está muy bien...
Y viendo llorar á su mujer se calló, estupefacto y sin saber lo que le pasaba. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió murmurar:
--Pero ¿qué tienes? ¿qué te pasa?
Ella, dominando su pena y enjugándose las mejillas que las lágrimas habían humedecido, respondió con voz tranquila:
--Nada, pero como no tengo traje, no puedo ir á esa fiesta. Más vale ceder la tarjeta á un compañero cuya mujer esté mejor vestida que yo.
El pobre estaba desolado.
--Veamos, veamos, Matilde: ¿cuánto puede costar un traje elegante y adecuado para la circunstancia, un traje que pueda servirte en otras ocasiones?
Quedóse reflexionando durante unos segundos, haciendo cuentas y cálculos, pensando en la cantidad que podía pedir sin provocar una negativa inmediata y una exclamación de desagrado, y al fin, vacilando, respondió:
--Exactamente no puedo decirlo, pero creo que con cuatrocientos francos me podría arreglar.
Él palideció un poco, pues precisamente tenía guardada esa suma para comprarse una escopeta y salir los domingos con sus amigos á cazar alondras en los llanos de Nanterre.
Con todo, la dijo:
--Bueno, pues te doy los cuatrocientos francos y sólo te recomiendo que el traje sea hermoso.
Se acercaba el día de la fiesta, y la esposa de Loisel parecía triste, inquieta y ansiosa. Y como su traje estaba dispuesto, su marido preguntó:
--¿Te ocurre algo? Desde hace tres días no pareces la misma.
--Me contraría no tener ni una joya, ni una piedra que ponerme: contestó Matilde.--Pareceré una miserable, y creo que sería preferible no ir á la fiesta.
--Ponte flores naturales. En esta estación no hay nada más elegante, y por diez francos podrás encontrar dos ó tres rosas magníficas.
Matilde no estaba convencida ni mucho menos.
--No... nada más humillante que parecer pobre entre mujeres ricas--replicó; y seguramente se disponía á completar su pensamiento, cuando su marido la interrumpió para decir:
--¡Qué tonta eres! Vete á casa de tu amiga, la señora de Forestier, y pídele que te preste algunas joyas. Sois bastante amigas para que te niegue este favor.
Matilde, sin poder contener un grito de alegría, dijo:
--Es cierto; ni siquiera se me había ocurrido.
Y al día siguiente se dirigió á casa de su amiga y le contó sus cuitas.
La señora de Forestier, en vez de contestar, abrió su armario de luna, sacó un cofrecito bastante grande, y colocándole delante de su amiga, la dijo:
--Escoge.
Matilde pasó revista á las pulseras, á un collar de perlas, á una cruz veneciana, de oro y pedrería, de un trabajo admirable, y poniéndose los aderezos ante el espejo, y sin poder decidirse á quitárselos, preguntaba:
--¿No tienes más?
--Sí, sí, busca. Yo no sé lo que puede gustarte.
Y siguió buscando hasta encontrar, en un estuche de raso negro, un soberbio collar de brillantes. Su corazón empezó á latir con inmoderado deseo, y al tomarlo, sus manos temblaron. Se lo colocó alrededor de su cuello y se extasió ante sí misma.
Luego, vacilante y llena de angustia, preguntó:
--¿Puedes prestarme esto, nada más que esto?
--Pues ya lo creo.