Part 10
El abogado lo advirtió, extendió los brazos desplegando las anchas mangas de su toga, negras como las alas de un cuervo, y con entonación vibrante exclamó:
--Fíjense, fíjense los señores jurados en esas lágrimas. Ahora ¿qué podré decir en favor de mi defendido? ¿Qué discurso, qué razonamientos y qué argumentos han de tener más fuerza que esas lágrimas de su amo? Dicen mucho más de lo que yo puedo decir, y hablan más alto que la ley. Esas lágrimas dicen á gritos: «¡Perdón para el insensato de una hora!» Esas lágrimas imploran, absuelven, bendicen...
Y se calló.
Entonces el presidente se volvió hacia Marambot, cuya declaración había sido excelente para su criado, y le preguntó:
--Pero en fin, caballero, aun admitiendo que usted haya considerado á ese hombre como á un demente, eso no explica que le conservase á su lado, pues no por esto dejaba de ser peligroso.
Á lo que Marambot, enjugándose los ojos, contestó:
--Qué quiere el señor presidente... en estos tiempos es tan difícil encontrar buenos criados, que seguramente hubiese perdido cambiando.
Y Dionisio fué absuelto, y por cuenta de su amo le enviaron á una casa de orates.
EL CORDELITO
Como era día de mercado, los campesinos, hombres y mujeres, llenando las carreteras de las cercanías de Goderville, se encaminaban hacia la aldea. Los hombres avanzaban andando pausadamente, inclinando el cuerpo hacia delante á cada movimiento de sus torcidas piernas deformadas por tan rudo trabajo, cual es apalancar en el arado que hace que el hombro izquierdo suba y se desvíe el talle, ó segar el trigo, que obliga á separar las rodillas para mantenerse con mayor firmeza, y por todas las lentas y penosas faenas de los campos. Su blusa azul, almidonada, brillante como si la hubiesen barnizado, con el cuello y bocamangas adornados con fino dibujo de hilo blanco, se hinchaba alrededor del nervudo cuerpo y semejaba un globo del que saliesen una cabeza, dos brazos y dos piernas.
Unos tiraban de una cuerda á cuyo extremo estaba una vaca ó un ternero, y sus mujeres, andando tras el animal, le azotaban los cuartos traseros con una rama, llena aún de hojas, con objeto de acelerar la marcha. Ellas llevaban al brazo grandes cestos, y por los lados pollos y patos asomaban sus cabezas; andaban con paso más corto, y más lijero que sus maridos; seco el talle, erguido y cubierto con una toquilla que sobre el aplastado pecho sujetaba un alfiler, y la cabeza, envuelta con blanco lienzo que aprisionaba los cabellos, rematada con una cofia.
Detrás, al sacudido trote de un caballejo, pasaba un carricoche, y mientras en la delantera iban sentados dos hombres, en la parte de atrás del vehículo, agarrada con fuerza á los bordes para atenuar el traqueteo, se parecía una mujer.
La muchedumbre invadía la plaza de Goderville: una mezcolanza de seres humanos y de bestias. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de largo pelo de los labradores ricos, y las cofias de las campesinas, eran las únicas cosas que sobresalían. Y las voces agudas y chillonas formaban continuo y salvaje clamor que á veces dominaba el potente grito de un labrador robusto y alegre ó el prolongado mugido de una vaca atada al muro de una casa.
Y de allí se emanaba olor á establo, á leche, á estercolero, á heno y á sudor, y de allí se desprendía ese sabor agrio, horrible, humano y bestial, tan peculiar en las gentes del campo.
El tío Hauchecorne, de Bréauté, acababa de llegar á Goderville y se dirigía hacia la plaza, cuando vió un cordelito en el suelo. Y el tío Hauchecorne, que como buen normando era muy económico, pensó que todo se debía recoger porque todo podía servir: y muy penosamente, pues sufría dolores reumáticos, se agachó. Cogió del suelo la delgada cuerdecita, y ya se disponía á arrollarla cuidadosamente cuando observó que el tío Malandain, el guarnicionero, plantado en el umbral de su puerta, le miraba con fijeza. En otros tiempos habían estado en relaciones, pero se habían enfadado, y los dos eran rencorosos. El tío Hauchecorne, al verse sorprendido por su enemigo recogiendo un cordelito del lodo, sintió vergüenza, y primero escondió lo que había encontrado bajo su blusa, y luego lo metió en el bolsillo de su pantalón. Hizo después como si buscase algo por el suelo, algo que no encontrase, y encorvado por sus dolores se encaminó hacia el mercado.
Pronto se perdió entre la muchedumbre chillona y lenta, agitada por interminables regateos, y pasó por entre los campesinos que palpaban las vacas, iban y venían perplejos, siempre con el temor de que les engañasen, no atreviéndose á decidirse nunca y espiando la mirada del vendedor tratando de descubrir sin lograrlo, la astucia del hombre y el defecto de la bestia.
Las mujeres, que habían depositado en el suelo sus grandes cestos, habían sacado de ellos á las aves que yacían con las patas atadas, asustados los ojos, la cresta escarlata.
Escuchaban las proposiciones, mantenían firmemente sus precios con rostro impasible, y á veces, aceptando de pronto la rebaja propuesta, llamaban al comprador que se alejaba lentamente, diciéndole:
--Hecho, tío Anthime. Se lo doy.
Luego, poquito á poco, la plaza quedó vacía y las campanas sonaron las doce. Y, los que aún estaban allí, se distribuyeron por los mesones.
En casa de Jourdain la sala grande estaba llena de bote en bote, del mismo modo que el amplio patio estaba totalmente ocupado por vehículos de todas clases, que al cielo levantaban, cual si fuesen brazos, las varas, ó estaban con el hocico en tierra y el trasero al aire.
La inmensa chimenea, en la que ardía vivísima y alegre lumbre, iluminaba las espaldas de cuantos estaban comiendo sentados al lado derecho de la mesa. Tres asadores, cargados de pollos, pichones y piernas de carnero, daban vueltas sin cesar, y delicioso olor de carne asada se esparcía por el ambiente despertando las alegrías y llenando de agua las bocas.
Toda la aristocracia del arado comía allí, en casa del tío Jourdain, hostelero y chalán, un pícaro que tenía sus dineritos. Y todos hablaban de sus negocios, de sus compras y de sus ventas, y se hablaba también de las cosechas. El tiempo era bueno para el forraje, pero malo para el trigo.
De pronto el redoble de un tambor sonó en el patio, delante de la casa; todos se pusieron en pie, excepción hecha de algunos indiferentes, y corrieron á la puerta y á las ventanas con la boca llena y la servilleta en la mano.
Cuando el redoble hubo terminado, el pregonero público, con voz cascada y á contratiempo, hizo oir lo que sigue:
--Se hace saber... á los habitantes de Goderville y en general á todas las personas... presentes en el mercado, que esta mañana se ha perdido, en el camino de Beuzeville, entre las nueve y las diez... una cartera de cuero negro conteniendo quinientos francos y papeles de interés. Lo cual se ruega sea entregado incontinente... ó en la alcaldía ó en casa de Fortunato Houlbrègue, de Manneville. Se darán veinte francos de gratificación.
El hombre se marchó, y aun se oyó á lo lejos el sordo redoble del instrumento y la debilitada voz del pregonero.
La conversación, á partir de este momento, versó acerca de lo que se acababa de oir y se calcularon las probabilidades que el tío Houlbrègue podía tener para encontrar ó no encontrar su cartera.
Así acabaron la comida, y ya tomaban el café cuando el brigadier de gendarmes apareció en la puerta preguntando:
--El tío Hauchecorne, de Breauté, ¿está aquí?
Éste, sentado al otro extremo de la mesa, respondió:
--Aquí estoy.
Entonces el brigadier repuso:
--Pues le ruego que tenga la bondad de acompañarme hasta la Alcaldía. El señor alcalde desea hablarle.
El labrador, sorprendido é inquieto, se tomó de un trago la copita que tenía delante, y más encorbado aún que por la mañana, pues después de cada reposo los primeros pasos le eran penosísimos, se puso en marcha repitiendo:
--Aquí estoy, aquí estoy.
Y salió siguiendo al brigadier.
El alcalde le esperaba sentado en su butaca. Era el notario del lugar, hombre tripudo, grave y á quien gustaban las frases pomposas.
--Señor Hauchecorne--dijo--esta mañana, en el camino de Beuzeville, le han visto recoger la cartera perdida por Houlbrègue, de Manneville.
El campesino, sin saber lo que le pasaba, y muerto de miedo por la sospecha que pesaba sobre él, aunque sin comprender por qué, murmuró:
--¿Yo? ¿Que yo he recogido esa cartera?
--Sí, usted mismo.
--Palabra de honor, ni siquiera la he visto.
--Pues á usted le han visto bien.
--¿Qué me han visto á mí? ¿Y quién?
--Malandain, el guarnicionero.
Entonces el viejo lo recordó todo, comprendió al punto, y enrojeciendo de cólera exclamó:
--¡Ah! Conque ese pordiosero dice que me ha visto... Lo que ha visto ha sido cómo recogía este cordelito que aquí está...
Y ahondando en el bolsillo de su pantalón sacó la cuerdecita.
Pero, el alcalde movía la cabeza con incredulidad.
--Usted no me hará creer que el señor Malandain, que es hombre digno de crédito, haya confundido ese cordelito con una cartera.
El labrador, furioso, levantó un brazo, escupió á un lado, y para demostrar su honradez dijo:
--Y sin embargo es la verdad de Dios, la santa verdad señor alcalde. Lo juro por la salvación de mi alma.
El alcalde añadió:
--Después de haber recogido el objetó, ha estado usted largo rato buscando por el suelo para ver si se había caído alguna moneda.
El miedo y la indignación ahogaban al pobre hombre.
--¡Santo Dios! Lo que se puede inventar para perder á un hombre de bien... lo que se puede inventar...
Pero por mucho que protestó, no por esto le creyeron.
Le pusieron frente á frente con Malandain que repitió y sostuvo la afirmación, y por espacio de una hora se estuvieron injuriando. Él mismo pidió que le registrasen y no le encontraron nada.
Al fin el alcalde, muy perplejo, le despidió avisándole que daría parte al juez del partido y que pediría órdenes.
La noticia había circulado rápidamente, y al salir de la alcaldía el viejo se vió rodeado y asediado á preguntas, que le dirigían con curiosidad real ó burlona, pero en las que no entraba para nada la indignación. Y él contó repetidas veces la historia del cordelito, pero nadie la creyó. Se reían de él.
Se marchaba, mas todos le detenían, y él detenía á cuantos conocía repitiendo constantemente su relato y mostrando sus bolsillos vueltos del revés para enseñar que no contenían nada.
Todos le decían:
--Calla, calla, picaronazo.
Él se enfadaba, se desesperaba, febril, desolado al ver que no le creían, y no sabiendo qué hacer como no fuese repetir á todos su historia.
Llegó la noche, preciso fué marcharse, y se puso en camino con tres vecinos á los que indicó el sitio donde había recogido el cordelito, y por el camino habló continuamente de su aventura.
Al llegar á Bréauté se lo contó á todo el mundo pero sólo encontró incrédulos.
Toda la noche estuvo enfermo.
Al día siguiente por la tarde, á eso de la una, Mario Paumelle, mozo en la granja de Bretón, labrador muy rico de Ymanville, devolvió la cartera.
Este hombre decía que la había encontrado en el camino, pero como no sabía leer, se la había llevado á su amo.
La noticia se supo en seguida por todos aquellos alrededores, y se la participaron á Hauchecorne quien inmediatamente se puso en campaña para repetir su historia completada con el desenlace. Triunfaba.
--Lo que me volvía loco--decía á cuantos querían oirle--no era la cosa, compréndanme bien, era la mentira. No hay nada que haga tanto daño como estar en entredicho por una mentira.
Y durante todo el día estuvo hablando de su aventura que en la carretera contaba á cuantos pasaban, en la taberna á cuantos bebían y, el domingo siguiente, á la puerta de la iglesia, á cuantos salían de misa. Hasta detenía á los desconocidos para contársela. Mas, á pesar de todo, aunque estaba tranquilo, algo había que aún le molestaba, algo que no sabía con certeza lo que era. Advertía como si se burlasen cuando le oían: nadie parecía convencido, y en cuanto volvía la espalda todos murmuraban.
El martes de la semana siguiente, empujado únicamente por la necesidad de contar su caso, fué al mercado de Goderville.
Malandain, de pie en el umbral de su casa, se puso á reir al verle pasar. ¿Por qué?
Primero se acercó á Criquetot, el de la granja, quien no le dejó terminar, y dándole un golpecito en el vientre, le soltó en su misma cara un: «Calla, calla, picaronazo», y luego le volvió la espalda.
Hauchecorne, que á cada momento estaba más inquieto, se quedó viendo visiones. ¿Por qué le habían llamado picaronazo?
Cuando estuvo sentado á la mesa, en el parador de Jourdain, explicó otra vez el asunto; pero un chalán de Montivilliers le dijo á gritos:
--Vamos, cállate, viejo camándulas, que tu cordelito nos lo sabemos de memoria.
Entonces Hauchecorne balbució:
--Pero... puesto que han encontrado la cartera...
--Ta, ta, ta. Uno encuentra, otro devuelve, y ni visto ni conocido.
El labrador se quedó de una pieza. Al fin comprendía, y comprendía que se le acusaba de haber hecho devolver la cartera por un compadre, por un cómplice.
Intentó protestar, pero cuantos estaban sentados á la mesa soltaron el trapo á reir.
Le fué imposible concluir de comer y salió del comedor entre la rechifla general.
Y volvió á su casa avergonzado, indignado, ahogado por la cólera y la confusión y tanto más aterrado cuanto que, con su malicia de normando, se sentía capaz de hacer aquello de que se le acusaba, y aun de envanecerse de ello como de una hazaña. Su inocencia le aparecía tan confusa como difícil era de demostrar, dada su proverbial malicia. Y la injusticia de la sospecha le hería en pleno corazón.
Entonces empezó de nuevo á contar la aventura, extendiendo el relato todos los días, añadiendo siempre nuevas razones, protestas más enérgicas; juramentos solemnes que imaginaba y preparaba en sus horas de soledad, pues en su imaginación sólo tenía cabida la historia del cordelito. Y cuanto más complicada era su defensa y su argumentación más sutil, menos se le creía.
Á sus espaldas, la gente decía:
--Ésas son razones de embustero.
Y él se daba cuenta de ello, y se le corrompía la sangre y se agotaba haciendo inútiles esfuerzos.
Enflaquecía á ojos vistas.
Los burlones, para divertirse, le hacían contar la historia del _cordelito_ del mismo modo que se hace contar cosas de batallas á los soldados que han estado en la guerra. Y el pobre, perdía por momentos:
Á fines de diciembre se metió en la cama. Y murió en los primeros días de enero, y hasta en el delirio de la agonía atestaba su inocencia repitiendo:
--Un cordelito... un cordelito... Éste es, señor alcalde.
EL BAUTIZO
Los hombres, vestidos con la ropa de los domingos, esperaban frente á la puerta de la alquería. El sol de mayo derramaba su clara luz sobre los floridos y perfumados manzanos que, redondos cual inmensos ramilletes rosados y blancos, formaban al patio un techo de flores. Sin cesar sembraban á su alrededor la nieve de sus menudos pétalos, que volteaban por el aire antes de caer en la alta hierba, donde los dientes de león brillaban como llamas y las amapolas semejaban grandes gotas de sangre.
Una cerda dormitaba junto al estercolero, el vientre al sol y la ubre hinchada, y una piara de lechoncitos, con el rabo arrollado como una cuerda, hozaba y gruñía á su alrededor.
De pronto, á lo lejos, tras los altos árboles de las alquerías, sonaron las campanas de la iglesia, y su voz de hierro lanzó en medio del silencio su débil y lejana llamada. Á través del espacio azul que encerraban las inmóviles y grandes hayas, las golondrinas cruzaban semejando flechas, y á veces, olor de establo se mezclaba al suave y agradable perfume de los manzanos.
Uno de los hombres que de pie estaban frente á la puerta, se volvió hacia la casa y gritó:
--Vamos, vamos, Melina, que ya tocan...
Tendría unos treinta años. Era un labrador alto á quien las layas y las penosas tareas del campo no habían deformado aún. Su padre, un viejo nudoso y tan lleno de arrugas como el tronco de un roble, con abultadas muñecas y piernas muy torcidas, dijo sentenciosamente:
--Las mujeres no acaban nunca.
Los otros dos hijos del viejo se pusieron á reir, y uno de ellos, volviéndose hacia su hermano mayor, el que primero había llamado, le dijo:
--Ve á buscarla, Hipólito; que si no, esperaremos hasta medio día.
Y el joven entró en su morada. Una bandada de patos, que pasaba cerca de los labradores, empezó á batir las alas y á dar gritos guturales: luego, con paso lento y cadencioso, se dirigieron hacia su charca.
Entonces, en el hueco de la puerta apareció una mujer gorda que llevaba en brazos á un niño de unos dos meses. Las blancas bridas de su cofia le colgaban por la espalda resaltando sobre el rojizo chal, que resplandecía como un incendio, y el rorro, envuelto en blancas mantillas, descansaba sobre el abultado vientre de la guardesa.
Luego le tocó el turno á la madre, alta y gruesa, de unos dieciocho años, fresca y sonriente, quien se apoyaba en el brazo de su marido. Las dos abuelas vinieron después, arrugadas como manzanas viejas, y con las caderas deformadas por largos años de paciente y ruda faena. Una de ellas, que era viuda, se apoyó en el brazo del abuelo, que seguía de pie delante la puerta, y se pusieron al frente del cortejo, detrás del niño y de la partera. Los demás de la familia siguieron detrás, y los más jóvenes, llevaban cucuruchos de papel llenos de confites.
Á lo lejos, la campana seguía tocando sin cesar, llamando con todas sus fuerzas al frágil niño. Y los chiquillos se encaramaban á las tapias, la gente se asomaba á las puertas y se acercaba á los vallados, y las criadas de las alquerías, para presenciar el paso del bautizo, dejaban en el suelo los cubos llenos de leche y se quedaban inmóviles.
Y la guardesa triunfante, llevaba su carga viva evitando los charcos que en el camino había. Y los viejos seguían, muy ceremoniosos, andando de través, sin duda á causa de la edad y de los dolores. Los jóvenes, que tenían ganas de bailar, se fijaban en las muchachas que salían para ver el cortejo, y el padre y la madre, muy graves y formales, seguían al niño que más tarde les reemplazaría en la vida y que en el lugar había de continuar el bien conocido nombre de los Dentú.
Llegaron á la llanura, y para evitar el gran rodeo que daba el camino, tomaron á campo traviesa.
Ya se distinguía el puntiagudo campanario de la iglesia, y en la abertura que bajo el tejadillo de pizarra le atravesaba, se agitaba algo, algo que se movía con movimientos vivos, pasando y volviendo á pasar por detrás de la estrecha ventana. Era la campana que seguía doblando, llamando al recién nacido para que por primera vez fuese á la casa de Dios.
Un perro seguía al cortejo, y como le echasen confites daba saltos alrededor de cuantos componían la comitiva.
La puerta de la iglesia estaba abierta de par en par, y el sacerdote, un mocetón con pelo rojizo, delgado pero fuerte, un Dentú también, tío del pequeño, hermano del padre, esperaba al pie del altar. Y siguiendo los ritos, bautizó á su sobrino, Próspero Csear, quien al sentir en la boca la sal simbólica, se puso á llorar.
Cuando la ceremonia hubo terminado, la familia esperó en el atrio á que el sacerdote se pusiese el manteo, y cuando éste salió se pusieron en marcha. Y anduvieron de prisa pues todos pensaban en la comida. Los rapaces del lugar les seguían gritando, y cada vez que les tiraban un puñado de confites se producía espantosa confusión: furiosas luchas cuerpo á cuerpo en las que los cachetes y tirones de pelo se prodigaban generosamente; el perro también se precipitaba para reclamar su parte, y más obstinado que los chiquillos no cejaba aun que le tirasen del rabo, de las orejas y de las patas.
La guardesa, algo cansada, dijo al cura que andaba á su lado:
--Señor cura, si no fuese pedir demasiado le suplicaría que llevase un poco á su sobrino... siento calambres en el estómago, y...
El sacerdote cogió al niño, cuyo blanco traje resaltaba como enorme mancha sobre la negra sotana, y después de darle un beso siguió andando, algo molesto con su ligera carga que no sabía cómo sostener ni cómo llevar. Todos se pusieron á reir, y una de las abuelas preguntó á gritos:
--Dime, curita, ¿no te da pena pensar que nunca tendrás ninguno?
El sacerdote no contestó. Andando á grandes pasos miraba fijamente al chiquillo cuyos ojos azules le atraían y cuyas redondas mejillas parecían pedirle besos. No pudo contenerse, y levantándole hasta la altura de la cara, le dió un ruidoso beso.
El padre, que lo vió, dijo:
--Si quiere uno, no tiene más que decirlo.
Y todos empezaron á bromear como bromea la gente del campo.
Cuando se sentaron á la mesa, la pesadota alegría de los campesinos estalló como una tormenta. Los otros dos muchachos iban á casarse pronto y sus prometidas asistían á la comida, de manera que los invitados se creían obligados á hacer constantemente alusión á las futuras generaciones que esas uniones prometían.
Y los retruécanos sucedían á las palabras con sal y pimienta, cosa que hacía que las muchachas se pusiesen coloradas, y que los hombres se descoyuntasen de tanto reir. Ellos chillaban fuerte y daban puñetazos sobre la mesa: el padre y el abuelo metían baza también, y la madre reía. Las viejas, tomando parte en la fiesta, hacían pinitos.
El sacerdote, acostumbrado á la libertad de modales de los labradores, permanecía impasible, sentado junto á la guardesa, y para hacer reir á su sobrino le acariciaba la barbita con el índice. Contemplando al pequeñuelo parecía sorprendido, como si nunca hubiese visto ninguno, y en él se fijaba con reflexiva atención, con soñadora gravedad, con ternura infinita, singular, vivísima y algo triste.
Y contemplándole ni oía ni veía nada. Sentía deseos de mecerle sobre sus rodillas, pues aún conservaba en el pecho y en el corazón la dulce sensación de haberle llevado en brazos al volver de la iglesia. Ante aquella larva de hombre sentía profunda emoción, como ante un misterio en el que nunca hubiese pensado, misterio augusto y santo, la encarnación de un alma nueva, el gran misterio de la vida que empieza, del purísimo amor que despierta, de la raza que se perpetúa y de la humanidad que siempre avanza.
La guardesa, con el rostro congestionado, brillantes los ojos, molestada por el pequeño que la obligaba á mantenerse lejos de la mesa, se atracaba de firme.
El sacerdote le dijo:
--Démelo; yo no tengo apetito.
Volvió á tomar al niño en sus brazos, y á su alrededor todo desapareció y se borró todo: largo rato permaneció con los ojos fijos en aquella carita rosada, y poco á poco el calor suave de aquel cuerpecito le penetró como una caricia muy ligera, muy casta, caricia que era causa de que los ojos se le llenasen de lágrimas.
El ruido que hacían cuantos estaban sentados alrededor era espantoso, y el niño, á quien los continuados clamores molestaban, se puso á llorar.
Una voz gritó:
--Que le dé el pecho.
Y una carcajada unánime acogió esta torpe ocurrencia. La madre se levantó, cogió á su hijo y lo llevó á la habitación vecina. Minutos después volvió diciendo que dormía tranquilamente en su cuna.
Y la comida continuó. Hombres y mujeres salían al patio de tiempo en tiempo y volvían en seguida á sentarse de nuevo á la mesa; la carne, las legumbres, la sidra y el vino se sucedían en todas las bocas, hinchaban los vientres, encendían los ojos y trastornaban las cabezas.
Cuando se sirvió el café era casi de noche. Rato hacía que el sacerdote había desaparecido sin que su ausencia hubiese llamado la atención.
La madre quiso ver si el pequeño seguía durmiendo, y á tientas penetró en la habitación. Extendía los brazos para no tropezar con ningún mueble cuando ruido extraño hizo que se detuviese, y salió asustada, segura de haber oído á alguien. Pálida y temblorosa entró en el comedor y contó lo que le había sucedido. Los hombres, borrachos y amenazadores, se levantaron tumultuosamente, y el padre, con una luz en la mano, entró el primero.