Part 9
El marqués, que había amado mucho, combatía vivamente esta creencia:
--Yo les digo que se puede amar varias veces con todas las fuerzas y con toda el alma. Ustedes me nombran gentes que se han matado por amor, presentándolos como prueba de la imposibilidad de una segunda pasión. Y yo replicaré que si no hubiesen cometido la tontería de suicidarse, que les suprimía todas las probabilidades de recaer, se hubieran curado: se hubieran curado y hubieran vuelto á empezar, y así siempre, hasta que hubiesen muerto de muerte natural. Los enamorados son como los borrachos. Quien ha bebido, beberá; quien ha amado, amará. Es cuestión de temperamento.
Se eligió por árbitro al doctor, viejo médico parisiense, que se había retirado al campo, y se le rogó que diese su opinión.
Precisamente no tenía.
--Como el marqués ha dicho muy bien--contestó,--es cuestión de temperamento. Con respecto á mí, sé de una pasión que duró cincuenta y cinco años sin un día de descanso y que sólo terminó con la muerte.
La marquesa aplaudió.
--¡Hermoso es esto!--dijo.--¡Verse amado así, es ideal! ¡Qué felicidad, vivir cincuenta y cinco años envuelto con ese afecto encarnizado y penetrante! ¡Cuán dichoso debió ser y cuánto debió bendecir la vida aquel á quien adoraron de este modo!
El médico sonrió.
--Efectivamente, señora, con respecto á este punto no se equivoca usted, porque el ser amado fué un hombre. Y usted le conoce: es el farmacéutico del burgo, el señor Chouquet... Y también ha conocido usted á la mujer: fué la vieja sillera, la que componía sillas y todos los años venía el castillo. Pero, voy á procurar explicarme mejor.
El entusiasmo de las mujeres había decaído y su contrariado rostro decía claramente «¡Bah!», como si el amor únicamente pudiese anidar en las almas de seres delicados y distinguidos, únicos que merecen interés á los aristócratas.
El médico continuó.
--Hace tres meses me llamaron para que asistiese á esa mujer en su lecho de muerte. La víspera había llegado en el carro que le servía de casa, que tiraba la yegua que ustedes conocen, y acompañada por sus dos grandes perros negros, sus amigos y guardianes. El cura ya estaba allí. Nos nombró sus albaceas testamentarios, y, para revelarnos el sentido exacto de sus voluntades, nos contó toda su vida. Yo no conozco nada tan singular ni más conmovedor.
Su padre había sido sillero, su madre sillera, y ella no había tenido nunca casa plantada en el suelo.
Desde pequeña, vagaba harapienta y sórdida, deteniéndose á la entrada de los pueblos y á lo largo de los fosos. Desenganchaban, pacía el caballo, dormía el perro con la cabeza entre las patas, y la niña se revolcaba por la hierba mientras sus padres, sentados á la sombra de los árboles del camino, arreglaban todas las sillas viejas de la localidad. Y en aquella morada ambulante se hablaba poco. Después de las palabras precisas para decidir quién recorrería las casas gritando «¡El sillero!», empezaban á preparar juncos y pajas uno frente á otro. Cuando la niña se iba demasiado lejos ó intentaba trabar relaciones con algún galopín de la aldea, la voz colérica del padre la llamaba con un «Quieres acercarte, sinvergüenza», que eran las únicas palabras tiernas que oía.
Cuando fué mayor la enviaron en busca de asientos de sillas averiados, y entonces hizo amistad con algunos chiquillos; pero esta vez eran los padres de sus nuevos amigos quienes llamaban brutalmente á sus rapaces diciéndoles: «Ven acá, sinvergüenza, y cuidado que te vuelva á pillar hablando con esa zarrapastrosa».
Á veces, los chicuelos la tiraban piedras.
Unas señoras la dieron unos cuartos que ella guardó cuidadosamente.
Un día,--tenía entonces once años--al pasar por esta comarca, encontró al pequeño Chouquet, que lloraba detrás del cementerio porque un compañero le había robado unos ochavos. Y las lágrimas de aquel burguesito, uno de aquellos pequeñuelos que su frágil cabecita de desheredada imaginaba siempre contentos y risueños, la revolvieron toda. Se acercó á él, y cuando se hubo enterado de las causas de su aflicción, le dió todas sus economías, treinta y cinco céntimos, que el chiquillo tomó enjugándose las lágrimas. Y entonces, loca de alegría, tuvo la audacia de darle un beso. Como él miraba los cuartos atentamente, se lo dejó dar, y ella, viendo que no la rechazaba ni pegaba, se hartó de besarle y luego echó á correr.
¿Qué pasó por su miserable cabeza? ¿Se consagró á aquel chiquillo porque le había sacrificado su fortuna de vagabunda ó porque le había dado su primer beso lleno de ternura? El misterio es siempre el mismo tanto para los pequeños como para los mayores.
Por espacio de meses y meses soñó con aquel rincón de cementerio y con aquel chiquillo; y con la esperanza de volver á verle, robó un día á sus padres cinco céntimos, otro día otros cinco, ora rebajándolos de una compostura, ora sisándolos cuando iba á comprar algo.
Y cuando volvió tenía dos francos; pero sólo pudo ver al pequeño farmacéutico, muy limpito y muy bien arreglado, tras los cristales de la tienda de su padre, entre un bocal rojo y una solitaria.
Y le quiso más y más, seducida, emocionada, extasiada ante la hermosura de aquella agua coloreada y aquella apoteosis de brillantes cristales.
Ella conservó su recuerdo indeleble, y cuando al año siguiente le encontró jugando á los bolos con sus compañeros detrás de la escuela, se arrojó sobre él, le estrechó entre sus brazos, y le besó con tanta violencia que él se puso á chillar. Entonces, para tranquilizarle, le dió su dinero: tres francos veinte céntimos, un verdadero tesoro que él miraba con ojos desmesuradamente abiertos.
Los tomó, y se dejó acariciar cuanto ella quiso.
Por espacio de cuatro años ella vertió en sus manos cuanto tenía, y él embolsaba los cuartos concienzudamente á cambio de los besos consentidos. Una vez fueron seis reales, otra vez dos francos, otra doce reales--ese día lloró de pena y de humillación, pero el año había sido muy malo--y, la última vez, cinco francos, una moneda grande y redonda que le hizo reir con alegría.
No pensaba más que en él, y él esperaba su regreso con impaciencia y al verla salía á su encuentro, lo que era causa de que el corazón de la niña latiese con violencia.
Después, él desapareció. Le habían enviado al colegio. Ella lo supo interrogando hábilmente, y entonces usó de infinita diplomacia para cambiar el itinerario de sus padres y hacerles pasar por aquí en época de vacaciones. Lo consiguió, pero después de un año de astucias. Hacía dos años que no le había visto y apenas logró reconocerle: tanto había cambiado, crecido, y tan guapo estaba con su chaqueta con botones dorados. Él fingió no verla y pasó orgulloso por su lado.
La pobrecita estuvo dos días llorando, y desde entonces sufrió sin cesar.
Volvía todos los años, y pasaba cerca de él sin atreverse á saludarle y sin que él se dignase fijar los ojos en ella. Le quería con delirio, y me dijo: «Es el único hombre que he visto en la tierra, señor doctor, y ni siquiera sé si los otros han existido».
Murieron sus padres, y ella continuó su oficio; pero en vez de un perro llevó dos, dos perros terribles que nadie se hubiera atrevido á desafiar.
Un día, al llegar á esta aldea, en donde había dejado su corazón, vió á una mujer joven que salía de la tienda de Chouquet apoyada en el brazo de su adorado. Era su mujer; se había casado.
Por la noche se arrojó á la charca que está en la plaza de la Alcaldía. Un borracho retrasado la sacó y la llevó á la farmacia. El hijo Chouquet bajó con bata para asistirla, y sin dar muestras de conocerla la desnudó, la friccionó y le dijo con voz dura: «¡Usted está loca! ¡No hay que llegar á esos extremos!».
Y eso bastó para curarla, ¡Él le había dirigido la palabra! Y se sintió dichosa...
Por más que ella insistió mucho para pagarle, él se negó á aceptar ninguna remuneración por sus cuidados...
Y así vivió siempre; arreglando sillas y pensado en Chouquet, á quien todos los años veía detrás de sus cristales. Ella se acostumbró á comprar en su casa los medicamentos, y así, le veía de cerca, le hablaba, y le daba dinero.
Como he dicho al principiar mi narración, murió esta primavera. Después que me hubo contado su triste historia, me rogó que entregase todas sus economías al que tanto había querido, economías que había reunido privándose hasta de comer, y sólo para que, después de muerta, tuviese que pensar en ella siquiera una vez.
Me dió dos mil trescientos veintisiete francos. Di al señor cura los veintisiete francos para los gastos del entierro, y me llevé los otros cuando hubo exhalado el último suspiro.
Al día siguiente fuí á casa de los Chouquet. Acababan de almorzar, uno frente á otro, colorados, oliendo de lejos á productos farmacéuticos, dándose importancia y satisfechos.
Me hicieron sentar, me ofrecieron un kirsch, y lo acepté: y con emoción sincera empecé mi discurso convencido de que les haría llorar.
En cuanto hubo comprendido que la vagabunda le había amado, la vagabunda, la sillera, Chouquet no pudo contener su indignación, como si hubiese manchado su fama, como si le hubiese robado la estima de las gentes honradas, su honor íntimo, algo delicado que hubiese preferido á la vida.
Su mujer, tan exasperada como él, repetía: «Esa mendiga, esa mendiga, esa mendiga», sin que acertase á decir otra cosa.
Él se había levantado, y, á grandes pasos, con el gorro griego caído sobre la oreja, iba de un extremo al otro de la habitación. Y balbució: «¿Se entiende esto, doctor? Para un hombre no puede darse nada más horrible. ¿Qué hacer? ¡Oh! Si hubiese podido figurármelo mientras vivió, la hubiera hecho prender por los gendarmes, meterla en la cárcel, de donde no habría salido más, lo aseguro».
El resultado de mi piadosa comisión me dejaba estupefacto. No sabía qué decir ni qué hacer; pero preciso era llegar al fin y añadí: «Me ha encargado que le entregue sus ahorros, que ascienden á dos mil trescientos francos; pero como lo que acabo de decir le es tan desagradable, lo mejor será que se distribuya ese dinero entre los pobres».
El hombre y la mujer me miraron sin saber lo que les pasaba.
Saqué el dinero del bolsillo, miserable dinero de todos los países y de todas las marcas, oro y calderilla mezclados, y luego pregunté:
--¿Qué deciden ustedes?
La señora Chouquet habló primero.
--Pero--dijo--puesto que es la última voluntad de esa mujer... me parece que no podemos negarnos á aceptar...
Y el marido, algo confuso, añadió:
--Con esto podríamos comprar algo para los chicos.
Y contesté con sequedad:
--Como ustedes quieran.
Entonces Chouquet agregó:
--Bueno, venga el dinero; ya encontraremos medio de emplearlo en una obra buena.
Yo entregué el dinero, saludé y salí.
Al día siguiente Chouquet vino á encontrarme y me dijo: «Esa... esa mujer ha dejado aquí su carro. ¿Qué hace usted de él?».
--Yo, nada. Si lo quiere, tómelo.
--Muy bien. Haré una cabaña para mi huerta.
Se fué, pero yo le llamé para decirle: «También ha dejado el caballo y sus dos perros. ¿Los quiere?». Se quedó un momento sin contestar, pero al fin dijo: «No, de ninguna manera. ¿Qué quiere que haga con ellos? Disponga de todo como se le antoje...». Se puso á reir, y me tendió la mano que yo estreché. Qué quieren; en un pueblo, el médico y el boticario no pueden ser enemigos.
Yo tengo los dos perros. El cura, que tiene un patio grande, se quedó con el caballo. El carro sirve de cabaña á Chouquet, y con el dinero ha comprado cinco acciones del ferrocarril.
Ése es el único amor profundo que he encontrado en mi vida».
El médico calló.
Y la marquesa, que tenía los ojos lleno de lágrimas, suspiró y dijo: «Decididamente, sólo las mujeres saben querer».
DIONISIO
I
El señor Marambot abrió la carta que su criado Dionisio le entregaba, y sonrió.
Hacía veinte años que Dionisio estaba en la casa y era un hombrecito tripudo y jovial, que en la comarca se citaba siempre como modelo de criados. Viendo sonreir á su amo, preguntó:
--¿El señor está contento? ¿El señor ha tenido buenas noticias?
Marambot no era rico. Farmacéutico de aldea, retirado y solterón, vivía con una corta rentita penosamente adquirida vendiendo drogas á los labradores. Á la pregunta de Dionisio contestó:
--Sí, una buena noticia. El tío Malois retrocede ante el pleito con que le amenazo, y mañana recibiré mi dinero. Cinco mil francos siempre vienen bien.
Y el señor Marambot se frotó las manos. Era hombre de carácter resignado, más triste que alegre, incapaz de producir un esfuerzo prolongado, y perezoso hasta para sus negocios.
Es muy cierto que hubiera podido ganar más aprovechando la muerte de compañeros suyos establecidos en centros de importancia, yendo á ocupar su puesto y quedándose con sus parroquianos; pero la idea de las diligencias que precisaba hacer y las contrariedades de la mudanza le habían retenido constantemente, y, después de dos ó tres días de pensarlo, se decía:
--La próxima vez. Nada se pierde con esperar, y tal vez encuentre algo más conveniente.
Por el contrario, Dionisio pretendía llevar á su amo por el camino de los negocios. Muy activo, muy enérgico, repetía constantemente:
--Si yo hubiese tenido un capital inicial, hubiera hecho fortuna. Mil francos nada más y hoy sería rico.
Marambot sonreía, no contestaba, y salía al jardinito por donde paseaba con las manos cruzadas por detrás y siempre pensando en las musarañas.
Aquel día, Dionisio lo pasó cantando canciones de su tierra y, al parecer, contentísimo. Y estuvo haciendo gala de inusitada actividad, limpiando todos los cristales de la casa y frotándolos con ardor.
Marambot, asombrado ante tanto celo, sonrió varias veces, y dijo:
--Muchacho, si así trabajas todo el día, mañana no tendrás nada que hacer.
Al día siguiente, á las nueve, el cartero entregó á Dionisio cuatro cartas para su amo, una de las cuales pesaba mucho. Inmediatamente, Marambot se encerró en su habitación y no salió de ella hasta media tarde, que envió á su criado al correo para que franquease cuatro sobres. Uno iba dirigido á Malois, y sin duda contenía el recibo del dinero.
Dionisio no preguntó nada á su amo, que estaba tan triste y sombrío como alegre había estado la víspera.
Llegó la noche, y Marambot, á la hora de costumbre, se acostó y se durmió.
Ruido extraño le despertó. Se sentó en la cama y escuchó atentamente. La puerta se abrió de pronto, y en el hueco apareció Dionisio con una bujía en la mano, un gran cuchillo de cocina en la otra, fijos los ojos, mejillas y labios contraídos como los de aquellos á quienes agita terrible emoción, y tan pálido que parecía un espectro.
Marambot, sin comprender una jota de todo aquello, le creyó víctima de un ataque de sonambulismo, y ya se disponía á levantarse para correr á su encuentro, cuando el criado mató la luz de un soplo y se precipitó hacia la cama. Su amo tendió las manos hacia delante para amortiguar el choque que le tendió boca arriba, y procuró sujetar los brazos del criado, al que entonces creía víctima de un ataque de locura, con objeto de parar los precipitados golpes que le asestaba.
La primera herida la recibió en el hombro, la segunda en la frente y la tercera en el pecho. Y luchaba desesperadamente, agitándose en la obscuridad, dando puntapiés en todas direcciones y gritando:
--¡Dionisio! ¡Dionisio! ¿Te has vuelto loco? Vamos, Dionisio...
Pero el otro, jadeante, se encarnizaba, y aunque rechazado por un puntapié unas veces, por un puñetazo otras, volvía á la carga con furia. Y Marambot recibió aún dos heridas en las piernas y una en el vientre; pero como una idea acudiese repentinamente á su imaginación, dijo gritando:
--Acaba, acaba Dionisio, no he recibido el dinero.
Y el hombre se detuvo instantáneamente, y su amo oyó su respiración que parecía un silbido.
Marambot añadió:
--No he recibido nada: Malois se desdice, y pleitearemos; por esto te he enviado con tantas cartas al correo. Pero, mejor será que leas las que están encima de mi escritorio.
Y haciendo un esfuerzo supremo, se apoderó de los fósforos que tenía en la mesita de noche y encendió la vela.
Estaba cubierto de sangre, y la pared estaba llena de salpicaduras. Las sábanas y las cortinas parecían rojas, y Dionisio, ensengrantado también, estaba de pie en medio de la habitación.
Cuando Marambot vió todo esto, se creyó muerto y perdió el conocimiento.
Volvió en sí al romper el alba, y parmaneció largo rato sin recobrar el sentido ni comprender ni acordarse de nada. Pero de pronto, el recuerdo del atentado y el de las heridas volvió á su imaginación, y el miedo que se apoderó de él fué tan grande, que, para no ver nada, cerró los ojos. Pasados los primeros minutos de horrible espanto, se calmó y empezó á reflexionar. No estaba muerto, y por lo tanto aún podía salvarse. Se sentía débil, muy débil, y aunque en distintas partes de su cuerpo le molestaban dolores agudos como pinchazos, el sufrimiento se podía soportar. También se sentía helado, mojado y oprimido, como si innumerables vendas le estrechasen por todas partes. Creyó que la humedad era ocasionada por la sangre vertida y estremecimientos de angustia le sacudieron al pensar en el rojo líquido que de sus venas había salido para empapar la cama. La idea de presenciar otra vez aquel horrible espectáculo le alteraba lo indecible, y permanecía con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza, como si fuesen á abrirse á pesar suyo.
¿Qué había sido de Dionisio? Probablemente habría escapado.
Pero, él, Marambot, ¿qué haría? ¿Pediría socorro á gritos? Ahora bien, era indudable que al hacer un solo movimiento sus heridas se abrirían de nuevo y caería muerto, extenuado, sin una gota de sangre en las venas.
De pronto oyó que abrían la puerta de su habitación, y su corazón cesó de latir. Seguramente era Dionisio que venía á rematarle. Contuvo la respiración para que el asesino le creyese del todo muerto, pero sintió que levantaban las sábanas y que le palpaban el vientre. Dolor vivísimo, cerca de la cadera, le hizo estremecer... Con mucha suavidad le lavaban con agua fresca. Sin duda habían descubierto el crimen y le cuidaban para salvarle. Loca alegría se apoderó de él; pero por prudencia, y para no dar muestras de haber recobrado el conocimiento, no hizo más que entreabrir un ojo, uno solo, y eso tomando infinitas precauciones.
Á un lado, y de pie, reconoció á Dionisio, á Dionisio en persona. ¡Misericordia! Y precipitadamente, volvió á cerrar el ojo.
¡Dionisio! ¿Qué hacía á su lado? ¿Qué quería? ¿Qué horrible proyecto podía alimentar aún?
¿Qué hacía?... ¡Pues le estaba lavando para que desapareciesen las huellas! ¿Se propondría enterrarle en el jardín, dos metros bajo tierra, para que nadie le encontrase?
Y Marambot se puso á temblar tan fuerte, tanto, que todos sus miembros palpitaban.
Se decía para su capote: «Estoy perdido, perdido». Y apretaba los párpados desesperadamente para no ver cómo le asestaban la última puñalada. No la recibió. Entre tanto, Dionisio le levantaba, le cubría con una sábana, y le curaba la herida de la pierna con escrupuloso cuidado, como había aprendido á hacerlo en los tiempos en que su amo ejercía de farmacéutico.
Un hombre del oficio no podía vacilar ni un instante: su criado, después de haber intentado matarle, quería salvarle.
Y entonces Marambot, con voz doliente, le dió un consejo práctico:
--Haz los lavados y las curas con agua cortada con alquitrán saponificado.
Dionisio respondió:
--Eso es lo que hago, mi amo.
Entonces Marambot abrió los dos ojos.
Ni en la cama, ni en la habitación, ni en el asesino, había huellas de sangre. Y el herido estaba extendido entre sábanas blanquísimas.
Los dos hombres se miraron fijamente, y Marambot pronunció con dulzura:
--Has cometido un gran crimen.
Dionisio respondió:
--Reparándolo estoy. Y si el señor no me denuncia, le serviré con la misma fidelidad que antes.
No era aquella, ocasión para mostrarse duro con el criado, y Marambot, cerrando los ojos, articuló:
--Te juro que no te denunciaré.
II
Dionisio salvó á su amo: pasó noches enteras sin dormir ni salir de la habitación del enfermo, le preparó las medicinas, las tisanas, las pociones, le tomaba el pulso contando ansiosamente las pulsaciones, y le cuidó con la habilidad de un enfermero y con la abnegación de un hijo.
Le preguntaba á cada momento:
--Y bien, mi amo ¿cómo se encuentra usted?
Á lo que Marambot contestaba con voz débil:
--Un poco mejor, muchacho, muchas gracias.
Y cuando el herido despertaba por la noche, sucedía con frecuencia que sorprendía á su guardián llorando en su butaca y enjugándose silenciosamente los ojos.
Jamás el ex farmacéutico se había visto tan cuidado ni tan mimado. En un principio se había dicho:
--Cuando esté restablecido me desembarazaré de ese granuja.
Pero, á pesar de que ya estaba en pleno período de convalecencia, retardaba el momento de separarse del que había pretendido asesinarle. Pensaba que nadie hubiera tenido con él tantas atenciones, y le anunció que había depositado un testamento en casa de su notario en el que, si un nuevo accidente le ocurría, le denunciaba.
Esta precaución pareció que le ponía á cubierto de toda nueva tentativa, y se preguntaba si no sería prudente conservar á su lado á aquel hombre, claro está que vigilándole atentamente.
Lo mismo que en otros tiempos, cuando vacilaba para adquirir una farmacia más importante, no podía decidirse á adoptar una resolución.
--Siempre llego á tiempo,--se decía.
Y como Dionisio continuaba dando pruebas de ser un servidor incomparable y Marambot estaba completamente restablecido, le conservó á su lado.
Ahora bien, una mañana, cuando concluía de almorzar, le sorprendió un ruido extraordinario que procedía de la cocina. Allí se dirigió y encontró que dos gendarmes sujetaban á Dionisio. Gravemente, el brigadier tomaba notas en su cuaderno.
En cuanto vió á su amo, el criado se puso á sollozar diciendo:
--Me ha denunciado usted y eso no esta bien porque al hacerlo ha faltado á lo que me había prometido. Ha faltado usted á su palabra de honor, señor Marambot, y eso no está bien, no está bien...
Marambot, estupefacto y desolado al ver que se ponía en tela de juicio su lealtad, levantó la mano diciendo:
--Ante Dios te juro, muchacho, que no te he denunciado. Ignoro cómo los señores gendarmes han podido tener noticia de que habías intentado asesinarme.
El brigadier se estremeció:
--¿Dice usted, señor Marambot, que intentó asesinarle?
El farmacéutico, sin saber lo que decía, respondió:
--Sí, sí... pero yo ni le he denunciado ni he dicho nada... Juro que no he dicho nada... Desde entonces me ha servido admirablemente..
El brigadier, muy severamente, dijo:
--Tomo nota de cuanto acaba usted de decir, y crea señor Marambot, que la justicia apreciará este nuevo motivo que ignoraba. Tengo la comisión de detener á su criado por haber robado dos patos al señor Duhamel, de cuyo delito hay testigos. Ruego á usted, señor Marambot, que me perdone, pero tengo que dar cuenta de su declaración.
Y volviéndose hacia sus hombres agregó:
--Vamos, en marcha.
Y los gendarmes se llevaron á Dionisio.
III
El abogado acababa de alegar la locura y apoyaba uno en otros los dos delitos para dar más fuerza á su argumentación. Y había demostrado claramente que el robo de los dos patos procedía del mismo estado mental que las ocho puñaladas dadas en la persona del señor Marambot. Finalmente había analizado todas las fases de ese estado pasajero de alienación mental que sin duda cedería después de algunos meses de tratamiento en una excelente casa de salud. De manera entusiasta había hablado de la continuada abnegación del honrado servidor, y de los incomparables cuidados con que había rodeado á su amo, por él herido en un momento de extravío.
Este recuerdo, que conmovió hasta el fondo del alma á Marambot, hizo que se le llenasen los ojos de lágrimas.