Cuentos escogidos

Part 11

Chapter 113,987 wordsPublic domain

El sacerdote, arrodillado junto á la cuna y con la frente hundida en la almohada donde reposaba la cabeza del niño, sollozaba...

MI TÍO JULIO

Un pobre viejo, con barba blanca, nos pidió limosna. Mi amigo José Davranche le dió un duro. Y como manifestase mi extrañeza, me dijo:

--Ese miserable me ha recordado una historia que te voy á referir, historia cuyo recuerdo me persigue constantemente. Escucha:

«Mi familia, que vivía en el Havre, no era rica. Mi padre trabajaba, volvía tarde de su oficina, no ganaba mucho, y como éramos tres,--yo tenía dos hermanas,--no hacíamos más que salir del paso.

«La estrechez en que vivíamos hacía sufrir mucho á mi madre, que con frecuencia hablaba agriamente á su marido con palabras que envolvían pérfidos reproches. Entonces, la actitud del pobre hombre me llenaba de desolación, pues el infeliz se pasaba la mano por la frente para enjugar un sudor que no existía, y no contestaba. Yo me daba perfecta cuenta de su impotente dolor. Se hacían economías en todos los órdenes; nunca aceptábamos una comida para no tener que devolverla, y sólo cuando había un baratillo comprábamos las provisiones. Mis hermanas se hacían los trajes, y para una cinta que costase á quince céntimos el metro, se discutía interminablemente. Nuestra alimentación ordinaria consistía en una sopa y carne del cocido que se disfrazaba con todas las salsas que se pueden imaginar. Y aunque, según parece, ese régimen era sano y nutritivo, yo hubiera preferido otro.

«Cuando perdía algún botón ó rompía los pantalones, me armaban escándalos monumentales.

«Pero, todos los domingos nos vestíamos de gala para dar un largo paseo. Mi padre, de levita y sombrero de copa, irreprochablemente enguantado, daba el brazo á mi madre que se empavesaba como buque en día de gran fiesta. Mis hermanas, que siempre eran las primeras en estar dispuestas, esperaban impacientes que se diese la señal de marcha, pero en el último momento se descubría siempre una nueva mancha en la levita del padre de familia, y preciso era hacerla desaparecer frotándola con un trapo empapado de bencina.

«Mi padre, sin quitarse el enorme sombrero, esperaba en mangas de camisa á que terminase la operación, mientras mi madre, después de haberse calado las gafas y quitado los guantes para no estropearlos, restregaba de lo lindo.

«Nos poníamos á andar ceremoniosamente: mis hermanas, cogidas del brazo, iban delante, y como estaban en edad de casarse, las lucíamos todo lo posible. Yo iba á la izquierda de mi madre, cuya derecha guardaba mi padre. Y aún recuerdo como si la estuviese viendo, la pomposa apariencia de mis pobres padres en esos paseos domingueros, la rigidez de sus rostros y la severidad de sus movimientos. Andaban con paso grave, recio el cuerpo y tiesas las piernas, como si de su modo de presentarse hubiese dependido el éxito de un asunto importantísimo.

«Y todos los domingos cuando veíamos entrar en el puerto á los buques que volvían de países desconocidos y remotos, mi padre pronunciaba invariablemente las mismas palabras:

«¡Eh! Si Julio viniese ahí; ¡qué sorpresa!»

«Mi tío Julio, hermano de mi padre, que había sido el terror de la familia, era entonces su única esperanza. Yo había oído hablar de él desde mi infancia, y su recuerdo me era tan familiar que creía que había de conocerle en cuanto le encontrase. Y conocía todos los detalles de su existencia hasta el día de su partida á América, por más que, de ese periodo de su vida, únicamente hablaban en voz baja.

«Según parece, había observado muy mala conducta, es decir, había gastado algún dinero, cosa que, en las familias pobres, constituye el mayor de los crímenes. Entre los ricos, un hombre que se divierte _hace locuras_, y cuando más, y sonriendo, le llaman juerguista. Entre los necesitados, un mozo que obliga á los padres á tocar el capital, es una mala persona, un granuja, un sinvergüenza.

«Y esta distinción es justa, pues aunque el hecho sea el mismo, la gravedad del acto la determinan únicamente las consecuencias.

«En fin, mi tío Julio había disminuido notablemente la herencia con que mi padre contaba, y eso, claro está, después de haberse comido su parte hasta el último céntimo.

«Y, como entonces se hacía, le habían enviado á América en un barco mercante de los que hacían la travesía del Havre á Nueva York.

«Una vez allí mi tío se había establecido comerciante de yo no sé qué artículos, y no tardó en escribir que ganaba algún dinero y que esperaba poder indemnizar á mi padre de los perjuicios que le había causado. Esta carta causó profunda emoción en la familia. Julio que, como vulgarmente se dice, no valía tres ochavos, se convirtió de pronto en hombre honrado, en muchacho de gran corazón, en verdadero Davranche, íntegro como todos los de la familia.

«Además, un capitán de barco nos dijo que había alquilado una gran tienda y que su comercio tenía mucha importancia.

«Dos años más tarde se recibió una carta que decía:

«Mi querido Felipe: Te escribo para que no os preocupéis por mi salud que, á Dios gracias, es excelente. Los negocios marchan bien, y mañana emprendo un largo viaje por la América del Sur. Tal vez tardaré algunos años en daros noticias mías, pero si no escribo, no os inquietéis. Cuando haya redondeado mi fortuna, que espero será pronto, volveré al Havre y entonces viviremos juntos y dichosos...»

«Esta carta llegó á ser el evangelio de la familia, y se leía por cualquier motivo, y por cualquiera causa se enseñaba á todo el mundo.

«Efectivamente, el tío Julio no dió noticias suyas durante diez años, pero á medida que el tiempo pasaba las esperanzas de mi padre crecían, y mi madre decía con frecuencia:

«--Cuando Julio vuelva, nuestra situación cambiará completamente. ¡Ése es uno que ha sabido salirse del atolladero!

«Y cada domingo, viendo entrar en el puerto á los grandes vapores que vomitaban negras serpientes de humo, mi padre repetía su eterna frase:

«¡Eh! Si Julio viniese ahí ¡qué sorpresa!

«Y casi esperábamos verle agitar un pañuelo y gritar:

«--¡Eh! ¡Felipe!

«Con respecto á ese indudable regreso se habían, hecho mil proyectos, y con el dinero del tío se tenía que comprar una casita de campo cerca de Lugonville. Yo me guardaré muy mucho de asegurar que mi padre no hubiese entablado ya negociaciones con respecto á este punto.

«Mi hermana mayor tenía entonces veintiocho años y la otra veintiséis. Y el pesar general de la familia era que no se casasen.

«Al fin se presentó un pretendiente para la segunda, un empleado que si bien no era rico era muy honrado. Siempre he tenido el convencimiento de que la carta del tío Julio, que se le leyó una noche, dió al traste con las vacilaciones del joven y le decidió.

«Se le aceptó con mal disimulado contento, y quedó resuelto que, una vez efectuado el matrimonio, toda la familia haría un viaje á Jersey.

«Jersey era el viaje ideal para los pobres. No está lejos, se cruza la mar en un paquebote, y al llegar á ese islote que pertenece á los ingleses, se está en tierra extranjera. De manera que, un francés, con sólo dos horas de navegación, puede visitar un pueblo vecino al suyo, estudiar sus costumbres que, dicho sea de paso, son deplorables, y conocer esta isla que, como dicen las gentes que hablan con sencillez, cubre el pabellón británico.

«Y ese viajé á Jersey llegó á ser nuestra única preocupación, nuestra única esperanza y nuestro sueño de todos los instantes.

«Al fin nos pusimos en marcha: yo veo eso como si hubiese ocurrido ayer. El vapor atracado al muelle de Granville; mi padre, atolondrado, vigilando el embarque de nuestros tres paquetes; mi madre que con inquietud se apoyaba en el brazo de mi hermana soltera, la cual, desde que la otra no estaba en casa parecía perdida como un pollito que se hubiese quedado solo en el ponedero, y detrás de nosotros, los recién casados, que siempre se quedaban lejos, cosa que me hacía volver la cabeza á cada instante.

«Silbó el buque, y poco á poco se fué alejando de la costa,. deslizándose sobre un mar que semejaba una mesa de mármol verde. Y nosotros lo mirábamos todo con la felicidad y el orgullo de los que viajan poco.

«Mi padre, luciendo la levita de la cual la misma mañana se habían limpiado cuidadosamente todas las manchas, aparecía orondo y satisfecho esparciendo á su alrededor ese olor á bencina que me recordaba los domingos.

«De pronto se fijó en dos damas elegantes á quienes dos caballeros ofrecían las ostras que un marinero viejo y harapiento abría con un cuchillo. Ellas las comían con delicadeza, sosteniendo la concha sobre un pañuelo é inclinando el cuerpo hacia delante para no mancharse los trajes, y luego, con movimiento rápido, bebían el agua y arrojaban la concha á la mar.

«Sin duda, el acto distinguidísimo de comer ostras en un buque en marcha sedujo á mi padre, y parecíéndole cosa de buen gusto refinado y superior, se acercó á mi madre y á mis hermanas preguntándoles:

--«¿Queréis tomar ostras?

«Mi madre, contenida por la idea del gasto, vacilaba, pero mis hermanas aceptaron en seguida. Entonces, y con visible contrariedad, mi madre dijo:

--«Tengo miedo de que me sienten mal. Que tomen las niñas, pero pocas, pues les harían daño.

«Y luego, volviéndose hacia mí, añadió:

--«José no las necesita: no se debe mimar demasiado á los chicos.

«Yo me quedé al lado de mi madre,. encontrando muy injusta la distinción y siguiendo con los ojos á mi padre,. que pomposamente llevaba á sus dos hijas hacia el harapiento marinero.

«Las dos damas acababan de alejarse, y mi padre enseñó á mis hermanas lo que tenían que hacer para no mancharse: quiso dar el ejemplo, se apoderó de una ostra, y procuró imitar á las dos damas, pero con tan mala fortuna, que se echó el líquido por la levita, cosa que hizo murmurar á mi madre:

--«Más le valdría estarse quieto.

«De pronto, mi padre me pareció intranquilo: se alejó algunos pasos, miró fijamente á su familia que rodeaba al vendedor de ostras, y bruscamente se dirigió hacia el sitio que ocupábamos. Estaba muy pálido, nos miraba con ojos extraños, y dijo á mi madre con voz muy baja:

--«Es extraordinario lo mucho que ese hombre que abre las otras se parece á Julio.

«Mi madre, con gran extrañeza, preguntó:

--«¿Á qué Julio?

--«Pues... mi hermano... Si no supiese que está en América y en buena posición, juraría que es él.

«Mi madre, trastornada, balbució:

--«Estás loco, y no sé por qué, sabiendo que no es él, tienes que decir estas tonterías.

«Pero mi padre insistió:

--«Ve á verle, Clarisa; prefiero que te convenzas por ti misma.

«Mi madre se levantó y fué á reunirse á sus hijas. Yo me fijé en aquel hombre que era viejo, estaba muy sucio, tenía el rostro surcado por mil arrugas, y no apartaba los ojos de su trabajo.

«Mi madre volvió, pude observar que temblaba, y muy de prisa dijo:

--«Creo que es él. Habla con el capitán y procura informarte, pero sé prudente á fin de que no nos caiga esta lotería...

«Mi padre se alejó pero yo le seguí, y en verdad que me sentía extrañamente emocionado.

«El capitán era un hombre alto, delgado, que llevaba largas patillas y se daba tanta importancia, paseando por el puente, como si hubiese mandado el correo de las Indias.

«Mi padre se acercó á él y, muy ceremoniosamente, le dirigió mil cumplidos haciéndole infinitas preguntas con respecto á su oficio.

«Cuál era la importancia de Jersey, cuáles su producción, su población, sus costumbres, la naturaleza de su suelo... etc., etc.

«¡Cualquiera hubiese creído que se trataba de los Estados Unidos de América!

«Después se habló del buque que nos llevaba, _El Express_, y luego se llegó á tratar de la tripulación. Al fin mi padre, con voz velada, preguntó:

--«He visto á un vendedor de ostras que me parece muy interesante.--¿Sabe usted algo con respecto á él?

«El capitán, á quien esta conversación irritaba visiblemente, respondió con sequedad:

--«Es un francés viejo, un vagabundo que encontré el año pasado en América y á quien yo he repatriado. Parece que tiene parientes en el Havre, pero no quiere verlos porque les debe dinero. Se llama Julio... Julio Darmanche, ó Darvanche, algo así. Dicen que llegó á poseer cierta fortuna, pero ya ve usted á lo que está reducido.

«Mi padre, que estaba lívido, articuló:

--«¡Ah! ¡ah! Muy bien, muy bien... eso no es raro... Muchas gracias, capitán.

«Y se fué mientras el marino se fijaba en él con estupor.

«Cuando volvió junto á mi madre, estaba tan descompuesto que ella le dijo:

--«Siéntate, que los demás no se deben enterar de nada.

«Y mi padre se dejó caer en un banco murmurando:

--«¡Es él, es él!

«Y luego preguntó:

--«¿Qué vamos á hacer?

«Mi madre respondió con presteza:

--«Es preciso alejar á las chicas. Puesto que José lo sabe todo, él irá á buscarlas, pero es necesario que nadie, y sobre todo el yerno, se entere de nada.

«Mi padre parecía aterrado.

--«¡Qué catástrofe!--murmuró.

«Mi madre, enfureciéndose de pronto, dijo:

--«Siempre he creído que ese bandido no podía hacer nada bueno. ¡Como si se pudiese esperar algo de un Darvanche.!

«Y mi padre, como hacía siempre que mi madre le reprochaba algo, se enjugó la frente.

«Mi madre añadió:

--Ahora, dale dinero á José para que pague las ostras: lo único que faltaría, sería que ese mendigo nos reconociese. ¡Bonita impresión causaría! Vamos, vámonos al otro extremo y procura que ese hombre no se nos acerque.

«Se levantó, y después de haberme dado una moneda de cinco francos se alejaron.

«Mis hermanas, sorprendidas, esperaban á nuestro padre. Yo les dije que mamá se había mareado, y, dirigiéndome al vendedor de ostras, le pregunté:

--«¿Cuánto le debemos?...

«Y tuve deseos de añadir:--tío...

--«Dos francos cincuenta,--me contestó.

«Entonces puse la moneda de cinco francos encima de una cesta y mientras me daba la vuelta me fijé en su mano, una pobre mano de marinero, llena de arrugas, y me fijé también en su rostro, rostro viejo, miserable y tristemente abatido; y pensé:

«¡Es mi tío, el hermano de papá, mi tío!

«Le di cincuenta céntimos de propina; él me miró con extrañeza:

--«Que Dios le bendiga, joven,--me dijo.

«Y me lo dijo con la entonación de un pobre que recibe una limosna.

«Mi generosidad había dejado estupefactas á mis hermanas.

«Cuando devolví los dos francos á mi padre, mi madre me preguntó:

--«¿Habíais gastado tres francos?... Eso no es posible...

«Y entonces, añadí con firmeza:

--«.He dado cincuenta céntimos de propina.

«Mi madre pareció sobresaltarse y, clavando sus ojos en los míos, repuso:--«¡Tú estás loco? Dar cincuenta céntimos á ese hombre, á ese miserable...

«Pero una mirada de mi padre, que le indicaba al yerno, la contuvo.

«Y todo el mundo calló.

«Ante nosotros, y cual mancha violácea que surgiese en el horizonte, apareció confusamente la isla de Jersey.

«Cuando nos acercábamos á los malecones se apoderó de mí un deseo loco, desenfrenado, de ver una vez más á mi tío Julio y decirle algo tierno y consolador. Pero como ya nadie comía ostras, había desaparecido, y estaba tal vez en el fondo de la bodega donde míseramente viviría.

«Para no encontrarle volvimos por la línea de Saint Maló, pues la inquietud devoraba á mi madre.

«¡Y nunca más volví á ver al hermano de mi padre!

«He ahí por qué algunas veces verás que doy cinco francos á los vagabundos...»..

DE VIAJE

I

Desde Cannes, el vagón estaba completamente lleno. Todo el mundo hablaba, todo el mundo se conocía. Al pasar por Tarascón alguien dijo: «Aquí es donde asesinan», y la conversación versó sobre el misterioso y atrevido criminal que, desde hacía dos años, se permitía de tiempo en tiempo el lujo de atentar contra la vida de un viajero. Todos hacían suposiciones, todos daban su opinión, y las mujeres, temblando, miraban á través de los cristales de las ventanillas con miedo de ver aparecer repentinamente una cabeza de hombre en la portezuela. Y empezaron á contar historias terribles de malos encuentros, tropiezos con locos que viajan en rápido, y horas pasadas frente á un personaje sospechoso.

Todos los hombres sabían una anécdota que les hacía favor y todos habían intimidado, dominado y atado fuertemente, y en circunstancias sorprendentes y con serenidad y audacia verdaderamente admirables, á algún malhechor. Llegó el turno á un médico que pasaba los inviernos en el mediodía, y también quiso contar su aventura.

--Yo, dijo, nunca he tenido ocasión de poner á prueba mi valor en asuntos de esta índole, pero he conocido á una mujer, cliente mía, muerta ya, á quien ocurrió la cosa más rara del mundo y también la más misteriosa y enternecedora.

Era una rusa, la condesa María Baranow, una gran señora de exquisita belleza. Ya saben ustedes lo hermosas que las rusas son, ó por lo menos lo muy hermosas que nos parecen con su nariz fina, su boca delicada, sus ojos de color indefinible, azul gris, y su gracilidad fría y algo dura. Tienen algo infernal y seductor, á un tiempo altivo y amable, tierno y severo, que para un francés siempre resulta encantador. En el fondo, lo que nos hace ver tantas cosas en ellas, quizás sea tan sólo la diferencia de raza.

Su médico, que la veía amenazada de una grave enfermedad del pecho, quería decidirla á que viniese á pasar una temporada en Francia, pero ella se negaba con obstinación á salir de San Petersburgo. Por fin, el otoño último, el doctor, que la creía perdida, previno al marido quien, inmediatamente, la envió á pasar el invierno en Mentón.

La metió en el tren, en un vagón para ella sola, y sus servidores ocuparon otro. Estaba junto á la portezuela, algo triste, viendo como dejaba atrás aldeas y campos, sintiéndose muy aislada y abandonada en la vida, sin hijos, casi sin parientes y con un marido cuyo amor había muerto, que la enviaba así á un extremo del mundo, sin acompañarla, y del mismo modo que se envía al hospital á un criado enfermo.

Á cada estación, su criado Yván venía á enterarse de si su ama necesitaba algo. Era un criado ya viejo, ciegamente abnegado, y siempre dispuesto á cumplir las órdenes que le diesen.

Llegó la noche y el tren corría velozmente. Ella, excesivamente agitada, no podía dormir, y para distraerse pensó contar el dinero que á última hora, y en oro francés, le había dado su marido. Abrió el saquito donde lo llevaba, y sobre sus rodillas cayó un río del precioso metal.

De pronto una bocanada de aire frío le azotó el rostro, y muy sorprendida, levantó la cabeza. Acababan de abrir la portezuela. La condesa María, muy asustada, cubrió su dinero con un chal que precipitadamente se puso sobre las rodillas, y esperó. Pasaron unos segundos y un hombre apareció, un hombre con la cabeza descubierta, herido en una mano, jadeante, y correctamente vestido de etiqueta. Cerró la portezuela, se sentó, miró á su vecina con ojos brillantes, y luego, para restañar la sangre que de su muñeca manaba, la envolvió con un pañuelo.

La pobre mujer estuvo á punto de desmayarse de miedo. Seguramente, aquel hombre la habría visto contar su oro y había entrado para robarla y matarla.

Y él seguía mirándola con fijeza, casi sin aliento, descompuesto el rostro, disponiéndose sin duda á arrojarse sobre ella.

Bruscamente le dijo:

--Señora, no tenga usted miedo.

Ella no contestó, pues ni podía abrir la boca, y el corazón le latía con violencia y los oídos le zumbaban.

Entonces él repuso:

--Señora, no soy ningún malhechor...

Ella seguía callada, pero no pudiendo contener un movimiento brusco, juntó las rodillas y el oro cayó sobre la alfombra como el agua cae por un canalón.

El hombre, sorprendido, contempló aquella cascada de metal y se inclinó para recogerlo.

Entonces ella, asustada, se levantó dejando caer toda su fortuna y corrió á la portezuela para arrojarse á la vía. Pero él comprendió lo que iba á hacer, y cogiéndola por las muñecas la obligó á sentarse. Con voz muy baja y muy precipitadamente le dijo: «Escúcheme señora, y no se asuste. Yo no soy ningún malhechor, y la prueba está en que voy á recoger ese dinero para devolvérselo. Pero, si usted no me ayuda á pasar la frontera, soy hombre perdido, hombre muerto. No puedo decirle más. Dentro de una hora llegaremos á la última estación, dentro de hora y media saldremos del Imperio, y si usted no me socorre, estoy perdido. Y sin embargo, señora, ni he robado, ni matado, ni hecho nada contrario al honor. Eso se lo juro, pero no puedo decirle más».

Y poniéndose de rodillas recogió el oro por debajo de los asientos, buscando hasta las monedas que habían rodado por los rincones, y cuando el saquito de cuero volvió á estar lleno, se lo entregó á su vecina sin decir palabra y volvió á sentarse al extremo opuesto del coche.

Ninguno de los dos se movía. Ella permanecía inmóvil y muda, desfallecida aún por el terror, pero tranquilizándose poco á poco. Él no hacía ni un gesto, ni un movimiento y permanecía rígido, con los ojos muy fijos, y tan pálido que parecía un cadáver. De cuando en cuando ella le miraba con mirada brusca que desviaba en seguida. Era un hombre de treinta años aproximadamente, muy hermoso, y por las apariencias parecía un perfecto caballero.

El tren corría dentro de las tinieblas, lanzando sus desgarradores silbidos en medio de la noche, aminorando á veces la marcha y corriendo luego con loca velocidad; mas de pronto fué disminuyendo la marcha, silbó varias veces, y se paró.

Yván apareció en la portezuela.

La condesa María, con voz temblosa, después de haber mirado fijamente á su compañero, dijo bruscamente á su servidor:

--Yván, volverás con el conde pues ya no te necesito.

El criado abrió enormemente los ojos, y como si no hubiese comprendido bien murmuró:

--Pero... barina...

--No, he cambiado de modo de pensar y no vendrás: quiero que te quedes en Rusia. Ahí tienes dinero para el regreso, pero déjame tu gorra y tu abrigo.

El viejo criado se descubrió y tendió su abrigo sin contestar, acostumbrado á obedecer á los mandatos repentinos y á los irresistibles caprichos de sus amos, pero al alejarse se le llenaron los ojos de lágrimas.

El tren se puso otra vez en marcha dirigiéndose velozmente hacia la frontera. Entonces, la condesa María dijo á su vecino:

--Esto es para usted, caballero: usted es mi criado Yván. Para hacer lo que hago sólo pongo una condición, y es que ni me hablará nunca, ni nunca me dirigirá la palabra para darme las gracias ni con otro motivo cualquiera.

El desconocido, sin pronunciar palabra, se inclinó.

Pronto se detuvieron de nuevo, y funcionarios vestidos de uniforme visitaron el tren. La condesa les presentó sus papeles, y señalando al hombre que estaba sentado en el fondo del coche dijo:

--Mi criado Yván; aquí está su pasaporte.

El tren se puso de nuevo en marcha, y toda la noche estuvieron frente á frente, mudos los dos.

Por la mañana, al pararse en una estación alemana, el desconocido se apeó, pero deteniéndose junto á la portezuela dijo:

--Perdóneme, señora, si rompo mi promesa, pero la he privado de su criado y es justo que le reemplace. ¿Necesita usted algo?

Ella, muy fríamente, respondió:

--Vaya usted á buscar á mi doncella.

Y él fué desapareciendo en seguida.

Cuando ella bajaba en alguna estación le veía contemplándola desde lejos; y así llegaron hasta Mentón.

II

El doctor calló un instante; luego repuso:

--Un día, cuando estaba en mi gabinete recibiendo á mis clientes, vi entrar á un joven alto que me dijo:

--Doctor, vengo á pedirle noticias de la condesa María Baranow. Aunque ella no me conoce soy amigo de su marido.

--Es cosa perdida--contesté.--No volverá á Rusia.--El hombre rompió á sollozar, y levantándose se fué dando traspiés como si estuviese borracho.

Por la noche dije á la condesa que un extranjero había venido á informarse con respecto á su salud, y ella, muy emocionada, me contó la historia que acabo de referir, añadiendo:

--Á ese hombre á quien no conozco y que me sigue como si fuese mi sombra, le encuentro cada vez que salgo. Me mira de manera extraña, pero nunca me ha hablado.

Quedóse unos instantes pensativa y repuso:

--Apuesto á que está al pie de mi ventana.