Part 9
--¡Bueno!... ¿Ve?... ¡Eso es amor!... Al fin me ha confesao la partida!... Como lo ha dicho muy bien, usté no es todavía un formón mellao y así le decía yo a la muchacha: “no te aflijás, m'hijita, el hombre es extranjero, pero te ha'e saber entender”...; y ya ve cómo no me había equivocao... ¡Una muchacha como ésa no es de desperdiciar, don Antonio!... ¡Buena como el pan, hacendosa, ahorrada... y linda com'una bendición!
--¡Ma... vedi... tuto cuesto mi guasta l'anima, per Baco!... ¡Cuesto e l'afare!
--¡Pero y si ella no le es indiferente y usté'stá seguro de que lo quiere, como que por usté dejó al escribiente aquél de la comisaría que le andaba arrastrando l'ala!... ¡Casesé!... ¿Pa qué andar con vueltas?
--Ma... cuesto e l'affare, mía siñora... io sono amollato da chincue ani in Italia...
--¿Casao en Italia?... ¡Gringo pillo!... ¡Mirá con la que venís a salirnos aura!... ¡Esto sí que se llama llevarse un chasco!... ¿Y por qué no hablaste antes, gringo condenao?
--Io voleva vedere... cosa facheva l'amore miracoloso... Ma... tute le donne hanno la estesa maniera di pensare... l'amore e il matrimonio... e niente altro...
--¿Y qué más querrá este condenao?... ¡Se necesita ser un gringo afilador pa crer que una muchacha como mi sobrina sea capaz de fijarse en él si no es pa casarse!... ¿Pa qué estarán los criollos?... ¡Aura mismo le voy avisar al escribiente que no habías sido lo que parecés... ¡condenao!... ¡Si hasta facha e'criminal en tu tierra te estoy encontrando... verás con quién te has metido a tirar tiros al aire!...
LA CAZA DEL CÓNDOR
Una hora hacía por lo menos que callaban nuestros fusiles y, sin embargo, los cóndores, desconfiados como coyas, revoloteaban todavía alarmados. Los pocos que se habían asentado en la falda del lejano cerro frontero se paseaban parsimoniosos y serenos, aunque evidentemente inquietos, a juzgar por el movimiento de sus calvas cabezas rojas y por la presteza con que ensayaban tender el vuelo cuando un ruido insólito llegaba a sus oídos o un detalle sospechoso velaba la nítida visión de sus ojos claros y penetrantes, que atisbaban, sin parpadear, la entrada de las grutas misteriosas y la sombra traidora de los peñascos o del medroso malezal. Recogida sólo a medias el ala diligente, caminaban ceremoniosos y graves, erguida la cabeza descubierta, como enlutados caballeros medievales, que en justa de apostura, lucieran su garbo y su donaire. Cada vez que se detenían, estirando el cuello, como ansiosos de recoger en el oído, para descifrarlo, el enigmático lenguaje con que les hablaba el monte y la llanura, parecía que tal no hicieran, sino mutuas cortesías reverentes: la tizona obediente a la presión de la mano sobre el pomo, alzaba en la contera la extremidad del manto caballero, las golas ondulaban con coquetería y las espuelas chirriaban acompasadas. Y desde el ras del suelo hasta donde el ojo alcanzaba en el infinito azul, se les veía: ya escoltaban rápidos y nerviosos la blanca nube pasajera que impulsaba el viento, o ya, sin batir el ala, describían un círculo fantástico sobre la masa obscura de las sierras, cruzando juguetones las anchas fajas luminosas en que el sol reía placentero.
--¿Usté cré que sólo le malicea a la oscuridá, señor?...--dijo con su acento característico el viejo gaucho cordobés que nos acompañaba.--¡No crea!... El cóndor es un pájaro muy astuto... Desconfía más del sol que de la sombra y a'nque puede mirarlo sin pestañar, se le hace que a contra luz s'escuende un enemigo y por eso pega la vuelta pa ver de todos laos... Sabe qu'el hombre es artero y que se lo ha de madrugar si le da un cabe...
--Pues si todos dan el cabe que han dado éstos, los cóndores morirán sólo de viejos.
--¿Ha visto cómo le matrerean al plomo, señor? Y eso que las balas son p'al cuero d'ellos como son p'al mío estas espinas de amor seco... Lo que les dentra lindo es el cuchillo...
--¡Cómo no!... Y el dedo en el pico les ha de entrar mejor... quizá.
Y convenimos, después de mucho conversar y sostenerme el viejo que “pa cazar el cóndor más valían las mañas que los fusiles”, en que al día siguiente cazaría para mí un cóndor vivo y que si ello sucedía, yo cambiaría su posesión contra cincuenta pesos.
--Cácelo ahora... ¿Para qué esperar hasta mañana?...
--Hay que hacer aprontes, señor... y además, el cóndor en ayunas no es tan fortacho... Al finao mi padre, qu'era de la gente de antes, cuando no había aquí en las sierras rifles de largo alcance como hay aura, le gustaba cazar los cóndores a mano... a lo indio... y sabía obligarlos a suicidarse...
--¿Y usted no le aprendió la receta?...
--¡Vaya!... ¿Y cómo no?... ¡Si es facilísimo!... No hay más que decirles una palabra en la oreja y ya'stá... Mañana de mañanita lo verá...
Y al día siguiente tuve ocasión de presenciar asombrado, el extraño espectáculo de una lucha singular entre la astucia y la fuerza, en aquel vasto escenario de las sierras, que alumbraba el sol naciente.
Llegamos a una quebrada pintoresca y dimos con un viejo mancarrón que pastaba tranquilo, discurriendo goloso entre el perfumado pastizal serrano.
--¿Ve?... Ese mancarrón, señor, me v'a servir pa carnada... ¡Ya verá cómo cain los cóndores al olor de la sangre y cómo los asonsa la gasusa e la madrugada, castigada por la vista e la grasita!
Entre el viejo y sus dos hijos degollaron el mancarrón inservible, le abrieron el cuerpo, extrayendo las vísceras, para dejar una buena cavidad, y le quitaron a medias la piel, tapando con ella, arrollada, la entrada de aquélla, entre la cual se deslizó el cazador, diciéndonos mientras se acomodaba, disimulando su presencia:
--Aura, vayansén pa la cueva, que los muchachos conocen y abra el ojo, señor, ¡pa ver una cosa linda!... ¡Escuendansén bien, che?... ¡Ya saben lo linces que son estos condenaos... y apurensén pa'yudarme conforme me vean parao!... ¡Voy a cazar el más grande!
Apenas estábamos instalados en nuestro escondite, cuando, apareció en el cielo un enjambre de puntos negros que a medida que avanzaba iba aumentando en volumen y en cantidad: parecía que los cerros enteros, desmenuzados, andaban en el aire. Los cóndores, majestuosos, volaban en círculo. Ya venían apresurados, batiendo el ala con presteza, o ya, serenos y como inmóviles, se detenían sobre el punto donde yacía el mancarrón y descendían rápidos a posar la garra acerada sobre el desmedrado costillar, o peleaban dos rivales, rezongando, por adueñarse de la cabeza, que parece ser bocado suculento, mientras otros hacían presa en las vísceras sangrientas y se las repartían a tirones. De repente un ruido formidable apagó los roncos graznidos entrecortados, se oyó un soplo de huracán, y al correr hacia la res vimos el enjambre gigantesco aletear desesperado para alzar el vuelo, impulsando el cuerpo remolón, mientras, allá, sobre el costillar casi pelado ya, forcejeaba por escapar a las manos hercúleas que sostenían sus patas negruzcas, un cóndor enorme, que el viejo cordobés sujetaba, sin salir de su escondite, temeroso a las injurias del pico sanguinario.
Pronto los mocetones hicieron presa en el cuello y en las alas, y con grave escándalo del enjambre que voltejeaba graznando sobre nuestras cabezas, quedó el cóndor como estaqueado. Era un magnífico ejemplar, que hedía a carroña y cuyos ojos fulguraban iracundos...
--Ya ve, señor, cómo más valen las mañas que los fusiles... Y es grande el condenao... Con razón por poco no me levantaba...
--¿Sabe que esto se llama hazaña, viejo?...
--No tanto, señor... pero los muchachos no hacen esto todavía... Y aura lo hagamos suicidarse a este roñoso... ¿no le parece?
Sacó el viejo una lesna del bolsillo de su tirador y al propio tiempo que traspasaba con ella ambos ojos del enorme pájaro de presa, los mocetones lo largaron...
Corrió un trecho, graznando de dolor y luego se remontó casi recto, siguiéndolo nuestra vista entre el enjambre de sus compañeros, que revoloteando en círculo lo rodeaban curiosos, pero que él no atendía y así se perdió en el infinito azul...
--No crea que v'a dir lejos... Aura, lo que se vea ciego, se descuelga desde las nubes a cuerpo muerto y se destroza sobre las piedras...
Y así fué. De repente lo vimos caer pesadamente, allá, en la lejanía brumosa de los cerros desiertos.
COMO EN FAMILIA
--Dígame, che... ¿usté tiene compromiso pa carnaval?
--¡Cómo no... señor!... Soy suplente quinto de la comparsa e Los Artesanos Florecidos y tengo un solo en el valse... ¡que da calor!
--¡No, hombre...! Le digo con el carro... Yo se lo contrataría pa los tres días y el entierro... ¿sabe?
--¿Pa dir al corso?... Vea, señor, pa que lo v'y a engañar... solamente muy bien pago dentraría por el aro... Al patrón no le gusta que los carros trabajen d'estraordinario... y después los caballos ¿sabe?... ¡sufren mucho!...
--Dejate de historias, che, y cantá claro... ¿Cuánto querés?
--Fíjese qué carro, señor... ¡Parece un coche!... ¡Y si viese qué yunta!... Ese malacarita, así como lo ve, con ese airecito e'dormilón, tiene un pecho y un arranque tremendo... ¿Conoce la barranca e'Santa Lucía?... ¡Bueno!... Aquello de qu'él para la cola y amoja las orejas es como p'acerles pito a los cuartiadores... A ese caballito lo quiso comprar vez pasada un amigo e'don Bartolo pa regalarseló p'al coche, pero no nos arreglamos... Esa gent'el gobierno, amigo, cuando es pa comprar con su plata, tiene más maña que gringo verdulero...
--¡Bueno!... ¡perfectamente!... ¿Pero cuánto querés?... Ten'en cuenta'ntes de pedir, che... qu'el malacarita parece qu'stá refriao y fijate qu'el de las varas tiene cara de aburrido.
--¿Refriao el malacara?... ¡No embrome, amigo!... El caballo es sano de pies y manos y eso que usté le'stá tomando por tos, es pura compadrada... Se compon'el pecho como avisándole al otro de que no le gusta lo que hablamos... ¿Quiere dar ochenta pesos?
--¿Ochenta pesos?... ¡Vos te han cáido de la luna, che, no te quepa duda!... ¡La gran perra!... ¡Si tenés novia no le arriendo las ganancias con ese modo e pedir!
--Pero, mire, señor... saque la cuenta! Es a vainte por noche... y no le pong'ora pa'acabar... ¿Que más quiere?... Fijesé qué pingos y no se olvide de que yo v'y a tener que privarm'e la comparsa y de qu'es casi'a la fija que me v'acer disfrazar...
--¿Querés sesenta?...
--¿Van a dir hombres solos en el carro?
--¿Y te crés que pa llevar machos v'y a gastar yo ese montón de plata?... Es pa la comparsa e “Las Moscas de San Cristóbal”...
--¡Ah!... ¡No señor!... ¡Qu'esperanza!... No rebajo ni un peso... ¡Mirá, llevar moscas nada menos qu'en el carro! Me van a volver loco los conocidos gritandomé zafadurías... ¡y eso no lo aguanto de upa!...
--No hablemos más, entonces... Yo, amigo, ofrezco lo que puedo y si no conviene... ¡paciencia!
--Vea... deme setenta y cerramos el trato... V'y a quedar con los Artesanos más pior que mantel de fonda...
--¡Pero vas a quedar con Las Moscas como vidriera e confitería!... ¡Si vieras qué gente la que forma la comparsa, che!... Tu carro v'a ser un cielo y lo vamos a'dornar como si fuese un altar... ¡Ah!... ¡Mirá! No te vayás a olvidar de darle pasto a la yunta... ¡Hacelo por la comparsa!
--¡Ni me hable!... ¡Ya verá quién es Molina sentandosé'n el pescante!...
--Y ya verás las muchachas... diablitas, ¿sabés?... ¡pero de aquéllas que no erran!... ¡Ya oirás los tiros!...
--Pues amigo... digalés que no apunten pa este lao, sino quieren que venga la policía... ¡La gran perra! Si se me hace que hasta el mismo malacara s'está riyendo e contento, pensando que ya me ve trenzao con el mosquerío!
DESERTOR
--¡A ver!... No me vengás con sonatas, che... ¡mirá que yo conozco a los rengos hast'en el modo e toser!... Y aura... contestá derechamente si sos vos o no sos el tal Antonio Rodríguez, alias La Catanga Chica...
--¿Pa qué se lo v'y a negar?... Yo soy Antonio Rodríguez... pero en cuanto a lo a Catanga no sé que me conozca naides por apodo semejante... a'no ser el gringo Tavolara, qu'es el que me ha denunciao, mostrandosé com'un chancho... ¿Pero a mí que se m'importa si no somos ni parientes?... ¿No le parece, señor?
--¡Bueno!... Piden tu captura desde Barracas y dicen que te han de hallar con pantalón de arpillera, muy ajustao... vestido de dominó y tocando l'acordión...
--¿Tocando l'acordión, no?... ¿Y con pantalón de arpillera?... ¡Perfetamente!... ¡Y así me han hallao!... ¿Y qué gana con eso Tavolara, vamos a ver?
--En el pedido de captura no figura Tavolara...
--¿Y qué v'a figurar, si él no es naides?... ¡Si es apenas un miserable zanahoria!... El que ha e pedir la catura ha e ser un tal Natalín... un gringuito colchonero, bajito y medio cecioso... qu'es el dueño e la comparsa de que yo me deserté...
-¡Ah!... Es por asunto e comparsas...
--¿Y si no?... De qué otra cosa v'a ser, siendo, como es, Carnaval... Yo'estaba los otros días en el caf'e doñ'Anita, cuando dentró Tavolara pa proponerme un negocio... Mirá, Rodríguez, me dijo... porque lo qu'es de Catanga no me trata ni mamao... tengo encargue de buscar, pa que haga yunta conmigo, un mozo, así, de tu altor... Es pa formar un camello, ¿sabés?... en esa comparsa e fieras que saca todos los años don Natalio Pestagali... ¡Claro!... Le rechacé la propuesta casi sin esaminarla, dijera el manco Centeno... pero él siguió machacando... ¡No se puede figurar lo qu'es el tal Tavolara de terco y de tesonero!... Mirá, hermano... no sabés lo que perdés, me decía ... Natalín es generoso y si hacemos buena yunta pa formar el animal, nos v'a largar vainte pesos... sin contar las convidadas... Y, fijate... Vamos a poder dentrar hasta en él _al_ de _La Prensa_.
--¡Ah! ¡Ah!... ¿ Vos eras, entonces, uno d'esos animales qu'iban llevaos por un persa?...
--No... Yo no era un animal entero sino apenas la mitá y la otra era Tavolara, que formaba cuestión... porque como yo soy más alto, tenía que caminar con el pescuezo encogido y cuando no perdía el paso, me olvidaba de un meneo pa la cola, la cabeza y las patas delanteras... D'eso nació la que me habían recomendado y ya sentía los bufidos que pegaba Tavolara y el palo de Natalín que me marcaba el compás, golpiandomé las canillas... Redepente me paré y no quise seguir más y ya se armó el batifondo... Tavolara, en la vedera, formaba un medio camello que parecía sentao y qu'estirara el pescuezo pa verse l'anca vacía, hablando con Natalín, desde abajo e l'armazón, mientras la gente se raia y aplaudía hasta rajarse... ¡Aquello era una comedia!... Al fin cay'un conocido y con él me reemplazaron, pero no s'hizo la cosa por causa e los pantalones, qu'eran d'esos de vidriero... hechos de género azul y con corte de bombacha... ¡Claro!... Les resultaba un camello qu'era una barbaridá... A ver,--dijo Natalín,--dele a éste los pantalones!... ¿Yo?...--le contesé secamente pa aguantar mejor la risa...--¡cómo no!... Aurita me v'y a quedar con las canillas al aire nada menos qu'en el corso... Me ofrecieron cinco pesos y allí no más sobre el pucho, se los rechacé indinao, declarando francamente que si no me daban diez yo no largaba la prenda... La gran perra... ¡qué alegamos!... Pero el gringo no largaba... Al fin cay'un vigilante y yo me les deserté e miedo que me agarrasen pa'cerme algun'echuría sin pagarme ni un centavo...
--¡Bueno!... ¿Y cómo siguió el camello?
--¿Y yo cómo v'y'asaber?... ¡S'iría de patas azules y tranquiando despacito, como quería Tavolara pa lucir su habilidá!...
LA YUNTA DE LA CUCHILLA
A medida que el galope de mi caballo me acercaba al rancho que ocupaba la comisaría, desmantelado y miserable a pesar de su carácter oficial, mis pensamientos se modificaban.
--¡Malo!... ¡Malo! Rancho en que no se ve ni un arbolito y donde los postes del guarda-patio y del palenque los han rajado en pie para quemarlos, no puede ser cosa buena... Mejor sería quizás que pregunte por alguna pulpería del pago y me vaya a alojar en ella... Aquel tape barrigón que está debajo del corredor chupando su mate y mirando como le rasquetean el caballo, ha de ser el comisario...
--Buenos días le dé Dios, señor...
--¡Buenos!... Apéese si gusta, amigo...
--Mil gracias, señor... Vengo únicamente para preguntarle si no hay por aquí alguna pulpería donde poder hacer noche...
--¡Cómo no!... ¡Che!... ¿Rodríguez?--exclamó dirigiéndose el que rasqueteaba el caballo, que con su atuce en redondo, su cola al garrón y sus uñas recortadas con coquetería, estaba indicando a las claras que era parejero de comisario, o lo que es lo mismo, pingo que no perdía carrera a no ser que al dueño afortunado le conviniese.--No t'he dicho que no me lo rasquetiés así ¡con mil demonios! ¿o tenés ganas de dir a parar al cepo?... ¡Avisá si te anda pidiendo el lomo!... ¡Sí, señor!... Allisito en aquella cuchilla, hay una pulpería de unos gringos... pero es una yunta de desconfiarle... Ya se ha'blao de pasajeros desaparecidos y son cuatrerísimos y como zorros pa las gallinas ajenas... ¡Así tamién v'a ser la cepiada si yo los agarro en una!... ¡Che... Rodríguez!... ¿Cuál de los dos gringos de la pulpería es el que dicen que se comió una familia en Italia?
--¡Parece que fué el grandote... comisario!... Del otro, del peticito, tamién se dice qu'está condenao a muerte... pero nosotros no tenemos requisitoria de ninguno...
--¿No ve, señor? És'es el escribient'e' la comisaría y conoce el pago mejor que yo, que recién he dentrao a este servicio... ¡Che! ¿Rodríguez?... Ese caballo está entumido, me parece... ¿A ver?... ¡Hacelo andar!... Afloja una pata, che... ¿o es ilusión mía?... ¡Ah! ¡No es nada!... ¡P'cha que le tengo miedo a un calambr'en esta carrera!... ¡Che!... ¿Rodríguez?... ¿Querés un mate?
--¿Y podré encontrar alojamiento en la pulpería... señor?
--¡Che!... ¿Rodríguez?... Este señor pregunta si podr'hallar alojamiento en la pulpería... ¿Qué te parece?
--¡Cómo no!... Los gringos, saben tener catres pero están hirviendo en chinches... Que haga que le tiendan cama en la carretilla e manos... En cuanto les pida eso, ya van a ver que v'alecionao y conociendo la casa u que, por lo menos, yo sé que allí pernotó...
Las noticias no eran halagadoras y al despedirme del comisario y de su adlátere y seguir al trote por la sendita que cruzaba el cardal naciente, iba pensando en la espeluznante biografía de la yunta. No me asustaba por cierto, el dato relativo a las gallinas ajenas, que me imaginaba asadas con maestría campesina, pero sí lo otro y procedí como me habían indicado.
--No tenga miedo, siñor, de las chinchas... Sun macana d'esu Rodrique del comesario... que ne debe tante cope e ne hace la purquería...
Y la verdad es que el italiano--que era el grandote, pues el peticito parece que se había ido al pueblo--se esforzó en instalarme con comodidad y en distraerme, conversando, hasta que vino un cliente de la pulpería con quien se puso a departir junto al mostrador, mientras yo, que había cenado bien, me estiraba en el catre tratando de dormirme, a la luz amarillenta del quinqué, que alumbraba escasamente el testero de la pieza correspondiente al boliche, dejando en la penumbra la parte trasera, dormitorio de la yunta y de los huéspedes, cuando los había.
Parece que el visitante era un viejo conocido que iba de paso y no había querido cruzar sin saludar a la yunta:
--Allá, en el pago viejo, los extrañaban mucho los vecinos pues los estancieros no hallaban comodidad con los nuevos pulperos y no se explicaban por qué abandonaron ellos el negocio...
--¿Ma... qué queré, dun Casintu?... Tovimo que andar vía... per sunsería de la vita... ¿sabé?... Me sociu Pepín, le dió la garanzia a so compadre l'arcarde García... ¡e le vino mal la cosa!...
--¡Ah!... ¡Ah!.. ¡Sí!... Se dijo en el pago... pero añadieron que usté iba a seguir solo con el negocio.
--¿Solu?... ¡Ma esu sun macane!... Me sociu liquidó so parte e pagó, e dopo me dico que s'iba a changar de pión pa deschalar maíz... ¡Merá un poco eso pión!... On hombre como él, que no e porque sea me sociu, pero que e coracudo come on toro... Yo le dique antonce... ¿Ma qué v'a'cer... hombre? Decasé de macana cun la deschalada de maíz... e vaya drintro a'rreglar la botillas... Osté sabe que Pepín e propio un animale, perdonando la cumparación... Me dico que se ne iba e yo le dique que antonce yo le rompiba arguno güeso, pa que se ne acordara dil socio vequiu... ¡Afigoresé se n'andarse así!...
--¿Y se quedó de socio no más?
--¿E sinó?... Hemo'stau sociu cuande no teníbamo ne un chentavo e allora que yo tengu argún se ne íbamo a separar?... Yo le rompo un güeso se me hace esa purquería... ¡Porque era propio ina purquería!...
--¿Y por qué no se quedaron allá... no más?
--¡Ma... osté se afica! Pepín iba a sofrir on pocu con la pregunta curiosa de lo conocidos... e ne hemo venido aquí.
* * * * *
Y al mirar la enérgica cabeza noble del hombre que hablaba, tuve envidia de su fuerza, pareciéndome que la luz del quinqué alumbraba en esos momentos no la miserable pulpería en que me hallaba, sino un templo suntuoso, levantado al amor y a la amistad, por la inmensa piedad de los pequeños que un día serán grandes...
EN EL BAÑADO
Al paso de nuestras cabalgaduras seguíamos la tortuosa senda que cruzaba el bañado en los días de seca, chapaleando aquí y allá el agua cristalina, conservada como un tesoro por el pajonal, que le cubría celoso con su manto verdinegro, orlado de nenúfares y camalotes.
--¿Sabe que es lindo el bañado, don Pascasio?
--¡Y cómo no, amigo!... Por eso el que cae a estos aguazales no los deja sino con pena, y los que nacieron en ellos y se ausentan, jamás lo hacen para siempre... Volvedor como pato'e la laguna, dicen los criollos... ¡y es verdad!
Tendí la vista sobre el pajonal que ondulaba movido por la brisa y seguí complacido las bandadas de siriríes que se alzaban en montón, dando el alerta con el rumor de sus rápidas alas a las gallaretas y a las grullas y a los pesados ocós que dormitaban a orillas de los juncales, esperando el paso de las mojarras, inquietas y perspicaces...
--¡Mire que tendrá cuentos el bañado, don Pascasio!... Si yo pudiese, me quedaba un tiempo... ¡Ha de ser divertido estudiar las costumbres de tanto pájaro y de tanto bicharraco como hay!...
--No crea que son muchas las clases... Pronto las conocería a todas y después le sucedería lo que a mí, que no distingo los pájaros ni los bichos sino cuando tengo que comerlos... ¡y eso por el olor y la necesidad, porque como decimos aquí “pa boc'hambrienta no hay carn'hedionda!”
--Mire cómo hierven los patos en aquel charco... Fíjese qué colores más lindos... ¡Si parecen bruñidos los cuerpitos y hechos con mosaicos de rubíes, de esmeralda y de brillantes!
--Ésos no son patos sino gallinetas... como quien dijera las perdices del bañado... Comen lombrices y por eso hay algunos que no las quieren aunque sean riquísimas... ¡Vea!... No admiten en su sociedad sino a los cucharones que con sus picos chatos les revuelven el barro del fondo y les descubren la comida... Se dice que son compadres, pero que no se tutean para no darse confianza y tener después que pelearse... La gallineta es ligerísima para comer, pero no abusa de la lentitud de su amigo y le da lugar y tiempo...
--¡Qué precioso aquel charquito de la derecha!... Mire... Parece esmaltado.
--Ése no es un charquito sino un charco muy hondo... Si fuese playo, no andarían en él los cisnes y los patos picazos, que revuelven las aguas profundas persiguiendo los pescaditos... Éstos vienen en cardumen a guarecerse, asustados, entre las malezas de la orilla y por eso están en ella las garzas blancas y los flamencos rosados esperándolos atentos. Todos esos canilludos son haraganes y se aprovechan del barullo que arman en el agua los grandes nadadores o de los ruidosos zambullones de los carpinchos y de las nutrias... En el bañado, amigo, es como en tierra firme... ¡El vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo!
Y don Pascasio mirando a lo lejos y señalándome un punto lejano, prosiguió: