Part 8
--Ése ha de ser el perro del cura que tanto los preocupa a mis parientes y a sus vecinos, pensé; y seguí mirando, distraído, su aire de calavera, que contrastaba singularmente con el que debía tener si era él quien yo creía.
El perro continuaba avanzando y veía ya las manchas de su cuero, el brillo de sus ojos que me miraban maliciosos y hasta me pareció escucharle los comentarios que rezongaba:--¿Qué hará ése, nada menos que en casa de mi novia?... ¡Ah! ¡Es gente nueva!...
Me fué simpático. Cuando llegó a unos veinte pasos se bajó prudentemente de la vereda, como para evitar una sorpresa de parte de sus enemigos o de mí, a quien lógicamente me suponía un aliado de ellos, por lo menos, y tomando el medio de la calle con disimulada serenidad, siguió su camino, mirándome de soslayo.
--¡Pichicho!... ¡Pichicho!...
Le pareció una burla y se hizo el desentendido, aun cuando yo le había sorprendido una tiernísima mirada hacia el interior de la casa en el momento de enfrentar a ella.
--¡Seguramente! ¡Éste es el perro del cura... el famoso perro del cura... esa miradita lo traiciona... ¡Pichicho!
Se detuvo asombrado como diciendo:
--¿Pichicho a mí? ¿De la casa de mi novia?... ¡Hum!... ¿Se tratará de un loco, de alguna alma compasiva o de un traidor?
--¡Pichicho!... ¡Pichicho!
Me miró a la cara y comprendió con su finísimo instinto, que yo, aunque era de la familia de mis parientes y vecino de los viejitos, patrones de su novia, era un hombre honrado, que no me metía a contrariar los amores de nadie.
--¡Pichicho!... ¡Pichicho!...
Lamió mis manos con zalamería, me golpeó las piernas con la cola y metiendo el hocico por la rendija de la puerta aspiró con fruición el aire que le llegaba del interior de la casa y le traía quizá el aliento de su amada.
Conmovido por su ternura, abrí la hoja de la puerta, invitándole a entrar. No podía creer en dicha semejante y me miraba como preguntándomé si aquello no era un sueño o una infame traición. Me acarició, me observó bien y cuando se cercioró de mis buenas intenciones a su respecto, se coló con presteza, lanzándome una última mirada en que leí clarito:
--Por su madre, compañero... ¡no me vaya a reventar!... ¡Mire que la aventura es peligrosa!
No habían transcurrido dos minutos, cuando oí un tropel en el interior de la casa y al viejito que gritaba:
--¡El perro del cura! ¿Pero quién diablos le ha abierto la puerta?
Como un relámpago pasó por delante de mis ojos el galán audaz, seguido por su amada, que haciéndose la temerosa se encaminaba con él hacia el alto yuyal de la plaza:
--¡Corré, mi vida, que el viejito es muy bruto y nos va a pegar!... Yo, entre que me pegue él y pegués vos... aunque sea un mordiscón que me sepa a beso... ¡te elijo a vos!
Y en la carrera se perdieron entre el tupido pastizal, mientras el viejito y la viejita, a medio vestir, llegaron a la puerta azorados y encontránse conmigo, exclamaron como en un sollozo:
--¿No vió?... El perro se llevó la perrita...
--¡Ah!... ¡Sí!... ¡Ahí en esa plaza los vi perderse!...
Y ambos miraban el alto yuyal, que en ese momento iluminaban los rayos del sol naciente y agitaba mansamente la brisa matutina, con ojos de verdadera angustia.
Solíamos después hallarnos en las calles del pueblo con el perro del cura y jamás pasaba por mi lado sin detenerse a mirarme, meneando el rabo:
--¡El buen amigo!... ¡Qué dicha volverlo a ver!... ¿Y qué tal? ¿Cómo andan las cosas por allá... por la sastrería?
Y ayer me ha reconocido, aquí en las calles, malgrado las injurias de los años, cuando yo ya no le conocía y había hasta olvidado la galante empresa en que le ayudara, arrastrado por la clarividencia del futuro condensada en la máxima que me sirve de epígrafe.
¡Pobre perro agradecido!... Quizá ni la perrita, que tanto amó, existe ya más ni en su memoria, y, sin embargo, persiste todavía el recuerdo del amigo, conocido al pasar, pero siempre querido e inolvidable!
¡EL POBRE AMIGO!
I
--¡Pobre Comaleras,--dijo el rubio González;--muere con él la espuma de los jugadores del truco del barrio de la Concepción, y los que vamos acompañándole, podemos decir con orgullo que llevamos a enterrar, no solamente al mejor de los comisarios jubilados de la policía antigua, sino también a un hombre que jamás le disparó a un real envido, teniendo las treinta y tres de mano!
--¡Hum!... No solamente era toro Comaleras--exclamó un viejito que iba acurrucado en un rincón del coche y a quien no conocíamos ni de vista ninguno de los otros tres acompañantes, que éramos, además del rubio González, el tuerto Cabira y yo,--¡sino un gran corazón! Gustavo S. Bordenave, servidor de ustedes, no ha concurrido ni concurrirá jamás a otro entierro con un gusto mayor que el que experimenta en estos momentos. ¡Pobre Comaleras!
--¿Me permite, señor Bordenave?...--replicó Cabira, sonriendo de la extraña manera que le permite hacerlo la parálisis facial que lo caracteriza, pero con un tono que no dejaba dudas respecto a su intención de protestar con toda formalidad.
--¡Ahórrese los reproches, señor... Mis palabras hacen justicia a las virtudes de nuestro amigo, aun cuando se presten tal vez a una interpretación aparentemente desfavorable...
--¡No!... Es que con gusto no se concurre al entierro de nadie...
--Así es, señor mío... generalmente; pero en el caso sub-júdice de Gustavo S. Bordenave, concurren circunstancias que lo hacen excepcional, como lo verán ustedes.
II
Aunque les parezca extraño, dados los rasgos de mi personalidad actual, yo he sido un funcionario municipal de cierta categoría, a los efectos del sueldo, condición única que puede establecer diferencias entre los empleados públicos. En ese entonces tuve la suerte de conocer a fondo a mi amigo Comaleras y la desgracia de que apareciese en mí el asma que me acompaña, ayudándome a formar la molesta entidad del Gustavo S. Bordenave de la actualidad. Los médicos ni yo, la conocimos al principio, y se creyó que era una notificación de la muerte, que me dijera con tan extraño lenguaje: “Gustavo S. Bordenave, a usted me lo llevaré tironeándole del corazón”. Una tarde pasaba de mi despacho a la tesorería, cuando me topé de manos a boca con Nicanor.
--¡Hola!... ¿Tú, por acá?...
--Sí, mi querido amigo. Acabo de ser jubilado en la policía, y como no puedo acumular dos sueldos nacionales y he menester de aumentar mis entradas porque me he quedado viudo y sin hijos y mis necesidades han crecido por consiguiente, tenderé mis líneas aquí, en la municipalidad... El intedente, que es amigo, correligionario y pariente, me quiere ayudar... ¿No sabes de alguna vacante a producirse o que sea fácil producir?... Con placer sería tu compañero.
--No lo serías por mucho tiempo... exclamé imprudentemente.
--¿Por qué?
--¿Pero, qué, no ves?... ¡Si me estoy muriendo del corazón! Los médicos ya me han sentenciado, che!
--¿Qué me dices?... ¡Pero si parece mentira! ¿Y tienes buen sueldo?
--¡Cómo no!
Y le declaré todas las peculiaridades de mi empleo, confiándole hasta ciertas facilidades que tenía para aumentar mis entraditas, con sólo crear pequeñas dificultades en las tramitaciones. ¡Pobre Nicanor!... ¡Cuánto y cómo se contristó y hasta dónde llevó su interés por el viejo amigo que les habla en estos momentos verdaderamente solemnes! Dos días después, el intendente se dignó llamarme a su despacho y con esa seguridad envidiable que da la superioridad jerárquica, me dijo, casi tuteándome:
--Vea, Bordenave... Me han dicho que usted está muy enfermo del corazón y deseo conocer la verdad... Tengo un amigo a quien quisiera servir y no me gustaría defraudar sus esperanzas, prometiéndole algo que no le cumpliera... Se trata de un amigo suyo... de Nicanor Comaleras, ¿sabe?... Me ha informado de que usted es casi un cadáver y me ha pedido que en caso de quedar vacante su empleo, él desearía que se lo acordara y como el pobre es tan bueno y tan amigo, quiero servirlo... Vamos a ver, ¿qué le han dicho los médicos?
--Dicen, señor, que parece haber algo cardíaco y me han recomendado resignación...
--¡Ah, bueno!... ¡Entonces no hay vuelta, Bordenave! ¡Mire! Voy a decirle a Nicanor que espere el desenlace y que esté seguro... ¿no le parece?... Así conciliamos todo...
Y con esa oficiosidad que tan bien sienta en un subalterno, sea cual sea el ítem del presupuesto que llene con su modesto nombre, le pedí disculpara si obstaculizaba en cierta manera sus deseos.
Desde ese día, Nicanor concurría asiduamente a mi despacho y yo conocía en su voz y en su actitud el interés que le inspiraba mi salud, apresurándome a informarle sobre ella, sin exagerar su gravedad, como podría pensarse que pudiera hacerlo, a haber temido que el candidato, viendo que la muerte no se apresuraba a coadyuvar a sus fines, hiciera fuerza para que su pariente y correligionario lo auxiliase por uno cualquiera de los tantos medios a su alcance.
Tuve que ser muy discreto para no hacerme sospechoso a sus ojos de amigo celoso, y recién cuando su pariente y correligionario dejó de ser mi superior, me atreví a irle informando poco a poco de mi mejoría, así como también de que los médicos habían descubierto que yo no era un cardíaco sino un asmático.
--Es igual, ahora... me contestó con aquel tonito dulce que era una de sus peculiaridades, ¡es igual!... El nuevo intendente que ha entrado es mi adversario.
No le volví a ver sino de tarde en tarde, pues se ocupó en otra clase de asuntos y poco a poco fuimos dejando hasta de saludarnos, a medida que yo iba recuperándome...
Ha muerto, el pobre, sin que yo pueda saber, a ciencia cierta, si allá, en el fondo de su espíritu, floreció alguna vez alguna sospecha respecto a mi sinceridad cuando le informaba sobre mi salud y poder vindicarme a sus ojos y es por ello que he venido con gusto a su entierro, buscando la oportunidad de declarar, como declaro ante sus amigos, ya que no puedo hacerlo ante él, que Gustavo S. Bordenave fué leal y honrado en sus informaciones y que por ser cristiano y acatar la voluntad de Dios, no lamenta haber defraudado las esperanzas que él abrigara a su respecto...
--Agradecemos, señor, dijo Cabira, sus amables y espontáneas declaraciones, y yo, le manifiesto, sin temor de ser desmentido, que reconocemos en el procedimiento que usted nos ha descripto la caballerosidad y delicadeza de aquél que ya no es más ¡sino un recuerdo!
ENTRE DOS COPAS
--¿Y me van a mandar nada más que por ebriedad... ¡Bueno!... ¡Perfetamente! ¡No m'importa!... Yo no soy el primer criollo que se mama el veinticinco y tampoco'e ser el último y no tengo vergüenza de haber solenisao el día de la patria, no señor, no la tengo... porque gracia's'a Dios no soy hijo e gringo y me acuerdo de qu'esta tierra es la mía...
--Mirá, che, bajá la prima... y si no es otra cosa lo que tenés que decir, podés ir aprontando tu linyera... ¡Estás despachao!
--¿Despachao?... ¡Perfetamente! Para eso tenemos patria, caray!... Pa que uno no pueda festejar los aniversarios gloriosos sin permiso'e la autoridá... Había e bajar San Martín a ver lo qu'están haciendo... ¡Junaperra!... Le quisiera ver la cara al viejo cuando dentrase a una comisaría--como yo aura, pinto el caso--y se topara con que ya ni siquiera se respeta al nieto e su asistente Martínez!...
--¡Loco lindo!... ¡Así me gusta un criollo!... ¡que muera borracho, pero cantando el himno nacional!... ¿Sabés qu'estoy por largarte?
--¿Largarte?... ¿No ve... En esa costubre'e tutiar a cualisquiera por desconocido que sea, s'está viendo que usté's de casta estranjera!... P'cha ¡qu'es confianzudo el gringo y entonao, másime si tiene mando, ¿no?... ¡Mire!... Así a'nde me ve a mí, así, medio mal pergeñao y hasta tirando p'al Veinticuatro'e Noviembre, por haber solenisao la fiesta'el veinticinco en mi patria, siendo como soy decendient'e prócer... sepasé que lo h'echo con la plata'e don Bartolo y que cuando él nos la dió para que tomáramos una copa era porque quería que los de La Diana'e la patria, l'hiciéramos un honor a la bandera!... ¿A que usté con ser quien es y hasta tutiarlo a Roca si se le pone a tiro, no ha tenido nunca semejante voz de mando ni lo han obedecido con mayor satisfacción!... ¡Convenzasé, señor, pa mandar como se debe... ¡Don Bartolo!
--¿Sabés, che, qu'en medio e tus locuras te dejás cair despacito, pero con cierta elegancia y que m'estás interesando?... ¿Y luego qué es eso La Diana'e la Patria?
--¿Qué, no sabe?... Es una sociedad que tenemos pa saludar a los patriotas de la seción. ¡Si hemos andao toda la mañana meniandolé al tambor y a los clarines!... Somos tres... Peraira, que cuenta cuentos pa los fonógrafos y se queda ronco de hablar sobre unos cilindros, imitando a Juan Moraira; el ñato Gutiérrez, más conocido que la ruda y yo, qu'he sido tambor del tres... Hoy, conforme aclaró, nos metimos en la casa e don Bartolo y l'echamos un redoble qu'era como pa bailarlo y áhi no más ya salió uno de adentro y alcanzandonós un diez nos dijo qu'el general nos lo mandaba pa la copa... ¡a la cuenta tomandonós por veteranos!... ¡Qué veinticinco ha sido éste, señor!... ¡Como pa que no l'olvidemos! De orgullo y de satifación me pasé de pato a ganso... ¡y aura tengo que pagarla!
--Pero, pa vos, che, todo el año es fiesta patria... ¿Sabés cuántas entradas tenés?...
--¿Y usté sabe, señor... cuántos días gloriosos tenemos los argentinos?... ¿Inora la historia d'esta patria?... ¡Hay que cumplir con los mártires y el entusiasmo arrastra, señor! Yo he sido empliao como guardián en el Museo Histórico, ¿sabe?... Allí, en Lezama... ¡Bueno!... ¡En ese oficio alquirí este vicio'e los festejos a los que murieron por nosotros, y ya ve ande me lleva la historia!
FLIRT
--¡Y así no más ha sido, pues!... ¡Te has chasqueado, prima, porque sos todavía inocente a pesar de ser tan viva... Mirá...
--¡No me digás, che!... ¡Si los hombres se han puesto muy canallas en esta ciudá y ya no respetan nada!... ¡No me digás!
--¡No creas!... Aquí, como en todas partes, los hombres respetan lo que deben respetar y nada más... ¡Mirá!... Las mujeres, a tu edad, pocas veces saben contener su coquetería en los justos límites de la prudencia. Descienden del trono en que son reinas, gustan arrastrar su vestido en la vereda plebeya y cuando ésta, que no es la impecable alfombra de tu sala, se los ensucia, se indignan... ¡Esto sí qu'es lindo, che!
--¿Te parece?
--¡La pregunta!... ¡O sos muy ingenua, prima, o me tomás por pipiolo... ¡a pesar de mis pesares!
--¡Pero si ha sido un atrevido conmigo el tal García, que parecía un hombre decente... un caballero!... Figuráte que salgo para casa de mamá y en cuanto doblo la esquina, se me pone al lado como si yo fuese una mucamita o una cocinera e intenta emprender conversación... Es un indigno, un changador, un cualquiera...
--Convenido... ¡Un cualquiera!... Ése es el término... ¿Y para qué lo mirabas cada vez que pasabas por delante de su tienda, desperdiciando en ese insignificante la incomparable luz de tus ojos?... ¿Es posible que halague tu vanidad de mujer linda y elegante la babosa admiración de un tenorio de trastienda? Vaya aprendiendo, prima, vaya aprendiendo... y sufra las decepciones consiguientes y aguante que el almacenero de la esquina, el lechero, el carbonero y tutti cuanti, crean que ella, la reina de las flores, es la consentida del tendero... y de envidia por la suerte de éste, pretendan deshojarla y repartirse entre todos sus despojos!... Y no te admire que hasta el mismo barrendero haya soñado alguna vez, mirándote al pasar, ¡que su escoba pudiera transformarse'n abanico!
--Decí todo lo que quieras, che... pero yo te aseguro que los hombres son muy cochinos... Bien decía la otra tarde mi tía Petrona: “!Querés crer, m'hijita, que hasta'mí me dicen cosas todavía...!”. “Al pasar una bocacalle, un pillastre me ha echado una miradita qu'era un chorro de agua caliente y me ha dicho que las flores más lindas eran las violetas... ¡que nacían solamente en el invierno!”.
--¡Otra que bien baila, nuestra, tía!... ¿Qué me contás? ¡Con que a pesar de su medio siglo y de su tos, todavía se queda en la cancha!... Oye, prima... ¡no seas mujer como las demás! Abrí tus ojos encantadores a esta hermosa luz de nuestra tierra, madre de mujeres tan lindas y tan... ¿cómo te diré?... tan criollamente orgullosas y tan suavemente picantes...
--Mirá, primo... ¡estoy hecha una tigra!... Este canalla de atrevido me ha puesto nerviosa y no sé por qué me parece que me ha ofendido... ¡Siento como una quemadura!... Me parece que me hubiesen rebajado y que fuera una de las enanas del San Martín, y tengo asco, y rabia... y hasta ganas de encerrarme y no pisar más la calle... El mundo, che, s'está poniendo como para dispararle!... Ya no se puede ni mirar sin que alguno se crea adorado...
--No te pasés, che, no te pasés y no des crédito al piropo que l'echaron a tu tía... la modesta flor fragante que la escarcha esmalta en el rincón olvidado del jardín... No pensés en la tumba ni el convento, por que un tendero enamorado tendió bajo tus pasos su capa de tenorio... Pisala y... adelante con los faroles y si t'he visto no me acuerdo... Abrí bien los ojos y mirá a tu alrededor y ve aprendiendo a conocer los instrumentos que suenan para ti la marcha triunfal de la vida... y no los confundas a unos con otros, tomándolos a todos por bombardines plebeyos...
--¡Qué mi primo... éste! Decime, che... ¿darán pronto en algún teatro el “Cyrano de Bergerac”?...
--Tal vez... ¡A mí no me interesa!...
--¿No?... ¿y por qué? ¡Es un drama tan lindo!...
--¡Qué me vas a decir lo qu'es Cyrano, prima? ¡Si casi lo he'scrito yo!
LOS TIEMPOS DE AURA
--Decime, che... ¿No tenés vergüenza de venir a tu casa a las diez de la mañana, después de haberte pasao la noche perdido quién sabe en dónde?
--Mirá, Diolinda... ¡tené cuidao, hijita!... Ya sabés que la lengua rompe güesos... Y aura, permitime que t'esplique en lo qu'he andao pa que veás que Juan Antonio Gutiérrez sabe lo qu'es matrimonio y respeta los mandamientos...
--Lo que sos vos no morís ahorcao si te dejan hablar... pero esta vez no me vas a venir con las mentiras de siempre... ¡Ya me tenés hasta los ojos!
--¡Diolinda! Oí la voz de tu marido y dejat'e macaniar... ¿Sabés en lo qu'he andao?... Es un secreto, ¿sabés?... Cosa e la política...
--¡Bueno!... ¿En qué has andao?... ¡Vamos a ver!
--¿A ver?... No, che, ¡que ver ni ver...! Apenas que te haga relumbrar de que tal vez seás mujer d'empliao cuando menos lo pensés... He pasao la noche en casa e Simón Ravena, ¿sabés?... el qu'era cochero e Pellegrini y hemos charlao de todo...
--¿Vos charlando con Pellegrini?... ¡Borracho!... ¡Canalla!
--Mira, Diolinda, no te olvidés de tu caráter, haceme el favor... Yo no t'he dicho que haiga pasao la noche con el dotor sino con Ravena. ¡Entendé!...
--Y ¿quién pagó las copas?...
--¿Ve?... ¡Éstas son las mujeres, caray!... ¡Una piedra que uno lleva atada en las patas!... ¡Y suba usté con semejante tramojo!... ¡Mirá! No me quemés la sangre, che, y andá arregláme la cama... ¡Es mejor!
--¿Que te arregle la cama?... ¡No te la'reglás vos con toda tu alma, perdido, embustero!...
--¡Bueno! ¡Mirá! ¡Calmate!... Te v'y a contar, pa que no se te reviente la yel con la curiosidá... Estamos formando un clú, ¿sabés?... un clú de hacha y tiza, p'agarrar empleos y p'armarnos como caiga... No te creas que yo he dentrao, llevao como mono e gringo, ni porque tenga cara linda, sino por mis cabales... ¡Soy del grupo, diretivo ¿sabés? de los que van en la punta, de los que tallan, m'hijita!... ¿Y a qué no adivinás a quién le debo mi suerte?... ¡Qué vas a adivinar!... ¡Se la debo a la lengua, che, y a naide más! Figuráte que dentro ayer al caf'e Manolín y conversando con un amigo me cuenta qu'en el gobierno andaban dando empleos a todo el que hablaba mal de la autoridá, porque querían prestigiarla... ¡Claro!... ¡Ahí no más ya l'empecé a sacudir cada chaguarazo desde Roc'abajo a todo el que caía a tiro!... ¡Pa mí no había congreso, ni ministros ni nada y vivíamos como entre los indios, pensando solamente en la barriga!... Habías de ver el efeto, che, ¡fué bárbaro!
--¡Claro!... ¡Te pegaron alguna patiadura!
--¿A mí?... Pero, che, ¡avisá si estás durmiendo y no tentés si querés morir de antojo!... Ni bien me oyó Ravena se me acercó y le comenzó a sacudir a Pellegrini porque lo había despedido... Y ya seguimos como bicicleta, che... y de áhi ya salimos pa l'Aduana y pa los corrales y pa todos laos... Y aquí me tenés de vuelta y con la garganta seca!
--¡Bueno!... ¿Pero dónde'stá el empleo?
--Pero, ¿no has entendido entonces?... ¡Hemos formao el clú pa'blar mal del que caiga y ya somos once juramentaos! Hay uno que dice qu'él no se calla si no lo hacen por lo menos diputao y que va'blar de Roca hasta que l'oigan los sordos y yo... ¡no te digo nada!... Yo v'y a ser el vengador de mi generación, che, que a causa'e Roca y de sus paniaguados, se ha tenido que refugiar en las confiterías pa'cer algo, porque en el gobierno no le daban calce... ¡Y aquí me tenés aura, encajao en la política y dispuesto a salir de pobre!... ¡Mirá, yo, de cortar e'cortar grande!... Si Roca quiere que nos callemos Ravena y yo, o nos hace guardacostas o diputaos y si no, lo desprestigiamos ante la sociedá y lo hundimos... no te quepa duda, Diolinda... Hoy, como decía el pardo Ramírez, pa subir hay que hacer escalera de la lengua y nosotros no seremos los primeros, ni los inventores del sistema, pero no hemos de ser los últimos... ¡No te murás, Diolinda, y verás dónde llegaremos los que aura crés vagamundo!...
--¿Vas a seguir todavía?... ¡Mirá, mejor es que te callés y te vas a dormir la mona!... ¡Sinvergüenza!
--¿Que me calle? El día'el juicio... ¡y a la tarde!... ¡Dejá correr el tiempo y verás adónde llego, che!... Aquí el tiempo no es de los mudos como en Uropa, Diolinda, y al que charla le hacen rai!...
TIRANDO AL AIRE
--Mire, don Antonio, que la muchacha lo quiere... Yo sé lo que le digo... ¿No ve que yo m'he fijao en lo que hace y que ya no soy una nena que se chupa el dedo?... Cuand'una muchacha como ella, tan señorita--porque no es porque sea sobrina de mi marido, pero es muy señorita--dentra a no encontrar nada que le venga bien y hasta echa p'al diario la pollerita'e dominguiar, no le quepa duda de qu'es porqueanda interesando...
--¡Así sará!... Ma... ¿qué quiere que le dica?... Io ho pavura de tute le donne dil paese!... ¡Ho visto tante purqueríe!... E dopo... ¿cosa saco io con tuto cuesto de l'inamoramiento?... ¡Macana!
--¿Cómo qué saco?... ¿Y qué quiere sacar? ¿Cre qu'el amor es alguna lotería?... ¡Mirenlón al hombre!... Gringo había'ser para ser interesao... ¡Si quedrá que le paguen también por tomarle el pulso!... ¡Habráse visto insolente igual!
--Ma... dícame un poco!... ¿Io me ha metido con la muchacha?... ¿Non e propriamente lei qui si venga in garpone e me fa di cuele murisquetite con il vestito... cosí e cosí... sorridendo e guardándome con cueli oquione safao e fachéndome ina cusquillería de la gran siete, proprio como si io fose di leño?... ¡Mira!... ¡Ho pasato con cuela donna la piú dificoltá de tute le ore di la mía vita!... ¡Bisogna habere ina forza dil diávolo per esere sicuro con cuela birbanta di mochacha qui fa bruchare il sangüe in cuel garpone maledetto!... E no e cuesto tuto l'affare, ¿sapete?... Dopo ha incominchato ina conversaziones con cuela maniera cosí simpática e cosí calda qui ha de parlare... e ma'fatto venire in cane di filo tremendo!... Propriamente, io, non sono ancora un vequio formone mellato e tanta afiladura m'ha fato diventar capace di farle la barba a lo stesso archivescovo... Io vi dico que cuesto non e vita, mía cara siñora!... Io non so buono per sofrire tuta cuesta bruchatura in corpo e restarmi cosí trancuilo. ¿Sapete bene?... Dun Antonio e dun Antonio, ma per cuesto non e il santo di suo nome!