Part 18
Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, paró a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad se había encontrado con un obrero italiano. Este le miró con curiosidad y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí--. “Pues bien--le dijo el obrero indicándole la calle de que salía--: sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas, y acabarás por encontrar la que buscas”. El muchacho le dió las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo, llena de gente, de coches, de carros que producían ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores, en las que había escrito, con gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar. La ciudad le parecía infinita; creía que se podía pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba. Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vió una delante de sí, y le dió una sacudida el corazón; la alcanzó; la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vió el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tomar aliento, diciendo entre sí: “¡Ah, madre mía, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?”. Corrió más; llegó a una pequeña tienda de quincalla. Aquélla era. Se asomó. Vió a una señora con pelo gris y anteojos. “¿Qué quieres, niño?”, le preguntó aquélla en español. “¿No es ésta--dijo el muchacho procurando reforzar la voz--la tienda de Francisco Merelo?”. “Francisco Merelo murió”, respondió la señora en italiano. El chico recibió una fuerte impresión al oírlo. “¿Cuándo murió?”. “¡Oh, hace tiempo!--respondió la señora--, algunos meses, tuvo malos negocios, y se fué. Dicen que se fué a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía”. El muchacho palideció. Después dijo precipitadamente: “Merelo conocía a mi madre, la cual estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez; él sólo podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre”. “Hijo mío--respondió la señora--, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo”. Fué al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida. “Dime--le preguntó la tendera--: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de _Hijos del país_?”. “En casa del señor Mequínez--respondió el muchacho--, sí, señora, alguna vez. A lo último de la calle de las Artes”. “¡Ah! ¡Gracias, señora!--gritó Marcos--. Dígame el número... ¿no lo sabe? Hágame acompañar; acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos”. Y dijo esto con tanto calor, que, sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió: “Vamos”, y salió él primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa cancela de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos llamó a la campanilla.
Apareció una señorita. “Vive aquí la familia Mequínez, ¿no es verdad?”, preguntó con ansiedad el muchacho. “Aquí vivía--respondió la señorita pronunciando el italiano a la española--. Ahora vivimos nosotros: la familia Ceballos”. “¿Y adónde han ido los señores Mequínez?”, preguntó Marcos latiéndole el corazón. “Se han ido a Córdoba”. “¡Córdoba!--exclamó Marcos--; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?”. La señorita le miró y dijo: “No lo sé. Quizás lo sepa mi padre, que los vió cuando se fueron. Espérate un momento”. Se fué, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris; éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano: “¿Es genovesa tu madre?”. Marcos respondió que sí. “Pues bien: la criada genovesa se fué con ellos; estoy seguro”. “¿Y adónde han ido?”. “A la ciudad de Córdoba”. El muchacho dió un suspiro; después dijo con resignación: “Entonces... iré a Córdoba”. “¡Ah, pobre niño!--exclamó el señor mirándolo con lástima--. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí”. Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la cancela. “Veamos, veamos--dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta--; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate”. Le dió asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchando muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución: “Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?”. “Tengo todavía, pero muy poco”, respondió Marcos. El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo: “Oye, italianito, ve con esta carta a la Boca. Es un barrio, medio genovés, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Llévale esta carta; él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario, y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto”. Y le dió algunas pesos. “Anda, y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos y no te abandonarán. Adiós”. El muchacho le dijo: “Gracias”. Sin ocurrírsele otras palabras salió con su cofre, y despidiéndose de su pequeño guía, se puso en camino lentamente hacia la Boca, atravesando la gran ciudad lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba! Al día siguiente, al anochecer después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de la Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y, como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol; la voz de los cuales y el dialecto querido que hablaban, llevó algunos bríos el ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua admiración para el pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso. El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, de tigres, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flamantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación. Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar. Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, los cuales, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra. Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. “¡Córdoba!--repetía este nombre--. ¡Córdoba!”, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: “Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas”; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares, en los cuales se había fijado la mirada de su madre... Por la noche, alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando le adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó: “¡Ánimo chico; valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!”. Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de la sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. “Bien--dijo entre sí; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal que vuelva a verla una sola vez...! ¡Ánimo...!”. Y con estos bríos llegó al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.
Poco después de desembarcado subió a la ciudad con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de la Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación. Al entrar en Rosario le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por cima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, y oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas, encontró al fin la casa de su nuevo protector. Llamó de la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía el aire de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente, con pronunciación extranjera:
“¿Qué quieres?”. El muchacho dijo el nombre del patrón. “El patrón--respondió el corredor--ha salido anoche para Buenos Aires con toda su familia”. El muchacho se quedó paralizado. Después balbuceó: “Pero yo... no tengo a nadie aquí... ¡soy solo!”, y le dió una tarjeta. El corredor la tomó, la leyó, y dijo con mal humor: “No sé qué hacer. Ya la daré dentro de un mes cuando vuelva...”. “¡Pero yo estoy solo! ¡estoy necesitado!”, exclamó el chico con voz suplicante. “¡Eh, anda!--dijo el otro--; ¿no hay bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia”.
Y le dió con la puerta en las narices. El muchacho se quedó petrificado. Después tomó con desaliento su baúl y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.
¡Qué hacer! ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaban ya muy pocos pesos. Deduciendo las que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¡cómo! ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca; jamás; ¡antes morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí aquella inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, y se sentó en él, apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsoladora. La gente le tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se paraban para mirarlo. Estuvo así buen rato. De su letargo le sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:
“¿Qué tienes, chiquillo?”. Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa: “¿Usted aquí?”. Era el viejo labrador lombardo con el cual había contraído amistad durante el viaje. La admiración del viejo no fué menor que la suya. Pero el muchacho no le dió tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido:
“Heme aquí ahora sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo; llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir de pan de munición; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!”. “¡Cáspita, cáspita!--dijo el viejo mirando alrededor, rascándose la barba--. ¿Qué historia es ésta? Trabajar... se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?”. El muchacho le miraba animado por un rayo de esperanza. “Ven conmigo”, le dijo el viejo. “¿Dónde?”, preguntó el chico, volviendo a cargar con el baulillo. “Ven conmigo”. El viejo se puso en marcha, Marcos le siguió y anduvieron juntos buen trecho sin hablar. El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en la muestra una estrella, y escrito debajo: _La Estrella de Italia_; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente: “Llegamos a tiempo”.
Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo como saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ella poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.
“¡Camaradas!--dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos--: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo desde Génova a Buenos Aires para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: ‘No está aquí; está en Córdoba’. Viene embarcado a Rosario, en tres días y tres noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta; le reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un infeliz muy animoso. Hágase algo por él. ¿No ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como a un perro?”. “¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos!”--gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa--. “¡Un compatriota nuestro!”. “¡Ven aquí, pequeño!”. “¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!”. “¡Mira qué hermoso muchacho!”. “Aflojad los ochavos, camaradas!”. “¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota”. “Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo”. Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda; un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos. “¿Has visto--dijo entonces volviéndose hacia el muchacho--qué pronto se hace esto en América?”. “¡Bebe!--le gritó echándole un vaso de vino--. ¡A la salud de tu madre!”. Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió: “A la salud de mi...”. Pero un sollozo de alegría le impidió concluir y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
La mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y riente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza. El cielo estaba cerrado y obscuro; el tren, casi vacío, corría a través de inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal o habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda, y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación obscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.
Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo en un tren perdido, abandonado en medio del desierto. Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada azotaba el rostro. Embarcándole en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano. Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo; se despertó aterido, se sentía mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer malo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto. En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. “¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto?”. Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba, de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: “¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!”. Se despertó sobresaltado, aterido y vió en el fondo del vagón a tres hombres con barbas, envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje. Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió; los tres hombres le miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él; entonces le faltó la razón, y corriendo a su encuentro con los brazos abiertos, gritó: “No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagáis daño!”. Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y le tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que castañeteaba los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron estaban en Córdoba.
¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se echó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver las calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los pocos faroles que había, encontraba caras extrañas, de un color desconocido, entre negro y verdoso; y alzando la cara de vez en cuando veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban inmensas y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba obscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote y pronto encontró la iglesia y la casa; llamó a la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho para sostener los latidos de su corazón, que se le quería subir a la garganta.
Una vieja fué a abrir con la luz en la mano. “¿A quién buscas?”, preguntó aquélla en español. “Al ingeniero Mequínez”, dijo Marcos. La vieja, despechada, respondió meneando la cabeza: “¡También tú, ahora, preguntas por el ingeniero Mequínez!. Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?”. El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo, en una explosión de rabia: “¡Me persigue, pues, una maldición! ¡Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre! ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese país? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?”. “¡Pobre niño!--respondió la vieja compadecida--. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas millas por lo menos”. El muchacho se cubrió la cara con las manos, después preguntó sollozando: “Y ahora... ¿qué hago?”. “¿Qué quieres que te diga, hijo mío?--respondió la mujer--; yo no sé”. Pero de pronto se le ocurre una idea, y la soltó en seguida: “Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha por la calle encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un _capataz_, un comerciante que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizá, un sitio en el carro; anda en seguida”. El muchacho cargó con su cofre, dió las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con el toldo redondo y las ruedas altísimas. Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.