Corazón

Part 17

Chapter 174,085 wordsPublic domain

Hoy he estado de vacación porque no me encontraba bien, y mi madre me ha llevado al Instituto de los Niños Raquíticos, donde ha ido a recomendar una niña del portero; pero no me ha dejado entrar en la escuela... “¿No has comprendido, Enrique, por qué no te he dejado entrar? Para no presentar delante de aquellos desgraciados, en medio de la escuela, casi como de muestra, un muchacho sano y robusto; ¡demasiadas ocasiones tienen ya de encontrarse en dolorosos parangones! ¡Qué cosa tan triste! El llanto me sube del corazón al entrar allí dentro. Habría unos sesenta entre niños y niñas. ¡Pobres huesos torturados! ¡Pobres manos, pobres pies encogidos y crispados! ¡Pobres cuerpecillos contrahechos! Pronto se observan muchas caras graciosas, ojos llenos de inteligencia y de cariño; había una carita de niña, con la nariz afilada y la barba puntiaguda, que parecía una viejecilla; pero tenía una sonrisa de celestial dulzura. Algunos, vistos por delante, eran hermosos y parecía que no tenían defecto; pero se volvían..., y angustiaban el corazón. Allí estaba el médico que los visitaba. Los ponía de pie sobre los bancos, y les levantaba los vestidos para tocarles los vientres hinchados y las abultadas articulaciones; pero no se avergonzaban nada las pobres criaturas: se veía que eran niños acostumbrados a ser desnudados, examinados y vistos por todas partes. Y eso que ahora están en el período mejor de su enfermedad, y ya casi no sufren. Pero ¿quién puede pensar lo que sufrieron cuando empezó su cuerpo a deformarse; cuando, al crecer su enfermedad, veían disminuir el cariño en torno suyo, pobres niños a quienes se dejaba solos horas y horas en el rincón de una habitación o de un patio, mal alimentados, escarnecidos a veces y atormentados meses enteros con vendajes y aparatos ortopédicos, muchas veces inútiles? Ahora, en cambio, gracias a las curas, a la buena alimentación y la gimnasia, muchos se mejoran. La maestra les obligó a hacer gimnasia. Daba lástima verlos extender sobre los bancos, al oír ciertas voces, todas aquellas piernas fajadas, comprimidas entre los aparatos, nudosas, deformes; piernas que se hubieran cubierto de besos! Algunos no podían levantarse del banco, y permanecían allí con la cabeza apoyada en el brazo, acariciando las muletas con la mano; otros, al mover los brazos, sentían que les faltaba la respiración y volvían a sentarse, pálidos, pero sonriendo para disimular su fatiga. ¡Ah, Enrique! ¡Vosotros que apreciáis la salud y os parece muy poca cosa el estar bien! Yo pensaba en los muchachos hermosos, fuertes y robustos que las madres llevan a paseo como en triunfo, orgullosas de su belleza; y hubiera agarrado todas aquellas cabezas y las hubiera estrechado sobre mi corazón, desesperadamente; hubiera dicho, si hubiese estado sola: ‘No me muevo ya de aquí; quiero consagraros la vida, serviros, hacer de madre para con vosotros, hasta el último día de mi vida...’. Y entretanto cantaban; cantaban con ciertas vocecillas delicadas, dulces, tristes, que llegaban al alma; y habiéndoles elogiado la maestra, los pobrecillos se pusieron tan contentos, y mientras pasaba por entre los bancos le besaban las manos y los brazos, porque sienten mucha gratitud hacia el que les hace el bien, y son muy cariñosos. También tienen talento y estudian aquellos angelitos, según me dijo la maestra. La maestra es joven y agraciada; en su rostro, lleno de bondad, se adivina cierta expresión de tristeza, reflejo de las desventuras que acaricia y consuela. ¡Pobre niña! Entre todas las criaturas humanas que se ganan la vida con su trabajo, no hay ninguna que se lo gane más santamente que tú, hija mía.--_Tu madre_”.

SACRIFICIO

_Martes 9._--Mi madre es buena, y mi hermana Silvia es como ella: tiene su mismo corazón noble y generoso. Estaba yo copiando anoche una parte del cuento mensual _De los Apeninos a los Andes_, que el maestro nos ha dado a copiar a todos, por partes, porque es muy largo, cuando Silvia entró de puntillas, corriendo y bajito: “Ven conmigo donde está mamá. Los he oído esta mañana discurriendo preocupados: a papá le ha salido mal un negocio; estaba abatido, y mamá le animaba; estamos en la escasez, ¿comprendes? No hay ya dinero. Papá decía que es menester hacer sacrificios para salir adelante. Necesario, es, pues, que nosotros nos sacrifiquemos también, ¿no es verdad? ¿Estás dispuesto? Bueno; hablo con mamá, tú indicas tu conformidad, y prométemelo, bajo palabra de honor, que harás todo lo que yo diga”. Dicho esto, me cogió de la mano y me llevó adonde estaba mamá, a quien vimos coser, muy pensativa; me senté en un lado del sofá, Silvia en el otro, y dijo de pronto: “Oye, mamá: tengo que hablarte. Tenemos que hablarte los dos”. Mamá nos miró admirada, y Silvia empezó: “Papá no tiene dinero, ¿no es verdad?”. “¿Qué dices?--replicó mamá sonrojándose--; ¡no es verdad! ¿Qué sabes tú? ¿Quién te lo ha dicho?”. “Lo sé--dijo Silvia con resolución--. Y bien, oye, mamá: tenemos que hacer sacrificios también nosotros. Tú me habías prometido un abanico para fin de mayo, y Enrique esperaba su caja de pinturas; no queremos ya nada; no queremos que se gaste dinero, y estaremos tan contentos; ¿has comprendido?”. La mamá intentó hablar pero Silvia dijo: “No, tiene que ser así. Lo hemos decidido, y hasta que papá tenga dinero no queremos ya fruta ni otras cosas; nos bastará con el cocido, y por la mañana, en la escuela, comeremos pan. Así se gastará menos en la mesa, que ya gastamos demasiado, y te prometemos que nos verás siempre alegres como antes. ¿No es verdad, Enrique?”. Yo respondí que sí. “Siempre contentos como antes--repitió Silvia, tapándole la boca a mamá con la mano--; y si hay otro sacrificio que hacer, en el vestir o en cualquier cosa, lo haremos gustosos, y hasta venderemos nuestros regalos. Yo doy todas mis cosas; te serviré de criada; no daremos ya nada a coser fuera de casa; trabajaré contigo todo el día; haré todo lo que quieras; estoy dispuesta a todo, a todo--exclamó echando los brazos al cuello de mi madre--, para que papá y mamá no tengan ya disgustos, para que vuelva a veros tranquilos a los dos, de buen humor, como antes, en medio de vuestro Enrique y vuestra Silvia, que os quieren tanto, que darían su vida por vosotros”. ¡Ah! yo no he visto nunca a mi madre tan contenta como al oír aquellas palabras. No nos ha besado nunca como entonces, llorando y riendo sin poder hablar. Después aseguró a Silvia que había entendido mal; que no estábamos, por fortuna, tan apurados como ella creía, y nos dió mil veces las gracias, estando alegre toda la noche, hasta que volvió mi padre, a quien se lo contó todo. Él no abrió la boca. ¡Pobre padre mío! Pero esta mañana, sentados a la mesa, experimenté al mismo tiempo un gran placer y un gran disgusto. Yo encontré bajo mi servilleta mi caja de pinturas y Silvia se encontró su abanico.

EL INCENDIO[1]

_Jueves 11._--Esta mañana había yo concluido de copiar mi parte del cuento _De los Apeninos a los Andes_, y estaba buscando un tema para la composición libre que nos manda hacer el maestro, cuando oí un griterío desacostumbrado por la escalera. Poco después entraban en casa los bomberos, los cuales pidieron permiso a mi padre para examinar las chimeneas y las estufas, porque se veía humo por los tejados y no se sabía dónde era. Mi padre les autorizó, y aunque no teníamos fuego encendido en ninguna parte, comenzaron a andar por las habitaciones y a aplicar el oído a las paredes para oír si hacía ruido el fuego dentro de los cañones que comunicaban con las chimeneas de la casa.

Mi padre me dijo mientras andaba por las habitaciones: Enrique, he aquí un buen tema para tu composición; ponte a escribir lo que voy a contarte: “Los vi trabajando hace dos años, una noche que salía del teatro Balbo, a hora avanzada. Al entrar en la calle de Roma, vi un resplandor raro y una turba de gente que corría: era que había fuego en una casa. Lenguas de llamas y nubes de humo salían de las ventanas y del tejado; hombres y mujeres aparecían y desaparecían de la fachada exhalando gritos desesperados. Había un gran tumulto delante del portal; la multitud gritaba: ‘¡Que se queman vivos! ¡Socorro! ¡Bomberos!’. Llegó en aquel momento un carruaje, del que bajaron cuatro bomberos, los primeros que se encontraron en el Ayuntamiento y los cuales se lanzaron dentro de la casa. Habían apenas entrado, cuando se vió una cosa horrible: una señora se asomó desesperada a una ventana del tercer piso; se agarró del antepecho, se montó en él y permaneció así agarrada, casi suspendida en el vacío, con la espalda fuera, encorvada bajo el humo y las llamas que, huyendo de la habitación, casi le llegaban a la cabeza. La multitud exhaló un grito de horror; los bomberos, detenidos por equivocación en el segundo piso, donde había también inquilinos aterrorizados, tenían ya destrozada una pared y se precipitaban de habitación en habitación, cuando con gritos les advertían: ‘¡Al tercer piso, al tercer piso!’. Volaron al piso tercero. Aquello era una ruina infernal: vigas del techo que crujían, corredores llenos de llamas, humo que asfixiaba. Para llegar a los cuartos donde estaban encerrados los inquilinos, no había otro camino que el tejado. Se lanzaron en seguida arriba, y minutos después se vió como un fantasma negro saltar sobre las tejas entre el humo: era el jefe que había llegado primero. Pero para ir a la parte del tejado que correspondía al cuartito cerrado por el fuego, era menester pasar por un espacio estrechísimo, comprendido entre un alero y la fachada; todo lo demás estaba ardiendo, y aquel pequeño trecho estaba cubierto de nieve y de hielo, y no había adónde agarrarse. ‘¡Es imposible que pase!, gritaba la gente desde abajo. El jefe avanzó sobre el alero del tejado. Todos temblaban y miraban fijos, con la respiración suspendida. ‘¡Pasó!’. Una inmensa aclamación atronó el espacio. El jefe volvió a emprender su marcha y llegó al punto amenazado; empezó a romper furiosamente con el azadón tejas, vigas y ladrillos para abrir un agujero y bajar por dentro. Entretanto la señora continuaba suspendida fuera de la ventana y las llamas le llegaban a la cabeza; un minuto más, y se hubiera arrojado a la calle. El agujero se abrió; se vió al jefe de bomberos quitarse la ropa y meterse dentro; los otros bomberos, reunidos ya, le siguieron. En aquel instante, una altísima escalera, llegada entonces, se apoyó en la cornisa de la casa, delante de las ventanas, de donde salían las llamas y alaridos de locos. Pero se creía que ya era tarde. ‘¡Ninguno se salva!--gritaban--. ¡Los bomberos se queman! ¡Todo ha concluido! ¡Se han muerto!’. De pronto se vió aparecer en la ventana de la esquina la negra figura del jefe, iluminada por las llamas de arriba abajo; la señora se le echó al cuello; él la agarró precipitadamente con sus dos brazos, la levantó y la colocó dentro de la habitación. De la multitud se escaparon mil y mil gritos que cubrían el ruido del incendio: ‘Pero ¿y los demás? ¿Cómo bajarían?’. La escalera, apoyada en el tejado por delante de otra ventana, distaba de aquélla todavía un buen espacio. ‘¿Cómo podrían salvarlo?’. Mientras se decía esto la gente, uno de los bomberos se echó fuera de la ventana; puso el pie derecho en el antepecho y el izquierdo en la escalera, y así, de pie, en el aire, se le abrazaban uno a uno los inquilinos, que los demás le alargaban desde dentro; se los entregaba a un compañero que había subido desde la calle y que, agarrándolos bien por donde podía, les hacía bajar uno tras otro, ayudado por los demás bomberos de abajo. Bajó primero la señora de la esquina, luego una niña, otra señora y un viejo. Todos se salvaron. Después del viejo los bomberos que quedaban dentro; el último en bajar fué el jefe, que había sido el primero que acudió. La multitud les acogió a todos con una salva de aplausos; pero cuando apareció el último, el avanzada de los salvadores, el que había arrastrado a los demás a afrontar el peligro, el que hubiera muerto seguramente si alguno hubiese tenido que morir, el gentío lo saludó como a un triunfador, gritando y extendiendo los brazos como en demostración cariñosa y de admiración y gratitud, y en pocos momentos su nombre obscuro, José Robino, se repetía en todos los labios”. “¿Has comprendido? Eso es valor, el valor del corazón, que no razona, que no vacila, que va derecho, con los ojos cerrados y la velocidad del rayo, adonde oye el grito de los que van a morir. Yo te llevaré un día a las maniobras de los bomberos y te enseñaré a Robino; porque te dará mucho gusto conocerlo, ¿no es verdad?”. Respondí que sí. “Helo aquí”, dijo mi padre. Yo me volví de pronto. Dos bomberos, terminado el examen, atravesaban la habitación para salir.

Mi padre me enseñó el más pequeño, el que llevaba galones y me dijo: “Estrecha la mano del cabo Robino”. El cabo se paró y me dió la mano sonriendo, yo se la estreché, me saludó, y salió. “Recuerda esto bien--dijo mi padre--, porque de mil manos que estreches en tu vida, quizás no haya diez que valgan más que la suya”.

NOTAS:

[1] El suceso ocurrió la noche del 27 de enero de 1880.

[Ilustración]

DE LOS APENINOS A LOS ANDES

(CUENTO MENSUAL)

Hace muchos años, cierto muchacho genovés de trece años, hijo de un obrero, fué de Génova a América sólo para buscar a su madre.

Su madre había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de la República Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, algo con que levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objeto, gracias a los buenos salarios que allí encuentra la gente que se dedica a servir, y las cuales vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de liras. La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fué feliz; apenas llegó a Buenos Aires, encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba un buen salario y la trataba bien. Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular, como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, que se las entregaba a la mujer, y ésta le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él por su parte, algunos renglones. Ganando ochenta pesos al mes y no gastando nada en ella, mandaba a su casa cada tres meses una buena suma, con la cual el marido, que era muy hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entretanto trabajaba y estaba contento de lo que hacía y lisonjeado con la esperanza de que la mujer volvería dentro de poco, porque la casa parecía que estaba sin sombra con su falta, y el hijo menor, principalmente, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.

Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estaba bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo y éste no contestó. Escribieron a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación. Temiendo una desgracia, escribieron al consulado italiano de Buenos Aires para que hiciese investigaciones; y después de tres meses les contestó el cónsul que, a pesar de anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía mancharla haciéndose criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre. Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; al más pequeño le oprimía una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fué marcharse a buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿Quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente: “Voy a América a buscar a mi madre”. El padre movió la cabeza tristemente y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, necesitándose un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los días con gran parsimonia y razonando como un hombre. “Otros han ido--decía--más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco llegaré allí, como los demás. Llegado allí, no tengo que hacer más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que quiera, hay allí trabajo para todos; yo también encontraré ocupación, al menos lo bastante para ganar con qué volver a casa”. Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre; éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimos, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, y que todas estas buenas cualidades daban doble fuerza a su decisión en aquel santo objeto de buscar a su madre, que adoraba. Sucedió también que cierto comandante de buque mercante, amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, billete de tercera clase para la República Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió al viaje. Llenaron un baulillo de ropa, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron. “Marcos, hijo mío--le dijo el padre, dándole el último beso con las lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba para salir--: ¡ten ánimo, vas con un fin santo, Dios te ayudará!”.

¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vió desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas, que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó repentina desanimación. Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos asaltaban su mente, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderaba de ella: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sueños, interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: “Tu madre ha muerto!”. Y entonces se despertaba ahogando un grito. Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vió el Océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fué breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que le rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos. Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar experimentaba un nuevo estupor al encontrarse allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando para América. Los hermosos peces voladores que iban a cada instante a caer en el barco, aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con aquellas inmensas nubes color de fuego y sangre, aquellas fosforescencias nocturnas que hacían aparecer todo el Océano encendido como mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño. Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburrido; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecía que estaban muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar, hoy como ayer, mañana como hoy, todavía, siempre, eternamente. Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: “¡Tu madre ha muerto!”. Y a aquella voz se despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.

Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello: “¡Ánimo, galopín! Tú encontrarás a tu madre sana y contenta”. Aquella compañía le animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de inmigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires; se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: “¿Cómo está mi madre?”. “¿Dónde está?”, “¡Vamos en seguida!”. “En seguida vamos”. Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta... Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.

El vigésimo séptimo día después de la salida llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció un buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo, y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento. Le parecía haber volado, soñado, y haber despertado entonces. Y era tan feliz que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que muy pocos pesos; pero ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baulillo al hombro, pasó con otros muchos italianos, a un vaporcito que los llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que lleva el nombre de _Andrés Doria_, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo; y se dirigió de prisa a la ciudad.