Part 16
_Jueves 20._--¡Quién me había de decir, cuando volvía tan alegre de aquella hermosa excursión con mi padre, que pasaría diez días sin ver el campo ni el cielo! He estado muy malo, en peligro de muerte. He oído sollozar a mi madre, he visto a mi padre muy pálido, mirándome con los ojos fijos, a mi hermana Silvia y mi hermano que me hablaban en voz baja, al médico de los anteojos, que no se separaba de mi lado, y me decía cosas que yo no comprendía. He estado bien cerca de dar un último adiós a todos. ¡Ah, pobre madre mía! Pasé tres o cuatro días por lo menos, de los cuales no me acuerdo nada, como si hubiese estado en medio de un sueño embrollado y obscuro. Me parece haber visto al lado de mi cama a la buena maestra de la sección primaria superior, que se esforzaba por sofocar la tos con el pañuelo para no molestarme; recuerdo, confusamente también, a mi maestro, que se inclinó para besarme, y me pinchó un poco la cara con sus barbas; he visto pasar, como en medio de una niebla, la cabeza roja de Crosi, los rizos rubios de Deroso, al calabrés vestido de negro, a Garrón, que me trajo una naranja mandarina con hojas, y se marchó en seguida porque su madre estaba enferma. Me desperté como de larguísimo sueño, y comprendí que estaba mejor al ver a mi padre y a mi madre que sonreían, y al oír a Silvia que cantaba. ¡Oh, qué sueño tan triste ha sido! Luego, cada día que pasaba me sentía mejor. Vino el _albañilito_, que me hizo reír al poner el hocico de liebre, que ahora lo hace admirablemente porque se le ha alargado algo la cara con la enfermedad; ¡pobrecillo! Vino Coreta, y también Garofi, a regalarme dos billetes para su nueva rifa de “un cortaplumas con cinco sorpresas”, que compró a un tendero amigo suyo. Ayer, mientras dormía, entró Precusa, puso su cara sobre mi mano, sin despertarme, y como venía del taller de su padre, negro de polvo del carbón, me dejó una marca negra en la manga, que luego, al despertarme, he visto con mucho gusto. ¡Qué verdes se han puesto los árboles en estos pocos días! ¡Y qué envidia me dan los muchachos que veo ir corriendo a la escuela con sus libros, cuando mi padre me acerca a la ventana! Pero poco tardaré en volver yo también. ¡Estoy tan impaciente por volver a ver a todos, mi banco, el jardín, aquellas calles; saber todo lo que en este tiempo haya pasado; coger de nuevo mis libros y mis cuadernos, que me parece que ya hace un año que no los veo! ¡Pobre madre mía, qué delgada y qué pálida está! ¡Pobre padre mío, qué aire tan cansado tiene! ¡Y mis buenos compañeros que han venido a verme, y andaban de puntillas y me besaban en la frente! Me da tristeza pensar que llegará un día en que nos separemos. Con Deroso y con algún otro quizá continuaré haciendo mis estudios; pero ¿y los demás? Una vez que concluyamos el cuarto año, ¡adiós!, no nos volveremos a ver; no los veré ya al lado de mi cama cuando esté malo; Garrón, Precusa, Coreta, tan buenos muchachos, tan queridos compañeros míos, esos no los volveré a ver probablemente.
LOS AMIGOS ARTESANOS
_Jueves 20._--“¿Por qué, Enrique, no los volverás a ver? Esto dependerá de ti. Una vez que termines el cuarto año, irás a la Escuela Secundaria, y ellos se dedicarán a un oficio. Pero permaneceréis en la misma ciudad quizá por muchos años. ¿Por qué entonces no os habéis de ver más? Cuando estés en la Universidad o en la Academia, los irás a buscar a sus tiendas o a sus talleres, y te dará mucho gusto encontrarte con tus compañeros de la infancia, ya hombres, en su trabajo. ¿Cómo es posible que tú no vayas a buscar a Coreta y a Precusa, donde quiera que estén? Irás y pasarás con ellos horas enteras en su compañía, y verás, estudiando la vida y el mundo, cuántas cosas puedes aprender de ellos, y que nadie te sabrá enseñar mejor, tanto sobre sus oficios, como acerca de su sociedad, como de tu país. Y ten presente que si no conservas estas amistades, será muy difícil que adquieras otras semejantes en el porvenir; amistades, quiero decir, fuera de la clase a que tú perteneces; así vivirás en una sola clase; y el hombre que no frecuenta más que una clase sola, es como el hombre estudioso que no lee más que un solo libro. Proponte, por consiguiente, desde ahora, conservar estos buenos amigos aun para cuando os hayáis separado, y procura cultivar su trato con preferencia, precisamente porque son hijos de artesanos. Mira: los hombres de las clases superiores son los oficiales, y los operarios son los soldados del trabajo; pero tanto en la sociedad civil como en el ejército, no sólo es el soldado tan noble como el oficial, toda vez que la nobleza está en el trabajo y no en la ganancia, en el valor y no en el grado, sino que si hay superioridad en el mérito, está de parte del soldado y del operario, porque sacan de su propio esfuerzo menor ganancia. Ama, pues, y respeta sobre todo, entre tus compañeros a los hijos de los soldados del trabajo; honra en ellos los sacrificios de sus padres; desprecia las diferencias de fortuna y clase; porque sólo las gentes despreciables miden los sentimientos y la cortesía por aquellas diferencias; piensa que de las venas de los que trabajan en los talleres y los campos salió la sangre bendita que redimió a la patria; ama a Garrón, ama a Precusa, ama a Coreta, ama a tu _albañilito_, que en sus pechos de operarios encierran corazones de príncipes; júrate a ti mismo que ningún cambio de fortuna podrá jamás arrancar de tu alma estas santas amistades infantiles. Jura que si dentro de cuarenta años, al pasar por una estación de ferrocarril, reconocieras bajo el traje de maquinista a tu viejo Garrón, con la cara negra... ¡Ah! No quiero que lo jures: estoy seguro que saltarás sobre la máquina y que le echarás los brazos al cuello, aun cuando seas senador del Reino”. _Tu padre._
LA MADRE DE GARRÓN
_Sábado 29._--Apenas volví a la escuela, recibí muy triste noticia. Hacía varios días que Garrón no iba porque su madre estaba gravemente enferma. Murió el sábado por la tarde. Ayer mañana, en seguida de que entré en la escuela, nos dijo el maestro: “Al pobre Garrón le ha cabido la más negra desgracia que puede caer sobre un niño. Su madre ha muerto. Mañana volverá a clase. Desde ahora os suplico, muchachos, que respetéis el terrible dolor que destroza su alma. Cuando entre, saludadlo con cariño, estad serios; nadie juegue, nadie sonría al mirarlo, nadie, os lo recomiendo”. Y en efecto, esta mañana, algo más tarde que los demás, entró el pobre Garrón. Sentí una grande angustia en el corazón al verlo. Tenía la cara sin vida, los ojos encendidos, y apenas se sostenía sobre las piernas: parecía que había estado enfermo un mes; era difícil reconocerlo; vestía todo de negro, y daba compasión. Nadie respiró; todos le miraron. Apenas entró, al ver por primera vez la escuela, donde su madre había venido a buscarle casi todos los días; aquel banco sobre el cual tantas veces se había inclinado ella los días de examen para hacerle la última recomendación, y donde él tantas veces había pensado en ella, impaciente por salir a encontrarla, no pudo menos que estallar en un golpe de llanto desesperado. El maestro lo trajo a su lado, y apretándole contra su pecho, le dijo: “¡Llora, llora, pobre niño, pero ten valor! Tu madre ya no está aquí; pero te ve, te ama todavía, vive a tu lado, y la volverás a ver, porque tienes un alma buena y honrada como ella. Ten valor”. Dicho esto, le acompañó al banco, cerca de mí. Yo no me atreví a mirarle. Sacó sus cuadernos y sus libros, que hacía muchos días que no había abierto; al abrir el libro de lectura, donde hay una viñeta que representa una madre con su hijo de la mano, no pudo contener el llanto, y dejó caer su cabeza sobre el brazo. El maestro nos hizo señal para que lo dejásemos estar así, y comenzó la lección. Yo hubiese querido decirle algo, pero no sabía. Le puse una mano sobre el brazo, y le dije al oído: “No llores, Garrón”. No contestó, y sin levantar la cabeza del banco, puso su mano en la mía, y así la tuvo un buen rato. A la salida nadie le habló; todos pasaron a su lado con respeto y silencio. Yo vi a mi madre, que me esperaba, y corrí a su encuentro para abrazarla; pero ella me rechazaba y miraba a Garrón. En el primer momento no comprendí por qué; pero luego advertí que Garrón solo, a un lado, me miraba; me miraba con implacable tristeza, que quería decir: “¡Tú abrazas a tu madre; yo ya no la abrazaré más! ¡Tú tienes todavía madre, y la mía ha muerto!”. Entonces comprendí por qué mi madre me rechazaba, y salí sin darle la mano.
JOSÉ MAZZINI
_Sábado 29._--Garrón vino también hoy por la mañana a la escuela; estaba pálido y tenía los ojos hinchados por el llanto; apenas miró los regalillos que le habíamos puesto sobre el banco para consolarle. El maestro había llevado, sin embargo, una página de un libro de lectura para reanimarle. Primero nos advirtió que fuésemos todos mañana a las doce al Ayuntamiento, para ver dar la medalla del valor a un muchacho que ha salvado a un niño en el Po, y que el lunes nos dictaría él la descripción de la fiesta, en vez del cuento mensual. Luego, volviéndose a Garrón, que estaba con la cabeza baja, le dijo: “Garrón, haz un esfuerzo y escribe tú también lo que voy a dictar”. Todos cogimos la pluma. El maestro dictó: “José Mazzini, nació en Génova en 1805, murió en Pisa en 1872; patriota de alma grande, escritor de preclaro ingenio, inspirador y primer apóstol de nuestra revolución italiana, por amor a la patria vivió cuarenta años pobre, desterrado, perseguido, errante, con heroica fidelidad a sus principios y a sus propósitos. José Mazzini, que adoraba a su madre, y que había heredado de ella todo lo que en su alma fortísima y noble había de más elevado y puro, escribía así a un fiel amigo suyo para consolarle de la mayor de las desventuras. Poco más o menos he aquí sus palabras: ‘Amigo: No, no verás nunca a tu madre sobre esta tierra. Ésta es la tremenda verdad. No voy a verte, porque el tuyo es de aquellos dolores solemnes y santos que es necesario sufrir y vencer cada cual por sí mismo. ¿Comprendes lo que quiero decir con estas palabras? _¡Es preciso vencer el dolor!_ Vencer lo que el dolor tiene de menos santo, de menos purificante; lo que, en vez de mejorar el alma, la debilita y la rebaja. Pero la otra parte del dolor, la parte noble, la que engrandece y levanta el espíritu, ésta debe permanecer contigo y no abandonarte jamás. Aquí abajo nada substituye a una buena madre. En los dolores, en los consuelos que todavía puede darte la vida, tú no la olvidarás jamás. Pero debes recordarla, amarla, entristecerte por su muerte de un modo que sea digno de ella. ¡Oh, amigo, escúchame! La muerte no existe, no es nada. Ni siquiera se puede comprender. La vida es vida, y sigue la ley de la existencia: el progreso. Tenías ayer una madre en la tierra: hoy tienes un ángel en otra parte. Todo lo que es bueno sobrevive con mayor potencia a la vida eterna. Por consiguiente, también el amor de tu madre. Ella te quiere ahora más que nunca, y tú eres responsable de tus actos ante ella más que antes. De ti depende, de tus obras, el encontrarla, el volverla a ver en otra vida. Debes, por tanto, por amor y reverencia a tu madre, llegar a ser mejor y que goce de ti, de tu conducta. Tú, en adelante, deberás en todo acto tuyo decirte a ti mismo: ‘¿Lo aprobaría mi madre?’. Su transformación ha puesto para ti en el mundo un ángel custodio, al cual debes referir todas las cosas. Sé fuerte y bueno; resiste el dolor desesperado y vulgar; ten la tranquilidad de los grandes sufrimientos en las grandes almas; esto es lo que ella quiere’.
“¡Garrón!--añadió el maestro--: _sé fuerte y está tranquilo_; esto es lo que ella quiere. ¿Comprendes?”.
Garrón indicó que sí con la cabeza; pero gruesas y abundantes lágrimas le caían sobre las manos, sobre el cuaderno, sobre el banco.
[Ilustración]
VALOR CÍVICO
(CUENTO MENSUAL)
A medio día estábamos con el maestro ante el palacio municipal, para presenciar la entrega de la medalla del valor cívico al chico que salvó a un compañero suyo en el Po.
Sobre la terraza de la fachada ondeaba la bandera tricolor.
Entramos en el patio.
Ya estaba lleno de gente. Se veía allí, en el fondo, una mesa con tapete encarnado y encima varios papeles, y detrás una fila de sillones dorados para el alcalde y la Junta, varios ujieres del Ayuntamiento estaban de pie alrededor del estrado con sus dalmáticas azules y sus calzas blancas. A la derecha del patio había formado un piquete de guardias municipales, todos los cuales se hallaban condecorados con muchas y distintas cruces, y al lado otro piquete de carabineros; en la parte opuesta, los bomberos con uniforme de gala y muchos soldados sin formar, que habían venido a presenciar la ceremonia, de caballería, infantería, cazadores y artillería: de todas las armas, en fin. Y, por último, alrededor, caballeros, gente del pueblo, oficiales, mujeres y niños que se apretaban: un gentío inmenso. Nos arrinconamos en un ángulo del patio.
Alumnos de otras escuelas estaban con sus maestros, y había cerca de nosotros un grupo de muchachos del pueblo de diez a dieciocho años, que reían y hablaban recio, y se comprendía que eran todos del barrio del Po, compañeros o conocidos del que debía recibir la medalla. Arriba, en todas las ventanas, estaban asomados los empleados del Ayuntamiento; la galería de la biblioteca también estaba llena de gente, que se apiñaba contra la balaustrada, y en la del lado opuesto, que está sobre la puerta de entrada, se agolpaba gran número de muchachos de las escuelas públicas, y muchas _huérfanas de militares_, con sus graciosos velos celestes. Parecía un teatro. Todos discurrían alegremente, mirando de vez en cuando el sitio donde estaba la mesa encarnada, a ver si se presentaba alguno. La banda de música se oía a lo lejos, en el fondo del pórtico. Las paredes resplandecían con el sol. Estaba aquello muy hermoso.
De pronto todos empezaron a aplaudir; en los patios, en las galerías, en las ventanas.
Yo, para ver, tuve que empinarme.
La multitud que estaba detrás de la mesa encarnada había abierto paso, y se pusieron delante un hombre y una mujer. El hombre llevaba de la mano a un niño.
Era el que había salvado al compañero.
El hombre era su padre: un albañil vestido de día de fiesta. La mujer, su madre, pequeña y rubia, estaba vestida de negro. El muchacho, también rubio y pequeño, tenía una chaqueta gris.
Al ver toda aquella gente y oír aquel ruido de aplausos, se quedaron los tres tan sorprendidos, que no se atrevían a mirar ni a moverse. Un guardia municipal les empujó al lado de la mesa, a la derecha.
Todos callaron un momento, y después resonaron de nuevo los aplausos por todos lados. El muchacho miró hacia arriba, hacia las ventanas, y luego a la galería de las _huérfanas de los militares_; tenía el sombrero en la mano y parecía que no sabía bien en dónde estaba. Me pareció que le daba cierto aire a Coreta en la cara, pero era más sonrosado. Su padre y su madre no apartaban los ojos de la mesa.
Entretanto, todos los muchachos del barrio del Po, que estaban cerca de nosotros, pasaron delante y le hacían señas a su compañero, para hacerse ver, llamándole en voz baja. A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho les miró y se cubrió la boca con el sombrero para ocultar una sonrisa.
En un momento dado, todos los guardias se cuadraron.
Entró el alcalde acompañado de muchos señores.
El alcalde, que tenía el pelo cano y llevaba una faja tricolor, se puso de pie junto a la mesa; los demás, detrás y a los lados.
Cesó de tocar la banda, hizo el alcalde una señal y callaron todos.
Empezó a hablar. Sus primeras frases no las oí bien; pero comprendí que estaba contando la hazaña del muchacho. Después levantó la voz, y se esparció tan clara y sonora por todo el patio, que no perdí ya ni palabra--“...Cuando vió desde la orilla al compañero que se revolvía en el río, presa ya del terror de la muerte, se quitó la ropa y acudió sin titubear un momento. Le gritaron: ‘¡Que te ahogas!’. ‘No’, respondió; lo agarraron y se soltó; lo llamaron, y ya estaba en el agua. El río iba muy crecido, y el riesgo era terrible hasta para un hombre. Pero él desafió la muerte con toda la fuerza de su pequeño cuerpo y de su gran corazón; alcanzó y agarró a tiempo al desgraciado, que estaba ya bajo el agua, y lo sacó a flote; luchó furiosamente con las ondas, que lo querían envolver, y con el compañero, que se le enroscaba; varias veces desapareció bajo la superficie y volvió a salir fuera, haciendo esfuerzos desesperados, obstinados, y decidido en su santo propósito, no como un niño que quiere salvar a otro, sino como un hombre, como un padre que lucha por salvar a su hijo, que es su esperanza y su vida. En fin, Dios no permitió que fuese inútil hazaña tan generosa. El pequeño nadador arrebató su presa al gigante río y lo sacó a tierra, y aun le prestó, con los demás, los primeros auxilios; después de lo cual se volvió a su casa, sereno y tranquilo, a contar sencillamente el suceso. Señores: hermoso, admirable es el heroísmo de un hombre; pero en el niño, en el cual no es posible aún ninguna mira de ambición o de otro interés; en el niño, que debe tener tanto más arrojo cuando menos fuerza tiene; en el niño, en el cual nada pedimos, que en nada es temido, que ya nos parece tan noble y digno de ser amado, no ya cuando cumple, sino sólo cuando comprende y reconoce el sacrificio de otro; en el niño el heroísmo es divino. No diré más, señores. No quiero adornar con elogios superfluos una grandeza tan sublime. He aquí delante de vosotros el salvador, noble y generoso. Soldados, saludadlo como a un hermano; madres, bendecidlo como a un hijo; niños, recordad su nombre; estampad su rostro en vuestra memoria, que no se borre ya de vuestra mente ni de vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del rey de Italia te doy la cruz de Beneficencia”. Un viva atronador, lanzado a la vez por multitud de voces, atronó el palacio.
El alcalde tomó la condecoración de la mesa y la puso en el pecho del muchacho. Después lo abrazó y lo besó.
La madre se llevó la mano a los ojos; el padre tenía la barba en el pecho.
El alcalde estrechó la mano a los dos; y cogiendo la orden de concesión de la cruz, atada con una cinta, se la dió a la madre.
Después se volvió al muchacho y le dijo: “Que el recuerdo de este día, tan glorioso para ti, tan feliz para tus padres, te sostenga toda la vida en el camino de la virtud y del honor. ¡Adiós!”. El alcalde salió; tocó la banda, y todo parecía concluido cuando de las filas de la multitud salió un muchacho de ocho a nueve años, impulsado por una señora que se escondió en seguida, y se lanzó al condecorado, dejándose caer en sus brazos.
Otro rumor de vivas y aplausos hizo atronar el patio; todos comprendieron desde luego que era el muchacho salvado en el Po el que acababa de dar las gracias a su salvador. Después de haberlo besado, se le agarró a un brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos primeros, y el padre y la madre detrás, se dirigieron hacia la salida, pasando con trabajo por entre la gente, que les hacía calle, confundiéndose guardias, niños, soldados y mujeres. Todos se echaban hacia adelante y se empinaban para ver al muchacho. Los que estaban más cerca, le daban la mano. Cuando pasó por delante de los niños de la escuela, todos echaron sus sombreros por el aire. Los del barrio del Po prorrumpieron en grandes aclamaciones, agarrándole por los brazos y por la chaqueta gritando “¡Viva Pinot! ¡Bravo, Pinot!”. Yo lo vi pasar muy cerca. Iba muy encarnado y contento; la cruz tenía la cinta blanca, roja y verde. Su madre lloraba y reía; su padre se retorcía el bigote con una mano, que le temblaba mucho, como si tuviese calentura. Arriba, por las ventanas y galerías, seguían asomándose y aplaudiendo. De pronto, cuando iban a entrar bajo el pórtico, cayó de la galería de las _huérfanas de los militares_ una verdadera lluvia de pensamientos, de ramitos de violetas y margaritas, que daban en la cabeza del muchacho, en la de sus padres y en el suelo. Muchos se bajaban a recogerlos y se los alargaban a la madre. Y a lo lejos, en el fondo del patio, se oía la banda que tocaba un aire precioso que parecía el canto de otras tantas voces argentinas que se alejaban lentamente por orillas del río.
[Ilustración]
LOS NIÑOS RAQUÍTICOS
_Viernes 5_