Corazón

Part 19

Chapter 194,032 wordsPublic domain

El _capataz_, o sea el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza, y le dijo secamente: “No tengo colocación para ti”. “Tengo quince pesos--replicó el chico suplicante--; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor”. El _capataz_ volvió a mirarlo, y respondió con mejor aire: “No hay sitio... y además, no vamos a Tucumán, vamos a otra ciudad, a Santiago. Te tendríamos que dejar en el camino, y tendrías que andar buen trecho a pie”. “¡Ah! ¡Yo andaría el doble!--exclamó Marcos--; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad no me deje aquí solo!”. “¡Mira que es un viaje de veinte días!”. “No importa”. “¡Es un viaje muy penoso!”. “Todo lo sufriré”. “¡Tendrás que viajar solo!”. “No tengo miedo a nada. Con tal que encuentre a mi madre... ¡Tenga usted compasión!”. El _capataz_ le acercó a la cara una linterna y lo miró. Después dijo “está bien”. El muchacho le besó las manos. “Esta noche dormirás en un carro--añadió el _capataz_, dejándolo--; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches”. Por la mañana, a las cuatro a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía a todos un gran número de animales para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió bien pronto profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los _peones_, estaban sentados en círculo, alrededor de un cuarto de ternera que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de gran fuego, agitado por el viento. Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada, y así continuó el viaje, regulado como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; paraban a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y paraban de nuevo a las diez. Los _peones_ iban a caballo y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber. El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles obscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas, vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de unos cuantos caballos sueltos, que pasaban a galope, como una exhalación. Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se hacían de día en día exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; le hacían llevar cargas enormes de forrajes; le mandaban por agua a grandes distancias, y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, habiéndose levantado viento, una tierra fina, rojiza y sucia que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndole continuamente de un modo insoportable. Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y hubiese decaído su ánimo por completo si el _capataz_ no le dirigiese de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar el campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía entre sí: “¡Oh! ¡A la noche no llego; no llego a la noche. ¡Hoy me muero en el camino!”. Y los trabajos crecían, los malos tratos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el _capataz_, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: “¡Haz esto, holgazán! ¡Lleva esto a tu madre!”. El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al _capataz_, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido, e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: “¡Oh! ¡Madre mía! ¡Madre mía...! ¡Oh, pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!”. Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del _capataz_, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo. Hacía más de dos semanas que estaba en marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el _capataz_ le avisó que debía separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, le despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo de besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente le habían maltratado, parece que sintieron un poco de lástima al verle quedarse solo, y le decían adiós con la mano al alejarse; él devolvió el saludo con la mano, se quedó mirando el convoy, que se perdió entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.

Una cosa, sin embargo, le animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura interminable y siempre igual, veía delante de sí una cadena de altísimas montañas azules con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes y le parecía que iba a acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del Continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar Glacial del polo Ártico, por 110 grados de latitud. También le animaba el sentir que el aire se iba haciendo cada vez más caliente; y sucedía esto porque, marchando hacia el Norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía de vez en cuando mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios, con caras nuevas completamente para él, color de tierra con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas, prominentes, los cuales lo miraban fijos y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios. El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir en Italia que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía; tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces le daba gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio conforme iba andando. Después pensaba: “¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!”. Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en tantas cosas de ella, que traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas, bajo la barba, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que, a veces, lo cogía en sus brazos, diciéndole: “¡Estate aquí un poco conmigo!”; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregado a sus pensamientos. Y se decía entre sí: “¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?”. Y andaba, andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron: “Tucumán está a cinco leguas de aquí.” Dió un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fué breve ilusión. Las fuerzas le abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: “Oh, madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?”.

¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para andar aún y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma, en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien. La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas del marido, ni del primo; el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia; la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada. Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.

Un médico afamado de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente. “No, queridos señores--decía ella--; no tiene cuenta; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré entre los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido a mi familia”. Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras prorrumpía en llanto. “¡Oh! ¡Hijos míos! ¡Hijos míos!--exclamaba, juntando sus manos--. ¡Quizá ya no existan! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aun con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme: es mi destino! Estoy decidida”. Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían: “No, no diga eso”, cogiéndola de las manos y suplicándola. La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía, parecer muerta... Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión, a la débil luz de la lamparilla, aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir..., ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada...!

Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado, tambaleándose, pero lleno de ánimo, en la ciudad de Tucumán una de las más jóvenes y florecientes de la República Argentina. Le parecía volver a ver a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas y larguísimas, y aquellas casas bajas, blancas; pero por todas partes se veía nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia. Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre las gentes una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta y con ánimo resuelto preguntó:

“¿Me sabrán decir, señores, dónde está la familia Mequínez?” “¿Del ingeniero Mequínez?”, preguntó a su vez el de la tienda. “Sí, del ingeniero Mequínez,” respondió el muchacho con voz apagada. “La familia Mequínez--dijo el de la tienda--no está en Tucumán”.

Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fué el eco de aquellas palabras.

El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos. “¿Qué ocurre? ¿Qué tienes muchacho?--dijo el tendero haciéndole entrar en la tienda y sentarse--; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí; pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!”. “¿Dónde? ¿Dónde?”, gritó Marcos, levantándose como un resucitado. “A unas quince millas de aquí--continuó el hombre--; a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas”. “Yo estuve allí hace poco”, dijo un joven que había acudido al oír el grito.

Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo: “¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?”. “¿La _genovesa_? La he visto”.

Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto. Luego, con impulso de violenta resolución: “¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto; enseñadme el camino!”. “¡Pero si hay una jornada de marcha!--le dijeron todos a una voz--; estás cansado y debes reposar; partirás mañana”. “¡Imposible!”. “¡Imposible!--respondió el muchacho--. ¡Decidme por dónde se va: no espero ni un momento; en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino”.

Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más. “¡Que Dios te acompañe!--le dijeron--. Ten cuidado con el camino por el bosque”. “Buen viaje, _italianito_”. Un hombre le acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dió algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su baulillo a la espalda, por entre los árboles espesos que flanqueaban el camino.

Aquella noche fué tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces que le arrancaban alaridos, capaces de destrozar sus venas, y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aun cuando hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitud de desesperación que traspasaba el alma, gritando: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeño, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No sabéis qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírle; ¡pobrecillo! Parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre. ¡Pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah! ¡Si me hubiese muerto en aquel mismo momento en que me decía ‘¡adiós!’. ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre niño; él, que me quería tanto, que tanta necesidad tenía de mis cuidados; sin madre, en la miseria, tendrá que ir pidiendo limosna; él, Marcos, tenderá su mano, hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡El médico! ¡Llamadlo en seguida! ¡Que venga y que me corte, que me haga pedazos las entrañas, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme, quiero vivir, marchar, huir, mañana, en seguida! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Favor!”. Y las mujeres le sujetaban las manos, la acariciaban; suplicando, la hacían volver en sí poco a poco, y la hablaban de Dios y de esperanza. Ella entonces caía en mortal abatimiento, lloraba, con las manos hundidas entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzando lamentos prolongados y murmurando de vez en cuando: “¡Oh, Génova mía! ¡Mi casa! ¡Todo aquel mar...! ¡Oh, mi Marcos, mi infeliz Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura mía!”.

Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados, semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna. Vagamente, en aquella media obscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba la furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos, verticales y apretados como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía grande estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre. Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrantes solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que a grandes intervalos pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas, y alguno que otro búfalo dormido en el camino; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia. Y una cosa nueva pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre obscurecida y como un poco borrada por los dos años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos la cara entera y pura de su madre como hacía mucho tiempo no la había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos todos, todas las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible iba creciendo en su corazón, que hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco: “¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida!”. Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna, con la blancura delicada del alba.

A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán--un joven argentino--estaba ya al lado de la cama de la enferma, acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose exhausta de fuerzas, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima, o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez: “¡Pero si la operación es segura y vuestra salvación cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura”. Eran palabras lanzadas al aire: “No--respondía siempre con su débil voz--; todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila”. El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama y le hizo con voz moribunda sus postreras súplicas. “Mi querida y buena señora--dijo con gran trabajo sollozando--; usted mandará los pocos cuartos que tengo y todas mis cosas a mi familia... por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles... que siempre he pensado en ellos..., que he trabajado para ellos..., para mis hijos... y que mi único dolor es no volverlos a ver más...; pero que he muerto con valor..., resignada..., bendiciéndoles; y que recomiendo a mi marido... y a mi hijo mayor, al más pequeño, a mi pobre Marcos... a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento”.Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos: “¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida...!”. Pero, girando los ojos anegados en llanto, vió que su ama no estaba ya a su lado; habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido, No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía rumor de pasos presuntuoso, murmullo de voces precipitadas y bajas y de exclamaciones contenidas.

La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Parecióle oír que el médico decía a la señora: “Es mejor en seguida”. La enferma no comprendía.

“Josefa--le dijo el ama con voz temblorosa--, tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia”.

La mujer se quedó mirándola con fijeza.