Comedias, tomo 3 de 3

Part 6

Chapter 63,913 wordsPublic domain

«Tú lo ves, ínclito Aquiles.»[316] Vamos, ¿qué dices tú a todo eso? Procura que la ira no te arrastre más allá de la meta, pues te ha dicho cosas terribles. Noble Esquilo, no le respondas con ferocidad, recoge tus velas y deja solo algunos cabos a merced de los vientos; dirige con circunspección tu nave, y no avances hasta conseguir una brisa leda y apacible. Vamos, tú que fuiste el primero de los griegos en dar pompa[317] y elevación al estilo exornando la Musa trágica, abre atrevidamente tus esclusas.

ESQUILO.

Esta lucha me enfurece; solo al considerar que tengo que disputar con él, hierve mi bilis. ¡Mas que no crea haberme vencido! Respóndeme: ¿qué es lo que se admira en un poeta?

EURÍPIDES.

Los hábiles consejos que hacen mejor a los ciudadanos.

ESQUILO.

Y si tú, lejos de obrar así, los has hecho malísimos, de nobles y buenos que eran antes, ¿cuál castigo merecerás?

BACO.

La muerte; no lo preguntes.

ESQUILO.

Pues bien, mira cómo te los dejé yo: valientes, de elevada estatura,[318] sin rehuir las públicas cargas,[319] no holgazanes, charlatanes y bribones como los de hoy, sino apasionados por las lanzas, las picas, los cascos de blancas cimeras, las grebas y corazas, verdaderos corazones de hierro, defendidos por el séptuple escudo de Áyax.[320]

EURÍPIDES.

El mal va en aumento: me va a aplastar bajo el peso de tantas armas.

BACO.

¿Y cómo conseguiste hacerlos tan valientes? Responde, Esquilo, y modera tu arrogante jactancia.

ESQUILO.

Componiendo un drama lleno del espíritu de Marte.

BACO.

¿Cuál?

ESQUILO.

_Los Siete sobre Tebas_.[321] Todos los espectadores salían llenos de bélico furor.

BACO.

En eso obraste mal; pues hiciste que los tebanos fueran mucho más atrevidos para la guerra, lo cual merece castigo.

ESQUILO.

Vosotros podíais también haberos dedicado a ello, pero no quisisteis. Después con _Los Persas_, mi obra maestra, os inspiré un ardiente deseo de vencer siempre a los enemigos.

BACO.

Es verdad; me alegré mucho a la noticia de la muerte de Darío;[322] y el coro palmoteó al punto, exclamando: ¡Victoria!

ESQUILO.

Estos son los asuntos que deben tratar los poetas. Considerad, si no, qué servicios prestaron los más ilustres desde la antigüedad más remota: Orfeo[323] nos enseñó las iniciaciones y el horror al homicidio; Museo,[324] los remedios de las enfermedades y los oráculos; Hesíodo, la agricultura y el tiempo de las sementeras y recolecciones;[325] y al divino Homero, ¿de dónde le ha venido tanta gloria, sino de haber enseñado cosas útiles, la estrategia, las virtudes bélicas y la profesión de las armas?

BACO.

Sin embargo, no ha podido instruir en nada al architonto de Pantacles;[326] hace poco debía de ir al frente de una procesión, y después de haberse atado el casco, se acordó de que no le había puesto la cimera.

ESQUILO.

En cambio ha educado a otros mil valientes, entre ellos el héroe Lámaco.[327] Inspirándose en él mi fantasía, representó las hazañas de los Patroclos[328] y los Teucros,[329] bravos como leones, para excitar a imitarlos a todos los ciudadanos en cuanto resuena el bélico clarín. Nunca puse en escena Fedras ni impúdicas Estenebeas;[330] y nadie podrá decir que he pintado en mis versos una mujer enamorada.[331]

EURÍPIDES.

Es verdad, jamás has conocido a Venus.

ESQUILO.

Ni la quiero conocer; en cambio, por tu mal, tú y los tuyos la conocéis demasiado.

BACO.

Cierto, cierto; los delitos que imputaste a las mujeres de otros los viste en la tuya propia.[332]

EURÍPIDES.

Pero, importuno, ¿qué mal hacen a la república mis Estenebeas?

ESQUILO.

Las nobles esposas de los ciudadanos nobles han bebido la cicuta arrastradas por la vergüenza que les han causado tus Belerofontes.[333]

EURÍPIDES.

¿He cambiado en lo más mínimo la historia de Fedra?

ESQUILO.

Es verdad, no la has cambiado; pero un buen poeta debe ocultar el vicio y no sacarlo a luz y ponerlo en escena;[334] pues ha de ser para los adultos lo que para los niños los maestros. Nuestra obligación es enseñar solo el bien.

EURÍPIDES.

¿Y cuando tú hablas de los Licabetos y de las altas cumbres del Parnaso,[335] nos enseñas el bien? ¿Por qué no empleas un lenguaje humano?

ESQUILO.

Pero, desdichado, las expresiones deben ser proporcionadas a la elevación de las sentencias y pensamientos. El lenguaje de los semidioses debe ser sublime, lo mismo que sus vestiduras deben ser más ostentosas que las nuestras. Lo que yo ennoblecí, tú lo has degradado.

EURÍPIDES.

¿Cómo?

ESQUILO.

En primer lugar, vistiendo de harapos a los reyes para que inspirasen más profunda compasión.

EURÍPIDES.

¿Qué mal hay en eso?

ESQUILO.

Por culpa tuya ningún rico quiere armar ya a su costa una galera; pues para librarse del compromiso se cubre de andrajos, llora y dice que es pobre.

BACO.

Es verdad, por Ceres; y debajo lleva una túnica de lana fina; y después de habernos engañado se le ve aparecer en la pescadería...[336]

ESQUILO.

En segundo lugar, tú has inspirado tal afición a la charlatanería y las argucias, que las palestras están abandonadas, los jóvenes corrompidos,[337] y los marineros se atreven a contradecir a sus comandantes; en mis tiempos no sabían más que pedir su ración de pan y gritar «¡Rippape!»[338]

BACO.

¡Oh!, pues ahora, ya saben lanzar un flato[339] a la boca del remero del banco inferior y embrear a sus compañeros; y cuando desembarcan, robar los vestidos al primer transeúnte, y pasarse el tiempo en discusiones, sin cuidarse de remar, dejando que la nave bogue a la ventura.

ESQUILO.

¿De qué crímenes no es autor? ¿No ha puesto en escena alcahuetas, mujeres que paren en sagrado,[340] hermanas incestuosas,[341] y otras que dicen que la vida no es la vida?[342] Así es que nuestra ciudad se ha plagado de escribanos y bufones, especie de monos que tienen al pueblo constantemente engañado; mientras que ya nadie sabe llevar una antorcha,[343] por falta de ejercicio.

BACO.

Nadie, es verdad; así es que en las Panateneas me faltó poco para morir de risa viendo a un hombre blanco, gordo y pesado que corría encorvado y con un trabajo infinito, mucho más atrás que los otros. En la puerta del Cerámico, los espectadores le pegaron en el vientre, en el pecho, en los costados y en las nalgas, hasta que, en vista de aquella lluvia de palmadas, mi hombre soltó un flato[344] con el cual apagó la antorcha y se escapó.

CORO.

El negocio es importante; la disputa vehemente; grave la guerra. Difícil será el formar opinión, pues si el uno ataca vigorosamente, el otro huye el cuerpo con agilidad y responde con destreza. No permanezcáis siempre en el mismo terreno: tenéis abiertos muchos caminos e infinitas argucias. Decid, exponed, manifestad todos vuestros recursos viejos y nuevos; aventurad algunos argumentos alambicados e ingeniosos. No temáis que la ignorancia de los espectadores no pueda comprender vuestras sutilezas; lejos de ser gente ruda, todos se han ejercitado, y cada cual tiene su libro donde aprende sabias lecciones; además su natural ingenio está hoy más aguzado que nunca. Nada temáis, emplead todos los medios, pues estáis ante un público ilustrado.

EURÍPIDES.

Empecemos por sus prólogos; siendo lo primero que se encuentra en una tragedia, es natural que principiemos por ellos el estudio de este hábil poeta. Era oscuro en la exposición de sus asuntos.

BACO.

¿Cuál de sus prólogos vas a examinar?

EURÍPIDES.

Muchos. Recítame por de pronto el de la Orestiada.[345]

BACO.

Silencio todos. Recita tú, Esquilo.

ESQUILO.

«Subterráneo Mercurio, que vigilas Sobre el paterno reino, dame ayuda; Vengo al fin a mi patria y entro en ella.»[346]

BACO.

¿Hallas alguna falta en esos versos?

EURÍPIDES.

Más de doce.

BACO.

Pero si no son más que tres versos.

EURÍPIDES.

Es que cada uno tiene veinte faltas.

BACO.

Esquilo, te aconsejo que te calles: si no, además de esos tres yambos, te censurará otros muchos.

ESQUILO.

¿Yo callarme delante de ese?

BACO.

Si me haces caso.

EURÍPIDES.

En el principio ha cometido ya una falta enorme.

ESQUILO. (_A Baco._)

¿No ves que no tienes razón?

BACO.

Sea. A mí poco me importa.

ESQUILO. (_A Eurípides._)

¿Dónde dices que está la falta?

EURÍPIDES.

Repite desde el principio.

ESQUILO.

Mercurio subterráneo, que vigilas Sobre el paterno reino...

EURÍPIDES.

Eso lo dice Orestes ante la tumba de su padre, ¿verdad?

ESQUILO.

No lo niego.

EURÍPIDES.

¿De suerte que quiere decir que Mercurio velaba por su padre, para que cayendo en un pérfido lazo fuese vilmente asesinado por su mujer?

ESQUILO.

No es al dios de la astucia, sino al Mercurio benéfico al que llama subterráneo; y lo prueba diciendo que recibió esa misión de su padre.

EURÍPIDES.

Entonces el yerro es más grande de lo que yo pretendía; pues si recibió de su padre aquella misión subterránea...

BACO.

Es que su padre le había nombrado enterrador.

ESQUILO.

¡Ay Baco! tu vino no está perfumado.[347]

BACO.

Recita el otro verso; y tú acecha sus faltas.

ESQUILO.

«... dame ayuda; Vengo al fin a mi patria y entro en ella.»

EURÍPIDES.

El sabio Esquilo nos dice dos veces la misma cosa.

BACO.

¿Cómo dos veces?

EURÍPIDES.

Examina esa frase y te haré ver la repetición. «Vengo al fin a mi patria», dice, «y entro en ella.» _Vengo_ es enteramente lo mismo que _entro_.

BACO.

Entiendo; es como si uno dijera a su vecino: «Préstame la artesa, o si quieres el arca de amasar.»

ESQUILO.

No es lo mismo, charlatán; mi verso es inmejorable.

BACO.

¿Cómo? Pruébamelo.

ESQUILO.

Todo el que goza de los derechos de ciudadanía puede _venir_ a su patria, porque _viene_ sin haber experimentado antes ningún infortunio; pero el desterrado _viene_ y _entra_.[348]

BACO.

¡Muy bien, por Apolo! ¿Qué dices a eso, Eurípides?

EURÍPIDES.

Digo que Orestes no _entró_ en su patria, porque vino secretamente, sin haber obtenido la competente autorización de los que entonces ejercían el mando.

BACO.

¡Muy bien, por Mercurio! Pero no te comprendo.

EURÍPIDES.

Recita, pues, otro.

BACO.

Vamos, Esquilo, recítalo pronto. Tú acecha las faltas.

ESQUILO.

«Invocando los manes de mi padre Sobre su propia tumba, que se digne Oírme y escucharme le suplico.»[349]

EURÍPIDES.

Otra repetición: _oír_ y _escuchar_ son dos cosas idénticas.

BACO.

Pero, desdichado, ¿no ves que estaba hablando con los muertos, a los que no basta invocar tres veces?[350]

ESQUILO.

Y tú, ¿cómo hacías los prólogos?

EURÍPIDES.

Te lo voy a decir; y si encuentras una sola repetición, o un solo ripio, me doy por vencido.

BACO.

Empieza ya: mi deber es escucharte; veamos qué hermosos son los versos de tus prólogos.

EURÍPIDES.

«Edipo, que al principio era dichoso.»[351]

ESQUILO.

De ningún modo; su sino era la desgracia, pues ya antes de ser engendrado, Apolo predijo que mataría a su padre, y aún no había nacido. ¿Cómo, pues, al principio era dichoso?

EURÍPIDES.

«¡Mortal infelicísimo fue luego!»

ESQUILO.

De ningún modo, repito. No dejó de ser lo que era. Además esa felicidad fue imposible. Apenas nació ya le expusieron metido en una olla[352] en el rigor del invierno, para que no llegase a ser el asesino de su padre; después, por desgracia suya, llegó al palacio de Pólibo, con los pies hinchados;[353] luego, joven todavía, se casó con una vieja, que por añadidura era su madre,[354] y por último se sacó los ojos.

BACO.

¡Feliz él si hubiera mandado la escuadra con Erasínides![355]

EURÍPIDES.

Desbarras, mis prólogos son buenos.

ESQUILO.

Por Júpiter, no pienso ir desmenuzando tus versos palabra por palabra, sino con la ayuda de los dioses aniquilar tus prólogos sin más que con una pequeña alcuza.

EURÍPIDES.

¿Con una alcuza?

ESQUILO.

Sí, con una sola; pues tus yambos son de tal naturaleza que se les puede añadir lo que se quiera, un pellejito, una alcucita, un saquito, como te lo demostraré en seguida.

EURÍPIDES.

¿Tú demostrarme eso?

ESQUILO.

Sí, yo.

BACO.

Vamos, recita.

EURÍPIDES.

Cuando, según la fama más creída, Con sus cincuenta hijas llegó Egipto De Argos a la región...[356]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.[357]

EURÍPIDES.

¿Qué alcuza? ¡Así te mueras!

BACO.

Recita otro prólogo, y veamos.

EURÍPIDES.

Baco, que armado del pomposo tirso Y cubierto de pieles de cervato, Danza en las cumbres del Parnaso agreste De antorchas al fulgor...[358]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

De nuevo nos sacude con su alcuza.

EURÍPIDES.

No nos fastidiará más, pues a este prólogo no le podrá colgar la alcuza.

No existe, no, felicidad completa; Tal de ilustre familia, es pobre; y otro De modesta extracción...[359]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Eurípides!

EURÍPIDES.

¿Qué hay?

BACO.

Recoge velas; pues esta alcuza va a convertirse en huracán.

EURÍPIDES.

Poco se me importa, por Ceres; ya verás cómo se lo hago soltar de las manos.

BACO.

Continúa recitando, y mucho ojo con la alcuza.

EURÍPIDES.

La ciudad de Sidón abandonando Cadmo, hijo de Agenor...[360]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Ay, amigo mío! Cómprale esa bendita alcuza, pues, si no, nos va a echar a pique todos los prólogos.

EURÍPIDES.

¡Cómo! ¿yo comprársela?

BACO.

Si me haces caso.

EURÍPIDES.

No, por cierto. Puedo citarle una porción de prólogos, a los que no podrá aplicarles la alcuza.

Pélope, hijo de Tántalo, partiendo Para Pisa, animando los corceles De su carro veloz...[361]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¿Lo ves? De nuevo le ha colgado su alcuza. Vamos, Esquilo, véndesela a cualquier precio; que tú por un óbolo podrás comprar otra hermosísima.

EURÍPIDES.

Te digo que no; aún me quedan muchos.

Eneo en su heredad...[362]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

EURÍPIDES.

Déjame acabar el primer verso.

Eneo en su heredad, habiendo un día Pingüe cosecha recogido y de ella Ofrecido a los dioses las primicias En piadosa oblación...

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Durante el sacrificio! ¿Quién se la quitó?

EURÍPIDES.

Permíteme, amigo mío, que pruebe con este verso:

Jove (la verdad misma lo asegura)[363]

BACO.

Estás perdido; en seguida va a añadir: «Perdió su alcuza.» Porque la tal alcuza se adhiere a tus prólogos como el orzuelo a los párpados. Pero, por todos los dioses, pasa ya a ocuparte de la parte lírica de sus dramas.

EURÍPIDES.

Puedo demostrar hasta la evidencia que sus cantos son perversos y llenos de las mismas repeticiones.

CORO.

¿En qué parará esto? Ansioso estoy de saber qué censuras se atreverá a presentar contra sus infinitos y bellísisimos cantos, tan superiores a los de los poetas del día; no acierto a comprender en qué podrá motejar a este rey de las fiestas de Baco,[364] y le auguro una derrota.

EURÍPIDES.

¡Sí! ¡Admirables cantos líricos! Ahora se verá, pues voy a reunirlos todos en uno.

BACO.

Y yo a llevar la cuenta con estas piedrecitas.

EURÍPIDES.

Aquiles,[365] rey de Ftía, ¿por qué, si oyes El estruendo feral de la matanza, A aliviar sus trabajos, di, no vuelas?[366] Nosotros, habitantes de este lago, Culto rendimos al sagaz Mercurio, Egregio fundador de nuestra raza, Y a aliviar sus trabajos tú no corres.[367]

BACO.

Ya tienes dos _trabajos_, Esquilo.

EURÍPIDES.

¡Oh, el más ilustre aqueo, ínclito Atrida! Jefe de muchos pueblos poderosos,[368] ¿A aliviar sus trabajos tú no corres?

BACO.

Ya el tercer _trabajo_, Esquilo.

EURÍPIDES.

Silencio: las proféticas Melisas[369] De Diana van a abrir el templo augusto, ¿Y a aliviar sus trabajos tú no vuelas? Yo puedo proclamar que los guerreros[370] Partieron con auspicios la victoria, A aliviar sus trabajos tú no corres.

BACO.

¡Soberano Júpiter! ¡Qué infinidad de _trabajos_! Quiero ir a bañarme; pues con tantos _trabajos_, se me han inflamado los riñones.

EURÍPIDES.

Por favor, no te vayas antes de oír este canto arreglado para cítara.

BACO.

Sea; pero pronto y sin _trabajos_.

EURÍPIDES.[371]

¿Por qué los dos monarcas que comandan La ardiente juventud de los Aqueos, Flatotrato-flatotrat, La aterradora Esfinge han enviado, Perro factor de negros infortunios? Flatotrato-flatotrat, Vibrando el asta en la potente garra El ave que impetuosa y vengadora, Flatotrato-flatotrat. Entrega al crudo diente de los perros, Osados vagabundos de los aires, Flatotrato-flatotrat, Los que se inclinan al partido de Áyax, Flatotrato-flatotrat.

BACO.

¿Qué es ese flatotrat? ¿En Maratón, o dónde has recogido ese canto de aguadores?

ESQUILO.

No; yo di a lo que era ya bueno una forma igualmente bella, para que no se dijese que cogía en el jardín sagrado de las Musas las mismas flores que Frínico.[372] Pero Eurípides, para tomar sus cantos, acude a los de todas las meretrices, y a los escolios de Meleto,[373] a los aires de la flauta caria, a los acentos doloridos, y a los himnos coreográficos, como os lo voy a demostrar sobre la marcha. Traedme una lira. ¿Pero qué necesidad hay de lira para este? ¿Dónde está la mujer que toca las castañuelas? Ven, oh Musa de Eurípides. Tú eres la única digna de modular sus canciones.

BACO.

¿No ha imitado nunca esa Musa a las Lesbenses?[374]

ESQUILO.[375]

Alciones que gorjeáis sobre las olas Infinitas del piélago salado, Con gotas titilantes De rocío menudas y cambiantes El nítido plumaje salpicado; Arañas que en los lóbregos rincones De las habitaciones Hi-i-i-láis[376] la trama prodigiosa Con la pata ligera, Y con la resonante lanzadera. El delfín cautivado Por el son de las flautas delicadas, Augurando un buen viaje, Salta regocijado En torno de las proas azuladas. Adorno de la vid, crespo follaje, Sostén lozano del racimo bello, Enlaza, hijo, tus brazos a mi cuello.

¿Ves tú el ritmo?

BACO.

Lo veo.

ESQUILO.

¡Cómo! ¿Lo ves?

BACO.

Lo veo.

ESQUILO.

¿Y tú, autor de semejantes versos; tú que imitas al componerlos las doce posturas de Cirene,[377] te atreves a censurar los míos? Tales son sus cantos líricos: examinemos ahora sus monólogos:[378]

Oscuridad profunda de la noche, Del fondo de tu abismo tenebroso ¿Qué ensueño pavoroso Envías a mi mente conturbada? Sin duda es un aborto del averno, Un alma inanimada, De horrible aspecto y de letal mirada, Un hijo de la noche y del infierno, De uñas de acero y veste rozagante. La lámpara brillante, Esclavas, encended, y al cristalino Río hurtadle la linfa en vuestras urnas; Calentadla y podré de este divino Sueño purificarme, Que en las horas nocturnas Ha venido espantoso a atormentarme. ¡Oh Neptuno! ¿Qué es esto? El prodigio funesto Ved, mis consortes en destino impío, ¡Ah, Glice sin entrañas Huye, huye, y se lleva el gallo mío! ¡Ninfas de las montañas, Y tú, Mania, prended, prended a Glice! Yo que estaba ¡infelice! A mi labor atenta El blanco lino hi-i-i-i-ilando Que mi rueca cubría, Y el ovillo formando Que al despuntar el día En la plaza pensaba A buen precio vender; mas él volaba, ¡Ay!, volaba[379] y con alas incansables Por el éter cruzaba; Y penas, penas, ¡ay!, interminables, Me dejó solamente, Y tristezas y enojos, Y convertidos en perenne fuente De lágrimas, ¡de lágrimas mis ojos! Cretenses, acudid; hijos del Ida, Con el arco homicida En mi auxilio volad, cercad la casa; Divina cazadora, Diana gentil, acude con tus canes Y registra los últimos desvanes. Hécate, hija de Júpiter, enciende Dos antorchas, y guía A la mansión de la ladrona Glice; Quizá, quizá a su luz, ¡ay infelice! Pueda encontrar la pobre hacienda mía.

BACO.

Basta de coros.

ESQUILO.

Sí, basta. Ahora quiero traer una balanza, pues es el único medio de aquilatar el valor de nuestra poesía, y calcular el peso de nuestras palabras.

BACO.

Vamos, venid. Me veo reducido a vender por libras el numen de los poetas, como si fuese queso.[380]

CORO.

Las gentes de talento son muy ingeniosas. He ahí una idea peregrina, admirable y extraña que antes a nadie se le había ocurrido. Yo, si alguno me lo hubiese contado, no le hubiera dado crédito pensando que deliraba.

BACO.

Ea, acercaos a los platillos...

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya estamos.

BACO.

Recitad teniéndolos cogidos, cada uno un verso, y no los soltéis hasta que yo diga: ¡Cucú!

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya están cogidos.

BACO.

Decid ya un verso sobre la balanza.

EURÍPIDES.

«¡Oh, si el _Argos_ jamás volado hubiera!...»[381]

ESQUILO.

«¡Oh río Esperquio! ¡Oh pastos de los toros!...»[382]

BACO.

¡Cucú! Soltad. ¡Oh! el verso de Esquilo baja mucho más.

EURÍPIDES.

¿Por qué?

BACO.

Porque, a ejemplo de los vendedores de lana, ha mojado su verso, poniendo en él un río, y tú le has aligerado poniéndole alas.

EURÍPIDES.

Que recite otro y lo pese.

BACO.

Coged de nuevo los platillos.

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya están.

BACO. (_A Eurípides._)

Di.

EURÍPIDES.

«De la Persuasión dulce es la elocuencia El único santuario...»[383]

ESQUILO.

«Solo la muerte es la deidad que no ama Las oblaciones pías...»[384]

BACO.

Soltad, soltad. De nuevo la balanza cae hacia el lado de Esquilo; y es porque ha echado en el plato la Muerte, que es el más pesado de los males.

EURÍPIDES.

Y yo la Persuasión; mi verso es inmejorable.

BACO.

Pero la Persuasión es cosa ligera y de poco peso. Vamos, busca entre tus versos más pesados uno muy robusto y vigoroso que incline la balanza a tu favor.

EURÍPIDES.

¿Pero dónde encontrarlo? ¿Dónde?

BACO.

Yo te lo diré: «Aquiles ha sacado dos y cuatro.»[385] Recitad; esta es la última prueba.

EURÍPIDES.

«Se apoderó de una ferrada maza...»[386]

ESQUILO.

«El carro sobre el carro, y el cadáver Sobre el cadáver...»[387]

BACO. (_A Eurípides._)

Otra vez te ha vencido.

EURÍPIDES.

¿Cómo?

BACO.

Ha puesto dos carros y dos cadáveres, cuyo peso no podrían levantar ni cien egipcios.[388]

ESQUILO.

Dejémonos de disputar verso por verso: póngase Eurípides en un plato de la balanza, con sus hijos, su mujer, Cefisofonte[389] y todos sus libros, y yo pondré solamente dos versos en el otro.

BACO.

Ambos poetas son amigos míos, y no quiero decidir la cuestión, pues sentiría enemistarme con uno de ellos. El uno me parece muy diestro; el otro me encanta.

* * * * *

PLUTÓN.

Entonces no has logrado el objeto de tu viaje.

BACO.

¿Y si sentencio?

PLUTÓN.

Te llevarás al que prefieras; y no habrás hecho en balde el viaje.

BACO.

Gracias, Plutón. Ahora, escuchadme: yo he bajado aquí en busca de un poeta...

EURÍPIDES.

¿Para qué?

BACO.

Para que la ciudad, una vez libre de peligros,[390] haga representar sus tragedias. Estoy resuelto a llevarme aquel de vosotros que me dé un buen consejo para la república. Decidme: ¿qué pensáis de Alcibíades? Esta es cuestión que ha puesto a parir a Atenas.[391]

EURÍPIDES.

¿Y qué piensa de él?

BACO.

¿Qué piensa? Le desea, le aborrece y no puede pasarse sin él. Vamos, decid vuestra opinión.

EURÍPIDES.

Detesto al ciudadano lento en ayudar a su patria, pronto en hacerla daño, hábil para el propio interés, torpe para los del Estado.

BACO.

¡Bien, por Neptuno! Sepamos ahora tu parecer.

ESQUILO.

No conviene criar en la ciudad al cachorro del león. Lo mejor es esto; pero una vez criado, es necesario someterse a sus caprichos.

BACO.

Por Júpiter salvador, quedo en la misma indecisión; el uno habló con ingenio y el otro con claridad. Decidme ambos vuestra opinión sobre los medios de salvar la república.

EURÍPIDES.

Poniendo a Cinesias, a modo de alas, sobre Cleócrito,[392] de suerte que el viento se llevase a ambos sobre las olas del mar...

BACO.

La idea es chistosa, pero ¿a dónde vas a parar?

EURÍPIDES.

Cuando hubiera una batalla naval podrían echar vinagre a los ojos de nuestros enemigos. Pero voy a deciros otra cosa.

BACO.

Di.

EURÍPIDES.

Si confiamos en lo que ahora desconfiamos, y desconfiamos en lo que ahora confiamos...

BACO.

¿Cómo? No entiendo. Dilo más llana y comprensiblemente.

EURÍPIDES.