Comedias, tomo 3 de 3

Part 7

Chapter 73,854 wordsPublic domain

Si desconfiamos de los ciudadanos en que hoy confiamos, y empleamos a los que tenemos en olvido, quizá nos salvaremos. Pues si con aquellos somos infelices, ¿no conseguiremos ser felices empleando a sus contrarios?

BACO.

¡Admirable! Eres el hombre más ingenioso, un verdadero Palamedes.[393] Dime, ¿esa idea es tuya o de Cefisofonte?[394]

EURÍPIDES.

Es mía; la del vinagre es de Cefisofonte.

BACO.

¿Qué dices tú?

ESQUILO.

Dime antes a quiénes emplea la república. ¿A los hombres de bien?

BACO.

No; los aborrece de muerte.

ESQUILO.

¿Le agradan los malos? BACO.

Tampoco; pero la necesidad le obliga a echar mano de ellos.

ESQUILO.

¿Qué medios de salvación puede haber para una ciudad que no quiere paño fino ni burdo?[395]

BACO.

Por favor, Esquilo, discurre alguno que nos saque del abismo.

ESQUILO.

En la tierra te lo diré; aquí no quiero.

BACO.

De ningún modo; envíales desde aquí la felicidad.

ESQUILO.

Se salvarán cuando crean que la tierra de sus enemigos es suya, y la suya de sus enemigos; y que sus naves son sus riquezas, y sus riquezas su ruina.[396]

BACO.

Muy bien; pero los jueces lo devoran todo.[397]

PLUTÓN. (_A Baco._)

Sentencia.

BACO.

Sentenciad vosotros. Yo elijo al predilecto de mi corazón.

EURÍPIDES.

Tomaste a los dioses por testigos de que me llevarías. Sé fiel a tu juramento y elige a tus amigos.

BACO.

«La lengua ha jurado»,[398] pero escojo a Esquilo.

EURÍPIDES.

¿Qué has hecho, miserable?

BACO.

¿Yo? Declarar vencedor a Esquilo. ¿Por qué no?

EURÍPIDES.

¿Y aún te atreves a mirarme a la cara después de tu vergonzosa felonía?

BACO.

¿Hay algo vergonzoso mientras el auditorio no lo tenga por tal?

EURÍPIDES.

Cruel, ¿me vas a dejar entre los muertos?

BACO.

¿Quién sabe si el vivir es morir, si el respirar es comer, si el sueño es un vellón?[399]

PLUTÓN.

Entrad. Baco, ven conmigo.

BACO.

¿Para qué?

PLUTÓN.

Para que os dé hospitalidad antes de que partáis.

BACO.

Bien dicho, por Júpiter; eso me agrada más.

* * * * *

CORO.

¡Feliz el poseedor de toda la sabiduría! Mil pruebas lo demuestran. Esquilo, gracias a su ingenio y habilidad, vuelve a su casa para dicha de sus conciudadanos, amigos y parientes. Guardémonos de charlar con Sócrates, despreciando la música y demás accesorios importantes de las Musas trágicas. El pasarse la vida en discursos enfáticos y vanas sutilezas, es haber perdido el juicio.

* * * * *

PLUTÓN.

Parte gozoso, Esquilo; salva nuestra ciudad con tus buenos consejos y castiga a los tontos: ¡hay tantos! Entrega esta cuerda[400] a Cleofón,[401] esta a los recaudadores Mírmex y Nicómaco,[402] y esta a Arquénomo,[403] y diles que se vengan por aquí pronto y sin tardar. Pues si no bajan en seguida, los agarro, los marco a fuego,[404] y atándolos de pies y manos con Adimante,[405] hijo de Leucólofo, los precipito, hechos un fardo, a los infiernos.

ESQUILO.

Cumpliré tus órdenes: coloca tú en mi trono a Sófocles para que me lo conserve y guarde, por si acaso vuelvo; porque después de mí, le creo el más hábil. En cuanto a ese intrigante, impostor y chocarrero, haz que jamás ocupe mi puesto, aun cuando quieran dárselo contra su voluntad.

PLUTÓN. (_Al Coro._)

Alumbradle con vuestras sagradas antorchas, y acompañadle cantando sus propios himnos y coros.

CORO.

Dioses infernales, conceded un buen viaje al poeta que retorna a la luz, y a nuestra ciudad grandes y sensatos pensamientos. De esta suerte nos libraréis de los grandes males y del horrible estruendo de las armas. Cleofón y los que como él piensan, váyanse a pelear a su patria.[406]

FIN DE LAS RANAS.

LAS JUNTERAS.

NOTICIA PRELIMINAR.

Protágoras, y después Platón, en sus tratados de _República_, habían sentado teorías peligrosas que el mágico estilo del segundo hacía más de temer. Aparte de mil innovaciones en lo relativo al gobierno y administración de los estados, las ideas más repugnantes a la naturaleza humana, que descuellan en la república del fundador de la Academia, son las relativas a la comunidad de bienes, y sobre todo a la de hijos y mujeres, reglamentada con detalles dignos de una ley para el fomento de la cría caballar.[407] Aristófanes, que ya había combatido enérgicamente a los filósofos en _Las Nubes_, vuelve a la carga contra ellos en _Las Junteras_,[408] cubriendo de ridículo sus hipótesis y quimeras sobre los dos puntos principales que acabamos de indicar; y mostrando con una serie de cuadros y de escenas, llenas de colorido y de verdad, los extremos a que conduciría el planteamiento de un comunismo absurdo.

El poeta se vale en _Las Junteras_ como en _La Lisístrata_ del sexo femenino para lograr su objeto, presentándonos una nueva conspiración mujeril. Las atenienses, capitaneadas por Praxágora, resuelven introducir cambios fundamentales en la constitución de la república. Disfrazadas de hombres, armadas de bastones lacedemonios, envueltas en los mantos de sus maridos, y oculto el rostro en sendas barbas postizas, invaden el Pnix antes de amanecer, no sin haber tenido un ensayo de oratoria. Aprovechándose de la pereza de los ciudadanos y de lo que les retrasa el no hallar sus vestidos, hacen aprobar una ley estableciendo la comunidad más completa en los bienes y en los goces del amor. Síguese una admirable escena del mismo corte de la del _Justo_ y el _Injusto_ en _Las Nubes_, en la cual Aristófanes pinta de mano maestra esos dos eternos tipos del bueno y del mal ciudadano, del hombre amante de la justicia y del que solo atiende a su particular interés. Vienen después otras en que varias viejas y una muchacha se disputan, con arreglo a las disposiciones recientes, el amor de un hermoso joven, descendiendo en ellas la Musa aristofánica, como lo resbaladizo del asunto hace suponer, a su acostumbrada licencia y obscenidad.

En esta comedia no hay que buscar el desarrollo de la acción, nudo, intriga ni desenlace, pues no es, como casi todas las de Aristófanes, especialmente _Las Ranas_ y _La Paz_, más que una serie de cuadros y animadas pinturas llenas de alegría, de chistes, de sales cómicas y de verdad. Entre los especiales méritos de _Las Junteras_, es de notar la elevación y gracia de su estilo, que en casi todas sus escenas tiene, al decir de Brumoy,[409] un aire trágico, parodia del de _La Melanipe_ de Eurípides, en que este delineaba el tipo de la mujer-filósofo, y que en las arengas preparatorias presenta burlescas imitaciones de los discursos que solían pronunciarse en el Pnix.

_Las Junteras_, según el dato nada más que probable que su verso 194 nos proporciona, debieron representarse el año 393 antes de Jesucristo, pues la alianza de que dicho pasaje hace mención se cree fuera la de los atenienses con los de Corinto, Beocia y Argólida en contra de Esparta, la cual se pactó en el referido año.

En esta comedia falta la parábasis, sin duda porque, después de la toma de Atenas por Lisandro, el gobierno de los Treinta prohibió a los poetas cómicos hacer alusiones personales y atacar la política, reduciéndoles a los límites de la sátira general.

PERSONAJES.

PRAXÁGORA. VARIAS MUJERES. CORO DE MUJERES. BLÉPIRO. UN HOMBRE. CREMES. CIUDADANO 1.º, que aporta sus bienes al común. CIUDADANO 2.º, que no los aporta. UN HERALDO. VARIAS VIEJAS. UNA JOVEN. UN JOVEN. UNA CRIADA. EL DUEÑO.

* * * * *

La acción pasa en la plaza pública de Atenas.

LAS JUNTERAS.

PRAXÁGORA. (_Adelantándose con una lámpara en la mano._)

¡Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla,[410] que desde esta altura atraes todas las miradas; tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del amor, sola nos asistes, y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos movimientos. Tú sola, al abrasar su vegetación feraz, iluminas nuestros recónditos encantos.[411] Tú sola nos acompañas cuando furtivamente penetramos en las despensas llenas de báquicos néctares y sazonadas frutas; y, aunque cómplice de nuestras fechorías, jamás se las revelas a la vecindad. Justo es, por tanto, que sepas también los actuales proyectos aprobados por las mujeres mis amigas en las fiestas de los Esciros.[412] Pero ninguna de las que deben acudir se presenta, y empieza ya a clarear el día y de un momento a otro dará principio la asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros puestos, que, como yo recordaréis, dijo el otro día Firómaco,[413] deben ser _los otros_,[414] y una vez sentadas, mantenernos ocultas. ¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido ponerse las barbas postizas como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse de los trajes de sus maridos? — ¡Ah!, allí veo una luz que se aproxima. Voy a retirarme un poco, no sea un hombre.

* * * * *

MUJER PRIMERA.

Ya es hora de marchar: cuando salíamos de casa, el heraldo ha cantado por segunda vez.[415]

PRAXÁGORA.

Yo he pasado toda la noche en vela esperándoos. Aguardad, voy a llamar a esta vecina arañando suavemente su puerta; porque es preciso que su marido nada note.

MUJER SEGUNDA.

Ya he oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no estaba dormida; pero mi esposo, que es un marinero de Salamina, no me ha dejado descansar en toda la noche; en este mismo momento he podido por fin apoderarme de sus vestidos.

MUJER PRIMERA.

Ya vienen Clináreta, Sóstrata y su vecina Filéneta.

PRAXÁGORA.

¡Apresuraos! Glice ha jurado que la que llegue la última pagará en castigo tres congios de vino y un quénice de garbanzos.

MUJER PRIMERA.

¿Ves a Melística, la mujer de Esmicitión, que viene con los zapatos de su marido? Esa es la única, a mi parecer, que se ha separado sin dificultad de su esposo.

MUJER SEGUNDA.

Mirad a Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano, acompañada de las esposas de Filodoreto y Querétades.

PRAXÁGORA.

Veo también a otras muchas, flor y nata de la ciudad, que se dirigen hacia nosotras.

MUJER TERCERA.

Querida mía, me ha costado un trabajo infinito el poder escaparme de casa sin que me vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche[416] por haber cenado demasiadas sardinas.

PRAXÁGORA.

Sentaos; y ya que estáis reunidas, decidme si habéis cumplido o no lo que acordamos en la fiesta de los Esciros.

MUJER CUARTA.

Yo sí. Lo primero que hice, como convinimos, fue ponerme los sobacos más hirsutos que un matorral. Después, cuando mi marido se iba a la plaza, me untaba con aceite de pies a cabeza, y me tostaba al sol durante todo el día.[417]

MUJER QUINTA.

Yo también he suprimido el uso de la navaja[418] para estar completamente velluda, y no parecer mujer en nada absolutamente.

PRAXÁGORA.

¿Traéis las barbas con que acordamos presentarnos todas en la asamblea?

MUJER CUARTA.

¡Por Hécate! Yo tengo una hermosísima.

MUJER QUINTA.

Y yo otra más bella que la de Epícrates.[419]

PRAXÁGORA.

Y vosotras, ¿qué decís?

MUJER CUARTA.

Hacen señas afirmativas.

PRAXÁGORA.

También veo que os habéis provisto de lo demás; pues traéis calzado lacedemonio, bastones y trajes de hombre, como dijimos.

MUJER SEXTA.

Yo traigo el bastón de Lamia, a quien se lo he quitado mientras dormía.

PRAXÁGORA.

Es uno de aquellos bastones bajo cuyo peso se doblega.[420]

MUJER SEXTA.

¡Por Júpiter salvador! Si ese hombre se pusiera la piel de Argos,[421] sería el único para administrar la cosa pública.

PRAXÁGORA.

Ea, mientras hay todavía estrellas en el cielo dispongamos lo que debemos hacer; pues la asamblea, para la cual venimos dispuestas, principiará con la aurora.

MUJER PRIMERA.

¡Por Júpiter! Tú debes tomar asiento al lado de la tribuna, frente a los Pritáneos.

MUJER SÉPTIMA.

Yo me he traído esta lana para carmenarla durante la asamblea.

PRAXÁGORA.

¿Durante la asamblea? ¡Desdichada!

MUJER SÉPTIMA.

Sin género de duda. ¿Dejaré de oír porque esté cardando? Tengo a mis hijitos desnudos.

PRAXÁGORA.

¡Esta quiere cardar cuando es preciso no dejar ver a los asistentes ninguna parte de nuestro cuerpo! ¡Estaría bonito que en medio de la multitud una de nosotras se lanzase a la tribuna, y se dejase ver al natural![422] Por el contrario, si envueltas en nuestros mantos ocupamos los primeros puestos, nadie nos reconocerá; y si además sacamos fuera del embozo nuestras soberbias barbas y las dejamos extenderse sobre el pecho, ¿quién será capaz de no tomarnos por hombres? Agirrio,[423] gracias a la barba de Prónomo,[424] engañó a todo el mundo: antes era mujer, y ahora, como sabéis, ocupa el primer puesto en la ciudad. Por tanto, yo os conjuro por el día que va a nacer, a que acometamos esta audaz y grande empresa para ver si logramos apoderarnos del gobierno en pro de la república; porque al presente ni a remo ni a vela se mueve la nave del Estado.

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero cómo podrán encontrarse oradores en una junta de mujeres?

PRAXÁGORA.

Nada más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes más disolutos sean en general los de mejor palabra; y, por fortuna, esta condición no nos falta a nosotras.

MUJER SÉPTIMA.

No sé, no sé; la inexperiencia es peligrosa.

PRAXÁGORA.

Por eso mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos. Vamos, poneos pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado en hablar.

MUJER OCTAVA.

Pero, loca, ¿quién de nosotras no sabe hablar?

PRAXÁGORA.

Ea, ponte la barba y conviértete cuanto antes en hombre. Aquí dejo las coronas;[425] ahora me voy a plantar yo también la barba, por si acaso tengo necesidad de decir algo.

MUJER SEGUNDA.

Querida Praxágora, ¡mira, mira qué ridiculez!

PRAXÁGORA.

¿Cómo ridiculez?

MUJER SEGUNDA.

Nuestras barbas parecen una sarta de calamares asados.

PRAXÁGORA.

Purificador, da vuelta con el gato;[426] adelante; silencio. Arífrades,[427] pasa y ocupa tu puesto. ¿Quién quiere usar de la palabra?

MUJER OCTAVA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Ponte esa corona,[428] y buena suerte.

MUJER OCTAVA.

Ya está.

PRAXÁGORA.

Principia, pues.

MUJER OCTAVA.

¿Antes de beber?

PRAXÁGORA.

¿Cómo beber?

MUJER OCTAVA.

Pues si no, necia, ¿para qué necesito la corona?

PRAXÁGORA.

Vete; quizá allí nos hubieras hecho lo mismo.

MUJER OCTAVA.

¿Pero suelen beber los hombres en la asamblea?

PRAXÁGORA.

¡Vuelta al beber!

MUJER OCTAVA.

Sí, por Diana, y de lo más puro. Por eso, a los que los examinan y estudian detenidamente les parecen sus insensatos decretos resoluciones de borrachos. Además, si no hubiese vino, ¿cómo harían las libaciones a Júpiter, y demás ceremonias? Por otra parte, suelen maltratarse como personas que han bebido demasiado, y los arqueros se ven obligados a llevarse de la asamblea a más de un borracho revoltoso.

PRAXÁGORA.

Vete y siéntate; no sirves para nada.

MUJER OCTAVA.

Para eso, maldita la falta que me hacía el haberme puesto la barba: la sed me abrasa las entrañas.

PRAXÁGORA.

¿Hay alguna otra que quiera hablar?

MUJER NOVENA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Pues ponte la corona: la cosa marcha. Procura pronunciar un discurso bello y vigoroso, apoyándote con majestad sobre tu báculo.

MUJER NOVENA.

«Hubiera deseado ciertamente que cualquiera de los que están avezados a las lides oratorias me hubiera permitido con lo excelente de sus proposiciones permanecer tranquilo en mi lugar; mas no puedo consentir, por lo que a mí respecta, que en las tabernas se construyan aljibes.[429] ¡No, por las dos diosas!...»

PRAXÁGORA.

¡Por las dos diosas![430] ¿En qué estás pensando, desdichada?

MUJER NOVENA.

¿Qué hay? Todavía no te he pedido de beber.

PRAXÁGORA.

Es verdad; pero, siendo hombre, has jurado por las dos diosas: lo demás ha estado bien.

MUJER NOVENA.

Tienes razón, por Apolo.

PRAXÁGORA.

¡Basta! No doy un paso para ir a la asamblea sin que todo quede perfectamente arreglado.

MUJER NOVENA.

Dame la corona: voy a arengar de nuevo. Ahora ya creo que lo he pensado bien. «En cuanto a mí, oh mujeres aquí reunidas...»

PRAXÁGORA.

¡Desdichada! ahora dices «mujeres» en vez de hombres.

MUJER NOVENA.

Epígono[431] tiene la culpa. Le estaba mirando, y he creído que hablaba delante de mujeres.

PRAXÁGORA.

Retírate a tu asiento. Yo misma hablaré por vosotras y me ceñiré la corona, pidiendo antes a los dioses que concedan un éxito feliz a nuestra empresa.

«La felicidad de este país me interesa tanto como a vosotros, y me conduelen y lastiman los desórdenes de nuestra ciudad. Véola, en efecto, siempre gobernada por perversos jefes; y considero que si uno llega a ser bueno un solo día, luego es malo otros diez. ¿Queréis encomendar a otro el gobierno? De seguro que será peor. Difícil es, ciudadanos, corregir ese vuestro descontentadizo humor, que os hace temer a los que os aman, y suplicar incesantemente a los que os detestan. Hubo un tiempo en que no teníamos asambleas, y pensábamos que Agirrio[432] era un bribón; hoy, que las tenemos, el que recibe dinero no tiene boca para ponderarlas; mas el que nada recibe, juzga dignos de pena capital a los que trafican con las públicas deliberaciones.»

MUJER PRIMERA.

¡Muy bien dicho, por Venus!

PRAXÁGORA.

¡Infeliz, has nombrado a Venus! Nos dejarás lucidas si sales con esa pata de gallo en la asamblea.

MUJER PRIMERA.

Pero no lo diré.

PRAXÁGORA.

Bueno es que no te acostumbres.

«Cuando deliberábamos sobre la alianza,[433] todo el mundo decía que era inminente la perdición de la república si no se llegaba a hacer: hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer.[434] Es necesario armar naves —sostienen los pobres. —No es necesario —opinan los labradores y los ricos. —¿Os indisponéis con los corintios? Ellos os pagan en la misma moneda. Ahora, pues, que los tenéis amigos, sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero Hierónimo es un sabio.[435] ¿Asoma una ligera esperanza de salvación?[436] En seguida la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo[437] si fuese llamado...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»[438]

MUJER PRIMERA.

¡Qué hombre tan hábil!

PRAXÁGORA.

Ese elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos estos males! Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno mira solo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Ésimo.[439] Pero si me atendéis, aún podéis salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras casas.»

MUJER SEGUNDA.

¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Prosigue, amigo mío, prosigue.

PRAXÁGORA.

«Os demostraré que son infinitamente más sensatas que nosotros. En primer lugar, todas, según la antigua costumbre, lavan la lana en agua caliente, y jamás se las ve intentar temerarias novedades. Si la ciudad de Atenas imitase esta conducta y se dejase de innovaciones peligrosas, ¿no tendría asegurada su salvación? Se sientan para freír las viandas, como antes; llevan la carga en la cabeza, como antes; celebran las Tesmoforias, como antes; amasan las tortas, como antes; hacen rabiar a sus maridos, como antes; ocultan en casa a los galanes, como antes; sisan, como antes; les gusta el vino puro, como antes; y se complacen en el amor, como antes. Entregándoles, oh ciudadanos, las riendas del gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo que van a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, considerando solamente que, como son madres, pondrán todo su empeño en economizar soldados. Además, ¿quién les suministrará con más celo las provisiones que la que les parió? La mujer es ingeniosísima como nadie para reunir riquezas; y si llegan a mandar, no se las engañará fácilmente, por cuanto ya están acostumbradas a hacerlo. No enumeraré las demás ventajas; seguid mis consejos, y seréis felices toda la vida.»

MUJER PRIMERA..

¡Divina, admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar tan bien, amiga mía?

PRAXÁGORA.

En el tiempo de la fuga[440] habité con mi esposo en el Pnix, y, a fuerza de oír a los oradores, he aprendido a arengar.

MUJER PRIMERA.

Ya no me extraña que seas tan hábil y elocuente. Tú serás nuestro jefe: procura poner en práctica tus proyectos. Pero si Céfalo[441] se lanza sobre ti para injuriarte, ¿cómo le replicarás en la asamblea?

PRAXÁGORA.

Le diré que delira.

MUJER PRIMERA.

Eso lo sabe todo el mundo.

PRAXÁGORA.

Que es un atrabiliario.

MUJER PRIMERA.

También eso se sabe.

PRAXÁGORA.

Que es tan buen político como mal alfarero.[442]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te insulta el legañoso Neóclides?[443]

PRAXÁGORA.

A ese le diré que vaya a mirar por el trasero de un perro.[444]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te empujan?[445]

PRAXÁGORA.

Les empujaré yo; en ese ejercicio pocos me ganarán.

MUJER PRIMERA.

En una cosa no hemos pensado: si se te llevan los arqueros, ¿qué harás?

PRAXÁGORA.

Me defenderé poniéndome así, en jarras, y no me dejaré coger por medio del cuerpo.

MUJER PRIMERA.

Si te sujetan, nosotras les diremos que te suelten.

MUJER SEGUNDA.

Todo eso está perfectamente dispuesto; pero de lo que no nos hemos ocupado es de la manera de levantar las manos[446] en la junta: nosotras que solo estamos acostumbradas a levantar las piernas.[447]

PRAXÁGORA.

Eso es lo difícil; y sin embargo no hay más remedio que alzar las manos, descubriendo el brazo hasta el hombro. Vamos, levantaos las túnicas, y poneos pronto los zapatos lacedemonios como habéis visto que lo hacen nuestros maridos todos los días al salir o al dirigirse a la asamblea. En cuanto os hayáis calzado perfectamente, sujetaos las barbas; después de atadas estas con todo esmero, envolveos en los mantos sustraídos a vuestros esposos, y marchad, apoyándoos en los bastones, y entonando alguna vieja canción a imitación de los campesinos.

MUJER SEGUNDA.

Bien dicho; pero cojámosles la delantera, pues creo que otras mujeres vendrán del campo al Pnix.

PRAXÁGORA.

Apresuraos; ya sabéis que los que no están en el Pnix desde el amanecer, vuelven sin recibir el menor regalo.

CORO.

Llegó el momento de partir, ¡oh hombres! (esta palabra no debe caérsenos nunca de la boca por temor a un descuido, porque a la verdad no lo pasaríamos muy bien, si se nos sorprendiera fraguando esta conspiración en las tinieblas). Hombres, vamos a la asamblea.

El tesmoteta[448] ha dicho que todo el que a primera hora y antes de disiparse las tinieblas de la noche no se haya presentado cubierto de polvo, contento con su provisioncilla de ajos, y mirando severamente, se quedará sin el trióbolo. Caritímides, Esmícito, Draces, apresuraos y procurad no olvidar nada de lo que es necesario hacer. Cuando hayamos recibido nuestro salario, sentémonos juntos para votar decretos favorables a nuestras amigas. ¿Qué estoy hablando? Quería decir nuestros amigos.

Procuremos expulsar a los que vengan de la ciudad; antes, cuando solo recibían un óbolo[449] por asistir a la asamblea, se estaban de sobremesa charlando con sus convidados; pero ahora la concurrencia es extraordinaria. En el arcontado del valiente Mirónides[450] nadie se hubiera atrevido a cobrar sueldo por su intervención en los negocios públicos, sino que todo el mundo acudía trayéndose su botita de vino con un pedazo de pan, dos cebollas y tres o cuatro aceitunas. Hoy, en cuanto se hace algo por la república, en seguida se reclama el trióbolo, como un mercenario albañil.

(_Vanse._)

* * * * *

BLÉPIRO.