Part 5
¿A qué dioses? ¿Habrá necedad e insensatez como la tuya? ¡Un esclavo, un mortal, querer pasar por hijo de Alcmena!
JANTIAS.
¡Bien! ¡Bien! Toma tu traje. Quizá me necesites algún día, si Dios quiere.
CORO.
Todo hombre cuerdo, sensato y experimentado sabe buscar el costado de la nave que se sumerge menos, en vez de estarse como una figura pintada, siempre en la misma actitud; pero solo un hombre hábil, como Terámenes,[265] sabe cambiar a medida de su conveniencia.
BACO.
¿No sería ridículo ver a Jantias, a un esclavo, tendido sobre tapices de Mileto, acariciar a una bailarina y pedirme el orinal, mientras yo le miraba arrascándome,[266] expuesto a que ese bribón me saltase de un puñetazo los dientes de delante?
* * * * *
TABERNERA PRIMERA.
¡Platana! ¡Platana![267] Ven acá. Ese es aquel canalla que entró un día en nuestra taberna y se nos comió dieciséis panes.
TABERNERA SEGUNDA.
Justamente. El mismo.
JANTIAS.
Esto va mal para alguno.
TABERNERA PRIMERA.
Y además veinte tajadas de carne cocida, de a medio óbolo cada una.
JANTIAS.
Alguno lo va a pagar.
TABERNERA PRIMERA.
Y ajos sin cuento.
BACO.
Tú deliras, mujer; no sabes lo que te dices.
TABERNERA PRIMERA.
¿Creías que no te iba a conocer porque te has puesto coturnos?[268] Pues aún no he dicho nada de aquella enormidad de pescados.
TABERNERA SEGUNDA.
Ni de aquel queso fresco que se me tragó, ¡pobre de mí!, con cesto y todo; y cuando le exigí el pago me lanzó una mirada feroz y empezó a mugir.
JANTIAS.
Esas son cosas suyas; en todas partes hace lo mismo.
TABERNERA SEGUNDA.
Y desenvainó su espada como un energúmeno.
TABERNERA PRIMERA.
¡Ay! Sí.
TABERNERA SEGUNDA.
Nosotras espantadas nos subimos de un salto al sobradillo, y él se escapó llevándosenos las cestas.
JANTIAS.
Eso es muy propio de él. Pero no debíais de haberlo dejado así.
TABERNERA PPIMERA.
Anda, llama a Cleón, nuestro protector.
TABERNERA SEGUNDA.
Y tú trata de hallar a Hipérbolo,[269] para que nos las pague todas juntas ese bribón.
TABERNERA PRIMERA.
¡Maldito gaznate! ¡Mi mayor placer sería majarte con un canto esas muelas con que devoraste mis provisiones!
TABERNERA SEGUNDA.
Yo quisiera arrojarte al Báratro.[270]
TABERNERA PRIMERA.
Y yo segarte con una hoz esa condenada garganta, por donde pasaron mis ricos tripacallos. Voy en busca de Cleón para que te cite hoy mismo a juicio y desenrede este embrollo.
(_Vanse._)
* * * * *
BACO.
Que me muera si no es verdad que quiero a Jantias como a las niñas de mis ojos.
JANTIAS.
Te veo, te veo. Excusas de hablar más. No quiero hacer de Hércules.
BACO.
¡Oh, no digas eso, Jantias mío!
JANTIAS.
¿Pero cómo he de poder pasar por el hijo de Alcmena, yo, un esclavo, un mortal?
BACO.
Vamos, ya sé que estás enfadado y no te falta razón: aunque me pegases no te replicaría. Mira, si en adelante vuelvo a quitarte estos atavíos, haga el cielo que seamos exterminados yo, mi mujer, mis hijos, toda mi casta, y el legañoso Arquedemo.[271]
JANTIAS.
Recibo tu juramento, y acepto el papel de Hércules con esa condición.
CORO.
Ahora, después de haber vestido de nuevo tu traje de Hércules, tienes que aparentar juveniles bríos y lanzar torvas miradas a ejemplo del dios que representas; pues si representas mal tu papel y te muestras flojo o cobarde, volverás a cargar con el hato.
JANTIAS.
Os agradezco el consejo, amigos míos; pero eso ya lo tenía yo pensado. Si la cosa va bien, ya veréis cómo quiere volver a desnudarme; lo tengo previsto; sin embargo, no por eso dejaré de manifestarme fuerte y arrogante, y de mirar con el gesto avinagrado del que mastica orégano. Llegó a lo que parece el momento de obrar, pues oigo rechinar la puerta.
* * * * *
ÉACO. (_A sus esclavos._)
Atadme pronto a ese ladrón de perros,[272] para castigarle; despachad.
BACO.
Esto va mal para alguno.
JANTIAS.
¡Ay del que se acerque!
ÉACO.
¡Cómo! ¿Te resistes? ¡Eh, Ditilas, Esceblias, Párdocas,[273] avanzad y combatid con él!
BACO.
¿No es insufrible que después de robar a otros trate todavía de maltratarles?
JANTIAS.
Eso pasa ya de la raya.
ÉACO.
Sí, es insufrible e intolerable.
JANTIAS.
Aniquíleme Júpiter si jamás he venido aquí o te he robado el valor de un cabello. Quiero darte una prueba de generosidad; apodérate de ese esclavo; somételo al tormento,[274] y si llegas a averiguar algo contra mí, dame la muerte.
ÉACO.
¿A qué tormento le someteré?
JANTIAS.
A todos; átalo a una escalera, dale de palos, desuéllalo, tortúralo, échale vinagre en las narices, cárgale de ladrillos; en fin, emplea todos los medios, menos el de azotarle con ajos o puerros verdes.[275]
ÉACO.
Muy bien dicho; mas si estropeo a tu esclavo, ¿me exigirás los daños y perjuicios?
JANTIAS.
No lo temas; puedes llevártelo y someterlo a la tortura.
ÉACO.
Lo haré aquí mismo, para que hable delante de ti. — Tú, deja la carga, y cuidado con mentir.
BACO.
Prohíbo que nadie me atormente; yo soy inmortal; si lo haces, todo el mal caerá sobre ti.
ÉACO.
¿Qué dices?
BACO.
Digo que yo soy un inmortal, Baco, hijo de Júpiter, y que ese es un esclavo.
ÉACO. (_A Jantias._)
¿Has oído?
JANTIAS.
Perfectamente; por lo mismo hay que azotarle más fuerte; si es un dios, no sentirá los golpes.
BACO.
¿Por qué, pues, ya que pretendes pasar por un inmortal, no has de someterte también a la fustigación?
JANTIAS.
Tienes razón. Aquel que llore antes, o se muestre sensible a los palos, es señal de que no es dios.
ÉACO.
Eres indudablemente un hombre generoso: no rehuyes nada de lo que es justo. Ea, desnudaos.
JANTIAS.
¿Cómo nos darás tormento conforme a justicia?
ÉACO.
Nada más fácil; se os distribuirán los golpes alternativamente.
JANTIAS.
¡Feliz idea!
ÉACO.
¡Toma! (_Pega a Jantias._)
JANTIAS.
Observa si me muevo.
ÉACO.
Pues ya te he pegado.
JANTIAS.
No, por cierto.
ÉACO.
Parece que no los has sentido. Ahora voy a sacudirle a este otro.
BACO.
¿Cuándo?
ÉACO.
Sí, ya te he pegado.
BACO.
¿Cómo? ¿Si ni siquiera me has hecho estornudar?[276]
ÉACO.
Lo ignoro; repetiré con el otro.
JANTIAS.
Anda listo. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!
ÉACO.
¡Hola! ¿Qué significa ese ay, ay, ay? Duele, ¿eh?
JANTIAS.
¡Ca! estaba pensando en la fiesta de Hércules, que se celebra en Diomea.[277]
ÉACO.
¡Qué hombre tan piadoso! Volvamos al otro.
BACO.
¡Oh, oh!
ÉACO.
¿Qué te pasa?
BACO.
Veo caballeros.[278]
ÉACO.
¿Y eso te hace llorar?
BACO.
No, es que he olido cebollas.
ÉACO.
¿No se te importan nada los palos?
BACO.
Nada absolutamente.
ÉACO.
Volvamos a este.
JANTIAS.
¡Ay de mí!
ÉACO.
¿Qué te pasa?
JANTIAS:
Sácame esta espina.
ÉACO.
¿Qué significa eso? Ahora al otro.
BACO.
«¡Apolo adorado en Delos y Delfos!»[279]
JANTIAS.
Ya le duele. ¿No has oído?
BACO.
No, es que me he acordado de un verso de Hiponacte.
JANTIAS.
No adelantas nada; pega en los costados.
ÉACO.
Es verdad; vamos, presenta el vientre.
BACO.
¡Oh Neptuno!...
JANTIAS.
Alguien se lamenta.
BACO.
«... Que reina sobre los promontorios del Egeo, o sobre el salado abismo del cerúleo mar.»[280]
ÉACO.
Por Ceres, no puedo conocer cuál de vosotros es dios. Entrad; mi amo y Proserpina, que son también dioses, os podrán reconocer.
BACO.
Tienes razón. Pero eso debía de habérsete ocurrido antes de azotarme.
* * * * *
CORO.[281]
Musa, asiste a nuestros sagrados coros; ven a deleitarte con mis versos y a contemplar esa infinita muchedumbre, entre la cual hallarás muchos hábiles ciudadanos más noblemente ambiciosos que ese Cleofón,[282] de cuyos gárrulos labios se escapa incesantemente un sonido ingrato, como el de la golondrina de Tracia, posada sobre un ramo en aquella bárbara región: ahora grazna ya los lamentables cantos del ruiseñor, porque va a morir, aun cuando en la votación resulte empate.[283]
Justo es que el sagrado coro dé a la república consejos y enseñanzas. Nuestra primera atención debe ser establecer la igualdad entre los ciudadanos y librarlos de temores; después, si alguno faltó, engañado por los artificios de Frínico,[284] creo que debe permitírsele defenderse y justificarse, pues es vergonzoso que a los que tomaron parte una vez en una batalla naval[285] los equiparéis a los Plateenses, convirtiéndolos de esclavos en señores. No es que yo halle esto censurable; al contrario, lo aplaudo y pienso que es lo único en que estuvisteis acertados; pero entiendo que sería igualmente justo que los que tantas veces, lo mismo ellos que sus padres, pelearon en el mar con nosotros y nos están unidos por su nacimiento, obtuvieran el perdón de su única falta.[286] Aplacad, pues, un poco vuestra indignación, discretísimos atenienses, y procuremos que cuantos combatieron en nuestras galeras formen una sola familia, y alcancen con su rehabilitación el pleno goce de los derechos de ciudadanos: el mostrarnos tan altivos y soberbios en la concesión de la ciudadanía, sobre todo ahora que fluctuamos a merced de las olas,[287] es una imprudencia de que en el porvenir nos arrepentiremos. Si soy hábil en conocer la vida y costumbres de los que habrán de arrepentirse de su conducta, me parece que no está lejos la hora del castigo del pequeño Clígenes,[288] ese mico revoltoso que es el peor de cuantos bañeros mezclan a la ceniza falso nitro y tierra de Cimolia.[289] Él ya lo conoce; y por eso va armado siempre de un grueso garrote, receloso de que, al encontrarle ebrio, le despojen de sus vestidos.
Muchas veces he notado que en nuestra ciudad sucede con los buenos y malos ciudadanos lo mismo que con las piezas de oro antiguas y modernas. Las primeras no falsificadas, y las mejores sin disputa, por su buen cuño y excelente sonido, son corrientes en todas partes entre griegos y bárbaros, y sin embargo no las usamos para nada, prefiriendo esas detestables piezas de cobre, recientemente acuñadas, cuya mala ley es notoria.[290] Del mismo modo despreciamos y ultrajamos a cuantos ciudadanos sabemos que son nobles, modestos, justos, buenos, honrados, hábiles en la palestra, en las danzas y en la música, y preferimos para todos los cargos a hombres sin vergüenza, extranjeros, esclavos, bribones de mala ralea, advenedizos que antes la república no hubiera admitido ni para víctimas expiatorias. Ahora, pues, insensatos, mudad de costumbres y utilizad de nuevo a las gentes honradas, pues de esta suerte, si os va bien, seréis elogiados, y si algún mal os resulta, al menos dirán los sabios que habéis caído con honra.
* * * * *
ÉACO.
¡Por Júpiter salvador, tu amo es todo un excelente sujeto!
JANTIAS.
¿Un excelente sujeto? Ya lo creo, no sabe más que beber y amar.
ÉACO.
Lo que me asombra es que no te haya castigado por haberte fingido el amo siendo el siervo.
JANTIAS.
Es que se hubiera arrepentido.
ÉACO.
En eso obraste como buen esclavo; a mí me gusta hacer lo mismo.
JANTIAS.
Te gusta hacer eso, ¿eh?
ÉACO.
Yo soy feliz cuando digo pestes de mi dueño sin que él me oiga.
JANTIAS.
¿Y cuando te marchas gruñendo después de haber recibido una paliza?
ÉACO.
También estoy satisfecho.
JANTIAS.
¿Y si te metes en lo que no te importa?
ÉACO.
No conozco nada más grato.
JANTIAS.
¡Oh Júpiter! ¿Y si escuchas la conversación de los amos?
ÉACO.
Me vuelvo loco de júbilo.
JANTIAS.
¿Y cuando se la cuentas a los vecinos?
ÉACO.
¡Oh, con eso no hay placer comparable![291]
JANTIAS.
¡Oh Apolo! Dame tu mano, amigo, y permíteme que te abrace. Ahora, en nombre de Júpiter vapuleado,[292] dime qué significan ese estruendo, ese griterío y esas disputas que se oyen allá dentro.
ÉACO.
Son Esquilo y Eurípides.
JANTIAS.
¿Cómo?
ÉACO.
Se ha promovido una contienda, una gran contienda entre los muertos, una verdadera sedición.
JANTIAS.
¿Por qué motivo?
ÉACO.
Hay aquí establecida una ley, en virtud de la cual todo hombre superior a sus émulos en las artes más nobles o importantes, tiene derecho a ser alimentado en el Pritáneo y a sentarse junto a Plutón...
JANTIAS.
Entiendo.
ÉACO.
Hasta que venga otro más hábil en el mismo arte: entonces el primero debe cederle el puesto.
JANTIAS.
¿Y eso por qué le alborota a Esquilo?
ÉACO.
Porque, como príncipe en el género, ocupaba el trono de la tragedia.
JANTIAS.
Y ahora ¿quién?
ÉACO.
Cuando Eurípides descendió a estos lugares, dio una muestra de sus versos a los rateros, cortadores de bolsas, parricidas y horadadores de paredes que pululan en el infierno: toda esta canalla en cuanto oyeron sus dimes y diretes, sus discreteos y sutilezas, enloquecieron por él, y le proclamaron el sabio de los sabios. Entonces Eurípides, hinchado de orgullo, se apoderó del trono que ocupaba Esquilo.
JANTIAS.
¿Y no le han apedreado?
ÉACO.
Al contrario, la multitud clamaba por un juicio en que se decidiese cuál de los dos era el mejor poeta.
JANTIAS.
¿Aquella multitud de bribones?
ÉACO.
¡Y con qué gritos! Llegaban hasta el cielo.
JANTIAS.
¿Pero Esquilo no tenía defensores?
ÉACO.
Aquí como ahí,[293] el número de los buenos es muy exiguo.
JANTIAS.
¿Qué piensa hacer Plutón?
ÉACO.
Abrir cuanto antes un certamen, para probar y decidir sobre el mérito de cada uno.
JANTIAS.
¿Y cómo es que Sófocles no ha reclamado el trono?
ÉACO.
¡Oh! Ese es muy distinto. En cuanto llegó abrazó a Esquilo y le tendió la mano, dejándole en posesión pacífica del trono. Ahora, como dice Clidémides,[294] está de reserva; si vence Esquilo, permanecerá en su puesto; pero si es vencido, disputará con Eurípides.
JANTIAS.
¿Cuándo va a ser eso?
ÉACO.
Dentro de muy poco va a principiar aquí mismo el gran combate. Su ingenio poético va a ser pesado en una balanza.
JANTIAS.
¡Cómo! ¿Se pesan las tragedias?
ÉACO.
Traerán reglas, y varas de medir versos, y moldes cuadriláteros, como los de los ladrillos, diámetros y cuñas. Pues Eurípides dice que ha de examinar las tragedias verso por verso.
JANTIAS.
Esquilo, a mi ver, llevará todo eso muy a mal.
ÉACO.
Bajaba la cabeza y lanzaba miradas furiosas.
JANTIAS.
¿Y quién será juez?
ÉACO.
Ahí estaba la dificultad, porque hay gran carestía de hombres sensatos. A Esquilo no le agradaban los atenienses.
JANTIAS.
Quizá porque veía entre ellos muchos ladrones.
ÉACO.
Y además no les creía muy aptos para apreciar el ingenio de los poetas. Por fin, encomendaron el asunto a tu señor, como perito en la materia. Pero entremos; pues cuando los amos tienen gran interés por alguna cosa, suelen pagarlo nuestras costillas.
* * * * *
CORO.
¡Oh, qué horrenda cólera hervirá en el pecho del grandilocuente poeta, cuando vea a su facundo enemigo aguzar provocativamente sus dientes! ¡Qué terribles miradas le hará lanzar el furor! ¡Qué lucha entre las palabras de penachudo casco y ondulante cimera y las sutilezas artificiosas! ¡Qué combate de gigantescos períodos con frases atrevidas y pigmeas! Verase al titán erizando las crines de su espesa melena y, frunciendo espantosamente el entrecejo, rugir con poderoso aliento versos compactos como la tablazón de un navío; mientras el otro, tascando el freno de la envidia, pondrá en movimiento su ágil y afilada lengua y, arrojándose sobre las palabras de su rival, desmenuzará su estilo, y reducirá a polvo el producto de su inspiración vigorosa.[295]
* * * * *
EURÍPIDES.
No te empeñes; no he de ceder el trono, porque le soy superior en la poesía.
BACO.
¿Por qué te callas, Esquilo? Ya entiendes lo que ha dicho.
EURÍPIDES.
Primero se estará callando con gravedad; es una especie de charlatanería peculiar a sus tragedias.
BACO.
No tanta arrogancia, amigo mío.
EURÍPIDES.
¡Sí, le conozco hace tiempo! ¡Y conozco también sus caracteres feroces, y su lenguaje altivo, desenfrenado, desmedido, sin regla, enfático y cuajado de palabras hinchadas y vacías!
ESQUILO.
¿Y eres tú, hijo de una rústica diosa,[296] tú, colector de necedades, fabricante de mendigos y remendón de andrajos, quien se atreve a decirme...? Pero tu audacia no ha de quedar impune.
BACO.
Basta, Esquilo; no te dejes arrebatar por la ira.
ESQUILO.
No callaré sin haber demostrado hasta la evidencia lo que vale ese insolente con todos sus cojos.[297]
BACO.
¡Esclavos, traed una oveja, una oveja negra,[298] pues la tempestad va a estallar!
ESQUILO.
¿No te avergüenzas de tus monólogos cretenses, y de los incestuosos himeneos que has introducido en el arte trágico?[299]
BACO.
Modérate, venerable Esquilo. — Tú, mi pobre Eurípides, déjate de temeridades y escapa de esta granizada, no te acierte en la sien con alguna de esas grandiosas palabras que haga saltar a tu Télefo. — Vamos, Esquilo, calma; no discutas con esa furia. Los poetas no deben injuriarse como si fuesen panaderas; tú gritas desde el principio, como una encina a la que se prende fuego.
EURÍPIDES.
Estoy dispuesto a luchar; yo no retrocedo: lo mismo me da atacar, que ser atacado; admito discusión sobre cuanto quiera; sobre los versos, el diálogo, los coros, el nervio trágico, el _Peleo_, el _Eolo_, el _Meleagro_, y hasta sobre el mismo _Télefo_.[300]
BACO.
¿Y tú, Esquilo, qué piensas hacer?
ESQUILO.
Yo no hubiera querido combatir aquí; pues entre los dos la lucha es desigual.
BACO.
¿Por qué?
ESQUILO.
Porque mis tragedias me han sobrevivido,[301] y las suyas murieron con él; de suerte que puede utilizarlas contra mí. Sin embargo, ya que lo deseas, hay que obedecerte.
BACO.
Ea, traedme fuego e incienso; antes de la contienda, quiero suplicar a los dioses que me inspiren una decisión acertada sobre este certamen. Vosotros, entonad un himno a las Musas.
CORO.
Hijas de Júpiter, castas Musas, que leéis en la mente ingeniosa y sutil de los forjadores de sentencias, cuando, aguzando su talento y desplegando todos sus artificiosos recursos, descienden a combatir sobre la arena de la discusión, venid a contemplar la fuerza de estos dos robustos atletas, y otorgad al uno grandiosas frases, y al otro limaduras de versos. El gran certamen de ingenio va a principiar.
BACO.
Orad también vosotros, antes de recitar vuestros versos.
ESQUILO.
¡Oh Ceres, que has formado mi inteligencia, hazme digno de tus misterios![302]
BACO. (_A Eurípides._)
Quema tú también incienso.
EURÍPIDES.
Gracias, yo dirijo mis oraciones a otros dioses.
BACO.
¿Dioses particulares tuyos y recién acuñados?
EURÍPIDES.
Precisamente.
BACO.
Invoca, pues, a esos dioses tuyos.
EURÍPIDES.
Éter, de que me alimento, volubilidad de la lengua, ingenio sutil, olfato finísimo, haced que triture los argumentos de mi adversario.
CORO.
Deseosos estamos de saber, doctos poetas, qué terreno vais a elegir para principiar la lucha. Vuestra lengua empieza ya a desencadenarse, y ni a vuestro pecho le falta valor, ni energía a vuestra mente. Debemos, pues, esperar que el uno atacará con lenguaje limado y pulido; y que el otro, lanzándole inmensas palabras, pulverizará sus infinitas triquiñuelas.
BACO.
Vamos, principiad cuanto antes, pero en estilo elegante, sin figuras ni vulgaridades.
EURÍPIDES.
Hablaré en último término de mí y del carácter de mi poesía; pues lo primero que me propongo demostrar es que ese es un charlatán y un impostor, que engañaba a su grosero auditorio con recursos pobres, aprendidos en la escuela de Frínico.[303] Por ejemplo, presentando en escena un personaje velado, como Aquiles o Níobe,[304] que se pavoneaban sin mostrar el rostro ni pronunciar una palabra...
BACO.
Es verdad, por Júpiter.
EURÍPIDES.
El coro endilgaba en tanto cuatro tiradas de versos, y ellos se estaban sin decir esta boca es mía.
BACO.
A mí me agradaba más aquel silencio que la charla que hoy emplean.
EURÍPIDES.
Porque eres un estúpido; tenlo por cierto.
BACO.
Así lo creo; pero ¿por qué lo hacía?
EURÍPIDES.
Por charlatanismo; así, el espectador esperaba sin moverse a que Níobe hablase algo, y mientras, el drama iba adelante.
BACO.
¡Malvado! ¡Cómo me engañaba! (_A Esquilo._) ¿Por qué te agitas e impacientas?
EURÍPIDES.
Porque le confundo. Después de haberse pasado la mitad de la tragedia con estas vaciedades, soltaba una docena de palabrotas campanudas, muy fruncidas de entrecejo y empenachadas, verdaderos espantajos que aterraban a los espectadores asombrados.
ESQUILO.
¡Oh rabia!
BACO. (_A Esquilo._)
¡Silencio!
EURÍPIDES.
Y no decía nada inteligible...
BACO. (_A Esquilo._)
No rechines los dientes.
EURÍPIDES.
Pues todo se volvían Escamandros, y fosos, y enseñas de escudos, y águilas-grifos de bronce, y palabras ampulosas, difíciles de comprender.
BACO.
Es verdad; yo me pasé en claro toda una noche tratando de averiguar qué pájaro era su gran gallo amarillo.[305]
ESQUILO.
¡Ignorantón! Es la figura que se pone en la popa de las naves.
BACO.
Pues yo creía que era Erixis,[306] hijo de Filóxeno.
EURÍPIDES.
¿Qué necesidad había de gallos en las tragedias?
ESQUILO.
Y tú, enemigo de los dioses, ¿qué has hecho?
EURÍPIDES.
No he presentado en mis dramas grandes gallos ni hircociervos como los que se ven en los tapices de Persia. Yo había recibido de tus manos la tragedia cargada de inútil y pomposo fárrago, y principié por aliviarla de su molesto peso, y curar su hinchazón por medio de versitos, digresiones sutiles, cocimientos de acelgas blancas,[307] y jugos perfectamente filtrados de filosóficas vaciedades; después la alimenté de monólogos, mezclados con algo de Cefisofonte;[308] y jamás dije a la ventura cuanto se me ocurría, ni lo revolví todo sin distinción: el primer personaje que se presentaba en escena explicaba el carácter y el nacimiento del drama.
ESQUILO.
Mejor era eso que decir el tuyo.[309]
EURÍPIDES.
Después, desde los primeros versos, cada personaje desempeñaba su papel; y hablaban todos, la mujer, el esclavo, el dueño, la joven y la vieja.[310]
ESQUILO.
¿No merecería la muerte tal atrevimiento?
EURÍPIDES.
Al contrario, mi objeto era agradar al pueblo.
BACO.
Déjate de eso, amigo; ese es tu punto flaco.
EURÍPIDES.
Luego enseñé a los espectadores el arte de hablar.
ESQUILO.
Lo reconozco; ¡ojalá hubieras reventado antes!
EURÍPIDES.
Y el modo de usar las palabras en línea recta, o en ángulo, y el arte de discurrir, ver, entender, engañar, amar, intrigar, sospechar, pensar en todo...
ESQUILO.
Lo reconozco también.
EURÍPIDES.
Puse en escena la vida de familia y las cosas más usuales y comunes, lo cual es atrevido, pues todo el mundo puede emitir sobre ellas su opinión; no aturdí a los espectadores con incomprensible y fastuosa palabrería; ni los aterré con Cicnos[311] y Memnones,[312] guiando corceles llenos de campanillas y penachos. Ved sus discípulos y los míos. Los suyos son Formisio y Megenetes,[313] de Magnesia, armados de lanzas, cascos, barbas y sarcásticas sonrisas; los míos, Clitofonte, y el elegante Terámenes.
BACO.
¿Terámenes? ¿Ese hombre astuto y bueno para todo, que cuando cae en algún mal negocio y le ve las orejas al lobo, suele escurrir el bulto, diciendo que no es de Quíos, sino de Ceos?[314]
EURÍPIDES.
Así he conseguido perfeccionar la inteligencia de los hombres, introduciendo en mis dramas el raciocinio y la meditación; de suerte que ahora todo lo comprenden y penetran, y han llegado a administrar mejor que antes sus casas, inspeccionándolo todo, y diciendo: «¿En qué anda tal asunto? ¿Dónde está tal cosa? ¿Quién ha cogido esta otra?»
BACO.
Es verdad; ya en cuanto un ateniense entra en su casa llama a sus esclavos y les pregunta: «¿Dónde está la olla? ¿Quién se ha comido la cabeza de sardina? El plato que compré el año pasado ¿ha fenecido? ¿Dónde está el ajo de ayer? ¿Quién ha mordisqueado la aceituna?»[315] Y antes se estaban hechos unos bobos, con la boca abierta, como imbéciles papanatas.
CORO.