Part 4
¿Cómo has de llevar si eres llevado?
JANTIAS.
Sí, con este equipaje encima.
BACO.
¿Cómo?
JANTIAS.
Que pesa mucho.
BACO.
¿Pero dejará de llevar el asno lo que tú llevas?
JANTIAS.
Por Júpiter, lo que yo llevo no lo lleva él.
BACO.
Pero ¿cómo puedes llevar nada, siendo llevado por otro?
JANTIAS.
No lo sé; pero lo cierto es que mi hombro no puede resistir más.
BACO.
Pues aseguras que el asno no te sirve de nada, cárgate el asno y llévalo a tu vez.
JANTIAS.
¡Triste de mí! ¿Por qué no estuve en la última batalla naval?[177] Ya me hubieras pagado esa bromita.
BACO.
Apéate, bribón; voy a llamar a esta puerta, donde tengo que hacer mi primera parada. ¡Esclavo! ¡Eh! ¡Esclavo![178]
* * * * *
HÉRCULES.
¿Quieres derribar la puerta? Quienquiera que sea, llama como un centauro.[179] Vamos, ¿qué ocurre?
BACO.
¡Jantias!
JANTIAS.
¿Qué?
BACO.
¿No has advertido?
JANTIAS.
¿El qué?
BACO.
El miedo que le he dado.
JANTIAS.
¡Bah! Tú estás loco.
HÉRCULES.
Por Ceres, no puedo contener la risa; por más que me muerdo los labios, sin embargo me río.
BACO.
Acércate, amigo mío; te necesito.
HÉRCULES.
¡Oh! Me es imposible no soltar la carcajada, al ver una piel de león debajo de una túnica amarilla.[180] ¿Qué intentas? ¿Qué tienen que ver la maza y los coturnos? ¿Por qué país has viajado?
BACO.
Me embarqué en el Clístenes.[181]
HÉRCULES.
¿Y diste una batalla naval?
BACO.
Ya lo creo, y echamos a pique doce o trece naves enemigas.
HÉRCULES.
¿Vosotros?
BACO.
Por Apolo te lo juro.
HÉRCULES.
Y entonces me desperté.[182]
BACO.
Estaba yo en la nave, leyendo para mí la _Andrómeda_,[183] cuando de repente se apodera de mi corazón un vivo deseo...
HÉRCULES.
¿Un deseo? ¿De qué especie?
BACO.
Pequeñito, como Molón.[184]
HÉRCULES.
¿De una mujer?
BACO.
No.
HÉRCULES.
¿De un muchacho?
BACO.
Ni por pienso.
HÉRCULES.
¿Entonces de un hombre?
BACO.
Eso es.
HÉRCULES.
Como estabas con Clístenes...
BACO.
No te burles, hermano mío; me siento mal de veras; el tal deseo me martiriza.
HÉRCULES.
Pero, hermanito, sepamos cuál es.
BACO.
No puedo revelártelo, pero te lo daré a entender por medio de un enigma. Di, ¿no te ha asaltado alguna vez un repentino deseo de comer puches?
HÉRCULES.
¿De puches? Ya lo creo: mil veces en mi vida.[185]
BACO.
¿Comprendes bien? ¿O me explico más?
HÉRCULES.
Lo que es de los puches, no tienes que decir más; lo entiendo perfectamente.
BACO.
Pues bien, tal es el deseo que me devora por Eurípides...
HÉRCULES.
¿Por un muerto?[186]
BACO.
Y ningún hombre me disuadirá de que vaya a buscarle.
HÉRCULES.
¿A los profundos infiernos?
BACO.
Y más abajo, si es preciso.
HÉRCULES.
Pero, ¿para qué lo necesitas?
BACO.
Me hace falta un buen poeta,[187] y no hay ninguno, pues los vivos todos son detestables.
HÉRCULES.
¡Cómo! ¿Ha muerto Iofonte?[188]
BACO.
Ese es el único bueno que resta; si es que él es el bueno, pues tengo mis dudas sobre el particular.
HÉRCULES.
Ya que tienes absoluta necesidad de sacar algún poeta de los infiernos, ¿por qué no te llevas a Sófocles, que es superior a Eurípides?
BACO.
No, antes quiero probar a Iofonte y ver lo que puede hacer sin Sófocles. Además, como Eurípides es muy astuto, desplegará todos sus ardides para escaparse conmigo, mientras que el otro es tan sencillote allí como aquí.[189]
HÉRCULES.
Y Agatón,[190] ¿dónde está?
BACO.
Aquel buen poeta y amigo querido me abandonó y partió.
HÉRCULES.
¿Adónde se fue el mísero?
BACO.
Al banquete de los bienaventurados.[191]
HÉRCULES.
¿Y Jenocles?[192]
BACO.
¡Qué el cielo le confunda!
HÉRCULES.
¿Y Pitángelo?[193]
JANTIAS.
¡De mí ni una palabra! Y se me está hundiendo el hombro.[194]
HÉRCULES.
¿Pero no componen también tragedias otros diez mil mozalbetes infinitamente más habladores que Eurípides?
BACO.
Esos son ramillos sin savia, verdaderos poetas-golondrinas, gárrulos e insustanciales, peste del arte, que en cuanto la Musa trágica les concede el más pequeño favor lanzan de una vez todo su talento, y caen extenuados de fatiga. ¡Oh! Por mucho que busques, no hallarás uno de esos vates fecundos que seducen con sus magníficas palabras.
HÉRCULES.
¿Cómo fecundos?
BACO.
Sí, fecundos y capaces de inventar estas atrevidas expresiones: «el éter, habitacioncita de Júpiter»,[195] «el pie del tiempo»,[196] «el corazón no quiere jurar,[197] pero la lengua perjura sin la complicidad del corazón.»
HÉRCULES.
¿Y eso te gusta?
BACO.
Estoy más que loco por ellas.
HÉRCULES.
Si son necedades, tú mismo lo conoces.
BACO.
«No habites en mi espíritu: ya tienes tú tu casa.»[198]
HÉRCULES.
Pues todo eso es lo más detestable.
BACO.
En comer me podrás dar lecciones.[199]
JANTIAS.
¡De mí ni una palabra![200]
BACO.
Escucha ahora la razón de haberme vestido como tú. Es para que me digas, por si tengo necesidad, los huéspedes que te acogieron cuando fuiste a buscar al Cerbero. Indícamelos, y también los puertos, panaderías, lupanares, paradores, posadas, fuentes, caminos, ciudades, figones, y las tabernas donde haya menos chinches.
JANTIAS.[201]
¡De mí ni una palabra!
HÉRCULES.
¿Te atreverás a ir, temerario?
BACO.
No hables una palabra en contra de mi proyecto; indícame solamente el camino más corto para ir al infierno: un camino que ni sea demasiado caliente, ni demasiado frío.
HÉRCULES.
¿Cuál camino te indicaré el primero? ¿Cuál? ¡Ah! Este: coges un banquillo y una soga, y te cuelgas.
BACO.
¡Otro! Ese es asfixiante.
HÉRCULES.
Hay otro camino muy corto y muy trillado: el del mortero.[202]
BACO.
¿Te refieres a la cicuta?
HÉRCULES.
Precisamente.
BACO.
Ese es frío y glacial: en seguida se hielan las piernas.[203]
HÉRCULES.
¿Quieres que te diga uno muy rápido y pendiente?
BACO.
Sí, sí, por cierto; pues no soy muy andarín.
HÉRCULES.
Vete al Cerámico.[204]
BACO.
¿Y después?
HÉRCULES.
Sube a lo alto de la torre...
BACO.
¿Para qué?
HÉRCULES.
Ten fijos los ojos en la antorcha, hasta que se dé la señal; y cuando los espectadores te manden que la tires, te arrojas tú mismo.
BACO.
¿Adónde?
HÉRCULES.
Abajo.
BACO.
Y me romperé las dos membranas del cerebro. No me gusta ese camino.
HÉRCULES.
¿Pues cuál?
BACO.
Aquel por donde tú fuiste.
HÉRCULES.
Pero es sumamente largo. Lo primero que encontrarás será una laguna inmensa y profundísima.
BACO.
¿Cómo la atravesaré?
HÉRCULES.
Un barquero viejo te pasará en un botecillo, mediante el pago de dos óbolos.
BACO.
¡Oh, qué poder tienen en todas partes los dos óbolos![205] ¿Cómo han llegado hasta allí?
HÉRCULES.
Teseo[206] los llevó. Después verás una multitud de serpientes y monstruos horrendos.
BACO.
No trates de meterme miedo y aterrarme; no me disuadirás.
HÉRCULES.
Luego un vasto cenagal, lleno de inmundicias, y sumergidos en él todos los que faltaron a los deberes de la hospitalidad, los que negaron el salario a su bardaje, y los que maltrataron a su madre, abofetearon a su padre o copiaron algún pasaje de Mórsimo.[207]
BACO.
A esos deberían agregarse todos los que aprendieron la danza pírrica de Cinesias.[208]
HÉRCULES.
Más lejos encantará tus oídos el dulce sonido de las flautas; verás bosquecillos de mirtos iluminados por una luz purísima como la de aquí; encontrarás grupos bienaventurados de hombres y mujeres, y escucharás alegres palmoteos.
BACO.
Y esos, ¿quiénes son?
HÉRCULES.
Los iniciados...[209]
JANTIAS.
Y yo el asno portador de los misterios;[210] pero, por Júpiter, no los llevaré más.
HÉRCULES.
Que te dirán todo cuanto necesites, pues habitan en el mismo camino, junto a la puerta del palacio de Plutón. Conque, hermano mío, feliz viaje.
* * * * *
BACO.
¡Adiós! Y que Júpiter te oiga. (_A Jantias._) Vuelve a cargarte el hato.
JANTIAS.
¿Antes de habérmelo descargado?
BACO.
Y a escape.
JANTIAS.
No, no, te lo suplico: más vale que te ajustes con algún muerto de los que necesariamente tienen que recorrer este camino.
BACO.
¿Y si no lo encuentro?
JANTIAS.
Entonces llévame.
BACO.
Tienes razón. Ahí traen precisamente a un muerto. ¡Eh, tú, a ti te digo, el muerto! ¿Quieres llevar un hatillo a los infiernos?
* * * * *
UN MUERTO.
¿Es pesado?
BACO.
Míralo.
EL MUERTO.
¿Me pagarás dos dracmas?
BACO.
¡Oh, no! Menos.
EL MUERTO.
Adelante, sepultureros.
BACO.
Espera un poco, amigo mío, para ver si podemos arreglarnos.
EL MUERTO.
Si no me das dos dracmas, excusas de hablar.
BACO.
Toma nueve óbolos.[211]
EL MUERTO.
¡Antes resucitar!
JANTIAS.
¡Qué soberbio es el maldito! ¿Y no se le castigará? Iré yo mismo.
BACO.
Eres un buen muchacho. Dirijámonos a la barca.
* * * * *
CARONTE.
¡Hoop! Aborda.
JANTIAS.
¿Qué es eso?
BACO.
Es la laguna de que nos ha hablado Hércules; ya veo la barca.
JANTIAS.
Por Neptuno, ese es Caronte.
BACO.
¡Salud, Caronte! ¡Salud, Caronte! ¡Salud, Caronte![212]
CARONTE.
¿Quién viene del país de las miserias y cuidados a los campos del reposo y del Leteo, a trasquilar la lana de los asnos,[213] a la morada de los cerberios,[214] a los infiernos y al Ténaro?[215]
BACO.
Yo.
CARONTE.
Entra al punto.
BACO.
¿Adónde nos vas a llevar? ¿Al infierno, de veras?
CARONTE.
Sí, por Júpiter, para servirte. Vamos, entra.
BACO.
Ven acá, muchacho.
CARONTE.
No paso al esclavo si no ha combatido en alguna batalla naval por salvar el pellejo.[216]
JANTIAS.
No pude, porque tenía entonces los ojos malos.
CARONTE.
Pues tienes que dar la vuelta a la laguna.
JANTIAS.
¿Y dónde me detengo?
CARONTE.
En la piedra de Aveno,[217] junto a las posadas.
BACO.
¿Has entendido?
JANTIAS.
Perfectamente. ¡Qué desgraciado soy! Sin duda al salir de casa tuve algún encuentro de mal agüero.
(_Vase._)
* * * * *
CARONTE.
(_A Baco._) Siéntate al remo. — Si hay algún otro que desee pasar, que se apresure. — ¡Eh, tú! ¿Qué haces?[218]
BACO.
¿Qué he de hacer? Me he sentado sobre el remo como me has dicho.
CARONTE.
Colócate ahí, panzón.
BACO.
Ya estoy.
CARONTE.
Adelanta los brazos; extiéndelos.
BACO.
Ya están.
CARONTE.
¡Basta de tonterías! Rema vigorosamente.
BACO.
¿Cómo he de poder remar si no conozco este oficio, ni he estado nunca en Salamina?
CARONTE.
Facilísimamente; porque en cuanto cojas el remo vas a oír bellísimos cánticos.
BACO.
¿De quién?
CARONTE.
De las ranas, émulas de los cisnes; ¡son deliciosos!
BACO.
Ea, manda la maniobra.
CARONTE.
¡Hoop, op! ¡Hoop, op!
* * * * *
LAS RANAS.[219]
Brekekekex, coax, coax; brekekekex, coax, coax. Húmedas hijas de los pantanos, mezclemos nuestro cántico sonoro a los dulces sonidos de las flautas, coax, coax; repitamos los himnos que en honor de Baco Niseo,[220] hijo de Júpiter, entonamos en la sagrada fiesta de las ollas,[221] cuando la multitud embriagada se dirige a nuestro templo del pantano.[222]Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Principian a dolerme las nalgas, carísima coax, coax. — Pero a vosotras no se os importa nada.
LAS RANAS.
Brekekekex, coax, coax.
BACO.
¡Así reventéis con vuestro coax! ¡Siempre coax, coax!
LAS RANAS.
Y con razón, imbécil. Porque yo soy la favorita de las Musas, hábiles tañedoras de la lira, y del cornípedo Pan, diestro en el caramillo. Me ama también el citarista Apolo, porque hago crecer en los pantanos cañas para los puentes de sus liras. Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Ya se me han levantado ampollas; tengo el trasero inundado de sudor, y pienso que pronto empezaré a decir, brekekekex, coax, coax. Pero callad, raza graznadora.
LAS RANAS.
¡Callar! Al contrario, cantaremos más fuerte. Porque a nosotras nos deleita en los días apacibles saltar entre el fleos[223] y la juncia, entonando los himnos que solemos cantar cuando nadamos; o bien, cuando Júpiter vierte la lluvia, sumergidas en el fondo de nuestras moradas, unir nuestras ágiles voces al ruido de las gotas. Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Os prohíbo cantar.
LAS RANAS.
El silencio es para nosotras insoportable.
BACO.
Más insoportable es para mí el destrozarme remando.
LAS RANAS.
Brekekekex, coax, coax.
BACO.
¡Ojalá reventéis! Poco me importaría.
LAS RANAS.
Pues nosotras graznaremos a toda voz, desde la mañana hasta la noche, brekekekex, coax, coax.
BACO.
En eso no me ganaréis.
LAS RANAS.
Ni tú a nosotras.
BACO.
Ni vosotras a mí. Graznaré, si es preciso, todo el día hasta dominar vuestro coax. Brekekekex, coax, coax. Ya sabía yo que os había de hacer callar.
CARONTE.
¡Eh! Para, para. Empuja el bote a la orilla con el remo. Desembarca, y paga.
BACO.
Ahí tienes dos óbolos. — ¡Jantias! ¿Dónde está Jantias? ¡Eh, Jantias!
* * * * *
JANTIAS.
¡Eh!
BACO.
Ven acá.
JANTIAS.
Salud, amo mío.
BACO.
¿Qué es lo que hay ahí?
JANTIAS.
Tinieblas y cieno.
BACO.
¿Has visto en algún lugar a los parricidas y perjuros de que aquel nos habló?
JANTIAS.
¿No los has visto tú?
BACO.
Por Neptuno, ahora los veo.[224] Ea, ¿qué hacemos?
JANTIAS.
Lo mejor será ir más adelante, porque este es el sitio donde nos dijo que estaban los monstruos horrendos.
BACO.
¡Cómo se va a fastidiar! Nos contaba fábulas para meterme miedo; fue pura envidia. ¡Como sabe que yo soy lo más bravo...! Hércules es muy arrogante. Yo quisiera tener algún encuentro, alguna ocasión de hacer famoso mi viaje.
JANTIAS.
Por Júpiter, siento no sé qué ruido.
BACO. (_Asustado._)
¿Dónde? ¿dónde?
JANTIAS.
Detrás.
BACO.
Anda detrás.
JANTIAS.
No, es delante.
BACO.
Pues anda delante.
JANTIAS.
Por Júpiter, veo un monstruo gigantesco.
BACO.
¿Cómo es?
JANTIAS.
¡Horrendo! Toma toda clase de formas: ya es un buey, ya es un mico, ya una mujer muy hermosa.
BACO.
¿Dónde está? ¡Oh! Voy a salirle al encuentro.
JANTIAS.
Ya no es mujer; ahora es un perro.
BACO.
Entonces es Empusa.[225]
JANTIAS.
Todo su rostro está lleno de fuego.
BACO.
Tiene una pierna de bronce.
JANTIAS.
Y otra de asno.[226] Tenlo por seguro.
BACO.
¿Adónde me escapo?
JANTIAS.
¿Y yo?
BACO.
¡Oh sacerdote!,[227] sálvame para que pueda beber contigo.
JANTIAS.
¡Estamos perdidos, Hércules poderoso!
BACO.
No lo mientes, querido mío; no pronuncies su nombre.
JANTIAS.
Entonces diré: ¡Oh Baco!
BACO.
Menos aún.
JANTIAS.
Sigue todo derecho. — Aquí, aquí, amo mío.
BACO.
¿Qué pasa?
JANTIAS.
Tranquilízate: la cosa va bien; ya podemos decir como Hegéloco: «Después de la tempestad veo la calma.»[228] Empusa ha desaparecido.
BACO.
Júramelo.
JANTIAS.
Lo juro por Júpiter.
BACO.
Júralo otra vez.
JANTIAS.
Lo juro por Júpiter.
BACO.
Vuélmelo a jurar.
JANTIAS.
Lo juro por Júpiter.
BACO.
¡Oh, cómo he palidecido al ver esa fantasma!
JANTIAS.
Pues ese otro se ha puesto rojo de miedo.[229]
BACO.
¡Ay! ¿Cuál es la causa de todos estos males? ¿A qué dios acusaré de mi desgraciada suerte? «¿Al Éter, habitacioncita de Júpiter, o al pie del Tiempo?»[230]
JANTIAS.
¡Eh, tú!
BACO.
¿Qué hay?
JANTIAS.
¿No has oído?
BACO.
¿Qué?
JANTIAS.
Las flautas.
BACO.
Es verdad, también ha llegado hasta mí el perfume místico de las antorchas. Cállate y escuchémoslos escondidos.
* * * * *
CORO.[231]
¡Yaco, oh Yaco! ¡Yaco, oh Yaco![232]
JANTIAS.
Eso mismo es, dueño mío; son los juegos de los iniciados de que nos hablaba; pues cantan a Yaco, como Diágoras.[233]
BACO.
También a mí me lo parece. Por lo cual, lo mejor es guardar silencio, hasta enterarnos bien de lo que sea.
CORO.
Yaco, veneradísimo Yaco, oye la voz de los que adoran tus misterios, y acude a este prado, tu mansión favorita, para dirigir sus coros; ven, y haciendo retemblar sobre tu cabeza la corona de mirto cuajado de bayas, ejecuta con atrevido pie aquella suelta y regocijada danza llena de gracias, solemne y mística, puro encanto de los iniciados.
JANTIAS.
Augusta y veneranda Ceres, ¡qué delicioso olor a carne de cerdo ha acariciado mis narices![234]
BACO.
Vamos, ¿será necesario darte un pedazo para que calles?
CORO.
Reanima la luz de las flameantes antorchas, blandiéndolas en tus manos. ¡Yaco, oh Yaco, fúlgida estrella de la iniciación nocturna! El prado deslumbra lleno de luces: vigorízanse las rodillas del anciano; disípanse sus penas, y aligérasele la carga de los años para poder formar parte de los sagrados coros. Guía tú, deidad resplandeciente, sobre esta fresca y florida alfombra las danzas de la garrida juventud. ¡Silencio! Lejos de aquí, profanos, almas impuras, nunca admitidos a las fiestas y danzas de las nobles Piérides, ni iniciados en el misterioso lenguaje ditirámbico del taurófago Cratino,[235] apasionados de los versos chocarreros o inoportunos chistes. Lejos de aquí todo el que, en vez de reprimir una sedición funesta y mirar por el bien de sus conciudadanos, atiza y exacerba las discordias, atento solo a saciar la propia avaricia. Lejos de aquí el que, estando al frente de una ciudad agobiada por la desgracia, se deja sobornar y entrega una fortaleza o las naves; o el que, como ese infame Torición,[236] cobrador de vigésimas, exporta de Egina[237] a Epidauro[238] cueros, lino, pez y demás mercancías prohibidas. Lejos de aquí todo el que aconseja a cualquiera que preste a nuestros enemigos dinero para la construcción de naves,[239] o mancha de inmundicia las imágenes de Hécate, mientras entona ditirambos.[240] Lejos de aquí todo orador que cercena el salario a los poetas[241] porque le pusieron en escena en las fiestas nacionales de Baco. A todos esos les digo, una y cien veces, que dejen libre el campo a los rústicos coros. Vosotros, elevad vuestros cantos y los himnos nocturnos propios de estas fiestas.
Adelántese cada cual osadamente por los prados floridos de esta profunda mansión, dando rienda suelta a los chistes, burlas y dicterios. ¡Basta de festines! ¡Adelante! Celebrad a nuestra divina protectora,[242] que ha prometido defender siempre este país, a pesar de Torición.
Ea, principiad ahora otros himnos en honor de la frugífera Ceres; celebradla en religiosos cantos.
Oh Ceres, reina de los puros misterios, senos propicia y protege a tu coro; permíteme entregarme en todo tiempo a los juegos y a las danzas, y que mezclando mil donaires y discretas razones, llegue a merecer con obra digna de tus fiestas ser ceñido por las bandas triunfales.
Ea, invoca ahora en tus cantos al numen jovial, eterno compañero de estas danzas.
Veneradísimo Yaco, inventor de las suavísimas melodías que en estas fiestas se cantan, ven a acompañarnos al templo de la diosa, y prueba que puedes recorrer sin fatigarte un largo camino.[243] Yaco, amigo del baile, guía mis pasos; tú has desgarrado mis sandalias y pobres vestidos, para que causen risa y me permitan danzar con más desenfado.
Yaco, amigo del baile, guía mis pasos. Mirando de reojo, acabo de ver una hermosísima doncella, por cuya túnica desgarrada asomaba indiscretamente parte de su seno;[244] Yaco, amigo del baile, guía mis pasos.
BACO.
Sí, a mí me gusta unirme a esos coros, y deseo bailar con ella.
JANTIAS.
Yo también.
CORO.
¿Queréis que nos burlemos juntos de Arquedemo?[245] A los siete años no era todavía ciudadano, y ahora es jefe de los muertos de la tierra,[246] y ejerce allí el principado de la bribonería. He oído que Clístenes se arranca sobre los sepulcros los pelos de las nalgas y se araña las mejillas:[247] tendido sobre las tumbas gime, llora y llama desolado a Sebine de Anaflisto.[248] También cuentan que Calias, el hijo de Hipobino,[249] cubierto de una piel de león,[250] se entrega sobre sus naves a un combate amoroso.
BACO.
¿Podrías decirnos dónde está la morada de Plutón? Somos unos extranjeros recién llegados.
CORO.
No vayas más lejos, ni repitas la pregunta: sabed que estáis en su misma puerta.
BACO.
Muchacho, coge de nuevo el hato.
JANTIAS.
La eterna muletilla de «la Corinto de Júpiter»[251] se repite con el hato.
CORO.
Sobre el césped de este florido bosque bailad en rueda en honor de la diosa[252] los admitidos a esta piadosa fiesta.
BACO.
Yo voy a ir con las doncellas y matronas al sitio donde se celebra la velada de las diosas, llevando la sagrada antorcha.[253]
CORO.
Vamos a los prados floridos, esmaltados de rosas, a recrearnos, según costumbre, en esas brillantes danzas presididas por las bienaventuradas Parcas. El sol y la luna solo lucen para nosotros los iniciados, que durante la vida fuimos benéficos con propios y extraños.[254]
* * * * *
BACO.
¿Cómo llamaré a esta puerta? ¿Cómo? ¿De qué manera acostumbran a llamar las gentes de este país?
JANTIAS.
No pierdas el tiempo; llama con la fuerza de Hércules, para no estar en contradicción con tu disfraz.
BACO.
¡Esclavo! ¡Esclavo!
ÉACO.
¿Quién va?
BACO.
Hércules el valeroso.
ÉACO.
¡Ah infame, atrevido, sin vergüenza, canalla, más canalla que todos los canallas juntos, tú nos llevaste nuestro perro Cerbero retorciéndole el pescuezo, y escapaste con él estando yo encargado de su guarda! Pero ya has caído en mi poder: las negras rocas de la Estigia, y el peñasco ensangrentado del Aquerón te cierran el paso; los perros vagabundos del Cocito, y la Hidra de cien cabezas te desgarrarán las entrañas; la murena Tartesia[255] devorará tus pulmones; y las Gorgonas Titrasias[256] se llevarán entre las uñas, revueltos con los intestinos, tus sanguinolentos riñones.[257] ¡Ah, corro a llamarlas!
* * * * *
JANTIAS.
¡Puf! ¿Qué has hecho?
BACO.
Una libación;[258] invoca al dios.[259]
JANTIAS.
¡Qué ridiculez! Levántate pronto, antes de que algún extraño te vea.
BACO.
Me siento desfallecer; ponme una esponja sobre el corazón.[260]
JANTIAS.
Toma.
BACO.
Acércate.
JANTIAS.
¿Dónde está? ¡Santos dioses! ¿Aquí tienes el corazón?
BACO.
De miedo se me ha caído al bajo vientre.[261]
JANTIAS.
Eres el más cobarde de los dioses y los hombres.
BACO.
¡Yo cobarde! ¡Y te he pedido una esponja! Nadie en mi lugar hubiera hecho otro tanto.
JANTIAS.
¿Pues qué?
BACO.
Un cobarde hubiera quedado tendido sobre su propia inmundicia, y yo me he levantado y me he limpiado.
JANTIAS.
¡Gran hazaña, por Neptuno!
BACO.
Ya lo creo, por Júpiter. ¿No has temblado tú al oír sus gritos y formidables amenazas?
JANTIAS.
No se me importó de ellas ni un comino.
BACO.
Ea, si eres tan valiente y animoso, haz mi papel, y puesto que nada te hace temblar, toma la clava y la piel de león; yo a mi vez llevaré el hato.
JANTIAS.
Venga al momento; es necesario obedecer. Contempla a Hércules-Jantias, y mira si soy un cobarde y si me parezco a ti.
BACO.
A mí en nada; eres el vivo retrato del bribón melitense.[262] Ea, voy a cargarme el equipaje.
* * * * *
UNA CRIADA.
¿Eres tú, querido Hércules? Entra, entra. En cuanto la diosa[263] ha sabido tu venida ha mandado amasar pan, cocer dos o tres ollas de legumbres y puches, asar un buey entero, y preparar tortas y pasteles;[264] vamos, entra.
JANTIAS.
Gracias. Es mucho honor.
LA CRIADA.
¡Ah, por Apolo! No te dejaré marchar. Ha cocido aves; ha frito deliciosas confituras y preparado un vino exquisito. Vamos, entra conmigo.
JANTIAS.
Mil gracias.
LA CRIADA.
¿Estás loco? No te he de soltar. Tiene también a tu disposición una bellísima tañedora de flauta y dos o tres bailarinas.
JANTIAS.
¿Qué dices? ¿Bailarinas?
LA CRIADA.
En la flor de la juventud, y recién salidas del tocador. Pero entra; el cocinero iba ya a sacar del fuego los peces, y a llevarlos a la mesa.
JANTIAS.
Sea; vete a decir a esas bailarinas que entro al instante. Tú, muchacho, sígueme con el hato al hombro.
* * * * *
BACO.
¡Eh, tú, alto! Sin duda has tomado en serio el papel de Hércules que yo te he dado en broma. Basta de sandeces, Jantias; vuelve a cargarte el hato.
JANTIAS.
¿Qué es esto? Creo que no pensarás quitarme lo que me has dado.
BACO.
Es más, lo hago, y al momento. ¡Pronto! Venga esa piel.
JANTIAS.
Pongo a los dioses por testigos y les encomiendo mi venganza.
BACO.