Comedias, tomo 3 de 3

Part 3

Chapter 33,858 wordsPublic domain

MNESÍLOCO.

«Me llamo Helena.»[131]

MUJER SÉPTIMA.

¿Vuelves a fingirte mujer, sin haber sufrido todavía el castigo por el primer disfraz?

MNESÍLOCO.

«Mil guerreros murieron por mí a orillas del Escamandro.»[132]

MUJER SÉPTIMA.

¡Ojalá hubieses muerto tú también!

MNESÍLOCO.

«Y yo estoy en estos lugares; ¡y mi esposo, el mísero Menelao,[133] no viene todavía! ¡Ah! ¿Por qué vivo aún?»

MUJER SÉPTIMA.

Por la cobardía de los cuervos.

MNESÍLOCO.

«¿Pero qué dulce presentimiento hace palpitar mi corazón? ¡Oh Júpiter, no burles mi esperanza!»

* * * * *

EURÍPIDES. (_Fingiéndose Menelao._)

«¿Quién es el dueño de esta fortificada mansión?[134] ¿Acogerá a unos náufragos extranjeros, que han sufrido sobre las olas del mar todos los horrores de la borrasca?»[135]

MNESÍLOCO.

«Este es el palacio de Proteo.»[136]

EURÍPIDES.

¿De qué Proteo?

MUJER SÉPTIMA.

¿Habrá mentiroso? Proteo[137] ha muerto hace diez años.

EURÍPIDES.

«¿A qué región ha arribado mi nave?»

MNESÍLOCO.

A Egipto.

EURÍPIDES.

«¡Oh infortunado! ¡Adónde nos arrojó la tempestad!»

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero puedes creer las necedades que te cuenta ese perdido? Estás en el templo de Ceres.

EURÍPIDES.

«¿Está Proteo en su palacio, o fuera del alcance de la vista?»[138]

MUJER SÉPTIMA.

Por fuerza estás mareado todavía. Acabas de oír que Proteo ha muerto, y preguntas si está o no en su palacio.

EURÍPIDES.

«¡Ay, murió! ¿Dónde descansan sus cenizas?»

MNESÍLOCO.

«¿Me ves sentada sobre su tumba?»[139]

MUJER SÉPTIMA.

¡Que el cielo te confunda! ¿Pues no dice que el altar es un sepulcro?

EURÍPIDES.

«¿Y por qué, extranjera, estás sentada sobre ese mortuorio monumento envuelta en fúnebre ropaje?»

MNESÍLOCO.

«Quieren obligarme a unir mi destino al del hijo de Proteo.»[140]

MUJER SÉPTIMA.

¿Por qué engañas a ese infeliz extranjero? — No le creas; es un bribón que se ha metido entre las mujeres para robarnos las joyas.

MNESÍLOCO. (_A la Mujer séptima._)

«Grita, lléname de ultrajes.»

EURÍPIDES.

«Extranjera, ¿quién es esa anciana que te insulta?»

MNESÍLOCO.

«Es Teonoe, hija de Proteo.»

MUJER SÉPTIMA.

¡No, por las diosas! Soy Crítila, hija de Antiteo, natural de Gargetes,[141] y tú, un canalla.

MNESÍLOCO.

«Inútiles palabras; jamás me casaré con tu hermano; jamás seré infiel a mi Menelao, que combate bajo las murallas de Troya.»

EURÍPIDES.

«¡Mujer! ¿Qué has dicho? Vuelve hacia mí los rayos de tus ojos.»

MNESÍLOCO.

«Mis ultrajadas mejillas me lo impiden.»[142]

EURÍPIDES.

«¿Qué miro? La voz se ahoga en mi garganta... ¡Dioses! ¿Qué facciones contemplo? Mujer, ¿quién eres?»

MNESÍLOCO.

«Y tú ¿quién eres? Mi sorpresa es igual a la tuya.»

EURÍPIDES.

«¿Eres griega o indígena?»

MNESÍLOCO.

«Griega; pero yo anhelo saber tu patria.»

EURÍPIDES.

«Mujer, te pareces extraordinariamente a Helena.»

MNESÍLOCO.

«Y tú a Menelao; a lo menos en esos... perifollos.»[143]

EURÍPIDES.

«El mismo: yo soy aquel mortal infortunado.»

MNESÍLOCO.

«¡Oh! ¡Cuánto has tardado en venir a los brazos de tu esposa! Estréchame contra tu corazón, esposo mío; ciñe mi cuello con tus manos; déjame que te bese. Pronto, pronto, arráncame de estos funestos lugares.»

MUJER SÉPTIMA.

¡Pobre del que te lleve! Le sacudiré con esta antorcha.

EURÍPIDES.

«¿Me prohíbes que me lleve a Esparta a mi esposa, a la hija de Tíndaro?»

MUJER SÉPTIMA.

Me vas pareciendo un redomado bribón, cómplice de ese otro canalla. No sin razón charlabais tanto de Egipto.[144] Pero ese a lo menos tendrá su merecido. Ya vienen el Pritáneo y el arquero.

EURÍPIDES.

Esto va mal. Tengo que retirarme con precaución.

MNESÍLOCO.

¿Y qué haré yo, infeliz?

EURÍPIDES.

Tranquilízate. Mientras me quede un soplo de vida, no te desampararé, a menos de que mis infinitos ardides me abandonen.

MNESÍLOCO.

En este anzuelo no ha caído nada.

* * * * *

EL PRITÁNEO.

¿Es ese el bribón que nos ha denunciado Clístenes? — ¡Eh, tú, no te escondas! — Arquero, átale a ese poste, y sujétalo bien: encárgate de su guarda, y no permitas que nadie se le acerque: si alguno se aproxima, hazle huir a latigazos.

MUJER SÉPTIMA.

Excelente orden; pues hace un instante que por poco se me lo lleva otro bribón.

MNESÍLOCO.

Oh Pritáneo, por esa diestra que tiendes de tan buena gana cuando alguno te ofrece dinero, concédeme una pequeña gracia, ya que voy a morir.

EL PRITÁNEO.

¿Qué gracia?

MNESÍLOCO.

Manda al arquero que me desnude, antes de atarme al poste, para que este pobre viejo no cause risa con su túnica azafranada y su mitra a los mismos cuervos que se lo han de comer.

EL PRITÁNEO.

El Senado ha dispuesto que se te exponga en ese traje, para que los transeúntes se enteren de tu delito.

MNESÍLOCO

¡Oh maldito disfraz! ¡A qué extremo me reduces! ¡No tengo ya esperanza de salvación!

* * * * *

CORO.

Ea, divirtámonos, como es mujeril costumbre cuando celebramos los misterios de las diosas, en estos festivos días que Pauson[145] santifica con ayunos, rogando a las dos venerables que los multipliquen en consideración a su persona.

Lanzaos con pie ligero; formad ruedas; enlazad vuestras manos; saltad acompasadamente, con vivos y cadenciosos movimientos; girad los ojos en torno y mirad a todas partes. Al propio tiempo celebre el coro, con trasportes de religiosa alegría, a la raza de los dioses celestiales.

¡Cuán engañado está quien se imagine que, porque soy mujer, voy a hablar mal de los hombres en el templo! Solo tratamos de ejecutar por primera vez, como el baile lo exige, una armoniosa rueda.

Partid, cantando al dios de la sonora lira, y a la casta deidad, armada del arco.[146] ¡Salve, Apolo de rápidas flechas, danos la victoria! Tributemos un justo homenaje a Juno, directora de todas las danzas, guarda de las llaves del dulce himeneo.

Mercurio, dios de los pastores, Pan, y vosotras, amadas Ninfas, conceded a los coros una sonrisa benévola.

Ea, partamos con nuevos bríos, y animémonos con vivos palmoteos. Divirtámonos, oh mujeres, según es costumbre, y guardemos absoluto ayuno. Vuélvete ahora hacia ese otro lado; marca el compás con el pie, y entona variados cánticos. Guíanos tú, Baco, coronado de hiedra, pues en mis cantos y danzas te celebro a ti. ¡Oh Evio! ¡Oh Dionisio! ¡Oh Bromio,[147] hijo de Semele!, que te complaces en mezclarte en las montañas a los coros de las amables Ninfas, concluyendo tus himnos con el alegre ¡Evios! ¡Evios! ¡Evohé! — Eco, la Ninfa del Citerón, repite tus acentos, que resuenan bajo las opacas bóvedas del espeso follaje, y entre los peñascos de la selva; en torno de ti, la hiedra enlaza sus ramos, cargados de flores.

* * * * *

EL ARQUERO.

Vas a pasar la pena negra, aquí, al aire libre.[148]

MNESÍLOCO.

Arquero, yo te suplico...

EL ARQUERO.

Nada me pidas.

MNESÍLOCO.

Afloja un poco esa argolla.

EL ARQUERO.

Ya voy a hacerlo.

MNESÍLOCO.

¡Ay! ¡ay! La aprietas más.

EL ARQUERO.

¿Quieres más todavía?

MNESÍLOCO.

¡Ay! que el cielo te confunda.

EL ARQUERO.

Cállate, pobre viejo. Voy a traer una estera, para guardarte con comodidad.[149]

MNESÍLOCO.

¡Estos son los placeres que tengo que agradecer a Eurípides!... Pero, ¡oh dioses y Júpiter salvador!, aún tengo esperanzas. Parece que no piensa abandonarme...

Perseo al desaparecer me indicó disimuladamente que me fingiese Andrómeda;[150] ya estoy atado como aquella princesa infeliz. No hay duda que vendrá a salvarme; de otro modo no hubiera huido volando.[151]

* * * * *

EURÍPIDES. (_Fingiéndose Perseo._)

Ninfas amadas, si pudiera acercarme sin que el escita me viera... ¿Me oyes tú, moradora de los antros?[152] En nombre del pudor, permíteme acercarme a mi esposa.

MNESÍLOCO.[153]

¡Un implacable verdugo ha encadenado al más infeliz de los mortales! Logró escapar a duras penas de aquella repugnante vieja, y caí en un nuevo infortunio: ese escita no se aparta de mi lado: desprovisto de toda defensa, voy a servir de banquete a los cuervos. ¿Lo veis? Ya no tomo parte en los coros de las doncellas, ni llevo el cestillo de los sufragios; cargada de prisiones, me veo expuesta a la voracidad de la ballena Gláucetes.[154]

¡Mujeres, deplorad mi suerte con el himno de la esclavitud, y no con el del himeneo! ¡Ay, que me agobian infinitos males!... ¡Infeliz, infeliz de mí... e infeliz por mis parientes! Presa de tormentos injustos, mis ayes son capaces de arrancar torrentes de lágrimas al insensible Tártaro. ¡Ay, ay! Socórreme, autor de mis males, tú, que me rapaste primero y me enviaste después vestido de amarilla túnica al templo donde estaban reunidas las mujeres. ¡Oh hado inexorable! ¡Oh cruel destino! ¿Quién podrá ver sin compadecerse mi espantosa desdicha? ¡Ojalá los rayos deslumbradores del Éter me aniquilen... a ese bárbaro![155] Porque ya no me es grato contemplar la eterna luz, desde que colgado, estrangulado, loco de dolor, desciendo por el camino más corto a la mansión de los muertos.

* * * * *

EURÍPIDES. (_Fingiéndose la ninfa Eco._)

¡Salud, hija querida! ¡Que los dioses confundan a tu padre Cefeo,[156] que te ha expuesto de ese modo!

MNESÍLOCO. (_Fingiéndose Andrómeda._)

¿Quién eres tú que así te compadeces de mis males?

EURÍPIDES.

Soy Eco, la ninfa que repite fielmente todas las voces; la misma que el año pasado presté en este lugar mi eficaz ayuda a Eurípides.[157] Pero, hija mía, lo que tú debes hacer es lamentarte lastimosamente.

MNESÍLOCO.

Y tú repetir mis gemidos.

EURÍPIDES.

Así lo haré; principia.

MNESÍLOCO.

¡Oh noche sagrada! ¡Cuán larga es tu carrera! ¡Cuán lento rueda tu carro por la estrellada bóveda de los cielos y el venerando Olimpo!

EURÍPIDES.

Olimpo.

MNESÍLOCO.

¿Por qué a Andrómeda le han tocado con preferencia todos los males en suerte?

EURÍPIDES.

En suerte.

MNESÍLOCO.

¡Muerte mísera!

EURÍPIDES.

¡Muerte mísera!

MNESÍLOCO.

Me asesinas, vieja charlatana.

EURÍPIDES.

Vieja charlatana.

MNESÍLOCO.

A la verdad, estás insoportable.

EURÍPIDES.

Insoportable.

MNESÍLOCO.

Amigo mío, déjame lamentarme solo, y me darás gusto. Basta ya.

EURÍPIDES.

Basta ya.

MNESÍLOCO.

¡Vete al infierno!

EURÍPIDES.

¡Vete al infierno!

MNESÍLOCO.

¡Qué peste!

EURÍPIDES.

¡Qué peste!

MNESÍLOCO.

¡Qué necedad!

EURÍPIDES.

¡Qué necedad!

MNESÍLOCO.

Lo vas a sentir.

EURÍPIDES.

Lo vas a sentir.

MNESÍLOCO.

Y vas a clamar.

EURÍPIDES.

Y vas a clamar.

EL ARQUERO.

¡Eh, tú! ¿qué charlas?

EURÍPIDES.

¡Eh, tú! ¿qué charlas?

EL ARQUERO.

Llamaré a los Pritáneos.

EURÍPIDES.

Llamaré a los Pritáneos.

EL ARQUERO.

¡Es extraño!

EURÍPIDES.

¡Es extraño!

EL ARQUERO.

¿De dónde sale esa voz?

EURÍPIDES.

¿De dónde sale esa voz?

EL ARQUERO.

¿Hablas tú?

EURÍPIDES.

¿Hablas tú?

EL ARQUERO.

¡Cuidado!

EURÍPIDES.

¡Cuidado!

EL ARQUERO.

¿Te burlas de mí?

EURÍPIDES.

¿Te burlas de mí?

MNESÍLOCO.

Yo no, esa mujer que está junto a ti.

EURÍPIDES.

Que está junto a ti.

EL ARQUERO.

¿Dónde está esa bribona? ¡Ah, se escapa! ¿Adónde, adónde vas?

EURÍPIDES.

¿Adónde, adónde vas?

EL ARQUERO.

No te escaparás.

EURÍPIDES.

No te escaparás.

EL ARQUERO.

¿Aún charlas?

EURÍPIDES.

¿Aún charlas?

EL ARQUERO.

Coged a esa bribona.

EURÍPIDES.

Coged a esa bribona.

EL ARQUERO.

¡Gárrula y detestable mujer!

EURÍPIDES. (_Fingiéndose Perseo._)

¡Oh dioses! ¿A qué bárbara región me ha traído mi rápido vuelo? Yo soy Perseo, que surcando el éter con mis alados pies, me encamino a Argos, llevando la cabeza de la Gorgona.

EL ARQUERO.

¿Qué dices de la cabeza de Gorgo el escribano?[158]

EURÍPIDES.

He dicho la cabeza de la Gorgona.

EL ARQUERO.

Pues bien, de Gorgo.

EURÍPIDES.

¡Ah! ¿Qué veo? ¿Una doncella semejante a las diosas encadenada a ese escollo como un navío en el puerto?[159]

MNESÍLOCO.

Extranjero, ten piedad de esta mísera, desata mis cadenas.

EL ARQUERO.

Cállate. ¡Habrá audacia como la suya! ¡Está para morir y aún charla!

EURÍPIDES.

¡Oh doncella! Muéveme a compasión el verte encadenada.

EL ARQUERO.

Si no es doncella; si es un viejo zorro, ladrón y canalla.

EURÍPIDES.

Tú desbarras, escita; esa es Andrómeda, la hija de Cefeo.

EL ARQUERO.

Míralo bien; ¿te parece todavía una doncella?[160]

EURÍPIDES.

Escita, dame la mano, para que me acerque a esa joven. Todos los hombres tenemos nuestro flaco; el mío es estar enamorado de esa virgen.

EL ARQUERO.

No te envidio el gusto. Puedes hacer de él lo que quieras, sin que tenga celos.

EURÍPIDES.

¿Por qué no me permites desatarla, y arrojarme en los brazos y en el tálamo de una esposa querida?

EL ARQUERO.

Si tan furiosamente adoras a ese anciano, esa tabla no debe ser obstáculo a tus deseos.[161]

EURÍPIDES.

¡Ah! voy a soltar sus ligaduras.

EL ARQUERO.

Y yo a majarte a palos.

EURÍPIDES.

Pues lo haré.

EL ARQUERO.

Pues te cortaré la cabeza con mi espada.

EURÍPIDES.

¡Ay! ¿Qué hacer? ¿Qué razones emplear? Ese bárbaro no las comprendería. Quien a ingenios rudos presenta pensamientos nuevos o ingeniosos, pierde sin fruto el tiempo.[162] Busquemos otro medio apropiado a su condición.

EL ARQUERO.

¡Zorro maldito! ¡Cómo trataba de engañarme!

MNESÍLOCO.

No olvides, Perseo, el infortunio en que me dejas.

EL ARQUERO.

Está visto que quieres llevar unos cuantos latigazos.

* * * * *

CORO.

Palas, amiga de los coros, yo te invoco obedeciendo al sagrado rito. Ven, casta doncella, libre del yugo de himeneo, protectora de nuestra ciudad, única guarda de su poder y de sus puertas. Apareces enemiga natural de los tiranos; el pueblo de las mujeres te llama; acude en compañía de la Paz, amiga de las fiestas.

Vosotras también, diosas augustas,[163] venid benévolas y propicias a vuestro sagrado bosque, donde la vista de los hombres no puede escudriñar los sagrados misterios; donde a la luz de las brillantes antorchas, mostráis vuestro rostro inmortal. Llegad, acercaos, os lo pedimos humildemente, venerandas Tesmóforas. Si alguna vez, accediendo a nuestros ruegos, os dignasteis venir, venid ahora también y no desoigáis nuestros votos.

* * * * *

EURÍPIDES.

Mujeres, si queréis reconciliaros conmigo, consiento y me comprometo a no hablar mal de vosotras en adelante. Estas son mis condiciones de paz.

CORO.

¿Por qué motivo nos la propones?

EURÍPIDES.

El hombre que está atado a ese poste es mi suegro. Si me lo entregáis, no volveré a hablar mal de vosotras; pero si no accedéis, me propongo denunciar a vuestros maridos a su regreso de la guerra todas vuestras ocultas maquinaciones.

CORO.

Por lo que a nosotras toca, quedan aceptadas tus condiciones; pero tienes que persuadir a ese bárbaro.

EURÍPIDES.

Eso es cuenta mía. (_Vuelve disfrazado de vieja con una bailarina y una tañedora de flauta._) Acuérdate, Elafión,[164] de hacer lo que te he dicho en el camino. Pasa adelante, y recógete el vestido. — Tú, Teredón, toca la flauta al modo pérsico.

EL ARQUERO.

¿Qué significa esa música? ¿Quién trata de excitarme?

EURÍPIDES. (_De vieja._)

Arquero, esta muchacha necesita ejercitarse, pues tiene que ir a bailar delante de unos hombres.

EL ARQUERO.

Que baile y se ejercite; yo no se lo he de impedir. ¡Qué ágil es! ¡Salta como una pulga en un pellejo de carnero!

EURÍPIDES.

Vamos, hija mía, quítate ese vestido; siéntate en las rodillas del escita, y alárgame los pies para que te descalce.[165]

EL ARQUERO.

Sí, sí, siéntate, niña mía. ¡Oh qué seno tan duro!

EURÍPIDES.

Toca pronto la flauta. ¿Aún te da miedo el escita?

EL ARQUERO.

¡Qué hermosísima es!

EURÍPIDES.

¡Orden, amigo mío!

EL ARQUERO.

Pues no quedaría descontenta.[166]

EURÍPIDES.

Bien. (_A la bailarina._) Ponte el vestido: ya es hora de marchar.

EL ARQUERO.

¿Sin darme un beso?

EURÍPIDES.

Vamos, bésale.

EL ARQUERO.

¡Ajajá! ¡Qué boquita tan dulce! Ni la miel del Ática. Mas, ¿por qué no ha de pasar un rato conmigo?[167]

EURÍPIDES.

Adiós, arquero, eso no es posible.

EL ARQUERO.

Sí, sí, viejecita mía, hazme ese favor.

EURÍPIDES.

¿Me darás un dracma?

EL ARQUERO.

Sí, sí, te lo daré.

EURÍPIDES.

Pues venga el dinero.

EL ARQUERO.

No tengo un óbolo, pero toma mi carcaj.

EURÍPIDES.

Traerás aquí a la muchacha.

EL ARQUERO.

Sígueme, hermosa; tú, viejecita mía, guarda en tanto a ese anciano. ¿Cómo te llamas?

EURÍPIDES.

Artemisia.

EL ARQUERO.

No se me olvidará. Artamuxia.

(_Vase con la bailarina._)

* * * * *

EURÍPIDES.

Astuto Mercurio, todo sale a pedir de boca. Corre, pobre muchacho, corre con la bailarina, mientras yo le desato. — Tú, en cuanto te suelte, huye a toda prisa, y refúgiate en casa, entre tu mujer y tus hijos.

MNESÍLOCO.

Esa es cuenta mía, en cuanto me vea libre.

EURÍPIDES.

Ya lo estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.

MNESÍLOCO.

Ya lo hago.

(_Se van Eurípides y Mnesíloco._)

EL ARQUERO.

Viejecita mía, ¡qué hermosa hijita tienes! ¡Lo más dócil, lo más amable!... ¿Dónde está la vieja? ¡Ah, estoy perdido! ¿Adónde se ha ido el viejo? Vieja, viejecita mía, eso no está bien hecho. Artamuxia me ha engañado. Lejos de mí, maldito carcaj. Con razón te llaman así; por ti me ha engañado la vieja.[168] ¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está la viejecita? ¡Artamuxia!

CORO.

¿Preguntas por una vieja que llevaba una lira?

EL ARQUERO.

Sí, sí. ¿La habéis visto?

CORO.

Se marchó de aquí seguida de un viejo.

EL ARQUERO.

¿Un viejo con una túnica amarilla?

CORO.

Eso es. Aún podrás alcanzarlos si los persigues por ahí.

EL ARQUERO.

¡Maldita vieja! ¿Por cuál camino huyó? ¡Artamuxia!

CORO.

Sube todo derecho. ¿Adónde corres? Vuelve atrás: sigue la dirección contraria.

EL ARQUERO.

¡Pobre de mí! Y en tanto huye Artamuxia.

CORO.

Corre, corre. ¡Ojalá un viento favorable se te lleve... al infierno! Pero ya es hora de que cesen nuestros juegos y de retirarnos a nuestros hogares. ¡Plegue a las Tesmóforas sernos propicias en premio de nuestro trabajo!

FIN DE LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.

LAS RANAS.

NOTICIA PRELIMINAR.

Baco, en cuyo honor se celebraban los certámenes trágicos y cómicos por haber tenido origen en sus fiestas, cansado de las malísimas tragedias que se representaban después de la muerte de Sófocles y Eurípides, se decide a descender al infierno en busca de un buen poeta. Para conseguir su objeto, y recordando que Hércules había ya realizado empresa tan peligrosa, llama al templo de este héroe, y después de adquirir las noticias necesarias para el viaje, parte acompañado de su esclavo Jantias y disfrazado con la piel de león y la clava de Alcides.

Al llegar a la laguna Estigia, Caronte le admite en su barca, y durante el trayecto óyese el canto de las ranas, que graznan a su sabor, insultando con su estrepitosa alegría las molestias que el dios experimenta. Este episodio completamente desligado de la comedia es, sin embargo, el que le da título.

Después de varias peripecias que ponen de manifiesto la cobardía de Baco, y de sufrir este los insultos y malos tratamientos de dos taberneras y Éaco, que le confunden con Hércules, penetra en el palacio de Plutón, precisamente cuando todo el infierno se halla conmovido por una terrible disputa entre Esquilo y Eurípides, a causa de pretender este ocupar el trono de la tragedia. Baco es elegido juez, y ambos rivales, en una larga escena interesantísima bajo el punto de vista de crítica literaria, se echan en cara todos los vicios y defectos de sus obras. Cansado Esquilo de las sutilezas y argucias de su adversario, propone la prueba decisiva de pesar los versos de uno y otro en una balanza, y consigue un triunfo completo. En vista de lo cual, Baco se lo lleva a la tierra, desentendiéndose del compromiso contraído con Eurípides; y Esquilo, al partir, entrega el cetro trágico a Sófocles, que ha presenciado la discusión con un silencio lleno de modestia.

El objeto principal de _Las Ranas_, como de la breve exposición de su argumento se deduce, es atacar el sistema dramático de Eurípides, en el cual veía Aristófanes iniciarse la decadencia de la tragedia. Los más perspicaces críticos modernos no han podido menos de reconocer lo justificado de sus censuras, que en esta comedia rara vez se apartan de aquella decencia y miramiento poco frecuentes en otras del mismo autor. Fuera, en efecto, de alguna que otra maligna alusión al oficio de la madre de Eurípides y a las relaciones de Cefisofonte con su esposa, y de cierta violencia en la censura, natural en boca de Esquilo, a quien se pinta terriblemente irritado, cuanto se dice respecto al rebajamiento de los caracteres, del estilo y de los asuntos, a la inmoralidad de muchas de las fábulas y sentencias, al alambicamiento y sutileza de los pensamientos, a las sofísticas y antitrágicas discusiones y a la poca habilidad y verosimilitud en la exposición y desarrollo de la acción, es indudablemente cierto, y como tal ha sido reconocido por los más entusiastas admiradores de Eurípides.

Otra de las cosas que llaman la atención en _Las Ranas_ de Aristófanes es la burla que en ella se hace de varias divinidades del Olimpo, y muy especialmente de Baco, cuya fiesta se solemnizaba con la representación de esta comedia. El dios tutelar del arte dramático aparece cobarde y fanfarrón, y sujeto a las contingencias del más débil de los mortales; y su hermano, el esforzado Alcides, da muestras de aquella glotonería, por la cual ya le vimos caracterizado en _Las Aves_.

A pesar de que el objeto de Aristófanes bien claro está, como queda dicho, que no es otro que satirizar a dioses y poetas, algunos han querido encontrar una intención política más profunda y trascendental en _Las Ranas_, creyendo que su fin era censurar al gobierno ateniense porque abría demasiado la mano en la cuestión de admitir en su seno esclavos y extranjeros. Mas aunque es cierto que el poeta toca repetidas veces este punto en su comedia, no lo es menos que lo hace solo de pasada, sin manifestar que su intención principal sea esa.

_Las Ranas_ se representaron, según indican sus prologuistas griegos y se desprende de diferentes pasajes[169] de la misma, el año 406 antes de Jesucristo, correspondiente al vigesimosexto de la guerra. Agradó tanto a los espectadores, que, no contentos con darle la preferencia sobre otras dos de Platón y Frínico, le concedieron el honor raro y singular de pedir una segunda representación.

PERSONAJES.

JANTIAS. BACO. HÉRCULES. UN MUERTO. CARONTE. CORO DE RANAS. CORO DE INICIADOS. ÉACO. UNA CRIADA DE PROSERPINA. DOS TABERNERAS. EURÍPIDES. ESQUILO. PLUTÓN.

* * * * *

La escena pasa al principio en el camino de Atenas a los Infiernos; después en los Infiernos mismos.

LAS RANAS.

JANTIAS.

¿Diré, dueño mío, alguno de esos chistes de cajón que siempre hacen reír a los espectadores?

BACO.

Di lo que se te antoje, excepto el consabido: «No puedo más.»[170] Pues estoy harto de oírlo.

JANTIAS.

¿Y algún otro más gracioso?

BACO.

Con tal que no sea el «estoy hecho pedazos.»

JANTIAS.

¿Entonces no he de decir ninguna agudeza?

BACO.

Sí, por cierto, y sin ningún temor. Solo te prohíbo...

JANTIAS.

¿Qué?

BACO.

Decir, al cambiar el hato de hombro, que no puedes aguantar cierta necesidad.[171]

JANTIAS.

¿Tampoco que si alguno no me alivia de este enorme peso, tendré que dar suelta a algún gas?[172]

BACO.

Nada de eso, te lo suplico: a no ser cuando tenga que vomitar.

JANTIAS.

No sé entonces qué necesidad había de echarme al hombro esta carga, para no poder hacer ninguna de aquellas cosas tan frecuentes en Frínico,[173] Licis[174] y Amipsias,[175] que siempre introducen en sus comedias mozos de cordel.

BACO.

No hagas tal; porque cuando yo me siento entre los espectadores y miro invenciones tan vulgares, envejezco más de un año.

JANTIAS.

¡Desdichado hombro mío! Sufres y no se te permite hacer reír.

BACO.

¿No es esto el colmo de la insolencia y de la flojedad? Yo, Baco, hijo del ánfora,[176] voy a pie y me fatigo, mientras le cedo a ese sibarita mi asno para que vaya a su gusto y no tenga nada que llevar.

JANTIAS.

Pues qué, ¿no llevo yo nada?

BACO.