Part 2
No es la ambición, ¡oh mujeres!, lo que me mueve a usar de la palabra, os lo juro por las diosas. Muéveme solamente la indignación que me sofoca al veros vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de una verdulera.[70] ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue? ¿Qué ocasión de calumniarnos desperdicia, en cuanto tiene muchos o pocos oyentes, actores y coros? Nos llama adúlteras, desenvueltas, borrachas, traidoras, charlatanas, inútiles para nada de provecho, peste de los hombres; con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos miran de reojo, y registran la casa para ver si hay oculto algún amante. Ya no nos permiten hacer lo que hacíamos antes: ¡tales sospechas ha inspirado ese hombre a los esposos! ¿Se le ocurre a una de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada.[71] ¿Se deja otra caer una vasija al correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta en seguida: «¿En honor de quién se ha quebrado esa olla?, sin duda del extranjero de Corinto.»[72] ¿Está enferma alguna joven? Su hermano dice al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.»[73] Si una mujer que no tiene hijos quiere suponer un parto, ya no puede hacerlo, porque los hombres nos vigilan de cerca. Para con los viejos que antes contraían matrimonio con jóvenes, también nos ha desacreditado, y ninguno se casa después de haber oído aquel verso:
«La esposa es reina del marido anciano.»[74]
Él es asimismo la causa de que nos cierren con cerrojos y sellos,[75] y tengan para guardarnos esos perrazos molosos,[76] terror de los amantes. Y esto, pase; pero ahora no podemos, como antes, sacar nosotras mismas de la despensa harina, aceite y vino; pues nuestros maridos llevan siempre consigo no sé qué condenadas llavecitas lacedemonias,[77] secretas y de tres dientes. Sin embargo, aún hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos hacer por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito Eurípides, perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a llevar colgados del cuello complicadísimos sellos de madera.[78] Creo, por consiguiente, que es necesario librarnos a toda costa de ese enemigo, dándole muerte con veneno u otro medio cualquiera. Eso es lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar en el registro del secretario.
CORO.
Nunca he visto mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo; ha examinado la cuestión bajo todos sus aspectos y los ha pesado todos. Su argumentación es nutrida, sagaz y selecta; de suerte que si al lado de ella perorase Jenocles,[79] hijo de Cárcino, os parecería, a mi modo de ver, que solo decía vaciedades.
MUJER SEGUNDA.
Habiendo abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de la acusación, diré muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo que a mí misma me sucede. Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco hijos pequeños, a los que sostenía a duras penas, haciendo coronas en la plaza de los Mirtos.[80] Con este recurso vivía así, así, es verdad; pero al fin vivía: pues bien, desde que ese hombre en sus tragedias ha demostrado al público que no existen los dioses,[81] no vendo ni la mitad que antes.[82] Por lo cual opino y os aconsejo que no dejéis de castigarle: sobran causas para ello, pues siempre, amigas mías, nos está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre legumbres. Yo voy a la plaza; tengo que hacer veinte coronas que me han encargado.
CORO.
Sus palabras han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué gracia! ¡Qué oportunidad! ¡Qué agudeza y qué astucia! Todo es claro y convincente. Sí, es necesario imponerle una pena ejemplar por sus ultrajes.
MNESÍLOCO.
No me asombra, oh mujeres, que tales acusaciones os irriten vivamente contra Eurípides, y hagan hervir vuestra bilis. Yo misma, os lo juro por la salud de mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería menester estar loca para no aborrecerle. No obstante, conviene que tengamos en confianza algunas explicaciones; ahora estamos solas, y no hay miedo de que nuestras palabras se divulguen. ¿Por qué le acusamos, por qué le hacemos gravísimas inculpaciones solo por haber revelado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos innumerables? Yo misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de muchísimos pecados; el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la edad de siete años: el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta de mi casa y la arañó suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé con precaución: mi marido me preguntó: «¿Adónde vas? — ¿Adónde? le respondí; siento dolores y retortijones de vientre y bajo al excusado. — Anda, pues», me dijo. Él se puso a majar semillas de cedro, anís y salvia,[83] y en tanto yo, después de tomar la precaución de mojar los goznes,[84] me reuní a mi amante, y apoyada sobre el altar del pórtico,[85] y agarrándome al tronco del laurel, me entregué a sus deseos. Sin embargo, notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto, ni de nuestras complacencias con los esclavos y muleteros cuando faltan amantes, ni de que después de haber pasado una noche de libertinaje, acostumbramos a comer ajos[86] a la mañana, para que al volver el marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo veis? De esto nunca ha dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué se nos importa? En cambio nunca ha hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un gran manto, y mientras el marido admira los primores del trabajo, el galán logra escurrirse a favor de la estratagema. Yo conocí a una que estuvo diez días fingiendo dolores de parto hasta comprar una criatura. Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en busca de medicinas para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin, metido en una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase: entonces, a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete, marido mío, vete que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba pataditas en el vientre... de la olla. Él se retiró tan contento; ella le quitó el taponcillo de cera, y el niño principió a llorar. Entonces la maldita vieja que lo había traído, corrió al esposo y le dijo sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es tu vivo retrato, se te parece en todo.»[87] ¿No es verdad que cometemos estas perfidias? Sí, por Diana. ¿Entonces a qué irritarnos contra Eurípides porque dice de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?[88]
CORO.
¡No vuelvo de mi asombro! ¿De dónde ha sacado esas invenciones? ¿En qué país se ha criado esa desvergonzada? Nunca hubiera creído que ninguna mujer se atreviese a contar, ni aun entre nosotras, semejantes atrocidades. Pero ya puede esperarse todo; tiene razón el proverbio antiguo: «Es necesario mirar debajo de todas las piedras, no se oculte algún orador pronto a picarnos.»[89] No hay nada peor que una mujer naturalmente desvergonzada, como no sea otra mujer.
MUJER TERCERA.
Por Aglaura,[90] amigas; habéis perdido el juicio, o estáis hechizadas, u os sucede otro grave mal, para dejar a esa peste insultarnos a todas. Si alguna de vosotras... pero no, nosotras y nuestras criadas nos encargamos de vengarnos; vamos a coger ceniza de cualquier parte, y a dejarla sin un pelo.[91] Así aprenderá a no hablar mal de las mujeres en lo sucesivo.
MNESÍLOCO.
¡Oh, no hagáis tal! Si en una asamblea donde todas las ciudadanas podemos exponer con toda libertad nuestras ideas he dicho lo que me parecía en defensa de Eurípides, ¿será justo que me condenéis a la depilación?
MUJER TERCERA.
¿Cómo no ha de ser justo castigarte? Tú eres la única que te has atrevido a defender a un hombre que ha colmado de oprobio a nuestro sexo; a un hombre que escoge de intento para argumento de sus dramas aquellos asuntos donde hay mujeres perversas, Fedras[92] o Melanipes[93], y nunca se le ocurre escribir sobre Penélope,[94] solo porque fue casta.
MNESÍLOCO.
Yo sé el motivo. Entre todas las mujeres del día no podréis encontrar una Penélope, y sí infinitas Fedras.
MUJER TERCERA.
¿No oís lo que esa bribona vuelve a decir de nosotras?
MNESÍLOCO.
Pero, por Júpiter, si aún no he dicho todo lo que sé. ¿Queréis más todavía?
MUJER TERCERA.
No puedes decir más: ya has vomitado cuanto sabías.
MNESÍLOCO.
Ni tampoco la diezmilésima parte de lo que hacemos. No he dicho, por ejemplo, que formamos con nuestras diademas una especie de tubo para sorber el vino.
MUJER TERCERA.
¡Así estalles!
MNESÍLOCO.
No he dicho que en las Apaturias[95] damos las viandas a nuestros amantes, y después echamos la culpa al gato...
MUJER TERCERA.
¡Eso es insoportable! No sabes lo que te dices.
MNESÍLOCO.
Ni que una mujer mató de un hachazo a su esposo, ni que otra le hizo perder la razón con un filtro, ni que debajo de la bañera...[96]
MUJER TERCERA.
¡Que la peste te lleve!
MNESÍLOCO.
Enterró Acárnica a su padre.
MUJER TERCERA.
¿Hay paciencia para oír esto?
MNESÍLOCO.
Ni que habiendo parido tu esclava un varón, supusiste que era tuyo, y le entregaste tu hija.
MUJER TERCERA.
Por las diosas, lo que es eso no lo dejo yo pasar: te voy a arrancar el pelo.
MNESÍLOCO.
¡No me tocarás por Júpiter!
MUJER TERCERA. (_Dándole una bofetada._)
¡Toma!
MNESÍLOCO. (_Contestándole con otra._)
¡Toma tú!
MUJER TERCERA.
Recoge mi manto, Filista.[97]
MNESÍLOCO.
Acércate nada más, y por Diana yo te...
MUJER TERCERA.
¿Qué harás tú?
MNESÍLOCO.
Te haré echar[98] la torta de sésamo que has comido.
CORO.
Basta de riñas; una mujer se dirige hacia nosotras corriendo: callad antes que llegue, para oír con sosiego lo que va a decirnos.
* * * * *
CLÍSTENES.
Queridas mujeres, a quienes imito en todo, mis mejillas imberbes demuestran la afección que os tengo; maniático por vosotras, estoy siempre dispuesto a defendemos. Hace un instante he oído hablar en el mercado de un negocio importantísimo que os concierne, y vengo a revelároslo; y al propio tiempo a aconsejaros toméis las precauciones necesarias para que no os coja desprevenidas un grande y terrible daño.
CORO.
¿Qué hay, niño mío? (Tienes tan tersas las mejillas, que bien puede llamársete así.)
CLÍSTENES.
Dicen que Eurípides ha enviado hoy a aquí mismo a un anciano pariente suyo.
CORO.
¿Para qué? ¿Con qué objeto?
CLÍSTENES.
Para que se entere de vuestros discursos y le tenga al tanto de vuestros proyectos y resoluciones.
CORO.
¿Pero cómo no hemos conocido a ese hombre entre tantas mujeres?
CLÍSTENES.
Eurípides le ha quemado y arrancado los pelos, y lo ha disfrazado completamente de mujer.
MNESÍLOCO.
¿Podéis creer eso? ¿Ha de haber un hombre tan estúpido que se deje pelar de esa manera? Yo no lo creo, ¡venerandas diosas!
CLÍSTENES.
¿Qué sabes tú? Yo no hubiera venido a comunicaros esa noticia, si no se la hubiera oído a personas que tienen motivos para saberla.
CORO.
Terrible es la noticia. Ea, mujeres, no perdamos un momento; registremos, busquemos a ese hombre, y veamos dónde ha podido ocultarse. Ayúdanos, Clístenes, y así, amigo mío, te estaremos agradecidas por doble concepto.
CLÍSTENES.
Bueno, manos a la obra. ¿Quién eres tú, la primera?
MNESÍLOCO. (_Aparte._)
¿Dónde me esconderé?
CLÍSTENES.
Vais a ser reconocidas.
MNESÍLOCO. (_Aparte._)
¡Pobre de mí!
MUJER CUARTA.
¿Quién soy yo, preguntas? La mujer de Cleónimo.
CLÍSTENES.
¿Conocéis a esta mujer?
CORO.
La conocemos; pasa a otras.
CLÍSTENES.
¿Quién es esa que lleva un niño?
MUJER CUARTA.
Mi nodriza, por Júpiter.
MNESÍLOCO. (_Aparte._)
¡Perdido soy! (_Hace un movimiento para huir._)
CLÍSTENES. (_A Mnesíloco._)
¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Quieta en tu puesto. ¿Qué te pasa?
MNESÍLOCO.
Déjame ir a orinar.
CLÍSTENES.
Eres una desvergonzada. Anda; aquí te aguardo.
CORO.
Aguárdala y no la pierdas de vista; es la única a quien no conocemos.
CLÍSTENES.
¿Vas a estar orinando eternamente?
MNESÍLOCO.
¡Ay! sí, amigo mío. Ayer comí berros, y tengo retención de orina.[99]
CLÍSTENES.
¿Qué estás hablando de berros? Ven acá pronto.
MNESÍLOCO.
¡Ah! no arrastres así a una pobre enferma.
CLÍSTENES.
Responde: ¿quién es tu marido?
MNESÍLOCO.
¿Dices que quién es mi marido? ¿Conoces en Cotócides[100] a cierto...?
CLÍSTENES.
¿A cierto...? ¿Quién?
MNESÍLOCO.
¿A aquel a quien cierto día, el hijo de cierto...?
CLÍSTENES.
Tú chocheas. ¿Has venido aquí antes de ahora?
MNESÍLOCO.
Sí, todos los años.
CLÍSTENES.
¿Cuál es tu compañera de tienda?[101]
MNESÍLOCO.
Es una tal... ¡Pobre de mí!
CLÍSTENES.
¿No contestarás?
MUJER QUINTA.
Déjate, voy a hacerle varias preguntas sobre la ceremonia del año pasado; retírate, porque como eres hombre no debes oírlas. Dime, ¿cuál fue la primera ceremonia que hicimos?
MNESÍLOCO.
¿Cuál fue la primera dices? Beber.
MUJER QUINTA.
¿Y la segunda?
MNESÍLOCO.
Brindar.
MUJER QUINTA.
Te lo habrá dicho alguno. ¿Y la tercera?
MNESÍLOCO.
Jenila pidió una copa; porque no había orinal.
MUJER QUINTA.
Eso no es decir nada. — Ven acá, Clístenes: este es el hombre de que hablabas.
CLÍSTENES.
¿Qué hago?
MUJER QUINTA.
Quítale los vestidos, pues contesta mal a todo.
MNESÍLOCO.
¡Cómo! ¿os atrevéis a desnudar a una madre de nueve hijos?
CLÍSTENES.
Suéltate pronto el ceñidor, desvergonzadísima.
MUJER QUINTA.
¡Qué fuerte y robusta parece! ¡Calla! ¡y no tiene pechos como nosotras!
MNESÍLOCO.
Es que soy estéril, y nunca he tenido hijos.
MUJER QUINTA.
¿Ahora con esas? Hace un momento tenías nueve.
CLÍSTENES.
Estáte derecho. ¿Qué veo?[102]
MUJER QUINTA.
No cabe duda que es un hombre.[103]
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
¡Ah malvado! por eso nos llenó de ultrajes en su defensa de Eurípides.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz, en qué berenjenal me he metido!
MUJER QUINTA.
¿Qué hacemos?
CLÍSTENES.
Guardadlo bien, para que no se escape. Yo voy a dar parte de lo ocurrido a los Pritáneos.
* * * * *
CORO.
Encendamos las lámparas, quitémonos los mantos, y ceñida al cuerpo la túnica de una manera viril, veamos si por casualidad[104] ha entrado otro hombre, y registremos todo el Pnix,[105] las tiendas y las bocacalles.
¡Ea! partamos con pie ligero, y examinémoslo todo sin chistar; correr es lo que importa; no hay tiempo que perder, principiemos por hacer la ronda con la mayor actividad. ¡Ea! registra, explora todos los rincones, para ver si se oculta algún otro traidor. Dirige la vista en derredor, a la derecha, a la izquierda, a todas partes; que nada escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien sorprendamos, sufrirá un castigo severo, para escarmiento de insolentes criminales y sacrílegos. Reconocerá que hay dioses, y enseñará a los demás hombres a venerarlos, a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes, y a practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que les aguarda: todo hombre reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor, será para las mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la venganza del cielo cae sin tardanza sobre los impíos. — Pero ya creemos haber registrado todo perfectamente; no hallamos ningún otro hombre oculto entre nosotras.
* * * * *
MUJER SEXTA.
¡Eh! ¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! ¡Oh desdichada! ¡Desdichada! Se escapa después de haberme arrebatado mi hijo del pecho.
MNESÍLOCO.
Grita cuanto quieras; pero este no vuelve a mamar, mientras no me soltéis: aquí mismo le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre rociará el altar.[106]
MUJER SEXTA.
¡Oh, desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros gritos a ese monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que así me prive de mi único hijo!
CORO.
¡Oh Parcas venerandas! ¿qué nuevo atentado miro? Jamás he visto ni tanta audacia, ni tanta desvergüenza. ¡Qué nuevo crimen ha perpetrado, amigas! ¡Qué nuevo crimen!
MNESÍLOCO.
Yo sabré refrenar vuestra insolencia.
CORO.
¿No es esto el colmo de la indignidad?
MUJER SEXTA.
Sí, es indigno que me haya arrebatado mi pequeño.
CORO.
No he visto cosa igual; por nada se avergüenza.
MNESÍLOCO.
Pues aún no he concluido.
MUJER SEXTA.
Vengas de donde vengas, no te escaparás; no te irás sin castigo, para que luego te rías a nuestra costa refiriendo tu atentado: vas a morir.
MNESÍLOCO.
¡Que jamás se cumpla tu deseo!
CORO.
¿Cuál de los dioses inmortales vendrá en socorro de un hombre tan impío como tú?
MNESÍLOCO.
Vuestros gritos son inútiles: yo no suelto este niño.
CORO.
Por las dos diosas, tampoco te burlarás impunemente de nosotras, ni dirás más impiedades. A tus sacrílegos actos opondremos el condigno castigo. Pronto un cambio de fortuna te hará sentir sus rigores. — Anda con esas mujeres; trae leña para quemar a este malvado, y asarlo vivo sin pérdida de tiempo.
MUJER SEXTA.
Mania,[107] vamos a buscar sarmientos. — (_A Mnesíloco._) Hoy te convierto en carbón.
MNESÍLOCO.
Asad, quemad. — Pero tú, pobre criaturilla, quítate pronto el vestido cretense,[108] y no acuses de tu muerte a ninguna otra mujer más que a tu madre. Mas ¿qué veo? La niña se ha convertido en un odre lleno de vino con zapatitos pérsicos. ¡Oh mujeres astutas y borrachonas, inagotables en ardides para beber! ¡Providencia de los taberneros y peste de los maridos! ¡Polilla de nuestras telas y ajuares!
MUJER SEXTA.
Trae muchos sarmientos, Mania.
MNESÍLOCO.
Sí, trae. Pero, contéstame: ¿dices que has parido este muchacho?
MUJER SEXTA.
Diez meses lo llevé en mi seno.
MNESÍLOCO.
¿Que lo llevaste?
MUJER SEXTA.
Te lo juro por Diana.
MNESÍLOCO.
¿Coge tres cótilas o cuánto? Di.
MUJER SEXTA.
¿Qué has hecho, miserable? ¿Has desnudado a una criatura tan pequeñita?
MNESÍLOCO.
¿Tan pequeñita?
MUJER SEXTA.
Cierto que es pequeñita.
MNESÍLOCO.
¿Pues cuántos años tiene? ¿Ha visto tres o cuatro veces la fiesta de las copas?[109]
MUJER SEXTA.
¡Qué! ¡Si nació próximamente cuando las últimas Dionisiacas! Devuélvemelo.
MNESÍLOCO.
No, te lo juro por ese Apolo.[110]
MUJER SEXTA.
Pues te quemaremos.
MNESÍLOCO.
Quemadme y lo degüello.
MUJER SEXTA.
¡Oh, no, por piedad! Prefiero que me hagas a mí todo el mal que quieras.
MNESÍLOCO.
Me pareces una buena madre; sin embargo, lo degollaré.
MUJER SEXTA.
¡Hija de mi corazón! Dame un vaso, Mania, para que al menos pueda recoger su sangre.
MNESÍLOCO.
Ponlo debajo: te concedo esa gracia.[111]
MUJER SEXTA.
¡Que el cielo te confunda, monstruo feroz o implacable!
MNESÍLOCO.
Esta piel pertenece a la sacerdotisa.[112]
MUJER SEXTA.
¿Qué es lo que pertenece a la sacerdotisa?
MNESÍLOCO.
Tómala.[113]
MUJER SÉPTIMA.
Mica infortunada, ¿quién te ha quitado tu hija?[114] ¿Quién te ha arrebatado esa idolatrada criatura?
MUJER SEXTA.
Ese infame. Ya que estás aquí, guárdalo bien, en tanto que yo voy con Clístenes a denunciar sus crímenes a los Pritáneos.
* * * * *
MNESÍLOCO.
¡Ah! ¿Cómo salvarme? ¿Qué intentaré? ¿Qué imaginaré? El autor de todos mis males, el que me metió en este desventurado negocio, no se presenta todavía. Veamos: ¿cómo podré enviarle un aviso?... ¡Ah! Palamedes[115] me enseña un expediente ingenioso. Escribiré, como él, mi infortunio en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí no hay remos. ¿Dónde podré encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese astillas esas estatuas, y escribiese en ellas como si fuesen remos?... Sí, será mucho mejor. Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended la obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio, aprestaos a recibir las huellas del estilo. — ¡Oh! ¡Qué R tan fea! ¿Adónde va a parar? — Partid ya en todas direcciones; apresuraos, tablillas mías, que mi necesidad es apremiante.
* * * * *
CORO.
Volvámonos hacia los espectadores para cantar nuestras propias alabanzas, aunque todo el mundo hable mal de nosotras y nos llame peste[116] del género humano, y causa de cuantos pleitos, riñas, sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: Si somos una peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué nos prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una peste, ¿por qué si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os enfurecéis como energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los dioses de que la peste haya abandonado vuestro hogar y de que estáis ya libres de huésped tan enojoso? Si cansadas de jugar nos dormimos en casa de una amiga, en seguida vais a buscar a vuestra peste, y rondáis en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana, todo el mundo se detiene a ver la peste; si ruborizadas nos retiramos, aumenta el deseo de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen. Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís que el nuestro, y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos en parangón, oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino[117] es inferior a Nausímaca; los hechos son elocuentes. Cleofón[118] está muy por debajo de Salabacca. Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con Estratónice,[119] hace mucho tiempo que nadie se atreve a contender. Entre los senadores que el año último abandonaron a otros sus cargos, ¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula?[120] Ni ellos mismos se atreverían. Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los hombres. Tampoco se ve a ninguna mujer pasearse por la ciudad en un carro magnífico después de haber robado cincuenta talentos al Tesoro; nuestros mayores hurtos son de un poco de trigo a nuestro esposo, y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos de vosotros pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más glotones que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos? ¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia paterna? Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros, nuestras lanzaderas, nuestros canastillos y quitasoles; al paso que muchos de nuestros maridos han perdido unos sus lanzas, el asta y el hierro a la vez, y otros han arrojado en el combate sus escudos.
Muchísimos cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero solo mencionaremos el más grave de todos. Era justo que cuando una de nosotras diera a luz un ciudadano útil, un taxiarco[121] o un estratega,[122] fuese honrada con alguna distinción, como, por ejemplo, la de ocupar el primer puesto en las Estenias,[123] las Esciras,[124] y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de un ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán, o de un piloto imperito debería colocarse con el cabello cortado detrás de la que dio a luz un hombre valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no es injusto de veras que junto a la madre de Lámaco[125] se siente la de Hipérbolo,[126] vestida de blanco y flotante el cabello, y que siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez de pagarle el interés,[127] debieran decirle, llevándose el dinero: «¡Vaya, que eres digna de que se te pague después de habernos parido tal alhaja!»?
* * * * *
MNESÍLOCO.
Me he quedado bizco de tanto mirar a aquella parte, y Eurípides no parece. ¿Quién se lo impedirá? ¡Ah, sin duda se avergüenza del frío Palamedes! ¿Con qué otro drama le atraeré? ¡Ya di en ello! Voy a imitar su nueva Helena. Tengo un vestido de mujer completo.
MUJER SÉPTIMA.
¿Qué intentas? ¿Qué miras? Me parece que te arrepentirás de tu Helena, si no te estás quieto hasta que venga un Pritáneo.
MNESÍLOCO. (_Fingiéndose Helena._)
«Este es el Nilo, célebre por la hermosura de sus Ninfas: sus aguas, sustituyendo al agua del cielo, riegan los campos del blanco Egipto que alimentan a sus habitantes con la negra sirmea.»[128]
MUJER SÉPTIMA.
¡Por la luciente Hécate! Eres un costal de astucias.
MNESÍLOCO.
«Mi patria no carece de gloria; vi en Esparta la luz, y Tíndaro es mi padre.»[129]
MUJER SÉPTIMA.
¡Tíndaro tu padre, perdido! Frinondas[130] sí que lo es.