Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* También se han modernizado las transcripciones de los nombres propios y gentilicios de origen griego.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO XLII
COMEDIAS DE ARISTÓFANES
TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO POR D. FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA
TOMO III.
MADRID LUIS NAVARRO, EDITOR COLEGIATA, NÚM. 6 — 1881
LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.
NOTICIA PRELIMINAR.
Ya en _Los Acarnienses_ habíase burlado ingeniosamente Aristófanes de las innovaciones dramáticas de Eurípides, criticando el falso patético que trataba de obtener presentando a sus héroes cojos o reducidos a la mendicidad. En _Las fiestas de Ceres_ y en _Las Ranas_ le veremos nuevamente encarnizarse con su enemigo, sacando a luz todos sus defectos y dando la voz de alerta a sus contemporáneos sobre las peligrosas teorías artísticas y morales que en sus tragedias abundaban. No puede desconocerse, pues de otro modo no se comprendería la virulencia y ensañamiento con que Aristófanes le ataca, que entre ambos poetas debía de haber motivos de resentimiento personal; pero hay también que hacer justicia a la buena fe de nuestro poeta, y confesar que cuando sus censuras se limitan al sistema dramático y moral de Eurípides, no deja por lo común de tener razón. Dejando para el preliminar de _Las Ranas_ el estudio de los defectos literarios del émulo de Sófocles y Esquilo, nos limitaremos a decir aquí que, en _Las fiestas de Ceres_, Aristófanes ataca principalmente a Eurípides bajo el punto de vista de su célebre misoginia o aborrecimiento de la mujer.
Aunque no faltan autores que sinceran a Eurípides de este cargo, explicando sus injurias al sexo bello por la situación de los personajes, y contraponiendo a sus Medeas, Fedras y Estenebeas, las Ifigenias y Alcestes, tipos acabados de candor y sacrificio conyugal; lo cierto es que hasta la tradición, apoyada sin duda en datos de verdad, viene a corroborar la fama de misógino que tenía entre sus contemporáneos. Una leyenda suponía, en efecto, que este poeta, como en otro tiempo Orfeo en Tracia, había muerto en Macedonia a manos de las mujeres irritadas por los ultrajes dirigidos a su sexo.
Las _Tesmoforiazusas_ (Θεσμοφοριάζουσαι), pues este es el título de la comedia, reunidas con motivo de celebrarse las fiestas de Ceres y Proserpina, a las que ellas solo tenían derecho a asistir, tratan de aprovechar esta ocasión para decretar contra su enemigo un castigo ejemplar. Eurípides, sabedor de lo que pasa y queriendo conjurar la tormenta, suplica a su amigo Agatón que, a favor de su aspecto mujeril, se introduzca en la asamblea femenina y trate de apartarlas de su propósito. Ante la negativa de Agatón, Mnesíloco, suegro de Eurípides, se decide a prestarle este servicio y acude al sitio de la fiesta. Pero al defender a su yerno déjase arrastrar imprudentemente por su pasión, y vomita contra el sexo bello las más espantosas injurias. Hácese sospechoso con esto, y cuando Antístenes llega a toda prisa anunciando que un hombre se ha introducido en el Tesmoforion disfrazado de mujer, todas las miradas caen sobre Mnesíloco, que es sometido inmediatamente a un reconocimiento riguroso. Descubierto el sacrílego fraude, es condenado a morir atado a un poste, bajo la vigilancia de un escita.
Eurípides acude en su socorro, ora fingiéndose Menelao, ora Perseo, ora la ninfa Eco, pero todos sus esfuerzos son inútiles, hasta que, después de hacer las paces con las mujeres mediante la condición de no hablar mal de ellas, consigue evadirse con el infeliz Mnesíloco, burlando al arquero que le guardaba, con una estratagema de mala ley.
Respecto al mérito literario de esta comedia, es de notar que en ninguna otra de Aristófanes se encuentra un plan tan bien trazado y seguido, ni tampoco más viveza y animación. Abundan en ella parodias de muchos pasajes de Eurípides cuya gracia se ha perdido para nosotros; y, lo que es peor, la afean a cada momento indecencias y obscenidades reveladoras de tan repugnantes vicios, que hemos tenido que dejarlas en griego, por no atrevernos a presentarlas ni aun bajo el velo del latín.
_Las fiestas de Ceres_, según se deduce de varios pasajes de las mismas,[1] debieron representarse el año 412 antes de Jesucristo, sin que tuvieran al parecer favorable acogida. Aristófanes las retocó; pero la nueva edición tuvo tan poca fortuna como la primera.[2]
PERSONAJES.
MNESÍLOCO, suegro de Eurípides. EURÍPIDES. UN CRIADO DE AGATÓN. AGATÓN. CORO DE AGATÓN. UN HERALDO. CORO DE MUJERES, celebrando las fiestas de Ceres y Proserpina. VARIAS MUJERES. CLÍSTENES. UN PRITÁNEO. UN ESCITA, arquero.
* * * * *
La acción pasa primero delante de la casa de Agatón, y luego junto al templo de Ceres.
LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.
MNESÍLOCO.
¡Oh Júpiter! ¿Cuándo aparecerá la golondrina?[3] Este hombre va a acabar conmigo haciéndome correr desde el amanecer. ¿Podré, antes de que mi bazo[4] estalle, saber adónde me conduces, Eurípides?
EURÍPIDES.
No debes oír lo que pronto has de ver.[5]
MNESÍLOCO.
¿Cómo dices? Repítelo. ¿No debo de oír...?
EURÍPIDES.
Lo que pronto vas a ver...
MNESÍLOCO.
¿Tampoco deberé ver...?
EURÍPIDES.
No, lo que luego has de oír.
MNESÍLOCO.
¿Qué es lo que me aconsejas? Confieso, sin embargo, que hablas muy bien. ¿Dices que no debo oír ni ver?
EURÍPIDES.
Esas dos funciones son en efecto distintas; una cosa es no ver, y otra no oír; tenlo entendido.
MNESÍLOCO.
¿Cómo distintas?
EURÍPIDES.
Escucha. Cuando el Éter principió a separarse del Caos y engendró los animales que en su seno se agitaban, con objeto de que viesen, les hizo primero los ojos redondos como el disco del sol, y después les abrió los oídos en forma de embudo.
MNESÍLOCO.
¿Y por causa del embudo, ni oigo ni veo? ¡Cuánto me alegro de haber aprendido estas cosas! ¡Qué bueno es conversar con los sabios!
EURÍPIDES.
Yo puedo enseñarte otras muchas parecidas.
MNESÍLOCO.
¡Ojalá entre ellas me enseñaras el modo de quitarme la cojera![6]
EURÍPIDES.
Acércate y atiende.
MNESÍLOCO.
Heme aquí.
EURÍPIDES.
¿Ves esa puertecita?
MNESÍLOCO.
Sin duda; digo, creo verla.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Qué calle yo la puerta?
EURÍPIDES.
Escucha.
MNESÍLOCO.
¿Qué yo escuche y calle la puerta?
EURÍPIDES.
Agatón,[7] famoso poeta trágico, vive ahí.
MNESÍLOCO.
¿Qué Agatón es ese?
EURÍPIDES.
Es un cierto Agatón...
MNESÍLOCO.
Moreno y robusto, ¿verdad?
EURÍPIDES.
No, es otro; ¿no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
¿Tiene una gran barba?
EURÍPIDES.
¿Pero no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
No, que yo sepa.
EURÍPIDES.
Pues estuviste con él,[8] aunque quizá sin conocerlo. Pero apartémonos, porque sale uno de sus criados, trayendo fuego y ramas de mirto: sin duda va a ofrecer un sacrificio para el buen éxito de sus poesías.
* * * * *
EL CRIADO.
Guarda, oh pueblo, un silencio religioso; cierra tu boca; el coro sagrado de las Musas entona sus himnos en la morada de mi señor.[9] Refrene el Éter apacible el soplo de los vientos: cese el rumor de las cerúleas ondas...
MNESÍLOCO.
Bombax.[10]
EL CRIADO.
Duerma la gente alada; párese el correr de las feroces alimañas en las selvas...
MNESÍLOCO.
Bómbalo bombax.
EL CRIADO.
Porque Agatón nuestro amo, el poeta de armoniosa lira, se prepara...
MNESÍLOCO.
¿A prostituirse?[11]
EL CRIADO.
¿Quién ha hablado?
MNESÍLOCO.
El Éter apacible.
EL CRIADO.
A colocar el armazón de un drama; para lo cual redondea nuevas formas poéticas, tornea unos versos, suelda otros, forja sentencias, inventa metáforas, funde, modela y vierte en el molde el asunto, que en sus manos es como blanda cera.
MNESÍLOCO.
Y se dispone a una infamia.[12]
EL CRIADO.
¿Qué patán se aproxima a este recinto?
MNESÍLOCO.
Uno que para perforar tu recinto y el del poeta de armoniosa lira, trae un excelente instrumento.[13]
EL CRIADO.
Anciano, en tu juventud debiste ser muy insolente.
EURÍPIDES.
(_A Mnesíloco._) Vamos, déjale en paz. — (_Al criado._) Y tú, vete a llamar a Agatón sin perder un instante.
EL CRIADO.
No hay necesidad; mi amo vendrá muy pronto, porque ha principiado a componer versos, y en el invierno no es fácil redondear las estrofas sin salir a tomar el sol.[14]
(_Vase._)
MNESÍLOCO.
Y yo, ¿qué haré?
EURÍPIDES.
Espera; ya sale. ¡Oh Júpiter! ¿Qué suerte me reservas hoy?
MNESÍLOCO.
Por los dioses, quiero saber lo que te pasa. ¿Por qué gimes? ¿Por qué te lamentas? Siendo mi yerno, no debes tener secretos para mí.
EURÍPIDES.
Me amenaza una gran desgracia.
MNESÍLOCO.
¿Cuál?
EURÍPIDES.
Hoy se decidirá si Eurípides ha de vivir o morir.
MNESÍLOCO.
¿Cómo es posible, no habiendo hoy sesión en los tribunales ni en el Senado, por ser el tercer día de la fiesta, el día del medio de las Tesmoforias?[15]
EURÍPIDES.
Precisamente eso es lo que me hace presentir mi perdición. Las mujeres se han conjurado contra mí, y están reunidas en el templo de las dos diosas[16] para tratar de mi muerte.
MNESÍLOCO.
¿Por qué motivo?
EURÍPIDES.
Porque las injurio en mis tragedias.
MNESÍLOCO.
Por Neptuno, se les está muy bien empleado. ¿Y cómo podrás evitar el golpe?
EURÍPIDES.
Si consigo que el poeta trágico Agatón se presente en la fiesta.
MNESÍLOCO.
¿Para qué? Dime.
EURÍPIDES.
Para que asista a la reunión de las mujeres, y me defienda si hay necesidad.
MNESÍLOCO.
¿Franca o disimuladamente?
EURÍPIDES.
Disimuladamente, disfrazado de mujer.
MNESÍLOCO.
Excelente idea y muy propia de ti. Tratándose de astucias, el triunfo es nuestro.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Pues?
EURÍPIDES.
Sale Agatón.
MNESÍLOCO.
¿Dónde está?
EURÍPIDES.
Míralo: lo traen por tramoya.[17]
MNESÍLOCO.
Sin duda estoy ciego; no veo ningún hombre; solo veo a Cirene.[18]
EURÍPIDES.
Silencio; ya se prepara a cantar.
MNESÍLOCO.
¿Va a entonar una marcha de hormigas?[19]
* * * * *
AGATÓN.[20]
Doncellas, recibid la sagrada antorcha,[21] y festejad con danzas y alaridos a las diosas infernales y a vuestra libre patria.
CORO DE AGATÓN.[22]
¿De qué deidad se celebra hoy la fiesta? Pronto estoy siempre a adorar a los dioses.
AGATÓN.
Canta, oh Musa, a Febo, el del arco de oro, que levantó los muros de la ciudad del Simois.[23]
CORO.
¡Salve, Febo; para ti mis himnos mejores, pues tú llevas la palma en el sacro certamen de las Musas!
AGATÓN.
Ensalzad a Diana, la virgen cazadora, errabunda por montañas y bosques.
CORO.
Celebremos a porfía, y ensalcemos a la casta Diana, augusta hija de Latona.
AGATÓN.
Y a Latona y a la cítara asiática, imitando el ritmo y el cadencioso compás de las Gracias de Frigia.[24]
CORO.
Celebremos a la augusta Latona, y a la cítara madre de los himnos, para que nuestros acentos varoniles hagan con fulgor repentino brillar los ojos de la adorable diosa. ¡Ensalcemos al poderoso Apolo! ¡Salve, hijo feliz de la augusta Latona!
MNESÍLOCO.
¡Venerandas Genetílides,[25] qué dulce y voluptuosa melodía! ¡Los besos son menos tiernos y lascivos! ¡Todo mi cuerpo se ha estremecido de placer![26] Escucha, muchacho, quienquiera que seas, pues voy a interrogarte con las palabras de Esquilo en su _Licurgo_.[27] ¿De dónde ha salido ese hombre afeminado? ¿Cuál es su patria y su traje? ¡Qué contradicciones! ¡Una cítara y una túnica azafranada! ¡Una lira y un tocado de mujer! ¡Un frasco de gimnasia y un ceñidor! ¿Hay cosas más opuestas? ¡Un espejo y una espada! Tú mismo, jovenzuelo, ¿qué eres? ¿Eres hombre? Entonces ¿dónde están las pruebas de tu virilidad,[28] y el manto y el calzado propios de este sexo? ¿Eres mujer? Entonces ¿dónde está el pecho levantado? ¿Qué dices? ¿Por qué callas? Sea como quieras, pero te advierto que por la voz te conoceré en seguida.
AGATÓN.
¡Anciano! ¡Anciano! He oído el silbido de la envidia, sin sentir el dolor de sus mordeduras. Yo llevo un traje en consonancia con mis pensamientos. Pues un poeta debe tener costumbres análogas a los dramas que compone. Si el asunto de sus tragedias son las mujeres, su persona debe imitar la vida y el porte mujeril.
MNESÍLOCO.
¿De suerte que al componer la _Fedra_ montarás a caballo?[29]
AGATÓN.
Si los asuntos son varoniles, ya tiene en su cuerpo todo lo necesario. Pero lo que no tenemos por naturaleza, preciso es adquirirlo por la imitación.
MNESÍLOCO.
Por consiguiente, cuando escribas dramas satíricos,[30] llámame y yo me pondré detrás de ti en la actitud requerida.[31]
AGATÓN.
Además parecerá muy mal un poeta grosero y velludo. Íbico,[32] Anacreonte de Teos y Alceo, tan hábiles en la armonía, llevaban mitras y bailaban las voluptuosas danzas de la Jonia;[33] el mismo Frínico,[34] de quien has oído hablar, unía a su propia hermosura la de sus vestidos; así es que en sus dramas todo era hermoso. Cada cual imprime a sus obras su propio carácter.
MNESÍLOCO.
Por eso Filocles,[35] que es feo, compone obras feas; Jenocles,[36] que es malo, malas; y Teognis,[37] que es frío, frías.
AGATÓN.
Es de absoluta necesidad. Y sabiéndolo yo, he cuidado de mi persona.
MNESÍLOCO.
¿Cómo, por los dioses?
EURÍPIDES.
Cesa de ladrar. Yo era lo mismo cuando a la edad de ese principié a escribir.
MNESÍLOCO.
¡Vaya unos modales, amigo!
EURÍPIDES.
Pero déjame decir a lo que he venido.
AGATÓN.
Habla.
EURÍPIDES.
Agatón, «es de hombres sabios el decir muchas cosas en pocas palabras. Herido por una desgracia nueva, vengo a suplicarte.»[38]
AGATÓN.
¿Para qué me necesitas?
EURÍPIDES.
Las mujeres, reunidas en el templo de las dos diosas, han resuelto hoy mi perdición, porque hablo mal de ellas.
AGATÓN.
¿Y qué socorro puedes esperar de mí?
EURÍPIDES.
Uno grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre las mujeres de modo que parezcas una de tantas, y defiendes mi causa elocuentemente, conseguirás salvarme. Tú eres el único capaz de hablar dignamente de mí.
AGATÓN.
¿Por qué no vas a defenderte tú mismo?
EURÍPIDES.
Te lo diré. En primer lugar, yo soy muy conocido, y además cano y barbudo; mientras que tú eres de hermosa figura, blanco, imberbe; tienes voz atiplada y aspecto delicado.
AGATÓN.
Eurípides...
EURÍPIDES.
¿Qué?
AGATÓN.
¿No has dicho en alguna parte: «el ver la luz te alegra; ¿crees que no le alegra también a tu padre?»?[39]
EURÍPIDES.
Cierto.
AGATÓN.
No esperes, por tanto, que yo me exponga en tu lugar: sería una locura. Sufre, como es natural, tu propio infortunio. Las desgracias no deben sobrellevarse con astucia, sino con paciencia.
MNESÍLOCO.
Así es como tú has llegado al colmo de la infamia: a fuerza de paciencia.[40]
EURÍPIDES.
¿Pero por qué temes ir allá?
AGATÓN.
Me tratarían peor que a ti.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
AGATÓN.
¿Cómo? Parecería que iba a robarles sus placeres nocturnos, y arrebatarles su Venus íntima.
MNESÍLOCO.
¡Mira! ¿A robarles? Di más bien a prostituirte.[41] ¡Por Júpiter! ¡Vaya un pretexto!
EURÍPIDES.
En qué quedamos, ¿lo harás?
AGATÓN.
No lo esperes.
EURÍPIDES.
¡Desdichado de mí! ¡Estoy perdido!
MNESÍLOCO.
Eurípides, mi querido yerno, no te desalientes.
EURÍPIDES.
¿Qué hacer?
MNESÍLOCO.
Échale a ese al infierno, y dispon de mí a tu antojo.
EURÍPIDES.
Pues tú mismo te me ofreces, acepto. Vamos quítate ese vestido.
MNESÍLOCO.
Ya está en el suelo. ¿Qué intentas hacer de mí?
EURÍPIDES.
Afeitarte la barba y quemarte el pelo de más abajo.[42]
MNESÍLOCO.
Haz lo que gustes, ya que me he ofrecido.
EURÍPIDES.
Agatón, tú siempre llevas navajas, préstanos una.
AGATÓN.
Cógela de ese estuche.
EURÍPIDES.
Gracias. Siéntate e hincha el carrillo derecho.
MNESÍLOCO.
¡Ay!
EURÍPIDES.
¿Por qué gritas? Te voy a meter un tarugo en la boca, si no callas.
MNESÍLOCO.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
EURÍPIDES.
¿A dónde corres?
MNESÍLOCO.
Al templo de las Euménides;[43] no, por Ceres, no me he de estar ahí para que me hagas tajadas.
EURÍPIDES.
Se van a reír de ti al verte con la cara medio afeitada.
MNESÍLOCO.
Poco me importa.
EURÍPIDES.
No me abandones, por los dioses te lo pido, ven acá.
MNESÍLOCO.
¡Desdichado de mí!
EURÍPIDES.
Estáte quieto y levanta la cabeza. ¿Adónde te vuelves?
MNESÍLOCO.
¡Mu! ¡Mu!
EURÍPIDES.
¿Por qué muges? Ya está concluido todo.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz, voy a pelear armado a la ligera![44]
EURÍPIDES.
No pienses en eso. Vas a estar hermosísimo. ¿Quieres mirarte?
MNESÍLOCO.
Sí, dame un espejo.
EURÍPIDES.
¿Te ves?
MNESÍLOCO.
A mí no, a Clístenes.[45]
EURÍPIDES.
Levántate para que te queme el vello; ahora inclínate.
MNESÍLOCO
¡Cielo santo! ¡Me vas a chamuscar como a un cerdo!
EURÍPIDES.
Traedme una antorcha o una lámpara. Inclínate y cuídate solo de una cosa.[46]
MNESÍLOCO.
Ya la cuidaré, por Júpiter. ¡Oh, yo me abraso! ¡Agua, vecinos, agua, antes de que la llama incendie mi trasero!
EURÍPIDES.
Tranquilízate.
MNESÍLOCO.
¿Quién puede estar tranquilo cuando le están asando?
EURÍPIDES.
Ya no tienes por qué inquietarte; lo peor está hecho.
MNESÍLOCO.
¡Oh, qué hollín! Estoy completamente chamuscado
EURÍPIDES.
No te cuides de eso; ya se te lavará con una esponja.
MNESÍLOCO.
¡Pobre del que se atreva a lavarme el trasero!
EURÍPIDES.
Agatón, ya que no quieres ayudarme, préstame a lo menos esa túnica y ese ceñidor; no puedes decir que no los tienes.
AGATÓN.
Con mucho gusto; tomad y usadlos.
MNESÍLOCO.
¿Qué me pongo?
AGATÓN.
Ponte primero esa túnica de color de azafrán.
MNESÍLOCO.
¡Por Venus, qué buen olor echa a hombre![47] Pónmela pronto: dame el ceñidor.
EURÍPIDES.
Toma.
MNESÍLOCO.
Ahora dame algo para adornarme las piernas.[48]
EURÍPIDES.
Necesitas una cinta y una mitra.[49]
AGATÓN.
Toma mi gorro de dormir.
EURÍPIDES.
Por Júpiter, es lo más a propósito.
MNESÍLOCO.
¿Me caerá bien?
AGATÓN.
Admirablemente.
EURÍPIDES.
Venga el manto.
AGATÓN.
Cógelo de encima de la cama.
MNESÍLOCO.
Necesito zapatos.
AGATÓN.
Ten estos míos.
MNESÍLOCO.
¿Me vendrán bien? Que a ti te gusta el calzado ancho.[50]
AGATÓN.
Pruébatelos. Ya tenéis todo cuanto os hace falta. Llevadme pronto adentro.[51]
* * * * *
EURÍPIDES.
Pareces completamente una mujer. Cuando hables, ten mucho cuidado de imitar la voz femenina.
MNESÍLOCO.
Lo procuraré.
EURÍPIDES.
Vete ya.
MNESÍLOCO.
No, por cierto, si antes no me juras...
EURÍPIDES.
¿Qué?
MNESÍLOCO.
Emplear todos los medios para salvarme, si me ocurre alguna desgracia.
EURÍPIDES.
«Lo juro por el Éter, morada de Júpiter.»[52]
MNESÍLOCO.
¿No era mejor que jurases por la familia de Hipócrates?[53]
EURÍPIDES.
Pues bien, juro por todos los dioses sin excepción.
MNESÍLOCO.
«Acuérdate de que ha jurado el corazón y no la lengua.»[54] Los juramentos de esta no los quiero.
EURÍPIDES.
Anda listo; ya se ve en el templo de Ceres la señal de reunirse. Yo me retiro.
(_Mutación de escena. Aparece el templo de Ceres y Proserpina._)
MNESÍLOCO.[55]
Ven, Trata, sígueme. Mira, Trata, cuánto humo despiden las antorchas. ¡Oh bellísimas Tesmóforas, recibidme y despedidme propicias! Descárgate la cesta, Trata, y saca la torta para que se la ofrezca a las dos diosas. ¡Oh augusta divinidad, Ceres adorada, y tú, venerable Proserpina, permitidme presentaros muchas veces oblaciones como esta! (y sobre todo que no me descubran). Conceded a mi hija un esposo rico, aunque sea estúpido y necio, para que no piense más que en divertirse.[56] ¿Dónde encontraré un sitio para poder oír a los oradores? Tú, Trata, márchate; las esclavas no pueden asistir a esta reunión.[57]
* * * * *
UNA MUJER HERALDO.[58]
Guardad el silencio religioso: guardad el silencio religioso. Orad a las Tesmóforas Ceres y Proserpina, a Pluto.[59] a Caligenia,[60] a Curótrofe,[61], a la Tierra, a Mercurio, a las Gracias, para que esta asamblea nos sea propicia y útil a Atenas y a nosotras mismas. Pedidles también que aquella que por sus ilustres hechos y discursos merezca más aplausos del pueblo ateniense y de las mujeres, sea la vencedora. Dirigidles estas súplicas, y haced votos por vuestra propia dicha. ¡Io Peán! ¡Io Peán! Congratulémonos.
CORO DE MUJERES.
Esos son nuestros votos. ¡Dígnense los dioses acogerlos! Omnipotente Júpiter, dios de la lira de oro, adorado en Delos;[62] y tú, invencible diosa, doncella de cerúleos ojos y áurea lanza, patrona de la más floreciente ciudad,[63] acudid a mi llamamiento; acude tú también, hermoso retoño de Latona,[64] la de fúlgida mirada, virgen cazadora, adorada bajo cien advocaciones; y tú, venerable Neptuno, soberano de las olas, abandonando tu líquido palacio arremolinado por las tempestades y recorrido por los peces, ven acompañado de las hijas de Nereo, y de las montañesas ninfas. Mézclense a nuestras oraciones los acentos de la dorada lira, y reine el orden en esta asamblea de nobles matronas.
EL HERALDO.
Orad a los dioses y diosas del Olimpo, de Delfos, de Delos, y a las demás deidades. Si hay algún malvado que conspire contra el pueblo femenino o que ofrezca a Eurípides[65] o a los Medas una paz perjudicial a las mujeres, o que aspire a la tiranía, o se proponga restablecer a un usurpador; si hay un delator que denuncie a una mujer culpable de suposición de prole, o una esclava que después de haber sido alcahueta de su señora le vaya con el cuento al marido, y, encargada de llevar un recado, traiga falsas noticias; si hay algún galanteador que engañe a una mujer y después no la dé lo prometido; si hay una vieja que compra sus amantes o una cortesana que por los regalos de otro abandona a su querido; si hay un tabernero o tabernera que al vendernos un congio o una cótila[66] nos engaña en la medida, pedid al cielo los confunda a todos, con toda su familia, y que al propio tiempo os colme de bienes a vosotras.
CORO.
Unánimes pedimos que se cumplan nuestros votos en favor del pueblo y la república, y que, como es justo, se otorgue la victoria a las que den mejores consejos. Las que cometen fraudes y violan los más sagrados juramentos en provecho propio y daño del común; las que tratan de derogar las antiguas leyes y decretos promulgando otros nuevos; las que revelan nuestros secretos a los enemigos, e introducen a los Medas en nuestro país para arruinarlo, esas son impías y enemigas de la patria. Acoge tú nuestras preces, omnipotente Júpiter, para que, aunque somos mujeres, nos sean propicios los dioses.
EL HERALDO.
Escuchad todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea, secretario Lisila, y Sóstrata orador,[67] ha decretado: Que mañana día del medio de las Tesmoforias, por ser el más desocupado, se destine ante todo a deliberar sobre el castigo que debe imponerse a Eurípides, por sus ultrajes a todas.» ¿Quién pide la palabra?[68]
MUJER PRIMERA.
Yo.
EL HERALDO.
Pues ponte esa corona antes de hablar.[69]. Callad. ¡Silencio! ¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece que el discurso va a ser largo.
MUJER PRIMERA.