Comedias, tomo 3 de 3

Part 12

Chapter 123,844 wordsPublic domain

¡Oh Apolo preservador! ¡Oh dioses tutelares! ¿Qué desgracia le habrá sucedido a ese hombre?

EL DELATOR.

¿No es insoportable lo que me sucede? ¡Todo lo he perdido! Ese dios me ha despojado de todos mis bienes. ¡Oh, ya volverá a quedarse ciego, si hay justicia en el mundo!

EL HOMBRE HONRADO.

Empiezo a comprender; es sin duda un hombre arruinado; no tiene traza de ser de moneda corriente.

CREMILO.

Tienes razón; pero su ruina es justa.

EL DELATOR.

¿Dónde está, dónde está el dios que había prometido enriquecernos a todos en cuanto recobrase la vista? Lo que ha hecho ha sido arruinar a algunos.

CREMILO.

¿A quién ha maltratado de ese modo?

EL DELATOR.

A mí mismo.

CREMILO.

¿Eras, por tanto, un malhechor, un ladrón?

EL DELATOR.

Vosotros lo seréis, ¡por Júpiter! No me cabe duda de que ambos guardáis mi dinero.

CARIÓN.

¡Por la venerable Ceres, qué insolente se presenta el delator! Debe azuzarle el hambre.

EL DELATOR.

Vas a comparecer sin perder un instante en la plaza pública; la rueda y el tormento te obligarán a confesar tus crímenes.

CARIÓN.

¡Mucho ojo, mala pécora!

EL HOMBRE HONRADO.

¡Oh, por Júpiter salvador, qué agradecidos deberán estar a Pluto todos los griegos, si les libra de esta peste de delatores!

EL DELATOR.

¡Oh rabia! ¿También tú te burlas? ¡Tú eres cómplice de su robo! Y si no, contesta: ¿de dónde has sacado ese vestido nuevo? Ayer te vi hecho un andrajo.

EL HOMBRE HONRADO.

No te temo, gracias a este anillo que le compré a Eudemo[616] por un dracma.

CREMILO.

No hay anillo que valga contra la mordedura de un delator.

EL DELATOR.

¿Puede haber mayor ultraje? Os burláis; pero aún no habéis dicho lo que aquí hacéis; seguramente que no es nada bueno.

CREMILO.

Nada bueno para ti; tenlo presente.

EL DELATOR.

Vais a comer a mis expensas, por Júpiter.

CREMILO.

¡Impostor! ¡Ojalá revientes tú y tu testigo sin haberos desayunado!

EL DELATOR.

¿Podéis negarlo, bribones? Hasta aquí llega el olor de los peces y de los asados; ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! (_Olfatea._)

CREMILO.

¿Hueles algo, canalla?

EL HOMBRE HONRADO.

Es el frío sin duda. ¡Cómo lleva tan raído el manto!

EL DELATOR.

¡Vive Dios! ¡Esto no puede tolerarse! ¡Burlarse de mí esa gentuza! ¡Qué indignidad! ¡Verse tratado así un hombre honrado, un buen ciudadano!

CREMILO.

¿Tú, hombre honrado y buen ciudadano?

EL DELATOR.

Como ninguno.

CREMILO.

¡Pues bien!, responde a mis preguntas.

EL DELATOR.

¿Cuáles?

CREMILO.

¿Eres labrador?

EL DELATOR.

¿Por tan loco me tienes?

CREMILO.

¿Comerciante?

EL DELATOR.

Paso por tal, cuando me hace falta.[617]

CREMILO.

Por último, ¿has aprendido algún oficio?

EL DELATOR.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Pues de qué vivías si no hacías nada?

EL DELATOR.

Velo sobre todos los asuntos públicos y privados.

CREMILO.

¿Tú? ¿Y por qué?

EL DELATOR.

Porque quiero.

CREMILO.

¿Cómo has de ser un hombre honrado, grandísimo ladrón, haciéndote odioso a todo el mundo por meterte en lo que no se te importa?

EL DELATOR.

¿No ha de importarme, imbécil, el servir a mi patria con todas mis fuerzas?

CREMILO.

¿Pues qué, el meterse en camisa ajena es servir a la patria?

EL DELATOR.

Sí, y el mantener las leyes establecidas y el no permitir que nadie las quebrante.

CREMILO.

¿No tiene para eso la república sus tribunales?

EL DELATOR.

¿Y quién acusa?

CREMILO.

El que quiere.[618]

EL DELATOR.

Pues bien, ese soy yo; por eso todos los negocios del Estado son de mi competencia.

CREMILO.

¡Buen magistrado, vive Dios! ¿Pero no preferirías vivir tranquilamente sin hacer nada?

EL DELATOR.

No ocuparse de nada es vivir como un borrego.

CREMILO.

¿No quieres mejorar de vida?

EL DELATOR.

No, aun cuando me des a Pluto en persona y el silfio de Bato.[619]

CREMILO.

Quítate el vestido.

CARIÓN.

¡Eh!, a ti te dice.

CREMILO.

En seguida, descálzate.

CARIÓN.

Todo eso va contigo.

EL DELATOR.

Acérquese quien se atreva.

CARIÓN.

Yo me acerco.

EL DELATOR.

¡Oh, me desnudan en pleno día!

CARIÓN.

Consecuencias de meterse en negocios ajenos y comer a costa del prójimo.

EL DELATOR. (_A un testigo._)

¿No ves lo que me hacen? Sé testigo.

CARIÓN.

Tu testigo ha puesto pies en polvorosa.

EL DELATOR.

¡Ay! ¡Estoy solo, y cogido!

CARIÓN.

¿Ahora gritas?

EL DELATOR.

¡Ay de mí!, repito.

CARIÓN.

Alárgame ese manto destrozado y se lo pondré a este delator.

EL HOMBRE HONRADO.

No, no, está hace tiempo consagrado a Pluto.

CARIÓN.

¿Dónde podrá estar mejor que sobre los hombros de este infame bandido? A Pluto es necesario dedicarle vestidos mejores.

EL HOMBRE HONRADO.

Y con los zapatos, ¿qué hacemos?

CARIÓN.

Voy a clavárselos en la frente, como si fuese un acebuche sagrado.[620]

EL DELATOR.

Me marcho, porque conozco que podéis más que yo; pero como encuentre un auxiliar, siquiera sea débil como una tabla de higuera,[621] me he de vengar de ese dios tan poderoso que, por su sola autoridad, sin consultar previamente ni al Senado ni al pueblo, echa por tierra la democracia.

EL HOMBRE HONRADO.

Ahora que vas cubierto con mi armadura,[622] corre a los baños, y para calentarte, apodérate del primer puesto, que yo durante tanto tiempo he ocupado.[623]

CREMILO.

Pero el bañero, agarrándole por donde más le duela,[624] le pondrá bonitamente en la calle; pues a la primera ojeada comprenderá que es un bribón. Entremos nosotros, para que adores al dios.

* * * * *

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

UNA VIEJA.

Buenos ancianos, ¿he llegado a la casa donde habita el nuevo dios, o he equivocado el camino?

CORO.

Estás a su puerta, hermosa niña,[625] tu pregunta es oportunísima.

LA VIEJA.

Voy a llamar a alguno de la casa.

CREMILO.

No es necesario: aquí me tienes; ¿qué es lo que te trae? Habla.

LA VIEJA.

Soy víctima, amigo mío, de la acción más inicua o infame desde que ese dios ha recobrado la vista; mi existencia es insoportable.

CREMILO.

¿Cómo? ¿Serás acaso un delator-hembra?

LA VIEJA.

No, por cierto.

CREMILO.

¿Te habrá correspondido mala letra en el sorteo para beber?

LA VIEJA.

Tú te ríes, y yo, ¡infeliz!, muero devorada por una pasión.

CREMILO.

Vamos, acaba de decir cuál es la pasión que te devora

LA VIEJA.

Escucha: yo amaba a un joven pobre; ¡pero tan hermoso, tan bien formado, tan bueno! Todo cuanto le pedía me lo daba con la mayor solicitud y cariño; yo a mi vez no le negaba nada.

CREMILO.

¿Y qué solía pedirte?

LA VIEJA.

Poca cosa; era conmigo lo más vergonzoso... Unas veces veinte dracmas para comprarse un traje; otras, ocho para unos zapatos; ya me decía que regalase túnicas a sus hermanas y un vestidillo a su madre; ya necesitaba cuatro medimnas de trigo.

CREMILO.

No es mucho a la verdad; su discreción es admirable.

LA VIEJA.

Y aun eso, según solía decirme, no me lo pedía por vil interés, sino por pura amistad. Por ejemplo, un vestido regalado por mí era un constante recuerdo.

CREMILO.

Ese hombre te quería extraordinariamente.

LA VIEJA.

Pero ahora no es así. ¡Cómo se ha cambiado el pérfido! Hoy le había enviado este pastel con otras golosinas que ves en este plato, indicándole que a la noche iría...

CREMILO.

¿Y qué ha hecho?

LA VIEJA.

Me ha devuelto mis regalos, y además este otro pastel, con la condición de que no pusiese los pies en su casa, añadiendo este insulto:

«Eran en otro tiempo los milesios Varones esforzados...»[626]

CREMILO.

Pues no es tan malo el muchacho: ahora que es rico no le gustan las lentejas;[627] antes la necesidad le obligaba comer de todo.

LA VIEJA.

Por las dos diosas te lo juro, antes estaba continuamente a la puerta de mi casa.

CREMILO.

¿Para llevarte a enterrar?

LA VIEJA.

No, sino por el gusto de escuchar mi voz.

CREMILO.

Ya sería por ver si le dabas algo.

LA VIEJA.

Cuando estaba triste me llamaba con ternura: «patito mío, palomita mía».

CREMILO.

Y después te pediría dinero para unos zapatos.

LA VIEJA.

Habiendo ido en carro[628] a la celebración de los grandes misterios, porque me miró por casualidad no sé quién, lo tomó tan a pecho que me estuvo pegando todo el día. ¡Tan celoso era el pobre!

CREMILO.

Sin duda deseaba comer solo.

LA VIEJA.

Solía decirme que mis manos eran hermosísimas.

CREMILO.

Cuando le alargaban veinte dracmas.

LA VIEJA.

Que mi cutis exhalaba un olor suavísimo...

CREMILO.

Cuando le servías vino de Tasos.

LA VIEJA.

Ponderaba la ternura y brillantez de mis ojos.

CREMILO.

No era lerdo el mozo. ¡Qué bien sabía explotar a una impúdica vieja!

LA VIEJA.

Creo, por tanto, querido mío, que Pluto obra muy mal al conducirse así, después de haber prometido su constante ayuda a las víctimas de cualquiera injusticia.

CREMILO.

¿Qué quieres que haga? Dilo, cumplirá tu deseo.

LA VIEJA.

Es muy justo, por Júpiter, obligar al que de mí ha recibido tantos favores, a hacérmelos a su vez: de otro modo, no es digno de disfrutar del bien más pequeño.

CREMILO.

¿No te manifestaba su reconocimiento todas las noches?

LA VIEJA.

Pero me prometía no abandonarme jamás mientras viviera.

CREMILO.

Muy bien; pero creerá que ya no existes.

LA VIEJA.

¡Ay, amigo de mi alma, estoy consumida por el pesar!

CREMILO.

Más aún; me parece que has entrado ya en putrefacción.

LA VIEJA.

Podría pasar por un anillo.[629]

CREMILO.

Con tal que ese anillo fuese el aro de una criba.

LA VIEJA.

¿Qué veo? ahí viene el joven de quien me estaba quejando: tiene traza de dirigirse a una orgía.

CREMILO.

Está claro: lleva, en efecto, una corona y una tea.

* * * * *

EL JOVEN.

¡Salud!

LA VIEJA.

¿Qué dice?

EL JOVEN.

Mi anciana amiga, ¡qué pronto has encanecido! ¡Es asombroso!

LA VIEJA.

¡Triste de mí! ¡Cuántos insultos!

CREMILO.

Sin duda hace mucho tiempo que no te ha visto.

LA VIEJA.

¡Mucho tiempo! Ayer estuvo conmigo.

CREMILO.

Le pasa lo contrario que a otros muchos: el vino, según parece, le aclara la vista.

LA VIEJA.

No; siempre es un desvergonzado.

EL JOVEN.

¡Oh Neptuno, rey del mar! ¡Oh vetustas divinidades, cuántas arrugas tiene en la cara!

LA VIEJA.

¡Eh! ¡Eh! Aparta la antorcha.

CREMILO.

Tiene razón; si le salta una sola chispa, arderá como un tronco de olivo seco.

EL JOVEN.

¿Quieres jugar un momento conmigo?

LA VIEJA.

¿En dónde, pérfido?

EL JOVEN.

Aquí, con nueces.

LA VIEJA.

¿A qué juego?

EL JOVEN.

A adivinar cuántos dientes conservas.

CREMILO.

Yo adivinaré también; le quedan tres o cuatro.

EL JOVEN.

Has perdido; no tiene más que una muela.

LA VIEJA.

¡Hombre infame! ¿Has perdido el juicio para sacarme los trapos a la colada[630] delante de tanta gente?

EL JOVEN.

No te vendría mal una buena jabonadura.

CREMILO.

Te equivocas; ahora está perfectamente pintada, y si la lavases se le quitaría el albayalde y se pondrían de manifiesto todas sus arrugas.

LA VIEJA.

Para ser tan viejo, me pareces muy poco formal.

EL JOVEN.

¡Ah! Te hace carantoñas y te abraza la cintura creyendo que nadie le ve.

LA VIEJA.

¡No, por Venus! ¡No, infame!

CREMILO.

Hécate me preserve de tal locura. Pero, mi joven amigo, yo no puedo consentir que aborrezcas a esta muchacha.

EL JOVEN.

Si la idolatro.

CREMILO.

Sin embargo, te acusa...

EL JOVEN.

¿De qué?

CREMILO.

De que eres un insolente, que le has dicho:

«Eran en otro tiempo los milesios Varones esforzados...»

EL JOVEN.

Vamos, no quiero disputártela.

CREMILO.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Por respeto a tu edad: a otro nunca se lo hubiera consentido. Vete en paz con la muchacha.

CREMILO.

Entiendo, entiendo: no quieres vivir ya con ella.

LA VIEJA.

¿Y quién lo consentirá?

EL JOVEN.

Yo no puedo tener relaciones con una vieja que cuenta trece mil años de amoríos.

CREMILO.

Sin embargo, pues no te desdeñaste de beber el vino, justo es que apures la hez.

EL JOVEN.

Pero esta es sumamente rancia y corrompida.

CREMILO.

Pásala por la manga y se purificará.

EL JOVEN.

Pero entra: yo te sigo para ofrecer al dios estas coronas.

LA VIEJA.

Yo también, porque tengo que decirle una cosa.

EL JOVEN.

Entonces, no entro.

CREMILO.

Tranquilízate: no te violará.

EL JOVEN.

Tienes razón: harto tiempo la he manejado a mi antojo.[631]

LA VIEJA.

Entra; yo te sigo.

CREMILO.

¡Oh Júpiter! La viejecilla se pega al mozo con la insistencia de una lapa.

(_Entran todos._)

* * * * *

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¿Quién va? ¿Quién llama? ¿Qué es esto? No distingo a nadie; sin duda la puerta ha rechinado sin que ninguno la toque.

MERCURIO.

¡Hola! Carión: aguarda.

CARIÓN.

¿Eras tú el que tan estrepitosamente golpeaba la puerta?

MERCURIO.

No, pero me disponía a llamar cuando has abierto. Ea, corre y advierte a tu amo que sin perder un instante se me presente con su mujer, sus hijos, sus criados, su perro, tú y su marrano.

CARIÓN.

¿Pues qué ocurre?

MERCURIO.

Júpiter, gran bribón, quiere aderezaros a todos en la misma cazuela y arrojaros al Báratro.

CARIÓN.

¡Cuidado con la lengua, pregonero de desgracias! Mas, ¿por qué piensa tratarnos de ese modo?

MERCURIO.

Porque habéis cometido el crimen más horrendo. Desde que Pluto ha recobrado la vista nadie nos ofrece a los dioses ni incienso, ni laureles, ni tortas, ni víctimas, ni nada, en fin.

CARIÓN.

Ni se os ofrecerán nunca: nos gobernabais muy mal.

MERCURIO.

De los otros dioses poco se me importa; pero yo me siento desfallecer y morir.

CARIÓN.

¡Qué discreción!

MERCURIO.

Antes, de par de mañana, me ofrecían ya en los figones toda clase de deliciosos manjares, sopa en vino, miel, higos secos y, en fin, cuanto es digno de mi paladar; pero ahora, muerto de inanición, me estoy echado todo el día, con los pies en el aire.

CARIÓN.

Y se te está muy bien empleado: ¿por qué dejabas multar a los que te trataban tan a cuerpo de rey?[632]

MERCURIO.

¡Ay triste de mí! ¡Ay torta querida que me amasaban el cuatro de cada mes![633]

CARIÓN.

«Tu amor está ausente; inútilmente le llamas.»

MERCURIO.

¡Ay sabrosa pierna que yo devoraba!

CARIÓN.

Pues bien; salta sobre un pie en ese odre para distraerte.[634]

MERCURIO.

¡Ay intestinos calientes que yo comía!

CARIÓN.

Sin duda los tuyos están atormentados por un cólico.

MERCURIO.

¡Ay deliciosa copa, mitad vino y mitad agua!

CARIÓN.

Bébete eso,[635] y lárgate volando.

MERCURIO.

¿Querrás hacerme un favor, amigo mío?

CARIÓN.

Si puedo, con mucho gusto.

MERCURIO.

¿No podrías darme un pan bien cocido, y una gran tajada, de las víctimas que estáis sacrificando en casa?

CARIÓN.

Pero es un sacrilegio el sacarlas.

MERCURIO.

Ya sabes que cuando le robabas alguna cosa a tu dueño, yo siempre procuraba que no lo supiese.

CARIÓN.

Con la condición de partir los provechos, ladrón redomado; porque casi siempre recibías una exquisita torta.

MERCURIO.

Que te la comías tú solo.

CARIÓN.

¿Acaso participabas tú de mis golpes, cuando yo era sorprendido?

MERCURIO.

Olvida los pasados males, ya que has tomado a File.[636] En nombre de los dioses, recibidme en vuestra casa.

CARIÓN.

¿Y abandonarás a los dioses por habitar con nosotros?

MERCURIO.

Vuestra vida es mucho mejor.

CARIÓN.

¿Cómo? ¿Crees honrosa semejante deserción?

MERCURIO.

«Patria es todo país donde se vive bien.»[637]

CARIÓN.

¿Pero qué ocupación podemos darte aquí?

MERCURIO.

Nombradme portero.[638]

CARIÓN.

¿Portero? Maldita falta nos hace la chismografía porteril.

MERCURIO.

Comerciante.

CARIÓN.

Si somos ricos, ¿para qué hemos de mantener un Mercurio revendedor?

MERCURIO.

Agente de intrigas.[639]

CARIÓN.

¿Intrigas? quita allá. Sencillez de costumbres es lo que hace falta.

MERCURIO.

Guía.

CARIÓN.

El dios ve perfectamente, y ya no necesita guía.

MERCURIO.

Pues bien, seré presidente de los juegos. ¿Qué dirás ahora? Pluto debe instituir certámenes escénicos y gímnicos.[640]

CARIÓN.

¡Qué bueno es tener muchos nombres! Así ha encontrado el medio de ganarse la vida. No sin razón todos los jueces se afanan por ser inscritos en varios tribunales.[641]

MERCURIO.

¿De modo que me admitiréis para ese empleo?

CARIÓN.

Vete al pozo a lavar estas entrañas de las víctimas, para que sobre la marcha nos demuestres que entiendes de servir.

* * * * *

UN SACERDOTE DE JÚPITER.

¿Quién podrá decirme dónde está Cremilo?

CREMILO.

¿Qué ocurre, buen amigo?

EL SACERDOTE.

Nada de bueno. Desde que Pluto ha recobrado la vista, me muero de hambre; yo, todo un sacerdote de Júpiter salvador, no tengo que comer.

CREMILO.

Por los dioses, ¿cuál es la causa de tu laceria?

EL SACERDOTE.

Nadie ofrece el menor sacrificio.

CREMILO.

¿Por qué?

EL SACERDOTE.

Por que todos son ricos. Antes, cuando nada tenían, el mercader que regresaba sano a su casa, y el reo que conseguía la absolución, nunca dejaban de ofrecer alguna víctima. Cuando alguno ofrecía un sacrificio favorable, era de rigor que el sacerdote asistiese al festín; pero ahora nadie sacrifica, nadie entra en el templo, como no sea millares de personas para atestarlo con sus excrementos.

CREMILO.

¿No tomas también tu parte de esas ofrendas?

EL SACERDOTE.

De modo que espontáneamente me he despedido de Júpiter salvador, para establecerme aquí.

CREMILO.

Tranquilízate; pues, dios mediante, todo saldrá a pedir de boca. Júpiter salvador está aquí; ha venido también espontáneamente.

EL SACERDOTE.

¡Oh, qué buena noticia!

CREMILO.

Aguarda un poco; vamos a colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, como guardián perpetuo del tesoro de Minerva.[642] ¡Eh, vengan las antorchas encendidas! Tú las llevarás delante del dios.

EL SACERDOTE.

Está muy bien dispuesto.

CREMILO.

Llamad a Pluto.

LA VIEJA.

Y yo, ¿qué hago?

CREMILO.

Ponte sobre la cabeza esas ollas[643] consagradas al dios, y llévalas con majestad y decoro; precisamente tienes un vestido de diversos colores.[644]

LA VIEJA.

¿Y el asunto que me ha traído?

CREMILO.

Todo se arreglará. El joven irá a tu casa esta noche.

LA VIEJA.

Si me respondes de que vendrá, llevaré las ollas.

CREMILO.

Sucede en estas ollas lo contrario que en las demás. Ordinariamente la tez arrugada[645] se forma encima; pero en estas la tez arrugada va debajo.

CORO.

Tampoco nosotros debemos permanecer aquí; preciso es que nos retiremos y marchemos cantando tras la procesión.

FIN DE PLUTO.

ÍNDICE.

PÁGS.

Las fiestas de Ceres y Proserpina. 1

Las Ranas. 83

Las Junteras. 193

Pluto. 273

NOTAS

[1] Son los siguientes: 1.º Alusión a la derrota naval de Carmino (v. 805). 2.º Censura de los Senadores del año anterior, que se dejaron desposeer por los _cuatrocientos_ y sustituir la democracia por la oligarquía, cuyos sucesos tuvieron ambos lugar en el año 413 antes de Cristo, vigésimo de la guerra, debiendo por consiguiente haberse representado _Las fiestas de Ceres_ en el siguiente, o sea el 412 antes de nuestra era.

[2] La edición que poseemos es la primera.

[3] Locución proverbial. Como la golondrina indicaba la vuelta de la primavera, la estación más deseada del año, la frase del texto equivale a «cuándo vendrá el tiempo que esperamos.»

[4] Por la agitación y el cansancio.

[5] Parodia del _Orestes_, v. 81. Aristófanes no cesa de burlarse del tono sentencioso de Eurípides, y de sus pensamientos alambicados y conceptuosos.

[6] Hay en esto alguna alusión a los muchos héroes de Eurípides que tenían igual defecto, como Belerofonte, Filoctetes y otros.

[7] Poeta que, siendo aún muy joven, consiguió el premio en la tragedia tres años antes de la representación de _Las fiestas de Ceres_. Con este motivo obsequió a su maestro Sócrates y a sus amigos con el suntuoso banquete que dio su nombre al famoso diálogo de Platón, en el cual Aristófanes tiene parte muy principal. Los cómicos censuraban sus modales afeminados, y el excesivo tiempo que dedicaba al tocador.

Se citan entre sus tragedias, de las cuales solo se conservan fragmentos insignificantes, el _Télefo_ y el _Tiestes_.

[8] βεβίνηκας.

[9] Es decir que Agatón está haciendo una tragedia.

[10] Palabra que imita el zumbido de un insecto, para indicar que las enfáticas expresiones del criado están vacías de sentido.

[11] Μῶν βινεῖσθαι.

[12] Καὶ λαικάζει.

[13] _Obscœno sensu_.

[14] Las fiestas de Ceres se celebraban en el mes Pianepson (noviembre).

[15] Las fiestas de Ceres y Proserpina duraban cinco días, según se deduce de este pasaje. Mucho antes las mujeres se preparaban a celebrarlas, absteniéndose de los placeres conyugales, y comiendo con la mayor sobriedad. El objeto de estas solemnidades era conmemorar los beneficios que Ceres _Tesmófora_ (legisladora) había concedido a los hombres dictándoles leyes prudentes y sabias. Solo las mujeres libres tenían derecho a concurrir a estas fiestas, de las cuales estaban excluidas las esclavas y los hombres. El culto de Proserpina se asociaba al de Ceres en recuerdo del amor que le profesaba su madre.

[16] Ceres y Proserpina.

[17] Agatón era introducido sobre la máquina destinada a la aparición de divinidades. Ya vimos en _Los Acarnienses_ un juego escénico parecido.

[18] Famosa cortesana. Mnesíloco toma a Agatón por Cirene, aludiendo a la disolución de sus costumbres.

[19] Frase proverbial para indicar las cosas pequeñas y de poco vigor.

[20] En toda la escena Agatón habla en el estilo campanudo y sesquipedálico de los malos poetas trágicos y líricos.

[21] En recuerdo de la antorcha que llevaba Ceres, buscando a Proserpina, robada por Plutón.

[22] Este coro es el que Agatón ensayaba para representar en sus tragedias. El coro propio de esta comedia es el de las mujeres celebrando las fiestas Tesmoforias, que se presenta más tarde.

[23] Troya.

[24] Aristófanes supone que Agatón debía preferir el modo lidio, por ser el más adecuado a sus costumbres afeminadas.

[25] Divinidades protectoras de la generación. Vide _Lisístrata_, al principio, nota.

[26] _Ita ut audienti mihi podicem ipsum subierit tililatio_.

[27] Drama satírico, que formaba parte de una tetralogía de Esquilo, titulada la _Licurgia_. Su principal personaje era Licurgo, rey de los Edonios, que se atrevió a burlarse de Baco cuando regresó a Tracia vencedor de las Indias. Su falta fue severamente castigada. Los títulos de las tres tragedias eran _Los Edones_, _Los Basárides_ y _Los Jóvenes_.

[28] _At ubi penis_?

[29] _Hic de venerea quadam statura agitur, de qua sæpius apud Aristophanem_. Hay además una alusión satírica a Eurípides, que pinta a Fedra sumamente aficionada a la caza y los caballos.

[30] Solo se conservan de este género de dramas, privativo de los griegos, el _Cíclope_ de Eurípides, cuya traducción al castellano hemos publicado en este mismo año.

[31] _Arrecto veretro_. Los dramas satíricos eran casi tan licenciosos como las comedias.

[32] Íbico, natural de _Regium_, floreció en el siglo VI antes de nuestra era, y se distinguió por sus poesías líricas, con tendencias épicas, como las de Estesícoro.

[33] Horacio nos presenta con una sola, pero magistral pincelada las costumbres a que Aristófanes alude.

_Motus doceri gaudet Ionicos._ _Matura virgo, et fingitur artubus_ _Jam nunc et incestos amores_ _De tenero meditatur ungui._ (_Odas_, III, 6, 21.)

[34] Poeta trágico, citado ya con elogio en _Las Avispas_, 220, 269; y en _Las Aves_, 750.

[35] Véanse _Las Avispas_, v. 462 y nota; y _Las Aves_, 281, 1293.

[36] Hijo de Cárcino. Véanse _Las Avispas_, 1510, y nota, y _La Paz_, 792.

[37] Véase _Los Acarnienses_, v. 11 y 140.

[38] Verso del _Eolo_, de Eurípides.

[39] Fragmento de la _Alceste_, de Eurípides.

[40] _Obscœno sensu_.

[41] Βινεῖσθαι μὲν οὖν.

[42] _Mos erat veteribus barbam navacula radere; pudendorum autem pilos admota flamma amburere_.

[43] En él se refugiaban los suplicantes. Las Euménides, o benéficas, son las furias, llamadas así después del juicio de Orestes. Su templo estaba próximo al Areópago.

[44] En el original hay un equívoco: ψιλός significa _afeitado_ y _soldado armado a la ligera_.