Comedias, tomo 3 de 3

Part 11

Chapter 113,891 wordsPublic domain

Aún no estamos en ese caso.

BLEPSIDEMO.

¿Qué dices? ¿No habrá partición?

CREMILO.

No. Antes es necesario...

BLEPSIDEMO.

¿Qué?

CREMILO.

Devolverle la vista.

BLEPSIDEMO.

¡La vista! ¿A quién?

CREMILO.

A Pluto; es indispensable, sin perdonar medio.

BLEPSIDEMO.

¡Pero está ciego de veras!

CREMILO.

Sí, por el cielo.

BLEPSIDEMO.

Ya no me admira que nunca haya venido a mi casa.

CREMILO.

Ahora ya irá, si place a los dioses.

BLEPSIDEMO.

¿No convendría llamar a algún médico?

CREMILO.

¿Qué médico hay ahora en la ciudad? Donde no hay recompensa no hay talento.[585]

BLEPSIDEMO.

Sin embargo, veamos.

CREMILO.

No hay ninguno.

BLEPSIDEMO.

Lo mismo creo.

CREMILO.

No, por Júpiter; lo mejor será, como yo había pensado, llevarle a dormir al templo de Esculapio.[586]

BLEPSIDEMO.

Ese es, sin duda, el más eficaz remedio. ¡Ea!, no tardes; procura concluir pronto.

CREMILO.

Ya voy.

BLEPSIDEMO.

Corre.

CREMILO.

Eso hago.

* * * * *

LA POBREZA.

¡Atrevidos, miserables, sacrílegos! ¿Qué intentáis, débiles y temerarios mortales? ¿Adónde huís? Deteneos.

BLEPSIDEMO.

¡Oh Hércules!

LA POBREZA.

¡Perversos, yo os daré vuestro merecido! Osáis llevar a cabo un proyecto intolerable, un proyecto como nunca lo han intentado los hombres ni los dioses; moriréis sin remedio.

CREMILO.

¿Pero quién eres? ¡Qué espantosa palidez!

BLEPSIDEMO.

Es quizá una furia de teatro;[587] hay en su mirada algo de trágico y feroz.

CREMILO.

Pero no tiene antorchas.

BLEPSIDEMO.

Pues pagará su audacia.

LA POBREZA.

¿Quién pensáis que soy?

CREMILO.

Una tabernera o una vendedora de huevos. De otro modo no te hubieras lanzado con tan destempladas voces sobre nosotros, que en nada te hemos ofendido.

LA POBREZA.

¿De veras, eh? ¿Os parece que todavía es poco el tratar de echarme de todas partes?

CREMILO.

¿No te queda el Báratro?[588] ¿Pero quién eres? Vamos, dínoslo pronto.

LA POBREZA.

Yo soy quien os castigará hoy mismo por haber pretendido expulsarme de aquí.

BLEPSIDEMO.

¿Si será esa tabernera de la vecindad que siempre me engaña en la medida?

LA POBREZA.

Yo soy la Pobreza, que vivo con vosotros hace muchos años.

BLEPSIDEMO.

¡Soberano Apolo! ¡Dioses inmortales! ¿Adónde me escapo?

CREMILO.

¿Adónde vas? ¡Cobarde! ¿No te quedarás ahí?

BLEPSIDEMO.

Ni por cuanto hay.

CREMILO.

¿No te quedas? ¿Y dos hombres hemos de huir de una mujer?

BLEPSIDEMO.

¡Desventurado! ¡Es la Pobreza! El monstruo más horrendo y pestilente.

CREMILO.

Quédate, por favor; quédate.

BLEPSIDEMO.

No y no.

CREMILO.

Pero, amigo, comprende que cometeremos un crimen infinitamente mayor si huimos, abandonando cobardemente al dios, sin intentar siquiera la lucha.

BLEPSIDEMO.

¿Y con qué armas? ¿Con qué fuerzas? ¿Hay coraza o escudo que esa maldita no haya llevado a empeñar?

CREMILO.

Tranquilízate; el dios sin más que sus propios recursos la vencerá.

LA POBREZA.

¿Aún os atrevéis a chistar, desalmados, después de haber sido cogidos _in fraganti_ del más abominable delito?

CREMILO.

Y tú, mujer que el cielo confunda, ¿por qué nos insultas no habiéndote ofendido en nada?

LA POBREZA.

¿En nada, eh? ¿Se os figura que no me perjudicáis tratando de devolver la vista a Pluto?

CREMILO.

¡Cómo! ¿Es perjudicarte el colmar de bienes a todos los hombres?

LA POBREZA.

¿Qué proyectáis para su felicidad?

CREMILO.

¿Qué? Por de pronto expulsarte de Grecia.

LA POBREZA.

¿Expulsarme? ¿Pudierais hacer un mal mayor a los hombres?

CREMILO.

¿Un mal mayor? Sí... el no realizar nuestro proyecto.

LA POBREZA.

Ea, consiento en explicaros las razones que sobre el particular me asisten: os demostraré que yo soy la causa única de todos vuestros bienes, y el único sostén de vuestra vida: si no consigo probároslo, podréis hacer lo que queráis.

CREMILO.

¿Te atreves a decir eso, desollada?

LA POBREZA.

Déjame hablar; pues creo facilísimo demostrarte que vas por muy errada senda al tratar de enriquecer a los buenos.

CREMILO.

¡Vergas y garrotes! ¿Para cuándo os guardáis?

LA POBREZA.

No te quejes y alborotes antes de escucharme.

CREMILO.

¿Quién puede callar al oír semejantes desatinos?

LA POBREZA.

Todo el que esté en su sano juicio.

CREMILO.

¿Qué multa quieres que te imponga si pierdes tu pleito?

LA POBREZA.

La que te parezca.

CREMILO.

Está bien.

LA POBREZA.

En cambio, vosotros, si sois vencidos, quedaréis sujetos a las mismas condiciones.

BLEPSIDEMO.

¿Crees que bastarán veinte muertes?

CREMILO.

Para ella, sí; para nosotros, con dos sobra.

LA POBREZA.

Vuestra perdición es inevitable. ¿Qué podréis oponerme?

CORO.

Buscad ingeniosas razones; aducid sólidos argumentos que la confundan; no hay que cejar un punto.

CREMILO.

Teniendo por verdad evidente y universalmente reconocida la justicia de que todos los hombres de bien vivan prósperamente y sufran la suerte contraria los impíos y malvados, y anhelando ver cumplido nuestro propósito, hemos hallado, por fin, un bello, generoso y utilísimo modo de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra la vista y deja de caminar a tientas, se dirigirá a las personas honradas para no abandonarlas nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien, ¿qué se conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos, ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?

BLEPSIDEMO.

Nada; aquí estoy yo para atestiguarlo; no se lo preguntes a esa.

CREMILO.

Estando arreglada de esta suerte la humana vida, ¿quién no creerá que todo es locura, o más bien frenesí? Los más de los hombres, que son los perversos, nadan en las riquezas injustamente acumuladas; mientras muchos otros de intachable honradez, arrastran una vida llena de privaciones y miserias, sin tener en casi todo el decurso de su existencia más compañera que tú. Por tanto, si Pluto recobra la vista y abandona este camino, ¿quién duda que podrá seguir otro infinitamente mejor para los hombres?

LA POBREZA.

Estos dos ancianos se dejan alucinar como nadie en el mundo, y deliran y desbarran al unísono con pasmosa unanimidad. Pero yo os aseguro que, si vuestros deseos se realizan, ningún provecho sacaréis. Porque si Pluto recobra la vista y distribuye sus favores con igualdad, nadie querrá dedicarse a las artes ni a las ciencias. Y una vez suprimidas estas dos condiciones de existencia, ¿habrá quien quiera forjar el hierro, construir naves, coser vestidos, hacer ruedas, cortar cueros, fabricar ladrillos, lavar, curtir, arar los campos, segar los dones de Ceres, pudiendo todos vivir en la holganza y desdeñar el trabajo?

CREMILO.

¡Necedades! Todos esos oficios que acabas de decir los ejercen los esclavos.

LA POBREZA.

¿Y cómo tendrás esclavos?

CREMILO.

Los compraremos.

LA POBREZA.

¿Y quiénes serán los primeros vendedores si todos tienen dinero?

CREMILO.

Cualquier codicioso comerciante a su vuelta de Tesalia, donde hay muchos traficantes en esclavos.

LA POBREZA.

Es que, según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos. ¿Qué hombre rico arriesgará su vida en semejante tráfico? Por consiguiente, viéndote obligado a cavar la tierra y a otros trabajos igualmente penosos, pasarás una vida mucho más angustiada.

CREMILO.

¡Ojalá la pases tú!

LA POBREZA.

No podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas, ¿quién querrá tejerlas sobrándole el oro? Cuando te cases con una hermosa joven, no tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos en colores y bordados con que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la riqueza, careciendo de todas estas cosas? Por el contrario, gracias a mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo soy una adusta señora que con el temor de la indigencia y del hambre obligo al artífice a ganarse la vida.

CREMILO.

¿Qué cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los baños,[589] y turbas de chiquillos, y viejecitas hambrientas, y nubes infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con molesto zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre, pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un jergón de junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha, una estera podrida; por almohada, una piedra grande; por pan, raíces de malvas; por pasteles, hojas de rábanos secos; por escabel, la tapa de una tinaja rota; por artesa, las costillas de una cuba, y para eso rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados los bienes que proporcionas a los hombres?

LA POBREZA.

No has descrito mi vida, sino la de los mendigos.

CREMILO.

La pobreza y la mendicidad son hermanas carnales.

LA POBREZA.

Para vosotros, que tenéis por iguales a Dionisio y Trasíbulo;[590] pero mi vida ni es ni será nunca así. La vida del mendigo que acabas de pintar consiste en vivir sin poseer nada; la del pobre en vivir con economía, en trabajar, en no tener nada superfluo ni carecer de lo necesario.

CREMILO.

¡Por Ceres! ¡Deliciosa vida! ¡Economizar y trabajar sin descanso para no dejar a nuestra muerte con qué pagar el entierro!

LA POBREZA.

Te ríes y te burlas en lugar de hablar formalmente, sin comprender que yo perfecciono el espíritu y el cuerpo de los hombres mucho más que Pluto. Con él son gotosos, ventrudos, pesados, extraordinariamente gruesos; conmigo delgados, esbeltos como avispas, terror de sus adversarios.

CREMILO.

Quizá a fuerza de hambre les das esa esbeltez de avispas.

LA POBREZA.

Ahora os hablaré de la templanza, y os demostraré que la modestia vive conmigo y no con Pluto.

CREMILO.

Debe ser muy modesto el hurtar y el horadar paredes.

BLEPSIDEMO.

¿Quién lo duda? Todas esas cosas se hacen escondiéndose. ¿Quieres más modestia?

LA POBREZA.

Fíjate en lo que pasa con los oradores: mientras son pobres, son justos con la república y el pueblo; pero en cuanto se enriquecen a costa del Estado, se hacen injustos, venden a la multitud y atacan al gobierno democrático.

CREMILO.

Tus cargos son exactos, aunque tu lengua sea viperina; pero no te ensoberbezcas por eso, que te has de arrepentir del temerario arrojo con que pretendes probarnos las ventajas de la pobreza.

LA POBREZA.

Como no puedes refutar mis argumentos, alborotas y dices necedades.[591]

CREMILO.

¿Cómo, pues, huyen todos de ti?

LA POBREZA.

Porque mejoro sus costumbres. Más claramente vemos lo mismo en los muchachos; huyen de sus padres, que solo anhelan su dicha. ¡Tan difícil es distinguir lo que es justo!

CREMILO.

Dirás también que Júpiter no sabe distinguir lo que es bueno, porque tiene riquezas.[592]

BLEPSIDEMO.

Y nos envía la pobreza.

LA POBREZA.

¡Qué telarañas tenéis en los ojos, carcamales del siglo de Saturno![593] Júpiter también es pobre; y voy a probároslo. Si fuese rico, ¿cómo en los juegos olímpicos por él establecidos, al reunir cada cinco años toda la Grecia, había de contentarse con dar a los vendedores una sencilla corona de olivo? De oro se la daría, si fuese rico.

CREMILO.

Prueba eso mismo la grande estimación en que tiene las riquezas. Por economía, por evitar gastos, regala a los vencedores coronas de ningún valor, y se guarda las riquezas.

LA POBREZA.

Mil veces más vergonzosa que la pobreza es esa avaricia sórdida o insaciable que le supones.

CREMILO.

¡Que Júpiter te confunda con tu corona de olivo!

LA POBREZA.

¡Atreverse a decir que la pobreza no es el manantial de todos los bienes!

CREMILO.

Preguntemos a Hécate[594] qué es mejor: ser rico, o indigente; por orden suya, todos los que viven con desahogo ofrecen mensualmente una comida, y los pobres se la arrebatan antes de haberla servido. Así, vete al infierno y no chistes más palabra, porque no me convencerás aunque me hayas convencido.

LA POBREZA.

«¿Oís lo que dice, habitantes de Argos?»[595]

CREMILO.

Invoca a Pauson, tu comensal.[596]

LA POBREZA.

¡Triste de mí! ¿Qué haré?

CREMILO.

Irte al infierno, y quitarte pronto de delante.

LA POBREZA.

¿Adónde iré?

CREMILO.

A la horca; pero, ¡pronto, pronto!

LA POBREZA.

Algún día me llamaréis.

CREMILO.

Entonces volverás; ahora márchate. Prefiero ser rico, mal que te pese.

BLEPSIDEMO.

Y yo, por Júpiter, en cuanto me enriquezca quiero comer espléndidamente con mi mujer y mis hijos, salir del baño limpio y reluciente, y reírme en las barbas de los trabajadores y la pobreza.

* * * * *

CREMILO.

Por fin se fue esa condenada. Llevemos al dios cuanto antes al templo de Esculapio, para que se acueste en él.

BLEPSIDEMO.

Sin perder un instante, no venga algún otro a impedirnos hacer todo lo necesario.

CREMILO.

¡Eh!, Carión, es preciso traer las colchas, y llevar a Pluto como el ritual prescribe; no se te olvide nada de lo que hay preparado.[597]

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¡Ancianos que en las fiestas de Teseo[598] empapáis mendruguillos de pan en la salsa de los pobres, cuán grande es vuestra felicidad! ¡Qué afortunados sois vosotros y todos los hombres de bien!

CORO.

¿Qué ocurre, buen amigo? Pareces portador de una noticia agradable.

CARIÓN.

¡Qué dicha la de mi amo, o, por mejor decir, la de Pluto! Era ciego y ha recobrado la vista; sus ojos lanzan brillantes destellos, gracias a la solicitud de Esculapio.

CORO.

¡Oh gratísima nueva! ¡Oh colmo de felicidad!

CARIÓN.

Es preciso alegrarse aunque no se quiera.

CORO.

Con resonante voz celebraré al hijo del ilustre Júpiter, a Esculapio, astro que vivifica a los mortales.

* * * * *

LA MUJER DE CREMILO.

¿Qué significan esos gritos? ¿Hay alguna buena noticia? Te esperaba dentro de casa, llena de impaciencia.

CARIÓN.

Pronto, pronto, saca vino, señora mía; también tú beberás: ya sabemos que te gusta. Te traigo en compendio todos los bienes.

LA MUJER.

¿Dónde están?

CARIÓN.

En mis palabras, lo vas a ver.

LA MUJER.

¡Vamos! Acaba de explicarte.

CARIÓN.

Escucha, pues: voy a contarte todo el negocio desde los pies a la cabeza.

LA MUJER.

¿A la cabeza?[599] No, cuidado con ella.

CARIÓN.

Luego no aceptas los bienes que se te meten en casa.

LA MUJER.

Lo que no quiero son negocios.[600]

CARIÓN.

En cuanto llegamos al templo con el dios, entonces tan miserable y ahora dichoso y feliz como ninguno, nuestro primer cuidado fue llevarle al mar y en seguida bañarle.[601]

LA MUJER.

¡Por Júpiter! ¡Vaya una felicidad! Meter a un viejo en agua fría.[602]

CARIÓN.

Luego volvimos al santuario de Esculapio, y colocamos sobre el altar tortas y otras ofrendas, entregamos harina de flor a la devoradora llama de Vulcano, acostamos a Pluto con las solemnidades de costumbre, y después cada cual se arregló un lecho de hojas.

LA MUJER.

¿Había más gente implorando al dios?

CARIÓN.

Un tal Neóclides,[603] ciego, pero que en robar aventaja a los de mejor vista, y otros muchos atacados de toda clase de enfermedades. Después, el sacerdote apagó las lámparas y nos mandó dormir, encargándonos el silencio, aunque oyésemos cualquier ruido. Todos nos acostamos tranquilamente. Pero yo no podía conciliar el sueño: una olla de puches, colocada a la cabecera de una vieja, me tentaba el apetito, y deseaba ardientemente darle un asalto. En esto, levantando los ojos, veo que el sacerdote despojaba de tortas e higos secos la sagrada mesa. Después giró una visita de inspección a todos los altares, y cuantos panes habían quedado en ellos, se los guardó santamente en un saquito. — Convencido de lo religioso de la ceremonia, depuse ya todo escrúpulo y avancé hacia la olla.

LA MUJER.

¡Ah grandísimo canalla! ¿No temías al dios?

CARIÓN.

Sí, temía que con sus coronas llegase a la olla antes que yo; su sacerdote me había abierto los ojos. La viejecita, al oír un ruido, extendía ya la mano para apartar la olla; entonces yo, imitando a la serpiente pareas,[604] di un silbido y la mordí. La vieja retiró vivamente la mano; se acurrucó en su lecho, se tapó con la colcha y lanzó de miedo un flato más pestilente que el de una comadreja. Entonces yo me atraqué de puches, y volví bien repleto a mi cama.

LA MUJER.

Y el dios, ¿no aparecía?

CARIÓN.

Aún no. Luego hice otra de las mías: al acercarse el mismo Esculapio solté una estrepitosa descarga, pues tenía el vientre lleno de aire.

LA MUJER.

¡Sin duda le darías asco!

CARIÓN.

¡Ca! Yaso,[605] que le seguía, fue quien se ruborizó, y Panacea[606] se apartó tapándose las narices, porque yo no huelo a incienso.

LA MUJER.

¿Y el dios?

CARIÓN.

No hizo caso.

LA MUJER.

De modo que le crees un grosero.

CARIÓN.

No; le creo aficionado a la basura[607] y nada más.

LA MUJER.

¡Ah, bellaco!

CARIÓN.

Después me metí en el lecho lleno de temor; el dios giró su visita, examinando con orden e interés a todos los enfermos, y luego un esclavo le trajo un matraz de piedra con su mano correspondiente y una cajita.

LA MUJER.

¿De piedra?

CARIÓN.

¡Por Júpiter! La caja no.

LA MUJER.

Pero, bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?

CARIÓN.

Por los agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero que preparó fue un ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres cabezas de ajos de Tenos,[608] y las majó mezclándolas goma y cebollas albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto,[609] y se la aplicó al paciente sobre los ojos, habiéndole vuelto antes los párpados para que fuese el dolor más vivo. Neóclides grita, aúlla, salta del lecho y quiere huir; pero el dios le dijo sonriendo: «Quédate ahí con tu ungüento; así no podrás presentarte en la asamblea y hacerla cómplice de tus perjurios.»

LA MUJER.

¡Qué amante de la república y qué discreto es ese dios!

CARIÓN.

Después se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza; luego le limpió los párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió el cráneo y toda la cara con un velo de púrpura; por último, Esculapio silbó, y dos inmensas serpientes se lanzaron del fondo del santuario.

LA MUJER.

¡Soberanos dioses!

CARIÓN.

Deslizáronse suavemente bajo el velo de púrpura, y a lo que me pareció, le lamieron los párpados, y en menos tiempo que el que tú necesitas para beberte diez cótilas de vino, Pluto, señora mía, se levantó con vista ya. Loco de júbilo, palmoteé y desperté a mi dueño: el dios y las serpientes se escondieron al punto en el interior del santuario. Pero los que tenían sus lechos junto al de Pluto le abrazaron con indescriptible cariño, y estuvieron despiertos toda la noche hasta que amaneció. Yo daba al dios las gracias más expresivas por haber sanado tan pronto a Pluto y aumentado la ceguera de Neóclides.

LA MUJER.

¡Oh Esculapio, qué grande es tu poder! Pero, dime, ¿dónde está Pluto?

CARIÓN.

Ya viene. Pero le rodeaba una inmensa multitud. Los hombres de bien, reducidos hasta ahora a una existencia mezquina, le abrazaban y le saludaban en la efusión del más completo regocijo: los antes ricos y poseedores de una gran fortuna malamente adquirida, fruncían el ceño y dejaban traslucir su temor en la inquietud de sus miradas. Los primeros le seguían ceñidos de guirnaldas, risueños y decidores, y la tierra resonaba bajo el acompasado andar de los ancianos. Ea, ordenad el baile, saltad, constituid los coros; y nunca volveréis a oír al entrar en vuestra casa la terrible frase: «No hay harina en el saco.»

LA MUJER.

¡Por Hécate! En albricias de tu buena nueva voy a ponerte una corona de pastelillos.

CARIÓN.

No tardes, porque ya se acercan a la puerta.

LA MUJER.

Ea, voy adentro a disponer las oblaciones de costumbre para celebrar la entrada de esos ojos recientemente adquiridos para la luz.[610]

CARIÓN.

Y yo a salirles al encuentro.

* * * * *

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

PLUTO.

¡Yo te saludo, oh sol! ¡Yo te saludo también, ínclita tierra de Palas, generoso país de Cécrope, que me has dado hospitalidad! Me avergüenzo de mi suerte infeliz. ¡Yo, sin saberlo, haber vivido con semejantes hombres! ¡Yo, ignorante de todo, haber huido de los únicos acreedores a mi amistad! ¡Ay, triste! ¡Cuán errados eran mis caminos! Pero cambiaré de conducta, y demostraré a todos los hombres que al entregarme a los perversos lo hice contra mi voluntad.

CREMILO.

¡Idos al infierno! ¡Qué fastidiosos son todos estos amigos que le asedian a uno en cuanto mejora de fortuna! ¡Cómo me codean y me martirizan las piernas a fuerza de querer demostrarme su cariño! ¿Quién ha dejado de saludarme? ¡Qué muchedumbre de ancianos me rodeó en la plaza!

LA MUJER.

¡Salud al más querido de los hombres! ¡Salud también a vosotros! ¡Oh Pluto, permíteme, como es costumbre, ofrecerte estos dones de bienvenida!

PLUTO.

No. Esta casa es la primera que visito después de mi curación, y de ella nada debo llevarme; al contrario, debo traerla mis dones.

LA MUJER.

¿Rehúsas estos regalos?

PLUTO.

Los aceptaré dentro, junto al hogar, como es costumbre. Así evitaremos además una escena ridícula. No está bien que el poeta haga reír a los espectadores arrojándoles golosinas e higos secos.[611]

LA MUJER.

Tienes razón. Mira, ya se había levantado Dexínico[612] para atrapar los higos en el aire.

(_Entran todos en la casa._)

* * * * *

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

¡Qué agradable es, amigos míos, la felicidad, sobre todo cuando nada cuesta! Un montón de bienes se ha colado de rondón en nuestra casa, sin que hayamos hecho mal a nadie. ¡De este modo sí que es buena la abundancia! La artesa está llena de blanca harina, y las tinajas de rojo y perfumado vino; el oro y la plata, ¡parece increíble!, no caben en los cofres; la cisterna se halla atestada de aceite; los frascos, de perfumes, y el frutero, de higos. Las vinagreras, las escudillas y las ollas son todas de bronce; de plata, las fuentes semipodridas en que antes servíamos la pesca; en fin, hasta el sillico[613] se ha hecho de marfil, repentinamente. Los esclavos jugamos a pares o nones con monedas de oro, y, ¡oh refinamiento de sensualidad!, usamos para limpiarnos[614] tallos de ajo, en vez de piedras. En este instante, mi amo, con su correspondiente corona, está sacrificando un cerdo, un carnero y un chivo; el humo me ha obligado a salir; no podía parar dentro de casa. ¡Tanto me picaban los ojos!

UN HOMBRE HONRADO.

Sígueme, niño; vamos en busca del dios.

CREMILO.

¡Hola! ¿Quién va?

EL HOMBRE HONRADO.

Un hombre, hace poco infeliz y ahora afortunado.

CREMILO.

Tú eres a lo que veo un hombre de bien.

EL HOMBRE HONRADO.

Seguramente.

CREMILO.

¿Y qué deseas?

EL HOMBRE HONRADO.

Dar gracias al dios por sus inmensos beneficios. Habiendo heredado de mi padre una fortuna bastante regular, me dediqué a aliviar las necesidades de mis amigos, creyendo que esto era lo mejor que puede hacerse en la vida.

CREMILO.

¿Y te arruinaste muy pronto?

EL HOMBRE HONRADO.

Por completo.

CREMILO.

¿Y quedaste en la miseria?

EL HOMBRE HONRADO.

Más completa. Yo pensaba que los amigos necesitados, a quienes había socorrido, continuarían siéndolo en la desgracia, pero, ¡ay!, se apartaban de mí, y fingían no verme.

CREMILO.

Y hasta se burlarían de ti; estoy seguro.

EL HOMBRE HONRADO.

Completamente. La pobreza de mi ajuar me ha perdido.

CREMILO.

Pero ya no es así.

EL HOMBRE HONRADO.

Precisamente eso me hace venir a tributar al dios una adoración merecida.

CREMILO.

¿Y qué tiene que ver con el dios el manto agujereado del esclavo que te acompaña?

EL HOMBRE HONRADO.

Lo traigo con intención de dedicárselo.

CREMILO.

¿Es el que llevabas cuando te iniciaste en los grandes misterios?[615]

EL HOMBRE HONRADO.

No; pero me he helado con él durante trece años.

CREMILO.

¿Y esos borceguíes?

EL HOMBRE HONRADO.

También sufrieron conmigo los rigores del invierno.

CREMILO.

¿Los traes para consagrárselos?

EL HOMBRE HONRADO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¡Magníficas ofrendas vas a presentar al dios!

* * * * *

UN DELATOR.

¡Ay infeliz! ¡Estoy arruinado, perdido! ¡Oh suerte tres y cuatro y cinco y doce y diez mil veces infortunada! ¡Ay, me agobian desdichas sin número!

CREMILO.