Comedias, tomo 3 de 3

Part 10

Chapter 104,022 wordsPublic domain

Después de haber combatido en _Las Junteras_ los absurdos de ciertas teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el _Pluto_ a tratar por medio de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y de la desigual e injusta distribución de las riquezas.

Pluto, el dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar, enriqueciendo a todos los bribones e intrigantes, y dejando en la miseria a los hombres virtuosos y trabajadores. Cremilo, honrado labrador, le encuentra en tan lastimoso estado, y, obedeciendo a un oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la resistencia del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después de sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta se presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda felicidad, lleva a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la vista. Una multitud inmensa se agolpa en derredor del dios, deseosa de conseguir sus favores, pero él los reserva para los hombres de bien, hasta entonces desdeñados. Un delator, una vieja verde, Mercurio y el sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente lamentando la situación a que les ha reducido la curación de Pluto, y la comedia acaba con una procesión para instalar al dios en su antiguo puesto, detrás del templo de Minerva.

Aunque velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones burlescas, alusiones satíricas y discusiones y chistosos incidentes que constituyen la trama de esta comedia, se ve que el remedio eficaz, en concepto de Aristófanes, para la pobreza pública no era el dejar a todos los ciudadanos en una holgazanería llena de abundancia, ideal de los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición necesaria de nuestra naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza para llegar al _quod satis est_ y a la _aurea mediocritas_, que constituyen nuestra felicidad relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye la riqueza.

Lo que más llama la atención en el _Pluto_ y le distingue de las otras comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es además mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está sustituido casi siempre por una agradable ironía. El coro desempeña un papel menos importante, y las alusiones personales escasean: falta además la _Parábasis_, característica, como hemos visto, de la comedia antigua, por lo cual muchos escritores consideran el _Pluto_ como perteneciente a la llamada _media_. Por esto mismo, hallándose desprovista del interés político, el poeta puso sin duda mayor cuidado en el desarrollo de su plan, desenvolviéndolo con un arte parecido al de _Las Nubes_, y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen gusto.

El _Pluto_ se representó en dos épocas distintas: la primera vez en el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.

La edición que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las apariencias, ni la primera ni la segunda, sino una refundición de ambas, hecha quizá por algún gramático, tomando trozos de una y otra. Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones a sucesos políticos posteriores al 409 demuestran que no puede ser la representada en esta fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca personalmente a varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en cuya época los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por su nombre.

PERSONAJES.

CARIÓN. CREMILO. PLUTO. CORO DE LABRADORES. BLEPSIDEMO. LA POBREZA. LA MUJER DE CREMILO. UN HOMBRE HONRADO. UN DELATOR. UNA VIEJA. UN JOVEN. MERCURIO. UN SACERDOTE DE JÚPITER.

* * * * *

La acción pasa delante de la casa de Cremilo.

PLUTO.

CARIÓN.

¡Oh Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente! Si el esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja seguirlos, no por eso deja de participar de su desgracia. Porque la fortuna no nos permite disponer de este cuerpo que es nuestro y muy nuestro, y se lo da al que lo ha comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa profetiza desde el áureo trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil adivino, según se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco, obstinado en seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el cual quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi señor no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego, y por añadidura me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas. No, dueño mío, yo no puedo callar si no me dices por qué seguimos a ese hombre; te atormentaré, ya que gracias a mi corona[542] no puedes castigarme.

CREMILO.

Pero si me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo lindo.

CARIÓN.

¡Como si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es ese. Ten presente que te lo pregunto por tu propio interés.

CREMILO.

Bueno, no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el más ladrón de mis criados.[543] Yo, siendo piadoso y justo, era pobre y desgraciado.

CARIÓN.

Lo sé.

CREMILO.

Y otros, sacrílegos, oradores, delatores[544] y malvados, se enriquecían.

CARIÓN.

Lo creo.

CREMILO.

En vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya agotarse mi triste vida, sino por mi único hijo, si convendría que, cambiando de conducta, se hiciese canalla, injusto y malvado, puesto que este parece ser el camino de la fortuna.

CARIÓN.

¿Y qué ha respondido Apolo en medio de sus coronas?

CREMILO.

Vas a saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero que me encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta llevarlo a mi casa.

CARIÓN.

¿Quién fue el primero que encontraste?

CREMILO.

Ese.

CARIÓN.

¡Imbécil! ¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena educar a tu hijo a la usanza del país?

CREMILO.

¿De qué lo infieres?

CARIÓN.

Está claro, hasta para un ciego, que hoy día lo más provechoso es prescindir de todo honrado pensamiento.

CREMILO.

No puede ser ese el espíritu del oráculo, sino otro más noble y elevado. Si ese hombre nos dijera quién es y por qué ha venido, quizá pudiéramos comprender el sentido misterioso del oráculo en cuestión.

CARIÓN. (_A Pluto._)

¡Eh, tú! Dinos quién eres, antes de que el efecto siga a la amenaza. ¡Vamos, pronto, pronto!

PLUTO.

¡Vete al infierno!

CARIÓN.

¿Has oído cómo te dice quién es?

CREMILO.

Eso va contigo y no conmigo, porque le preguntas de un modo grosero y brutal. — Amigo mío, si te agrada la conversación de los hombres honrados, respóndeme.

PLUTO.

¡Ahórcate!

CARIÓN.

¡Vaya un hombre y un agüero que te envía el dios!

CREMILO. (_A Pluto._)

¡Por Ceres, no has de seguir burlándote!

CARIÓN.

Si no declaras tu nombre, te hago añicos.

PLUTO.

Amigos, dejadme en paz.

CREMILO.

Nunca.

CARIÓN.

No hay medio mejor, dueño mío; voy a matar a ese tunante. Lo llevaré al borde de un abismo, y lo abandonaré allí, para que se precipite y se rompa la cabeza.

CREMILO.

Llévatelo cuanto antes.

PLUTO.

¡No! ¡No!

CREMILO.

¿Responderás?

PLUTO.

Pero cuando os diga quién soy, sé muy bien que me maltrataréis; no me dejaréis marchar.

CREMILO.

¡Por los dioses! En cuanto quieras.

PLUTO.

Principiad por soltarme.

CREMILO.

Ya estás suelto.

PLUTO.

Oíd, pues, ya que es preciso revelaros lo que había resuelto ocultar. — Yo soy Pluto.[545]

CREMILO.

¡Grandísimo bribón! ¿Eres Pluto y lo callabas?

CARIÓN.

¡Tú Pluto en tan miserable estado!

CREMILO.

¡Oh Apolo! ¡Oh dioses! ¡Oh genios! ¡Oh Júpiter! ¿Qué dices? ¿Es verdad que eres tú?

PLUTO.

Sí.

CREMILO.

¿El mismo?

PLUTO.

El mismísimo.[546]

CREMILO.

¿Pero de dónde vienes tan puerco?

PLUTO.

De casa de Patroclo,[547] que no se ha lavado[548] en toda su vida.

CREMILO.

¿Y tu enfermedad de dónde procede? Responde.

PLUTO.

Me la ha producido Júpiter, por odio a los hombres. Yo, desde jovencito, le había amenazado con visitar solamente la casa de las personas justas, sabias y modestas, y él me dejó ciego para que no las conociese. ¡Tanto detesta a las gentes honradas!

CREMILO.

Pues la verdad es que solo los hombres buenos y justos le reverencian.

PLUTO.

Tienes razón.

CREMILO.

Y dime, ¿si recobrases de la vista huirías de los malos?

PLUTO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¿Y visitarías a los buenos?

PLUTO.

Seguramente: ¡hace tanto tiempo que no los he visto!

CREMILO.

No tiene nada de particular; yo tengo buenos ojos y tampoco los veo.

PLUTO.

Ahora dejadme; ya os lo he dicho todo.

CREMILO.

No, por cierto: ahora te retendremos con más motivo.

PLUTO.

¿No decía yo que habíais de atormentarme?

CREMILO.

Vamos, te lo suplico, déjate convencer y no me abandones. No encontrarás, por mucho que busques, un hombre mejor que yo. No, por Júpiter, no hay otro como yo.

PLUTO.

Lo mismo dicen todos; pero en cuanto me poseen y se hacen ricos, su perversidad no tiene límites.

CREMILO.

Es verdad, pero no todos son malos.

PLUTO.

Todos sin excepción.

CARIÓN.

Ya te volveré esa palabrita al cuerpo.

CREMILO.

Pero a lo menos debes saber las ventajas que conseguirás estando con nosotros: préstame atención. Yo espero, con ayuda de los dioses, curarte la ceguera y devolverte la vista.

PLUTO.

No harás tal; no quiero recobrarla.

CREMILO.

¿Qué dices?

CARIÓN.

Este hombre se complace en su infortunio.

PLUTO.

Júpiter (lo sé muy bien), en cuanto supiese que habías hecho esa locura, me pulverizaría.

CREMILO.

¿No lo hace ya, dejándote ir a tientas expuesto a mil peligros?

PLUTO.

Lo ignoro; pero le tengo un miedo cerval.

CREMILO.

Pero dime, ¡oh el más cobarde de todos los dioses! ¿Crees que el poder de Júpiter y sus rayos valdrían un comino si recobrases la vista, aunque solo por poco tiempo?

PLUTO.

¡Oh, no digas eso, desdichado!

CREMILO.

Tranquilízate; yo te demostraré que eres mucho más poderoso que Júpiter.

PLUTO.

¿Yo?

CREMILO.

Sí, por el cielo. ¿Quién da a Júpiter su poder sobre los demás dioses?

PLUTO.

El dinero; porque tiene muchísimo.

CREMILO.

Y bien, ¿quién le suministra ese dinero?

CARIÓN.

Pluto.

CREMILO.

Y el mismo Júpiter, ¿a quién debe los sacrificios que se le ofrecen? ¿No es a Pluto?

CARIÓN.

Es verdad, se le pide sin rebozo la riqueza.

CREMILO.

Por tanto, siendo Pluto la causa de esos sacrificios, ¿no pudiera darles también fin si se le antojara?

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

Ningún hombre podría en adelante ofrecer en sacrificio ni un buey, ni una torta, ni nada absolutamente contra tu voluntad.

PLUTO.

¿Cómo?

CREMILO.

¿Cómo? Porque nadie podría comprar nada si tú no le dabas el dinero; por consiguiente, en tu mano está el anular el poder de Júpiter el día en que te incomode.

PLUTO.

¿Qué dices? ¿Por mí le ofrecen sacrificios?

CREMILO.

Y lo repito; cuanto hay de brillante, de gracioso y de bello entre los hombres se te debe a ti; pues todo depende de la riqueza.

CARIÓN.

Yo, por ejemplo, soy esclavo por un poco de dinero; si hubiera sido rico, sería libre.

CREMILO.

¿Y no sabes lo que se cuenta de las cortesanas de Corinto?[549] Cuando se les acerca un pobre, ni siquiera le miran; pero como sea un rico, no le hacen esperar un momento.[550]

CARIÓN.

Lo mismo hacen los muchachos; el interés y no el amor les guía.

CREMILO.

No los honrados, sino los que se prostituyen a cualquiera; los primeros no piden dinero.

CARIÓN.

¿Pues qué piden?

CREMILO.

Uno, un buen caballo; otro, perros de caza.

CARIÓN.

Les da vergüenza exigir dinero, y mudan de nombre a su vileza.

CREMILO.

A ti se debe el nacimiento de todas las artes y de las invenciones más ingeniosas de los hombres. Por ti, y solo por ti, uno corta cueros sentado en su taller; otro forja el bronce; otro trabaja en madera; otro refina el oro que de ti ha recibido; otro roba en las calles; otro horada paredes; otro es batanero; otro lava pieles; otro las curte; otro vende cebollas; otro, sorprendido en adulterio, sufre, por ti también, la depilación.[551]

PLUTO.

¡Triste de mí! ¡Cuánto tiempo he estado sin saberlo!

CARIÓN.

¿No es él quien ensoberbece al gran rey?[552] ¿No es él quien convoca a la asamblea a los ciudadanos?[553] ¿No es él quien equipa los trirremes?[554] ¿No es él quien mantiene nuestros mercenarios de Corinto?[555] ¿No es él quien hará desesperar a Pánfilo,[556] y con Pánfilo al comerciante de agujas?[557] ¿No es él quien da tantos humos a Agirrio?[558] ¿No es él quien incita a Filepsio[559] a recitar sus fábulas? ¿No es él quien envía auxiliares al Egipto?[560] ¿No es por él por quien Lais[561] ama a Filónides?[562] ¿No es él por quien la torre de Timoteo?[563]...

CREMILO. (_A Carión._)

Que ojalá te aplaste. — (_A Pluto._) En una palabra, por ti se hace todo. Tú eres la causa de todos nuestros males y de todos nuestros bienes; tenlo entendido.

CARIÓN.

En la guerra la victoria se inclina siempre del lado donde tú pesas.

PLUTO.

¿Yo solo puedo hacer tantas cosas?

CREMILO.

Y otras muchas más, ¡por Júpiter! Así es que nadie se cansa de ti. Todas las demás cosas llegan a saciar: el amor...

CARIÓN.

El pan.

CREMILO.

La música.

CARIÓN.

Las golosinas.

CREMILO.

Los honores.

CARIÓN.

Las tortas.

CREMILO.

La virtud.

CARIÓN.

Los higos.

CREMILO.

La ambición.

CARIÓN.

Las puches.

CREMILO.

Los grados militares.

CARIÓN.

Las lentejas.

CREMILO.

Pero de ti nunca se ha saciado nadie. Si se tienen trece talentos.[564] se desea con mayor afán reunir dieciséis. ¿Se consignen los dieciséis? Pues se apetecen cuarenta, y se dice que no hay con qué vivir.

PLUTO.

Me parece muy bien todo lo que decís; solo me inquieta una cosa.

CREMILO.

¿Cuál?

PLUTO.

El cómo conseguiré hacerme dueño de ese poder que decís que tengo.

CREMILO.

¡Por Júpiter! Con muchísima razón dice todo el mundo que la riqueza es la cosa más cobarde.

PLUTO.

No, por cierto; me ha calumniado un ladrón. Habiendo penetrado un día en mi casa, no pudo llevarse nada, porque todo lo encontró cerrado; y en despecho llamó cobardía a mi previsión.

CREMILO.

No tengas ningún cuidado; si estás dispuesto a secundar mi empresa, te volveré una vista más penetrante que la de Linceo.[565]

PLUTO.

¿Cómo podrás hacer eso siendo un simple mortal?

CREMILO.

Tengo buenas esperanzas por lo que me dijo el mismo Apolo agitando el laurel de la pitonisa.

PLUTO.

¿De modo que también aquel lo sabe?

CREMILO.

Seguramente.

PLUTO.

Cuidado no...

CREMILO.

Nada temas, querido mío; yo estoy decidido, tenlo bien presente, a conseguir mi objeto, aunque deba morir en la demanda.

CARIÓN.

Y, si quieres, yo también.

CREMILO.

Además nos ayudarán en nuestra empresa todos los hombres honrados, que carecen hasta de un bocado de pan.

PLUTO.

¡Ay, qué pobres son esos auxiliares!

CREMILO.

No lo serán cuando se hagan ricos. — (_A Carión._) Corre a todo correr...

CARIÓN.

¿Qué hago? Di.

CREMILO.

Llama a nuestros compañeros los labradores (estoy seguro de que los hallarás en el campo en su penosa faena), para que vengan a participar con nosotros de los dones de Pluto.

CARIÓN.

Voy; pero es preciso que alguno se encargue de llevar a casa este tasajo de carne.[566]

CREMILO.

Yo me encargo de eso: corre. — Tú, Pluto, el más poderoso de los dioses, entra conmigo en mi morada. Esa es la casa que hoy has de colmar de riquezas bien o mal adquiridas.

PLUTO.

Pongo por testigos a los dioses de que nunca he entrado a gusto en ninguna casa extraña; porque jamás lo he pasado bien en ninguna. Pues si por casualidad me alojo en la habitación de un avaro, en seguida me mete debajo de tierra, y cuando algún honrado amigo le viene a pedir prestado un poquito de dinero, dice que jamás me ha visto. Si, al contrario, es la de un pródigo sin juicio, me entrega al punto a los juegos de azar y a las cortesanas, y en pocos momentos me veo en la puerta de la calle completamente desnudo.

CREMILO.

Es que nunca has tropezado con un hombre moderado como yo lo soy en todas mis acciones. A mí me gusta como a nadie la economía, pero también el gastar, cuando es necesario. Pero entremos, pues quiero que te vean mi mujer y mi único hijo, el ser a quien más amo después de ti.

PLUTO.

Lo creo.

CREMILO.

¿A qué te había de ocultar la verdad?

(_Entran en la casa._)

* * * * *

CORO.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

(Falta.)

CARIÓN.

Amigos y paisanos, laboriosos agricultores que tantas veces habéis comido ajos con mi señor, venid, apresuraos, corred, no hay que perder un instante, acudid en nuestro auxilio.

CORO.

¿No ves que ya nos apresuramos cuanto es posible a unos hombres débiles y viejos? ¿Crees tú que debo de correr antes de haberme dicho por qué nos llama tu amo?

CARIÓN.

¿No te lo he dicho hace un año? Sin duda te has vuelto sordo. Mi dueño quiere anunciaros que en adelante nadaréis todos en la abundancia, libres de esa vida ruda y miserable.

CORO.

Pero ¿de qué se trata, o de dónde procede eso que nos dice?

CARIÓN.

Se ha presentado aquí, mis pobres amigos, con un viejo sucio, encorvado, miserable, calvo, lleno de arrugas, sin dientes, y, por Júpiter, creo que hasta circuncidado.[567]

CORO.

¡Es una noticia preciosa! ¿Qué nos cuentas? Repítelo. ¿Querrás decir que se ha traído un montón de dinero?

CARIÓN.

Sí, un montón de achaques de la vejez.[568]

CORO.

¿Crees que si nos engañas te vas a ir impune, teniendo yo un garrote en la mano?

CARIÓN.

¿Por tan desvergonzado me tenéis que me juzgáis incapaz de hablaros formalmente?

CORO.

¡Qué impávido es el gran bellaco! Sus piernas gritan ya: ¡ay!, ¡ay!, y piden a voz en grito los cepos y las cuñas.

CARIÓN.

La letra[569] que te ha tocado en suerte te designa para ir a juzgar en el ataúd; ¿por qué no vas? Caronte te dará las insignias.[570]

CORO.

¡Así revientes! ¡Qué mal intencionado y fastidioso empeño de burlarnos, y de no acabar de decirnos para qué nos llama tu señor! Habla, ya ves que, aunque rendidos de fatiga y escasos de tiempo, hemos acudido a toda prisa, pasando a través de innumerables ajos.[571]

CARIÓN.

No os lo ocultaré más tiempo: mi amo, amigos míos, ha venido con Pluto en persona, que os enriquecerá.

CORO.

¿De veras? ¿Seremos todos ricos?

CARIÓN.

Seguramente; y también seréis Midas,[572] si os salen orejas de asno.

CORO.

¡Qué alegría! ¡Qué placer! Voy a bailar de gusto, si es verdad lo que dices.

CARIÓN.

Yo también, _trettanelo_,[573] quiero, imitando al Cíclope,[574] haceros andar a puntapiés. Ea, gritad, hijos míos; dad balidos melodiosos, como las ovejas o las cabras de penetrante olor, y seguidme a guisa de chivos lujuriosos enardecidos de amor.[575]

CORO.

Nosotros también _trettanelo_ queremos, cuando balando encontremos al Cíclope,[576] es decir, a ti mismo, lleno de basura, con una alforja atestada de verdolagas cubiertas de rocío, pastoreando borracho tus ovejas, y dormido en el primer sitio donde el sueño te rinda, coger un inmenso y encendido tizón y dejarte ciego.

CARIÓN.

Yo he de imitar en todo a la hechicera Circe, cuyos mágicos brebajes hicieron en Corinto que los compañeros de Filónides se atracasen, como cerdos, de excrementos por ella preparados. Vosotros, gruñendo de alegría, seguid a vuestra madre, marranillos.[577]

CORO.

Nosotros, imitando en nuestro júbilo al hijo de Laertes,[578] nos apoderaremos de Circe,[579] la de los mágicos brebajes, y mal olientes pomadas, y te colgaremos de donde más te duela;[580] te untaremos la narices de estiércol como a un chivo; y al relamerte, cual otro Arístilo,[581] los entreabiertos labios, exclamarás: «Seguid a vuestra madre, marranillos.»

CARIÓN.

¡Ea, cesen los jocosos insultos! Entonad otro género de versos. Yo voy a entrar en casa y a coger, a escondidas de mi amo, un poco de pan y carne: en cuanto lo coma volveré al trabajo.

CREMILO.

El deciros salud, conciudadanos míos, es una fórmula vieja y muy gastada; prefiero, pues, abrazaros cordialmente por la prontitud y buena voluntad con que habéis acudido. Procurad ayudarme con igual eficacia en todo lo demás, y lograremos entre todos salvar al dios.

CORO.

Pierde cuidado. Verás brillar en mis ojos la mirada de Marte. Sería absurdo, en efecto, que los que por tres óbolos nos estrujamos diariamente en la asamblea, nos dejáramos arrebatar a Pluto en persona.

CREMILO.

Veo a Blepsidemo que se acerca a nosotros. Su andar precipitado me demuestra que ha oído algo de lo que ocurre.

* * * * *

BLEPSIDEMO.

¿Qué sucede? ¿Cómo y cuándo se ha enriquecido Cremilo tan de súbito? Yo no lo creo; sin embargo, los habituales concurrentes a las barberías[582] no hablan de otra cosa que de su repentino enriquecimiento. Pero aún me admira más el que, a pesar de su próspera fortuna, mande llamar a los amigos: esto es apartarse de todos los usos y costumbres.

CREMILO.

Por los dioses, todo lo diré sin rebozo. Sí, Blepsidemo, mi situación actual es mejor que la de ayer; quiero hacerte partícipe de mi suerte, como a uno de mis amigos.

BLEPSIDEMO.

¿De veras eres rico como dicen?

CREMILO.

Lo seré muy pronto, si Dios quiere. Pero hay todavía un riesgo que correr.

BLEPSIDEMO.

¿Cuál?

CREMILO.

El de que...

BLEPSIDEMO.

Acaba de decir.

CREMILO.

Si logramos nuestro objeto, seremos perpetuamente felices; pero si no lo conseguimos, nuestra ruina será total.

BLEPSIDEMO.

Me parece que te has metido en un mal negocio; esto me da mala espina. Enriquecerse súbitamente, y andarse después con temores, demuestra que no se ha obrado bien.

CREMILO.

¿Cómo que no he obrado bien?

BLEPSIDEMO.

Tal vez has robado plata u oro en el templo del dios a quien has consultado, y te arrepientes de tu acción.

CREMILO.

Nunca. ¡Apolo me libre de ello!

BLEPSIDEMO.

Déjate de rodeos, amigo mío; está claro como la luz.

CREMILO.

No sospeches de mí semejante cosa.

BLEPSIDEMO.

¡Ah! ¡No hay un solo hombre honrado! Todos son esclavos del dinero.

CREMILO.

¡Por Ceres! ¿Tú has perdido el juicio?

BLEPSIDEMO.

¡Qué cambio de costumbres!

CREMILO.

Pero, amigo mío, tú estás loco.

BLEPSIDEMO.

Su semblante está agitado e intranquilo, prueba evidente de que ha perpetrado algún crimen.

CREMILO.

¡Oh! Ya comprendo adónde van a parar tus declamaciones: supones que he hurtado alguna suma para exigirme una parte.

BLEPSIDEMO.

¿Yo una parte? ¿De qué?

CREMILO.

Pero no es eso, sino cosa muy distinta.

BLEPSIDEMO.

¿Acaso en vez de hurto ha sido robo?

CREMILO.

Decididamente estás dejado de la mano de Dios.

BLEPSIDEMO.

¿Pero no has hecho daño a nadie?

CREMILO.

No.

BLEPSIDEMO.

¡Oh Hércules! ¿Qué medio emplearé? Está visto que no quieres confesar la verdad.

CREMILO.

¡Si me acusas antes de oírme!

BLEPSIDEMO.

Amigo mío, antes de que el asunto se divulgue, yo lo arreglaré a poca costa, tapando la boca a los oradores con algún dinero.

CREMILO.

Tienes toda la traza, querido mío, de gastar tres minas en el negocio y presentarme una cuenta de doce.

BLEPSIDEMO.

Se me figura ver a alguno[583] sentado al pie del tribunal con su mujer y sus hijos y el ramo de olivo de los suplicantes en la mano, enteramente parecido a los Heráclidas de Pánfilo.[584]

CREMILO.

No, pobre hombre, yo enriqueceré solamente a los hombres honrados, ingeniosos y modestos.

BLEPSIDEMO.

¿Qué dices? ¿Tanto has robado?

CREMILO.

¡Oh, me matas con tus injurias!

BLEPSIDEMO.

Tú mismo corres a la muerte, según creo.

CREMILO.

No, por cierto, imbécil: Pluto está en mi casa.

BLEPSIDEMO.

¿Cuál Pluto?

CREMILO.

El mismo dios.

BLEPSIDEMO.

¿Y dónde está?

CREMILO.

Ahí dentro.

BLEPSIDEMO.

¿Dónde?

CREMILO.

En mi casa.

BLEPSIDEMO.

¿En tu casa?

CREMILO.

Sí.

BLEPSIDEMO.

¡Vete al infierno! ¿Pluto en tu casa?

CREMILO.

Te lo juro por los dioses.

BLEPSIDEMO.

¿Pero es verdad?

CREMILO.

Es verdad.

BLEPSIDEMO.

Júralo por Vesta.

CREMILO.

Y por Neptuno.

BLEPSIDEMO.

¿Por el dios del mar?

CREMILO.

Y por otro Neptuno, si hay otro.

BLEPSIDEMO.

¿Y no lo envías a casa de tus buenos amigos?

CREMILO.