Part 8
La explicación de M. Paulmier, desenvuelta luego por el P. Brumoy, es indudablemente la más ingeniosa, careciendo sin embargo del debido fundamento. El erudito jesuita, teniendo presente que poco antes de la representación de esta comedia, Alcibíades, llamado a Atenas para defenderse del crimen de sacrilegio, había huido a Esparta y exhortaba a los lacedemonios a fortificar a Decelia, ciudad del Ática que más adelante molestó mucho a los atenienses, opina que, aunque con el pulso y delicadeza que la gravedad del asunto requería, trató Aristófanes en _Las Aves_ de llamar la atención del pueblo sobre los preparativos de una rival ambiciosa, y decidirle a traer de Sicilia sus tropas y galeras. Pero solo un pasaje en que se habla de la galera _Salamina_, y algunas otras indicaciones remotísimas confirman la interpretación de Brumoy, que cae ante la consideración de que Aristófanes cuando alude lo hace clara y directamente, y si a veces encubre su propósito, hay que confesar que se vale siempre del velo de una alegoría transparente. Sin ir tan lejos, dice Artaud, ni perderse en cavilaciones sistemáticas, podemos hallar la explicación del enigma. A una lectura un poco atenta, vese en _Las Aves_ una especie de utopía cómica, una república imaginaria como la de Platón, realizada de una manera burlesca. Todo lo que precede a la fundación de la ciudad no es más que el preámbulo de la acción. Sin el lazo de esta idea general, la pieza presentaría solamente una serie de escenas ininteligibles. Pero mirada bajo este prisma, es un cuadro ingenioso en que el espíritu del poeta se solaza a placer y pasa revista a todos los ridículos. Un hijo que desea la muerte de su padre recibe de las cigüeñas una lección de amor filial. El autor ataca sucesivamente la pedantería de los sabios y filósofos, la ignorancia y avidez de los sacerdotes y adivinos, las pretensiones de los poetas, la venalidad de los magistrados, las infamias de los delatores y las charlatanerías de toda especie.
Para explicarse ciertas singularidades de esta comedia, como la de componer el coro de personajes alados, no hay necesidad tampoco de acudir a la hipótesis de que las aves sean representantes de los lacedemonios, y los hombres y los dioses de los atenienses y de los demás pueblos griegos; pues para dar amenidad al espectáculo y ocupación a las máquinas teatrales, eran cosa corriente entre los cómicos tan peregrinas invenciones; y por otra parte, quien había puesto en escena Nubes, Avispas y Escarabajos no puede decirse que se excediera a sí mismo al presentar un coro de volátiles. Es más; en mi humilde opinión, la elección del poeta fue sobremanera acertada, pues debió dar así una animación extraordinaria a la comedia, falta de acción como todas las de Aristófanes, con tantas idas y venidas, tantos giros y revoloteos, tanta variedad de plumajes, y esa encantadora alegría, patrimonio de los pájaros, que son naturalmente, como dice Leopardi,[383] las criaturas más regocijadas de la creación.
La elección de estos alados personajes permite además al autor dar rienda suelta a su fantasía por los amenos campos de la fábula, y presentar sin sombra de pedantería, y con aquella frescura y sencillez de colorido del poeta predilecto de las Gracias, multitud de leyendas curiosas, entretenidos detalles, mordaces chistes y picantes sales, alternando con brillantes himnos de elevación verdaderamente pindárica. «De este modo, dice Poyard, _Las Aves_ son una obra sin ejemplo y sin rival, un género aparte aun dentro del teatro aristofánico, una fantasmagoría alegre, viva, seductora, llena de maravillosas sorpresas, chispeando poesía, desenvolviéndose aérea y alada, y burlándose con sátira ligera y divertida, sin las virulencias ordinarias.»
Esta comedia se representó el año 415 antes de Jesucristo, décimo octavo de la guerra del Peloponeso, habiendo obtenido el premio segundo: _Los Bebedores_ de Amipsias consiguieron el primero; y el tercero fue otorgado al _Monotropos_ (el Moroso) de Frínico.
PERSONAJES.
EVÉLPIDES. PISTETERO. EL REYEZUELO, criado de la Abubilla. LA ABUBILLA. CORO DE AVES. EL FENICÓPTERO. HERALDOS. UN SACERDOTE. UN POETA. UN ADIVINO. METÓN, geómetra. UN INSPECTOR. UN VENDEDOR DE DECRETOS. MENSAJERO. IRIS. UN PARRICIDA. CINESIAS, poeta ditirámbico. UN DELATOR. PROMETEO. NEPTUNO. TRÍBALO. HÉRCULES. UN CRIADO de Pistetero.
* * * * *
País agreste, lleno de piedras y zarzas. En el fondo una selva, a un lado una roca, morada de la Abubilla.
LAS AVES.
EVÉLPIDES (_Al grajo que le sirve de guía_).
¿Me dices que vaya en línea recta hacia aquel árbol?
PISTETERO (_A la corneja que trae en mano_).
¡Peste de avechucho! Ahora grazna que retrocedamos.
EVÉLPIDES.
Pero, infeliz, ¿a qué caminar arriba y abajo? Con estas idas y venidas nos derrengamos inútilmente.
PISTETERO.
¡Qué imbécil he sido en dejarme guiar por esta corneja! Me ha hecho correr más de mil estadios.[384]
EVÉLPIDES.
¿Mayor desdicha que la de llevar de guía a este grajo, que me ha destrozado todas las uñas de los dedos?
PISTETERO.
Ni siquiera sé en qué lugar de la tierra estamos.
EVÉLPIDES.
¿No podrías hallar desde aquí tu patria?
PISTETERO.
No por cierto: ni Execéstides[385] la suya.
EVÉLPIDES.
¡Ay!
PISTETERO.
Toma esa senda, amigo mío.
EVÉLPIDES.
¡Qué terriblemente nos ha engañado Filócrates,[386] ese atrabiliario vendedor de pájaros! Nos aseguró que estas dos aves nos guiarían mejor que ninguna otra a la morada de Tereo, la Abubilla, que fue transformado en pájaro; y nos vendió este grajo, hijo de Tarrélides,[387] por un óbolo, y por tres aquella corneja, que solo saben darnos picotazos. (_Al grajo._) ¿Por qué me miras con el pico abierto? ¿Quieres precipitarnos desde esas rocas? Por ahí no hay camino.
PISTETERO.
Ni senda tampoco.
EVÉLPIDES.
¿No dice nada tu corneja?
PISTETERO.
Nada absolutamente; grazna ahora como antes.
EVÉLPIDES.
Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?
PISTETERO.
¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por comérseme los dedos?
EVÉLPIDES.
¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos;[388] ponemos para conseguirlo cuanto está de nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios; porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto,[389] un país libre de pleitos, donde pasar tranquilamente la vida. Nos dirigimos con tal objeto a Tereo, la Abubilla, para preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que deseamos.
PISTETERO.
¡Eh, tú!
EVÉLPIDES.
¿Qué hay?
PISTETERO.
La corneja hace rato que me indica que hay algo arriba.
EVÉLPIDES.
También mi grajo mira con el pico abierto en la misma dirección, como si quisiera señalarme alguna cosa: no puede menos de haber aves por aquí. Pronto lo sabremos haciendo ruido.
PISTETERO.
¿Sabes lo que has de hacer? Dar un golpe con la rodilla en esa peña.
EVÉLPIDES.
Y tú, con la cabeza, para que el ruido sea doble.
PISTETERO.
Vamos, coge esa piedra y llama.
EVÉLPIDES.
Está bien; ¡esclavo! ¡esclavo!
PISTETERO.
Pero ¿qué haces? Para llamar a una Abubilla, gritas ¡esclavo! ¡esclavo! En vez de ¡esclavo! debes gritar: ¡Epopoi! ¡Epopoi![390]
EVÉLPIDES.
¡Epopoi! Tendré que llamar otra vez. ¡Epopoi!
EL REYEZUELO.[391]
¿Quién va? ¿Quién llama a mi dueño?
EVÉLPIDES.
¡Apolo nos asista! ¡Qué enorme pico![392]
EL REYEZUELO.
¡Horror! ¡Son cazadores!
EVÉLPIDES.
El miedo que me causa no es para dicho.
EL REYEZUELO.
¡Moriréis!
EVÉLPIDES.
Pero si no somos hombres.
EL REYEZUELO.
¿Pues qué sois?
EVÉLPIDES.
Yo soy el _Tímido_, ave africana.
EL REYEZUELO.
¡A otro con esas!
EVÉLPIDES.
Pregúntaselo a mis pies.[393]
EL REYEZUELO.
Y ese otro, ¿qué pájaro es? Contesta.
PISTETERO.
El _Ensuciado_, ave de Fasos.[394]
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿qué animal eres?
EL REYEZUELO.
Yo soy un pájaro esclavo.
EVÉLPIDES.
¿Te ha vencido algún gallo?[395]
EL REYEZUELO.
No; pero cuando mi dueño fue convertido en Abubilla quiso que yo también me transformase en pájaro, para tener quien le siguiera y sirviese.
EVÉLPIDES.
Pues qué, ¿las aves necesitan criados?
EL REYEZUELO.
Este sí, tal vez porque fue antes hombre. Cuando se le antojan anchoas del Falero,[396] yo cojo una escudilla y corro a por anchoas; cuando quiere comer puches, como se necesitan una cuchara y una olla, corro a por la cuchara.
EVÉLPIDES.
Por las señas, este pájaro es un _Corredor_.[397] ¿Sabes lo que has de hacer, Reyezuelo? Llamar a tu señor.
EL REYEZUELO.
Pero si acaba de dormirse, después de haber comido bayas de mirto y algunos gusanos.
EVÉLPIDES.
No importa, despiértale.
EL REYEZUELO.
Aunque estoy seguro de que se va a enfadar, lo haré por complaceros.
(_Vase._)
* * * * *
PISTETERO (_Al Reyezuelo_).
Que el cielo te confunda: no me has dado mal susto.[398]
EVÉLPIDES.
¡Oh desgracia! ¡De miedo se me ha escapado el grajo!
PISTETERO.
¡Grandísimo cobarde! Te has dejado escapar el grajo de miedo.
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿no te has dejado marchar la corneja al caer?
PISTETERO.
No por cierto.
EVÉLPIDES.
¿Pues dónde está?
PISTETERO.
Voló.
EVÉLPIDES.
¿Y no se te ha escapado? ¡Vaya el valentón!
* * * * *
LA ABUBILLA.
Abre la selva para que salga.[399]
EVÉLPIDES.
¡Por Hércules!, ¿qué animal es ese? ¡Qué alas! ¡Qué triple cresta![400]
LA ABUBILLA.
¿Quién pregunta por mí?
EVÉLPIDES.
Sin duda, los doce grandes dioses te han maltratado.
LA ABUBILLA.
¿Acaso os burláis de la forma de mis alas? Sabed, extranjeros, que antes he sido hombre.
EVÉLPIDES.
No nos burlamos de ti.
LA ABUBILLA.
¿Pues de qué?
PISTETERO.
Tu pico nos da risa.[401]
LA ABUBILLA.
Pues de esta facha representó ignominiosamente Sófocles en sus tragedias a Tereo.[402]
EVÉLPIDES.
¿Pero eres Tereo, o un ave, o un pavo real?
LA ABUBILLA.
Soy un ave.
EVÉLPIDES.
¿Y las alas?
LA ABUBILLA.
Se me han caído.
EVÉLPIDES.
¿Alguna enfermedad?
LA ABUBILLA.
No; pero en el invierno mudan todas las aves, y les salen después nuevas plumas. Y vosotros, ¿qué sois?
EVÉLPIDES.
¿Nosotros? mortales.
LA ABUBILLA.
¿De qué país?
EVÉLPIDES.
Del de las hermosas trirremes.[403]
LA ABUBILLA.
¿Seréis jueces?[404]
EVÉLPIDES.
Nada de eso; antijueces.[405]
LA ABUBILLA.
¿Se siembra allí ese grano?
EVÉLPIDES.
Rebuscando en todo el campo, hallaréis un poquito.
LA ABUBILLA.
¿Qué os trae aquí?
EVÉLPIDES.
El deseo de hablarte.
LA ABUBILLA.
¿Para qué?
EVÉLPIDES.
Porque en otro tiempo fuiste hombre, como nosotros; en otro tiempo tuviste deudas, como nosotros; y en otro tiempo te gustaba el no pagarlas, como a nosotros: después, cuando fuiste transformado en ave, recorriste en tu vuelo todos los mares y tierras, y llegaste a reunir la experiencia del pájaro y la del hombre. Esto nos trae a ti para suplicarte que nos indiques alguna pacífica ciudad donde podamos vivir blanda y sosegadamente, como el que se acuesta sobre mullidos cojines.
LA ABUBILLA.
¿Buscas, pues, una ciudad más grande que la de Cranao?[406]
EVÉLPIDES.
Más grande no, más agradable para nosotros.
LA ABUBILLA.
Claro está que buscas un país aristocrático.
EVÉLPIDES.
¿Yo? ni por pienso: si detesto al hijo de Escelias.[407]
LA ABUBILLA.
¿Pues en qué ciudad queréis vivir?
EVÉLPIDES.
En una donde los negocios más importantes sean, por ejemplo, venir muy de mañana a mi puerta un amigo y decirme: «Te ruego por Júpiter olímpico que al salir del baño vengáis a mi casa tú y tus hijos, pues voy a dar un banquete de bodas. ¡Cuidado con faltar! ¡Como no vengas, no tienes que poner los pies en mi casa hasta que me abandone la fortuna!»[408]
LA ABUBILLA.
Vamos, veo que tienes afición a las desgracias. ¿Y tú?
PISTETERO.
Tengo los mismos gustos.
LA ABUBILLA.
¿Cuáles?
PISTETERO.
Quisiera una ciudad en la que al verme el padre de un hermoso muchacho, me dijese como si le hubiera ofendido: «¡Muy bien, muy bien, Estilbónides! Te encontraste ayer con mi hijo que volvía del baño y del gimnasio, y no fuiste para darle un beso, ni hablarle, ni acariciarle.[409] ¿Quién dirá que eres amigo mío?»
LA ABUBILLA.
¡Hola, hola! Pues no es nada las desdichas que apeteces, buen hombre. En la costa del Mar Rojo hay una ciudad, afortunada como la que deseáis.
EVÉLPIDES.
¡Ah! No me hables de ciudades marítimas; el mejor día amanecería la galera _Salamina_[410] trayendo un alguacil. ¿No puedes decirnos alguna ciudad griega?
LA ABUBILLA.
¿Por qué no emigráis a Lépreo, en Élide?
EVÉLPIDES.
¡Por todos los dioses! Aunque no he visto a Lépreo, lo aborrezco ya a causa de Melantio.[411]
LA ABUBILLA.
Hay también en la Lócride la ciudad de Opunte, donde podréis vivir muy bien.
EVÉLPIDES.
No quisiera ser Opuncio[412] ni por un talento de oro. ¿Pero qué tal pasan la vida los pájaros? Tú debes saberlo bien.
LA ABUBILLA.
La vida no es desagradable; en primer lugar, hay que prescindir de la bolsa.
EVÉLPIDES.
Pues con eso habéis suprimido la ocasión de muchos fraudes.
LA ABUBILLA.
Comemos en los jardines sésamo blanco, mirto, amapolas y menta.
EVÉLPIDES.
¿De modo que vivís como recién casados?[413]
PISTETERO.
¡Oh, oh! ¡Qué magnífica idea se me ha ocurrido para la gente alada! ¡Seréis omnipotentes si me obedecéis!
LA ABUBILLA.
¡Obedecerte! ¿En qué?
PISTETERO.
¿En qué? Primero en no andar revoloteando por todas partes con el pico abierto: eso es indecoroso. Entre nosotros, cuando vemos a uno de esos botarates que no paran un instante, acostumbramos a preguntar: «¿Quién es ese chorlito?» Y Téleas[414] responde: «Es un inconstante; tiene siempre la cabeza a pájaros; no está un momento en un sitio.»
LA ABUBILLA.
Tienes razón, por Baco. ¿Qué hemos de hacer?
PISTETERO.
Fundad una ciudad.
LA ABUBILLA.
¿Qué ciudad hemos de fundar las aves?
PISTETERO.
A la verdad, tu pregunta es necia si las hay. Mira abajo.
LA ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora arriba.
LA ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora vuelve la cabeza a todos lados.
LA ABUBILLA.
¿Qué voy a sacar de retorcerme así el pescuezo?[415]
PISTETERO.
¿Ves algo?
LA ABUBILLA.
Sí, las nubes y el cielo.
PISTETERO.
¿No es ese el polo de las aves?
LA ABUBILLA.
¿El polo? ¿Qué es polo?
PISTETERO.
Como si dijéramos el país; se llama polo[416] porque gira y atraviesa todo el mundo. Si fundáis en él una ciudad y la rodeáis de murallas, en vez de polo se llamará población;[417] entonces reinaréis sobre los hombres, como ahora sobre las langostas; y mataréis a los dioses de hambre canina.[418]
LA ABUBILLA.
¿Cómo?
PISTETERO.
El aire está entre el cielo y la tierra, y del mismo modo que cuando nosotros queremos ir a Delfos pedimos permiso a los beocios para pasar, así vosotros, cuando los hombres hagan sacrificios a los dioses, si estos no os pagan tributo, podréis impedir que el humo de las víctimas atraviese vuestra ciudad y vuestro espacio.
LA ABUBILLA.
¡Oh! ¡Oh! ¡Lo juro por la tierra, las nubes, los lazos y las redes, jamás he oído una idea más ingeniosa! Estoy dispuesto a fundar contigo esa ciudad, si las demás aves son de mi opinión.
PISTETERO.
¿Quién les dará a conocer el proyecto?
LA ABUBILLA.
Tú mismo. Antes eran bárbaros, pero en el largo tiempo que he estado en su compañía les he enseñado a hablar.
PISTETERO.
¿Pero cómo las vas a convocar?
LA ABUBILLA.
Muy fácilmente. Voy a entrar en esa espesura; despertaré a mi Procne[419] y las llamaremos; en cuanto oigan nuestra voz acudirán sin detenerse.
PISTETERO.
¡No te detengas, queridísimo pájaro! Por favor, entra pronto en esa espesura y despierta a tu amable compañera.
LA ABUBILLA.
Despierta, dulce compañera de mi vida; entona esos himnos sagrados que, como armoniosos suspiros, brotan de tu garganta divina cuando con melodiosa y pura voz deploras la triste suerte de nuestro llorado Itis. Tu sonoro canto sube, atravesando los copudos tejos, hasta el trono de Júpiter; junto al cual Febo, de áurea cabellera, responde con los acordes de su lira de marfil a tus plañideras endechas, y reúne los coros de los dioses, y de sus bocas inmortales brota un celestial aplauso.[420]
(_Se oye una flauta dentro._)
PISTETERO.
¡Júpiter soberano! ¡Qué garganta la de ese pajarillo! Ha llenado de miel toda la espesura.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Qué hay?
EVÉLPIDES
¿No callarás?
PISTETERO.
¿Por qué?
EVÉLPIDES.
La Abubilla se prepara a entonar nuevos cantos.
LA ABUBILLA.
Esopo, popo, popo, popo, popoí ¡io! ¡io! venid, venid, venid, venid, alados compañeros. Todos cuantos taláis las fértiles campiñas, tribus innumerables que recogéis y devoráis los granos de cebada, catervas infinitas de rápido vuelo y melodioso canto, acudid, acudid; vosotros, los que posados en un terrón os complacéis en gorjear débilmente entre los surcos: tio, tio, tio, tio, tio, tio, tio tio; los que en los jardines saltáis sobre las yedras, o en las montañas picoteáis el madroño y la silvestre aceituna, acudid a mi voz: trioto, trioto, toto, brix. Vosotros también, los que devoráis punzadores mosquitos en los valles pantanosos; los que pobláis los prados húmedos de rocío y el campo ameno de Maratón; francolines de matizadas alas; aves que revoloteáis con los alciones sobre las alborotadas olas del mar, venid a escuchar la grata nueva: congréguense aquí las aves de largo cuello. Sabed que ha venido un anciano ingenioso, autor de una nueva idea; que pretende realizar nuevos proyectos. Venid todos a deliberar aquí. Torotorotorotorotix. Kiccabau, kiccabau. Torotorotorotorolililix.
* * * * *
PISTETERO.
¿Ves algún pájaro?
EVÉLPIDES.
Ninguno, por Apolo, aunque estoy mirando al cielo con la boca abierta.
PISTETERO.
Me parece que ha sido inútil que la Abubilla, imitando al pardal,[421] se haya metido en el bosque como a empollar huevos.
UN FENICÓPTERO.[422]
Torotix, torotix.
PISTETERO.
Ah, querido, ya viene alguna ave.
EVÉLPIDES.
Sí, una ave, ¿pero cuál? ¿Es el pavo real?[423]
PISTETERO.
Ese nos lo dirá. ¿Qué ave es esa?
LA ABUBILLA.
No es de las que veis todos los días; es una ave acuática.
PISTETERO.
¡Oh qué hermoso color de púrpura fenicia!
LA ABUBILLA.
Es verdad, por eso se llama el Fenicóptero.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Por qué gritas?
EVÉLPIDES.
Otra ave.
PISTETERO.
Cierto; otra ave, y exótica al parecer. ¿Cómo se llama esa ave montañesa[424] de aspecto tan solemne como estúpido?
LA ABUBILLA.
Se llama el _Meda_.[425]
PISTETERO.
¡El Meda! ¡Hércules poderoso! ¿Cómo siendo el Meda ha venido sin camello?[426]
EVÉLPIDES.
Ahí se presenta otra ave copetuda.
PISTETERO.
¿Qué prodigio es este? No eres tú la única Abubilla, puesto que hay esa otra.
LA ABUBILLA.
Esa Abubilla es hijo de Filocles, que a su vez es hijo de la Abubilla; yo soy su abuelo paterno; es como si dijeras: Hipónico, hijo de Calias,[427] y Calias hijo de Hipónico.[428]
PISTETERO.
¿Luego Calias es un pájaro? ¡Oh, y cómo se le caen las plumas![429]
LA ABUBILLA.
Es generoso; por eso los delatores le despluman y las mujeres le arrancan las alas.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! Un nuevo pájaro de diversos colores. ¿Cómo se llama ese?
LA ABUBILLA.
El glotón.[430]
PISTETERO.
¿Hay, pues, otro glotón además de Cleónimo?
EVÉLPIDES.
¿Crees que si fuese Cleónimo hubiera podido conservar el penacho?[431]
PISTETERO.
¿Pero qué significan todas esas crestas? ¿Quizá acuden estas aves a disputar el premio del doble estadio?[432]
LA ABUBILLA.
Son como los carios,[433] que no abandonan las crestas de las montañas para estar más seguros.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! ¡Mira, mira qué terrible multitud de aves se reúne!
EVÉLPIDES.
¡Soberano Apolo! ¡Qué nube! ¡Oh! ¡Oh! Sus alas no dejan ver la entrada de la escena.
PISTETERO.
Esa es la perdiz; aquel el francolín; ese el penélope; el otro el alción.
EVÉLPIDES.
¿Y aquel que viene detrás del alción?
PISTETERO.
¿Ese? El barbero.[434]
EVÉLPIDES.
¿Cómo? ¿El barbero es pájaro?
PISTETERO.
¿Pues no lo es Espórgilo, y de cuenta?[435] Ahí viene la lechuza.
EVÉLPIDES.
¿Qué dices? ¿Quién trae una lechuza a Atenas?[436]
PISTETERO.
Mira, mira, la urraca, la tórtola, la alondra, el eleas, la hipotimis, la paloma, el nerto, el azor, la torcaz, el cuco, el eritropo, la ceblepiris, el porfirión,[437] el cernícalo, el somormujo, la ampelis, el quebrantahuesos, el pico.
EVÉLPIDES.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas aves! ¡Oh, cuántos mirlos! ¡Cómo pían y corren con estrépito! Pero qué, ¿nos amenazan? ¡Ay, cómo abren los picos y nos miran!
PISTETERO.
Me parece lo mismo.
CORO.
¿Po po po po po po por dónde anda el que me llamó? ¿En qué lugar se encuentra?
LA ABUBILLA.
Estoy aquí hace tiempo; yo nunca abandono a los amigos.
CORO.
¿Ti ti ti ti ti ti ti tienes algo bueno que decirme?
LA ABUBILLA.
Un asunto de interés común, seguro, justo, agradable, útil. Dos hombres de sutil ingenio han venido a buscarme.
CORO.
¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué dices?
LA ABUBILLA.
Digo, que dos ancianos han venido del país de los hombres, a proponernos una empresa prodigiosa.
CORO.
¡Oh tú que perpetraste el mayor crimen de que he oído hablar en mi vida! ¿Qué es lo que estás diciendo?
LA ABUBILLA.
No te asustes de mis palabras.
CORO.
¿Qué has hecho?
LA ABUBILLA.
Acoger a dos hombres que desean vivir con nosotros.
CORO.
¿Y te has atrevido?
LA ABUBILLA.
Y cada vez me alegro más.
CORO.
¿Y están ya entre nosotros?
LA ABUBILLA.
Como yo.
CORO.
¡Ay, estamos vendidos; somos víctimas de la traición más negra! Nuestro amigo, el que partía con nosotros el fruto de los campos, ha hollado nuestras antiguas leyes, ha quebrantado los juramentos de las aves; nos ha atraído a un lazo, nos ha puesto en manos de una raza impía con la que estamos en guerra desde que vimos la luz. Tú, traidor, nos darás luego cuenta de tus actos; mas primero castiguemos a esos hombres. ¡Ea! ¡A despedazarlos!
PISTETERO.
¡Somos perdidos!
EVÉLPIDES.
Tú solo tienes la culpa de lo que nos sucede. ¿Para qué me trajiste?
PISTETERO.
Para tenerte a mi lado.
EVÉLPIDES.
Mejor para hacerme llorar a mares.
PISTETERO.
Tú deliras: ¿cómo has de llorar cuando te hayan sacado los ojos?[438]
CORO.
¡Io! ¡Io! ¡Al ataque! Precipítate sobre el enemigo; hiérele mortalmente; despliega tus alas; envuelve con ellas a esos hombres; que paguen su culpa y den alimento a nuestros picos. Nada podrá librarles de mi furor; ni las sombrías montañas, ni las etéreas nubes, ni el piélago espumoso. ¡Ea, caigamos sobre ellos y desgarrémosles sin tardanza! ¿Dónde está el taxiarco? Que haga avanzar el ala derecha.[439]
EVÉLPIDES.
Llegó el momento supremo. ¿A dónde huiré, infeliz?
PISTETERO.
¡Eh! Firme en tu puesto.
EVÉLPIDES.
¿Para qué me hagan trizas?
PISTETERO.
¿Pues cómo piensas escaparte?
EVÉLPIDES.
No lo sé.
PISTETERO.
Pues yo te digo que es preciso combatir a pie firme y coger las ollas.
EVÉLPIDES.
¿De qué nos servirá la olla?
PISTETERO.
La lechuza no nos acometerá.[440]
EVÉLPIDES.
¿Y contra esas de ganchudas uñas?
PISTETERO.
Coge el asador y ponlo en ristre.
EVÉLPIDES.
¿Y los ojos?
PISTETERO.
Defiéndelos con un plato o con la vinagrera.
EVÉLPIDES.
¡Qué ingenio! ¡Qué habilidad digna de un general consumado! Sabes más estrategia que Nicias.[441]
CORO.
Adelante, adelante,[442] con el pico bajo: no retrasarse. Pica, desgarra, hiere, arranca, rompe primero la olla.
LA ABUBILLA.