Comedias, tomo 2 de 3

Part 7

Chapter 73,747 wordsPublic domain

¡Augusta reina, diosa venerable, oh Paz, que presides las danzas e himeneos, dígnate aceptar nuestro sacrificio!

EL ESCLAVO.

Acéptalo, oh la más honrada de las diosas, y no hagas como esas mujeres que engañan a sus maridos. Esas, digo, que miran por la puerta entreabierta, y cuando alguno se fija en ellas, se retiran; después, si se aleja, vuelven a mirar. ¡Oh, no hagas eso con nosotros!

TRIGEO.

Al contrario, como una mujer honrada, muéstrate sin rebozo a tus adoradores que hace trece años nos consumimos lejos de ti. Pon término a las luchas y tumultos, y merece el nombre de Lisímaca;[351] corrige esta suspicacia y charlatanería que engendra nuestras mutuas calumnias; une de nuevo a los griegos con los dulces vínculos de la amistad, y predisponlos a la benignidad y a la indulgencia; haz, en fin, que en nuestra plaza abunden las mejores mercancías, ristras de ajos, cohombros tempranos, manzanas, granadas, y pequeñas túnicas para los esclavos; que afluyan a ella los beocios cargados de gansos, ánades y alondras; que vengan con cestos de anguilas del Copáis,[352] y amontonados en torno de ellas, luchemos entre la turba de compradores, con Móricos, Téleas y Glaucetes[353] y otros glotones ilustres; y que Melantio, llegando el último al mercado, y viéndolo todo vendido, se lamente y exclame como en su _Medea_: «¡Yo muero! ¡Me han abandonado las que se esconden entre las acelgas!»[354] y que todos se rían de su desgracia. Concédenos, Diosa veneranda, esto que te pedimos.

EL ESCLAVO.

Coge el cuchillo y degüella la oveja como un cocinero consumado.

TRIGEO.

Eso no es lícito.

EL ESCLAVO.

¿Por qué?

TRIGEO.

La Paz aborrece la matanza, y por eso nunca se ensangrienta su altar. Por lo tanto, llévate adentro la víctima, mátala y trae las dos piernas; de este modo la oveja se guardará para el Corega.

(_El esclavo entra en la casa._)

* * * * *

CORO.

Tú, que permaneces aquí, reúne pronto las astillas y todo lo necesario para el sacrificio.

TRIGEO.

¿No os parece que dispongo el hogar como el más experto adivino?

CORO.

¿Por qué no? ¿Acaso ignoras algo de cuanto un sabio debe conocer? ¿No preves todo lo que un hombre de reconocida habilidad y audacia afortunada debe prever?

TRIGEO.

El humo de las astillas incomoda a Estílbides.[355] Traeré una mesa y me pasaré sin criado.

CORO.

¿Quién no ensalzará a un hombre que, arrostrando infinitos peligros, salvó la ciudad sagrada? Jamás dejará de ser admirado por todos.

* * * * *

EL ESCLAVO (_De vuelta_).

Cumplí tus órdenes. Toma las piernas y ponlas sobre el fuego: yo voy a buscar las entrañas y la torta.

TRIGEO.

Eso corre de mi cuenta; pero necesitaba que vinieses.

EL ESCLAVO.

Pues aquí estoy. ¿Te parece que he tardado?

TRIGEO.

Asa bien eso. Pero ahí se acerca uno coronado de laurel. ¿Quién es ese hombre?

EL ESCLAVO.

¡Qué arrogante parece! Sin duda, algún adivino.

TRIGEO.

No, por Júpiter, es Hierocles.[356]

EL ESCLAVO.

¡Ah! Ese charlatán de oráculos, habitante de Orea.[357] ¿Qué nos querrá decir?

TRIGEO.

Claro está que vendrá a oponerse a la Paz.

EL ESCLAVO.

No, lo que le atrae es el olor de las viandas.

TRIGEO.

Hagamos como que no le vemos.

EL ESCLAVO.

Tienes razón.

* * * * *

HIEROCLES.

¿Qué sacrificio es este y a qué dios lo ofrecéis?

TRIGEO.[358]

Asa eso callando; cuidado con los riñones.

HIEROCLES.

¿Pero no me diréis a qué dios sacrificáis?

TRIGEO.

La cola tiene buena traza.

EL ESCLAVO.

Muy buena, oh Paz veneranda y querida.

HIEROCLES.

Vamos, corta ya y ofrece las primicias.

TRIGEO.

Antes ha de asarse bien.

HIEROCLES.

Ya está bien asada.

TRIGEO.

Quienquiera que seas, eres demasiado curioso. Corta: ¿dónde está la mesa? Trae las libaciones.

HIEROCLES.

La lengua se corta aparte.

TRIGEO.

Lo sabemos; ¿sabes tú lo que debías hacer?

HIEROCLES.

Si me lo dices.

TRIGEO.

No hablarnos ya una palabra, porque sacrificamos a la santa Paz.

HIEROCLES.

¡Oh desdichados o imbéciles mortales...!

TRIGEO.

¡Caigan sobre ti tus maldiciones!

HIEROCLES.

...Que no entendiendo, en vuestra ceguedad, la voluntad de los dioses, os aliáis con esos feroces monos...[359]

TRIGEO.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

HIEROCLES.

¿De qué te ríes?

TRIGEO.

Tienen gracia tus feroces monos.

HIEROCLES.

Estúpidas palomas, que os fiáis de los zorros de falso corazón y pensamientos falsos.

TRIGEO.

¡Ojalá, charlatán arrogante, se pongan tus pulmones tan calientes como estas entrañas!

HIEROCLES.

Si las Ninfas no engañaron a Bacis;[360] si los mortales no fueron engañados por Bacis, ni Bacis por las Ninfas...

TRIGEO.

¡Confúndante los dioses si no dejas de hablar de Bacis!

HIEROCLES.

No habrían decretado los hados que se rompiesen las cadenas de la Paz; pero antes...

TRIGEO.

Hay que echar sal a eso.

HIEROCLES.

No place a los dioses inmortales que desistamos de la guerra, mientras el lobo paree con la oveja.

TRIGEO.

¿Acaso, charlatán maldito, el lobo pareará jamás con la oveja?

HIEROCLES.

Mientras la chinche de campo exhale al huir un fétido olor; mientras la perra chillona, forzada a parir, dé a luz cachorros ciegos, no se debe pensar en la Paz.

TRIGEO.

¿Pues qué debíamos hacer? ¿Continuar la guerra? ¿Echar suertes sobre quién había de llorar más, cuando podíamos, uniéndonos por un tratado, mandar en común sobre la Grecia?

HIEROCLES.

Nunca conseguirás que el cangrejo ande en línea recta.

TRIGEO.

No cenarás ya en el Pritáneo,[361] ni serás profeta de lo pasado.

HIEROCLES.

Nunca suavizarás la piel áspera del erizo.

TRIGEO.

¿No acabarás nunca de engañar a los atenienses?

HIEROCLES.

¿En virtud de qué oráculo habéis ofrecido ese sacrificio a los dioses?

TRIGEO.

De este, que Homero expresó en tan bellas frases:

La negra nube de la odiosa guerra Disipamos así, y en dulce abrazo Estrechando a la Paz, cien sacrificios Le ofrecimos gustosos. Cuando el fuego Devoró de las víctimas las piernas, Nosotros sus entrañas consumimos E hicimos libaciones; dirigía La fiesta yo; mas nadie presentaba Al adivino la brillante copa.[362]

HIEROCLES.

Eso nada tiene que ver conmigo: nos lo ha dicho la Sibila.

TRIGEO.

Pero el sabio Homero dijo muy bien:

Que ni casa, ni hogar, ni patria tiene El que las guerras intestinas ama Siempre dañosas.[363]

HIEROCLES.

Ten cuidado no te arrebate el milano la carne con una de las suyas...

TRIGEO (_Al esclavo_).

Sí, ten cuidado: ese oráculo amenaza nuestras viandas. Haz la libación y trae parte de los intestinos.

HIEROCLES.

Si os parece, voy a servirme yo mismo mi porción.

TRIGEO.

¡La libación, la libación!

HIEROCLES.

Échame a mí también, y dame una porción de los intestinos.

TRIGEO.

Eso no place a los dioses inmortales, sino el que primero hagamos nosotros las libaciones y tú te marches. ¡Oh veneranda Paz, permanece a nuestro lado toda la vida!

HIEROCLES.

Tráeme aquí la lengua.

TRIGEO.

Tráeme la tuya.

HIEROCLES.

¡La libación!

TRIGEO (_Al esclavo_).

Llévate esto con la libación.

HIEROCLES.

¿Nadie me dará algo de los intestinos?

TRIGEO.

No podemos darte nada hasta que el lobo se paree con la oveja.

HIEROCLES.

¡Ah, por favor! yo te lo pido por tus rodillas.

TRIGEO.

Tus ruegos son inútiles, amigo mío; no lograrás suavizar «al áspero erizo.» Ea, espectadores, acompañadnos a comer intestinos.

HIEROCLES.

¿Y yo?

TRIGEO.

Cómete a la Sibila.

HIEROCLES.

No, por la tierra, no os lo comeréis solos; si no me dais, os lo quito; esto es para todo el mundo.

TRIGEO (_Al esclavo_).

Sacúdele, sacúdele a Bacis.

HIEROCLES.

¡Sed testigos!...

TRIGEO.

De que eres un glotón y un impostor. ¡Firme: echa de aquí a bastonazos a ese charlatán!

EL ESCLAVO.

Cuida de esto; yo voy a quitarle las pieles de las víctimas que nos ha escamoteado. ¡Suelta esas pieles, adivino infernal! ¿Oyes? ¿Qué especie de cuervo es este que nos ha venido de Orea? Ea, pronto, emprende el vuelo hacia Elimnio.[364]

* * * * *

CORO.

¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Ya no más cascos, quesos ni cebollas! Los combates para quien los quiera: a mí solo me gusta beber con mis buenos amigos, junto al hogar donde con viva llama arde y chisporrotea la leña cortada en el rigor del estío, y tostar garbanzos sobre las ascuas, y asar bellotas entre el rescoldo, y hurtar un beso a Trata,[365] mientras se baña mi esposa. Después de hecha la siembra, cuando la riega Júpiter con benéfica lluvia, nada hay tan agradable como el hablar así con un vecino: «Dime, ¿qué hacemos ahora, querido Comárquides? Yo quisiera beber, mientras el cielo fecunda nuestro campo. Ea, mujer, mezcla un poco de trigo con tres quénices de habichuelas, y ponlas a cocer, y danos higos secos. Que Sira haga volver a Manes del campo; hoy no es posible podar las vides, ni desterronar, pues la tierra está sumamente húmeda. Que me traigan el tordo y los dos pinzones. También debe de haber en casa calostro y cuatro tajadas de liebre, si ayer noche no las robó el gato, porque oí en la despensa un ruido sospechoso. Muchacho, trae tres pedazos, y dale el otro a mi padre. Pide a Esdúnada ramas de mirto con sus bayas; y, ya que te coge de camino, dile a Carinades que venga a beber con nosotros, mientras el cielo benéfico fecunda los sembrados.» Cuando entona la cigarra su dulce cantinela,[366] me gusta ver si las uvas de Lemnos principian a madurar, pues son las más tempranas; y no menos me agrada mirar cómo van hinchándose los higos, y comerlos cuando están maduros, y exclamar, saboreándolos: «Deliciosa estación.» Después bebo una infusión de tomillo machacado, y logro así engordar en el estío, mucho más que viendo a uno de esos taxiarcos,[367] aborrecidos por los dioses, pavoneándose con su triple penacho y su clámide teñida de un rojo deslumbrador que pretende hacer pasar por púrpura de Sardes. Pero cuando ocurre pelear, él mismo se encarga de darle una mano de azafrán cicense. Y después huye veloz el primero como un gallo, agitando sus amarillas crestas, mientras yo guardo mi puesto. Cuando están en Atenas estos valentones hacen cosas insufribles; inscriben a unos en las listas y borran a otros, dos y tres veces, según su capricho. «Mañana es la marcha», oye decir a lo mejor un ciudadano que no ha comprado víveres porque nada sabía al salir de su casa, y luego, al pararse delante de la estatua de Pandión,[368] ve su nombre inscrito en la lista; se aturde, y echa a correr llorando. Así nos tratan a los pobres campesinos; a los ciudadanos ya les tienen más consideraciones esos cobardes aborrecidos de los dioses y los hombres. Pero si el cielo lo permite, ya tendrán su merecido. Mucho daño me han hecho esos taxiarcos, leones en la ciudad y zorros en el combate.

* * * * *

TRIGEO.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuánta gente viene al banquete de boda! Limpia las mesas con ese penacho; ya no sirve para otra cosa. Trae en seguida los pasteles y los tordos, liebre en abundancia y panes.

UN FABRICANTE DE HOCES.

¿Dónde está Trigeo? ¿Dónde?

TRIGEO.

Estoy cociendo tordos.

EL FABRICANTE DE HOCES.

¡Oh queridísimo Trigeo, cuánto bien nos has hecho procurándonos la paz! Antes no había quien diese un óbolo por una hoz; ahora vendo las que quiero a cincuenta dracmas. Este amigo vende a tres los toneles para el campo. Vamos, Trigeo, escoge de estas hoces y de todo lo demás cuanto quieras, y llévatelo gratis. Todo esto que vendemos y que nos produce pingües ganancias te lo ofrecemos como regalo de boda.

TRIGEO.

Bueno, bueno; dejadlo ahí todo, y entrad a cenar cuanto antes. Ahí se acerca un armero con una cara más triste que un funeral.

* * * * *

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

¡Ay, Trigeo, me has arruinado completamente!

TRIGEO.

¿Qué te pasa, desdichado? ¿Acaso te salen penachos en la cabeza?

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

Nos has quitado el trabajo y la subsistencia a mí y a este otro, fabricante de dardos.

TRIGEO.

Vamos, ¿cuánto quieres por esos dos penachos?

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

¿Cuánto ofreces?

TRIGEO.

¿Que cuánto ofrezco? Me da vergüenza el decirlo. Sin embargo, como el trenzado está hecho con gran primor, te daré tres quénices de higos secos y me servirán para limpiar esta mesa.

EL FABRICANTE DE PENACHOS.

Vengan los higos: más vale poco que nada.

TRIGEO.

Vete al infierno con tus penachos; tienen lacia la cerda, no valen un pito. No daría una higa por todos ellos.

* * * * *

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¡Ay de mí! ¿Qué haré con esta coraza tasada en diez minas y trabajada con tanto esmero?

TRIGEO.

No se te irrogará perjuicio alguno; dámela en su precio; podrá ser un bacín elegantísimo.

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

No te burles de mí y de mis mercancías.

TRIGEO.

Con ella... y tres buenos guijarros,[369] ¿no tendremos cuanto para el caso hace falta?

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¿Pero cómo te limpiarás, imbécil?

TRIGEO.

Perfectamente. Mira, paso una mano por la abertura del brazo, y la otra...

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¡Cómo! ¿Con las dos manos?

TRIGEO.

Pues claro, para que no me acusen de defraudar al Estado tapando los agujeros de los remos.[370]

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

¿Y te atreverás a usar un bacín de mil dracmas?

TRIGEO.

¿Quién lo duda, miserable? Crees que ni por diez mil vendería yo mi trasero.

EL VENDEDOR DE CORAZAS.

Vamos, venga el dinero.

TRIGEO.

¡Ay! Querido, tu coraza me destroza las nalgas. Llévatela; no la compro.

* * * * *

EL FABRICANTE DE TROMPETAS.

¿Qué haré de esta trompeta que me costó sesenta dracmas?

TRIGEO.

Echa plomo en su cavidad; atraviesa encima una vara un poco larga, y tendrás un cótabo[371] en equilibrio.

EL FABRICANTE DE TROMPETAS.

¡Ay! te burlas de mí.

TRIGEO.

Otra idea. Échale plomo, como te he dicho; añade un platillo colgado de unas cuerdecitas, y tendrás una balanza para pesar en el campo los higos que has de distribuir a tus esclavos.

* * * * *

EL FABRICANTE DE CASCOS.

¡Maldita suerte! ¡Estoy arruinado! Yo, que en otro tiempo pagué una mina por estos cascos. ¿Quién me los comprará ahora?

TRIGEO.

Vete a venderlos a los egipcios: son los únicos para medir sirmea.[372]

* * * * *

EL FABRICANTE DE LANZAS.

¡Ay, mi buen fabricante de cascos, qué desgraciada es nuestra suerte!

TRIGEO (_Al fabricante de lanzas_).

La suya no lo es.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

Pues qué, ¿habrá todavía quien necesite cascos?

TRIGEO.

Como sepa ponerles dos asas, los podrá vender mucho más caros.

EL FABRICANTE DE CASCOS.

Vámonos, fabricante de lanzas.

TRIGEO.

No, no; le voy a comprar esas picas.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

¿Cuánto das por ellas?

TRIGEO.

Si las cortas por la mitad, para que puedan servir de rodrigones, te pagaré a dracma el ciento.

EL FABRICANTE DE LANZAS.

Este hombre se burla de nosotros. Vámonos, amigo.

* * * * *

TRIGEO.

Muy bien hecho; pues ya salen a orinar los hijos de los convidados, y si no me engaño, a preludiar sus cantos. Eh, muchacho, si piensas cantar, ensáyate antes delante de mí.

EL HIJO DE LÁMACO.

Celebremos ahora Los valientes guerreros...[373]

TRIGEO.

Maldita criatura, deja de cantar los valientes guerreros; ahora estamos en paz. Eres un bribonzuelo mal enseñado.

EL HIJO DE LÁMACO.

Con furia aterradora Acométense fieros; Se aplastan sus combados Escudos...[374]

TRIGEO.

¡Escudos! ¿No acabarás con tus escudos?

EL HIJO DE LÁMACO.

...alaridos De triunfo alborozados Se escuchan, y gemidos...

TRIGEO.

¡Gemidos! Me parece que quien va a gemir aquí eres tú, si continúas con tus gemidos y tus escudos combados.

EL HIJO DE LÁMACO.

¿Pues qué he de cantar? ¿Qué es lo que te gusta?

TRIGEO.

«Se comían de buey sendos tasajos» O cosas por el estilo.

Disponían alegres el banquete Y cuantos platos hay apetecibles.

EL HIJO DE LÁMACO.

Se comían de buey sendos tasajos; Los sudorosos brutos desuncían; Hartos de pelear...

TRIGEO.

Eso es: «hartos de pelear, se pusieron a comer.» Canta, canta lo que comieron después de hartarse.

EL HIJO DE LÁMACO.

Después de terminada la comida, Acorázanse el vientre...

TRIGEO.

Con buen vino, ¿verdad?

EL HIJO DE LÁMACO.

...De las torres Se precipitan. Alarido inmenso Surca entonces...

TRIGEO.

Que Júpiter te confunda con tus batallas, bribonzuelo; no sabes más que cantos de guerra. ¿De quién eres hijo?

EL HIJO DE LÁMACO.

¿Yo?

TRIGEO.

Sí, tú.

EL HIJO DE LÁMACO.

De Lámaco.

TRIGEO.

¡Oh! ¡Oh! Ya se me figuraba que debías de ser hijo de algún aficionado a combates y heridas;[375] de algún Boulómaco o Clausímaco.[376] Largo de aquí. Vete a entonar tus canciones a los lanceros. ¿Dónde está el hijo de Cleónimo? Ven acá; canta algo antes de entrar en casa. Ya estoy seguro de que tus cantares no serán belicosos. Tu padre es prudentísimo.

EL HIJO DE CLEÓNIMO.

Un habitante de Sais Ostenta el brillante escudo, Que abandoné mal mi grado Cabe un florecido arbusto.[377]

TRIGEO.

Dime, pequeño, ¿cantas eso por tu padre?

EL HIJO DE CLEÓNIMO.

«Salvé mi vida...»

TRIGEO.

Pero deshonraste tu linaje. Mas entremos; demasiado sé que el hijo de tal padre no olvidará nunca lo que acaba de cantar sobre el escudo. Vosotros los que os quedáis al festín ya no tenéis que hacer otra cosa más que comer y consumir todas las viandas y menear sin descanso las mandíbulas. Lanzáos sobre todos los platos, y comed a dos carrillos. ¡Desdichados! ¿para qué sirven, sino es para comer, los buenos dientes?

CORO.

Eso queda a nuestro cargo; nos has dado un buen consejo.

TRIGEO.

Vosotros, que ayer estabais hambrientos, saciaos ahora de liebre; no todos los días se encuentran pasteles abandonados. Devoradlos, pues, que si no, tal vez sintáis mañana no haberlo hecho.

CORO.

Silencio, silencio, va a presentarse la novia; coged las antorchas:[378] que todo el pueblo se regocije y dance. Después, cuando hayamos bailado, y bebido y expulsado a Hipérbolo, llevaremos de nuevo al campo nuestro humilde ajuar, y pediremos a los dioses que otorguen a los griegos oro en abundancia, y a nosotros riquísimas cosechas de cebada y vino, dulces higos y esposas fecundas. Así podremos recobrar los perdidos bienes y abolir para siempre el uso del acero homicida.

TRIGEO.

Querida esposa, ven al campo a embellecer mi lecho.

CORO.

¡Oh mortal tres veces feliz con tu merecida dicha! ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo! ¿Qué le haremos? ¿Qué le haremos? ¡Gocemos de su belleza! ¡Gocemos de su belleza! Nosotros los hombres colocados en la primera fila levantemos al novio y llevémosle en triunfo. ¡Himeneo! ¡Himeneo!

TRIGEO.

Tendréis una linda casa, viviréis sin molestias y cogeréis higos. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!

CORO.

Aquel tiene uno grande y grueso; este, otro dulcísimo. Después de comer y beber sendos tragos, exclamarás: ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!

CORO.

Adiós, adiós, amigos míos. Los que me sigan comerán pasteles.

FIN DE LA PAZ

LAS AVES.

NOTICIA PRELIMINAR.

Dos ciudadanos atenienses, Evélpides y Pistetero, como si dijéramos, Buena-esperanza y Fiel-amigo, hartos de desórdenes, de pleitos, cábalas o intrigas, y tomando al pie de la letra la expresión _irse a los cuervos_, análoga, como hemos visto, a la nuestra _irse al diablo_ o a otra cosa, si no peor, más sucia, huyen de Atenas y se encaminan al país de las aves en busca de la Abubilla, en otro tiempo Tereo, rey de Tracia. Aceptada por el ex-monarca-pájaro la idea de construir una ciudad en los aires, convoca una asamblea de todas las razas aladas, que acudiendo en gran número, se preparan en el primer momento a embestir y despedazar a los temerarios mortales que han osado penetrar en sus dominios: calmados por la Abubilla, cámbiase pronto su furia en indescriptible entusiasmo, cuando Pistetero desenvuelve un plan para devolver a los volátiles el cetro del mundo que antes les había pertenecido. Los dos atenienses son naturalizados inmediatamente: la nueva ciudad, llamada _Nefelococigia_, es construida en un abrir y cerrar de ojos, y dos embajadores son enviados al cielo y a la tierra. Apenas se empieza a ofrecer el sacrificio de consagración, acuden a Nefelococigia toda clase de gentes: un pobre poeta, que versifica en honor de la nueva ciudad para conseguir un manto y una túnica; un adivino cargado de oráculos; Metón el geómetra; un inspector y un vendedor de decretos, que son apaleados en castigo de sus impertinencias. Iris, mensajera de los dioses, es hecha prisionera al intentar atravesar los aires; sometida a un apremiante interrogatorio, vese obligada a manifestar que Júpiter la envía a los hombres para que ofrezcan los acostumbrados sacrificios, y tiene que retirarse malparada oyendo de boca de Pistetero que no hay más dioses que las aves, y que el paso al través de la nueva ciudad queda prohibido hasta nueva orden a las divinidades olímpicas. Preséntase después un Mensajero, anunciando que los hombres han decretado una corona de oro al fundador de Nefelococigia, y que las aves se han puesto de moda y hacen tal furor en Atenas, que pronto se verá llegar una multitud _ornitomaniaca_ pidiendo alas y plumajes. No tarda efectivamente en presentarse un joven con intentos parricidas, que recibe entre equívocos y chistes consejos prudentísimos, y al cual siguen Cinesias, poeta ditirámbico, ganoso de atrapar entre las nubes las sublimes vaciedades de sus versos y un sicofanta o delator, que así como el poeta lleva con una paliza su justo merecido. Prometeo, que llega después, revela a Pistetero el hambre canina que aflige a los inmortales, indicándole el medio de explotar la miseria del Olimpo, y retirándose con todo género de precauciones para no ser visto por Júpiter.

Una embajada, compuesta de Neptuno, Hércules y un Tríbalo, presenta por fin sus proposiciones a la gente alada, y vencidas las dificultades se estipulan la paz y el paso libre por Nefelococigia, con la condición de entregar Júpiter su cetro a las aves y a Pistetero la mano de la Soberanía.

La comedia concluye, como _La Paz_, con un jubiloso canto de himeneo.

Tal es el argumento de _Las Aves_. ¿Cuál es su objeto? He aquí una pregunta a la cual se han dado muy diferentes contestaciones. Unos[379] han dicho que su autor se limitaba a censurar la afición a las lides judiciales, sin considerar que Aristófanes solo se ocupa de esta manía de Atenas a la ligera y muy de paso; otros[380] que su fin es nada menos que promover cambios radicales en el carácter ateniense, en el culto, en la religión, en la constitución de la república y en el personal de sus magistrados, sin parar mientes que tales proposiciones, aun hechas de burlas, costaban la vida al temerario que las aventuraba: quiénes[381] (por más que nada autorice a suponerlo) solo ven en su fantástico desarrollo una animada censura de las peregrinas invenciones de los trágicos y sus increíbles fábulas; y no han faltado algunos[382] que, saltando por encima de un flamante anacronismo, la conceptúan una graciosa parodia de la República que Platón soñó muchos años más tarde.