Comedias, tomo 2 de 3

Part 6

Chapter 63,920 wordsPublic domain

Tampoco los Megarenses hacen nada de provecho; sin embargo tiran abriendo enormemente la boca, como los perros cuando roen un hueso; pero los pobres están desmayados de hambre.[296]

TRIGEO.

Amigos, nada adelantamos; reunamos nuestros esfuerzos, y tiremos a una.

MERCURIO.

¡Venga!

TRIGEO.

¡Venga más!

MERCURIO.

¡Venga!

TRIGEO.

¡Más, por vida de Júpiter!

MERCURIO.

Poco adelantamos.

TRIGEO.

¿Habrá infamia como esta? Unos tiran a un lado, y los otros al contrario. ¡Argivos, argivos! ¡Que va a haber palos!

MERCURIO.

¡Venga, pues!

TRIGEO.

¡Venga!

CORO.

¡Qué canallas son algunos!

TRIGEO.

Vosotros, que deseáis ardientemente la Paz, tirad con fuerza.

CORO.

Hay algunos que nos lo impiden.

MERCURIO.

¿No os iréis al infierno, megarenses? La diosa os detesta, recordando que fuisteis los primeros en untarla con ajos.[297] Vosotros, atenienses, no tiréis ya de ese lado; está visto que solo podéis ocuparos de procesos. Pero si queréis libertar a la Paz, retiraos hacia el mar un poco.[298]

CORO.

Ea, amigos labradores, demos fin a este trabajo.

MERCURIO.

La cosa va mucho mejor, ciudadanos.

CORO.

Dice que la cosa marcha; ea, redoblemos todos nuestros esfuerzos.

TRIGEO.

Solo los labradores, y nadie más, hacen adelantar la obra.

CORO.

¡Firme, pues! ¡Firme todo el mundo! ¡Ya nos acercamos! No hay que ceder. ¡Ánimo! ¡Ánimo! Ya está concluido. Ahora, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga, todos a una!

(_La Paz sale de la caverna acompañada de Opora y Teoría._)

* * * * *

TRIGEO.

¡Oh Diosa venerable que nos prodigas las uvas!, ¿qué oración te dirigiré? ¿Dónde podré hallar para saludarte palabras equivalentes a diez mil ánforas?[299] No tengo ninguna en casa. Salud, Opora, y tú también, Teoría.[300] ¡Qué hechicero es tu rostro, Teoría! ¡Qué perfume se exhala de tu seno! Es dulce y delicado como la exención de la milicia, o el más precioso aroma.

MERCURIO.

¿No es un olor semejante al de la mochila militar?

CORO.

¡Oh enemigo detestable, tu morral asqueroso me da náuseas! Apesta a cebollas; mientras que al lado de esta amable Diosa todo se vuelven sazonados frutos; convites, Dionisiacas, flautas, poetas, cómicos, cantos de Sófocles, tordos, versitos de Eurípides...

TRIGEO.

¡Desdichado!, no la calumnies. ¿Cómo ha de amar a ese fabricante de sutilezas y sofismas?

CORO.

...hiedras, coladores de vino, baladoras ovejas, mujeres campesinas de bella garganta, la esclava ebria, el ánfora derribada y otras mil cosas buenas.

MERCURIO.

Mira, mira cómo hablan unas con otras las ciudades y se ríen de todo corazón; sin embargo, todas tienen terribles heridas y enormes ampollas.

TRIGEO.

Mira también a los espectadores; por el semblante de cada cual conocerás su oficio.

MERCURIO.

¡Ah! ¿No ves a ese fabricante de penachos cómo se arranca los cabellos? Aquel que hace azadones se ríe en las barbas de un fabricante de espadas.[301]

TRIGEO.

¿Ves tú cómo se regocija ese otro fabricante de hoces, y señala con el dedo a un fabricante de lanzas?

MERCURIO.

Ea, manda a los labradores que se retiren.

TRIGEO.

Pueblos, escuchad: vuelvan cuanto antes a los campos los labradores con sus aperos, dejándose de lanzas, espadas y flechas: la antigua Paz reina ya en estos lugares. Vuelvan, pues, todos a las rústicas faenas, después de entonar un jubiloso Peán.

CORO.

¡Oh día deseado por los hombres de bien y los campesinos! ¡Con qué placer tornaré a ver mis viñas y a saludar, después de tantos tiempos, las frondosas higueras plantadas en mi juventud!

TRIGEO.

Principiemos, amigos míos, por adorar a la diosa que nos ha libertado de Gorgonas y penachos, y corramos después a nuestros campos, provistos de sabroso almuerzo.

MERCURIO.

¡Oh Neptuno, cómo alegra la vista ese batallón de labradores, apretados como la masa de una torta, o los convidados en un banquete público!

TRIGEO.

¡Sí; mirad cómo brillan las palazadas! ¡Cómo los zarcillos de tres dientes relucen al sol! ¡Qué derechos surcos va a trazar esa turba feliz! Yo también deseo marchar al campo y remover aquellas pocas tierras, tanto tiempo abandonadas. ¡Acordaos, amigos míos, de nuestra antigua vida, regocijada con los dones que la diosa entonces nos dispensaba! ¡Acordaos de aquellas cestas de higos secos y frescos; acordaos de los mirtos, del dulce mosto, de las violetas ocultas en las orillas de la fuente y de las aceitunas tan deseadas! Por tan inmensos beneficios adoremos a la Diosa.

CORO.

¡Salve, salve, deidad querida, tu vuelta llena de regocijo nuestras almas! Lejos de ti me abrumaba el dolor, me consumía el ardiente afán de volver a mis campos. Tú eres para todos el mayor de los bienes, la más anhelada dicha. Tú el único sostén de los que viven cultivando la tierra. Bajo tu imperio, sin dispendios ni fatigas, disfrutábamos de mil dulces placeres; tú eras nuestro pan cotidiano, nuestra salud, nuestra vida. Por eso las vides y jóvenes higueras y todas nuestras plantas te acogen jubilosas, y sonríen a tu venida. (_A Mercurio._) Pero tú, el más benévolo de los dioses, dinos dónde ha estado encerrada tanto tiempo.

MERCURIO.

Sabios labradores, escuchad mis palabras, si queréis saber cómo la habéis perdido. La desgracia de Fidias[302] fue la primera causa; en seguida Pericles, temeroso de la misma suerte, desconfiando de vuestro carácter irritable, creyó que el mejor modo de evitar el peligro personal era poner fuego a la República. Su decreto contra Mégara fue la pequeña chispa que produjo la vasta conflagración de una guerra, cuyo humo ha arrancado tantas lágrimas a todos los griegos, a los de aquí y a los de otras comarcas. Al primer rumor de ese incendio, crujieron a su pesar nuestras cepas; la tinaja, bruscamente removida, chocó contra la tinaja; nadie podía ya contener el mal, y la Paz desapareció.

TRIGEO.

He ahí, por Apolo, cosas completamente ignoradas; yo a nadie había oído que Fidias estuviese relacionado con la Diosa.

CORO.

Ni yo tampoco hasta ahora. Sin duda la Paz debe su hermosura a su alianza con él. ¡Cuántas cosas ignoramos!

MERCURIO.

Entonces, conociendo las ciudades sometidas a vuestro mando que, exasperados unos contra otros, estabais próximos a despedazaros, pusieron en práctica todos los medios para eximirse del pago de los tributos y ganaron a fuerza de oro a los lacedemonios principales. Estos, como avaros que son y despreciadores de todo extranjero, muy pronto arrojaron ignominiosamente a la Paz, y se declararon por la Guerra. La fuente de sus ganancias lo fue de ruina pera los pobres labradores; pues bien pronto vuestras trirremes fueron, en represalias, a comerse sus higos.

TRIGEO.

Muy bien hecho. También ellos me cortaron a mí una higuera negra que yo mismo había plantado y dirigido.

CORO.

Sí, muy bien hecho, por Júpiter; a mí también me rompieron de una pedrada una medida con seis medimnas de trigo.

MERCURIO.

Los trabajadores del campo, reunidos después en la ciudad,[303] se dejaron comprar como los otros; echaban de menos, es cierto, sus uvas y sus higos, pero en cambio oían a los oradores. Estos, conociendo la debilidad de los pobres, y la extremada miseria a que estaban reducidos, ahuyentaron a la Paz a fuerza de clamores, como si fueran horquillas, siempre que, arrastrada por su amor a este país, apareció entre nosotros: vejaban a los más poderosos y opulentos de nuestros aliados, acusándolos de ser partidarios de Brásidas. Y vosotros os arrojabais como perros sobre el infeliz calumniado y lo despedazabais rabiosamente; pues la república, pálida de hambre y temerosa, devoraba con feroz placer cuantas víctimas le presentaba la calumnia. Los extranjeros, viendo los terribles golpes que asestaban estos oradores, les tapaban la boca con oro, de suerte que los enriquecieron, mientras la Grecia se arruinaba sin que lo advirtieseis. El autor de tantos males era un curtidor.[304]

TRIGEO.

Cesa, cesa, Mercurio, de recordarme a ese hombre; déjale en paz en los infiernos, donde sin duda está: ya no es nuestro, sino tuyo;[305] por consiguiente, cuanto digas de él, aunque en vida haya sido canalla, charlatán, delator, revoltoso y trastornador, recaerá sobre uno de tus súbditos. (_A la Paz._) Pero ¿por qué callas, oh Diosa?

MERCURIO.

No conseguirás que revele a los espectadores la causa de su silencio; está muy irritada por lo que le han hecho sufrir.

TRIGEO.

Pues que te diga a ti siquiera algunas palabras.

MERCURIO.

Amiga querida, dime cuál es tu ánimo respecto a estos. Habla, mujer la más enemiga de los escudos. Bien, ya escucho. (_Supone que le habla al oído._) Esas son tus quejas; comprendo. (_A los espectadores._) Oíd vosotros sus acusaciones. Dice que cuando después de los sucesos de Pilos[306] se presentó ella voluntariamente con una cesta llena de tratados, la rechazasteis tres veces en la asamblea popular.

TRIGEO.

Es verdad, faltamos en eso; pero perdónanos: nuestra inteligencia estaba entonces rodeada de cueros.[307]

MERCURIO.

Escucha ahora la pregunta que acaba de hacerme. «¿Quién de vosotros era su mayor enemigo? ¿Quién trabajó más por la terminación de la guerra?»

TRIGEO.

Su más fiel amigo era sin duda alguna Cleónimo.

MERCURIO.

¿Y qué tal era ese Cleónimo en punto a guerra?

TRIGEO.

Lo más intrépido, solo que no es hijo de quien se decía, pues en cuanto va al ejército, prueba suficientemente, arrojando las armas, que es un hijo supuesto.[308]

MERCURIO.

Escucha lo que acaba de preguntarme. ¿Quién manda ahora en la tribuna del Pnix?

TRIGEO.

Hipérbolo[309] es el dueño absoluto. (_A la Paz._) ¡Ah! ¿Qué haces? ¿Por qué vuelves la cabeza?

MERCURIO.

Aparta el rostro indignada de que el pueblo haya aceptado tan perverso jefe.

TRIGEO.

¡Bueno! ya no lo emplearemos más; el pueblo, viéndose sin guía y en completa desnudez, se ha servido de ese hombre como de una copa encontrada por casualidad.

MERCURIO.

La Paz quiere saber las ventajas que eso traerá a la república.

TRIGEO.

Lo veremos todo más claro.

MERCURIO.

¿Por qué?

TRIGEO.

Porque es comerciante de lámparas.[310] Antes dirigíamos todos los negocios a tientas en la oscuridad; ahora los resolveremos a la luz de una lámpara.

MERCURIO.

¡Oh! ¡Oh! ¡Lo que me manda preguntarte!

TRIGEO.

¿Sobre qué?

MERCURIO.

Sobre mil antiguallas, que dejó al partir. Lo primero que desea saber es qué hace Sófocles.

TRIGEO.

Lo pasa muy bien; pero le ha sucedido una cosa extraordinaria.

MERCURIO.

¿Cuál?

TRIGEO.

De Sófocles se ha convertido en Simónides.[311]

MERCURIO.

¡En Simónides! ¿Cómo?

TRIGEO.

Achacoso y viejo, es capaz por ganarse un óbolo de navegar sobre un zarzo.

MERCURIO.

¿Y el sabio Cratino[312] vive todavía?

TRIGEO.

Murió cuando la invasión de los lacedemonios.[313]

MERCURIO.

¿Qué le sucedió?

TRIGEO.

¿Qué? Se desfalleció, no pudiendo resistir a la pena que le produjo el ver romperse una tinaja llena de vino. ¿Cuántas desgracias como esta crees que han afligido a esta ciudad? Así es que en adelante, señora, nada podrá apartarnos de ti.

MERCURIO.

En ese supuesto, te entrego a Opora por mujer; vete a vivir con ella en el campo, y producid ricas uvas.[314]

TRIGEO.

Acércate, amada mía, y dame un dulce beso. Dime, poderoso Mercurio: ¿me vendrá algún daño de holgarme con Opora después de tan larga abstinencia?

MERCURIO.

No, como en seguida tomes una infusión de poleo.[315] Pero ante todo acompaña a Teoría al Senado, su antigua morada.

TRIGEO.

¡Oh Senado, qué dichoso vas a ser albergando bajo tu techo a tan amable huésped! ¡Cuánta salsa sorberás en estos tres días![316] ¡Qué de carnes y entrañas cocidas no comerás! Adiós, pues, mi querido Mercurio.

MERCURIO.

¡Adiós, honrado Trigeo; que lo pases bien y que te acuerdes de mí!

TRIGEO.

¡Escarabajo mío, volemos, volemos a casa!

MERCURIO.

Si no está aquí, amigo mío.

TRIGEO.

¿Pues adónde se fue?

MERCURIO.

Está uncido al carro de Júpiter y es portador del rayo.[317]

TRIGEO.

Pero ¿dónde hallará el infeliz sus alimentos?

MERCURIO.

Comerá la ambrosía de Ganimedes.[318]

TRIGEO.

Y yo, ¿cómo bajaré?

MERCURIO.

No tengas miedo, por aquí... junto a la Diosa.

TRIGEO.

Ea, lindas muchachas, seguidme pronto; son muchos los que os esperan enardecidos por el amor.[319]

* * * * *

CORO.

Vete contento. Nosotros entre tanto encomendamos a nuestros servidores la custodia de estos objetos,[320] pues no hay lugar menos seguro que la escena: alrededor de ella andan siempre escondidos muchos ladrones, acechando la ocasión de atrapar algo. (_A los criados._) Guardadnos bien todo eso, mientras nosotros explicamos a los concurrentes el objeto de esta obra, y la intención que nos anima. Merecería ciertamente ser apaleado el poeta cómico que, dirigiéndose a los espectadores, se elogiase a sí propio en los anapestos.[321] Pero si es justo, oh hija de Júpiter, el tributar todo linaje de honores al más sobresaliente y famoso en el arte de hacer comedias, nuestro autor se considera digno de los mayores elogios. En primer lugar, es el único que ha obligado a sus rivales a suprimir sus gastadas burlas sobre los harapos, y sus combates contra los piojos; además él ha puesto en ridículo y ha arrojado de la escena a aquellos Hércules,[322] panaderos hambrientos, siempre fugitivos y bellacos, y siempre dejándose apalear de lo lindo; y ha prescindido, por último, de aquellos esclavos que era de rigor saliesen llorando, solo para que un compañero, burlándose de sus lacerías, les preguntase riendo: «Hola, pobrecillo. ¿Qué le ha pasado a tu piel? ¿Acaso un puerco-espin ha lanzado sobre tu espalda un ejército de púas, llenándola de surcos?» Suprimiendo estos insultos e innobles bufonadas, ha creado para vosotros un gran arte, parecido a un palacio de altas torres, fabricado con hermosas palabras, profundos pensamientos, y chistes no vulgares. Jamás sacó a la escena particulares oscuros ni mujeres; antes bien, con hercúleo esfuerzo arremetió contra los mayores monstruos, sin arredrarle el hedor de los cueros ni las amenazas de un cenagal removido. Yo fui el primero que ataqué audazmente a aquella horrenda fiera de espantosos dientes, ojos terribles, flameantes como los de Cinna, rodeada de cien infames aduladores que le lamían la cabeza, de voz estruendosa como la de destructor remolino, de olor a foca, y de partes secretas que, por lo inmundas, recuerdan las de las lamias y camellos.[323] La vista de semejante monstruo no me atemorizó; al contrario, salí a su encuentro y peleé por vosotros y por las islas. Motivo es este para que premiéis mis servicios y no es olvidéis de mí. Además, en la embriaguez del triunfo, no he recorrido las palestras seduciendo a los jóvenes,[324] sino que, recogiendo mis enseres, me retiraba al punto, después de haber molestado a pocos, deleitado a los más, y cumplido en todo con mi deber. Por tanto, hombres y niños han de declararse a mi favor; y hasta los calvos deben por propio interés contribuir a mi victoria; pues si salgo vencedor, todos dirán en la mesa y en los festines: «Llévale al calvo; dale esta confitura al calvo; no neguéis nada a ese nobilísimo poeta, ni a su brillante frente.»[325]

SEMICORO.

Oh Musa, ahuyenta la guerra y ven conmigo a presidir las danzas, a celebrar las bodas de los dioses, los festines de los hombres y los banquetes de los bienaventurados. Estos son tus placeres. Si Carcino[326] viene, y te suplica que bailes con sus hijos, no le atiendas ni le ayudes en nada; considera que son unos bailarines de delgado cuello a modo de codornices domésticas, enanos chiquititos, como excrementos de cabra; en fin, poetas de tramoya.[327] Su padre dice que la única de sus piezas que, contra toda esperanza, tuvo éxito, fue estrangulada a la noche por una comadreja.[328]

SEMICORO.

Tales son los himnos que las Gracias de hermosa cabellera inspiran al docto poeta cuando la primaveral golondrina gorjea entre el follaje; y Morsino y Melantio[329] no pueden obtener un coro: este me desgarró los oídos con su desentonada voz, cuando consiguieron su coro trágico, él y su hermano, dos glotones como las Arpías y Gorgonas, devoradores de rayas, amantes de las viejas, impuros, que apestan a chivo, y son el azote de los peces. ¡Oh Musa! Envuélvelos en un inmenso gargajo, y ven a celebrar la fiesta conmigo.

* * * * *

TRIGEO.

¡Qué empresa tan difícil era la de llegar hasta los dioses! Tengo como magulladas las piernas. ¡Qué pequeñitos me parecíais desde allá arriba; cierto que mirados desde el cielo parecéis bastante malos, pero desde aquí mucho peores!

UN ESCLAVO.

¿Estás aquí, señor?

TRIGEO.

Eso he oído decir.

EL ESCLAVO.

¿Cómo te ha ido?

TRIGEO.

Me duelen las piernas: ¡el camino es tan largo!

EL ESCLAVO.

Vamos, dime...

TRIGEO.

¿Qué?

EL ESCLAVO.

¿Has visto algún otro hombre vagando en la región del cielo?

TRIGEO.

No: solo he visto dos o tres almas de poetas ditirámbicos.[330]

EL ESCLAVO.

¿Qué hacían?

TRIGEO.

Trataban de coger al vuelo preludios líricos, perdidos en el aire.

EL ESCLAVO.

¿Has averiguado si es verdad, como se dice, que después de muertos nos convertimos en estrellas?

TRIGEO.

Sí por cierto.

EL ESCLAVO.

¿Qué astro es aquel que se distingue allí?

TRIGEO.

Ion de Quíos,[331] el autor de una oda que principiaba: «Oriente.» En cuanto pareció en el cielo todos le llamaron: «Astro oriental».

EL ESCLAVO.

¿Quiénes son esas estrellas que corren dejando un rastro de luz?

TRIGEO.

Son estrellas de los ricos que vuelven de cenar llevando una linterna y en ella una luz. Pero concluyamos: llévate cuanto antes a casa a esta joven;[332] limpia la bañera; calienta el agua, y prepara para ella y para mí el lecho nupcial. En cuanto concluyas, vuelve aquí. Mientras tanto, devolveré esta otra[333] al Senado.

EL ESCLAVO.

¿De dónde traes estas mujeres?

TRIGEO.

¿De dónde? Del cielo.

EL ESCLAVO.

Pues no doy un óbolo por los dioses, si se dedican a rufianes como los hombres.

TRIGEO.

No lo son todos; pero hay algunos que viven de ese oficio.

EL ESCLAVO.

Vamos, pues. ¡Ah! dime, ¿le daré algo de comer?

TRIGEO.

Nada, no querrá comer ni pan ni pasteles, pues está acostumbrada a beber la ambrosía con los dioses.

EL ESCLAVO.

Habrá, pues, que prepararle algo de beber.[334]

(_Vase._)

* * * * *

CORO.

Ese anciano, al parecer, es sumamente feliz.

TRIGEO.

¿Qué diréis cuando me veáis adornado para la boda?

CORO.

Rejuvenecido por el amor, perfumado con exquisitas esencias, tu felicidad es envidiable, anciano.

TRIGEO.

Es verdad. ¡Y cuando, acostado con ella, bese su seno!

CORO.

Serás más feliz que esos trompos, hijos de Carcino.

TRIGEO.

¿No merecía esta recompensa el haber salvado a los griegos, montado en mi escarabajo? Gracias a mí, todos pueden vivir en el campo y gozar tranquilamente del amor y del sueño.

* * * * *

EL ESCLAVO (_De vuelta_).

La joven se ha lavado, y todo su cuerpo está resplandeciente de hermosura; la torta está cocida, amasado el sésamo[335] y preparado todo lo demás; solo falta el esposo.[336]

TRIGEO.

Ea, apresurémonos a llevar a Teoría al Senado.

EL ESCLAVO.

¿Qué dices? ¿Es esa Teoría aquella muchacha con la cual fuimos una vez a Braurón[337] a beber y a refocilarnos?

TRIGEO.

La misma; no me ha costado poco el cogerla.[338]

EL ESCLAVO.

¡Oh señor, qué placeres nos proporciona cada cinco años!

TRIGEO.

¡Ea! ¿Quién de vosotros es de fiar? ¿Quién de vosotros se encarga de guardar esta joven y de llevarla al Senado? ¡Eh, tú! ¿Qué dibujas ahí?

EL ESCLAVO.

El plano de la tienda que quiero levantar en el Istmo.[339]

TRIGEO.

Vamos, ¿ninguno quiere encargarse de guardarla? (_A Teoría_.) Ven acá; te colocaré en medio de ellos.

EL ESCLAVO.

Ese hace señas.

TRIGEO.

¿Quién?

EL ESCLAVO.

¿Quién? Arifrades[340] te suplica que se la lleves.

TRIGEO.

No por cierto: pronto la dejaría extenuada.[341] Vamos, Teoría, deja ahí todo eso.[342]

Senadores y pritáneos, contemplad a Teoría: ved los infinitos bienes que con ella os entrego; podéis al instante levantar las piernas de esta víctima y consumar el sacrificio. Mirad qué hermoso es este fogón; el hollín lo ha ennegrecido; en él, antes de la guerra, solía el Senado colocar sus cacerolas. Mañana podremos emprender con ella deliciosas contiendas, luchar en el suelo, o a cuatro pies, o inclinados, o apoyándonos sobre la rodilla echarla de costado, y, ungidos como los atletas en el pancracio, atacarla denodadamente con los puños y otros miembros. Al tercer día empezaréis las carreras de caballos; cada jinete empujará a su adversario; los tiros de los carros, derribados unos sobre otros y relinchando jadeantes, se darán sacudidas mutuas; mientras otros aurigas, rechazados de su asiento, rodarán al suelo cerca de la meta.[343] Pritáneos, recibid a Teoría. ¡Oh, con qué gozo la acompaña ese! No hubieras estado tan solícito para llevarla al Senado, si se tratase de un asunto gratuito:[344] no hubiera faltado el pretexto de las ocupaciones.

CORO.

Un hombre como tú es útilísimo a la república.

TRIGEO.

Cuando vendimiéis, conoceréis mejor lo que valgo.

CORO.

Ya lo has demostrado bastante, siendo el salvador de todos los hombres.

TRIGEO.

Me dirás todo eso cuando bebas el vino nuevo.

CORO.

Siempre te creeremos el ser más grande después de los dioses.

TRIGEO.

Mucho me debéis a mí, Trigeo el Atmonense; pues he libertado de gravísimos males a la población rústica y urbana, y he reprimido a Hipérbolo.

CORO.

Dinos lo que debemos hacer ahora.

TRIGEO.

¿Qué cosa mejor que ofrecer a la Paz unas ollas llenas de legumbres?[345]

CORO.

¡Ollas de legumbres, como al pobre Mercurio que las encuentra tan poco nutritivas!

TRIGEO.

¿Pues qué queréis? ¿Un buey cebado?

CORO.

¡Un buey! No, de ningún modo; habría quizá que socorrer a alguno.[346]

TRIGEO.

¿Un puerco grande y gordo?

CORO.

No, no.

TRIGEO.

¿Por qué?

CORO.

Por miedo a las _porquerías_ de Teágenes.

TRIGEO.

¿Pues cuál víctima queréis?

CORO.

Una oveja.

TRIGEO.

¿Una oveja?

CORO.

Sí.

TRIGEO.

Pero pronuncias esa palabra como los jonios.[347]

CORO.

De intento; así, si en la Asamblea dice alguno: «es preciso hacer la guerra», los asistentes espantados gritarán en jónico: «¡Oi! ¡Oi!»

TRIGEO.

Perfectamente.

CORO.

Y serán pacíficos. De esta manera seremos unos con otros como corderos, y mucho más indulgentes con los aliados.

TRIGEO.

Ea, traed cuanto antes una oveja: en tanto prepararé yo el altar para sacrificarla.

CORO.

¡Qué bien sale todo, con la ayuda de los dioses y el favor de la fortuna! ¡Qué oportunamente llega todo!

TRIGEO.

Es la pura verdad; porque ya está el altar en la puerta.

CORO.

Apresuraos, pues, mientras los dioses encadenan el soplo inconstante de la guerra. Evidentemente una divinidad cambia en bienes nuestras miserias.

TRIGEO.

Aquí está la cesta, con la _salsa mola_,[348] la corona y el cuchillo: también el fuego; de modo que solo falta la oveja.

CORO.

Apresuraos, apresuraos; porque si os ve Queris,[349] vendrá sin que se le llame, y tocará la flauta hasta que os veáis obligados a taparle la boca con algo, para premiar sus fatigas.

TRIGEO.

Vamos, coge la cesta y el agua lustral, y da cuanto antes una vuelta por la derecha alrededor del ara.

EL ESCLAVO.

Ya he dado la vuelta; manda otra cosa.

TRIGEO.

Aguarda a que sumerja este tizón en el agua. Tú rocía el altar; tú dame un poco de _salsa mola_; purifícate y alárgame después el vaso; y luego esparce sobre los espectadores el resto de la cebada.

EL ESCLAVO.

Ya está.

TRIGEO.

¿Ya la has arrojado?

EL ESCLAVO.

Sí por cierto; ninguno de los espectadores deja de tener su porción de cebada.[350]

TRIGEO.

Pero las mujeres no la han recibido.

EL ESCLAVO.

Sus maridos se la darán a la noche.

TRIGEO.

Oremos. ¿Quién está aquí? ¿Dónde está esa multitud de hombres de bien?

EL ESCLAVO.

Aguarda a que les dé a estos; son muchos y buenos.

TRIGEO.

¿Los crees buenos?

EL ESCLAVO.

¿Cómo no, si a pesar de haberles rociado de lo lindo están firmes y plantados en su puesto?

TRIGEO.

Oremos, pues, cuanto antes; ¡oremos ya!