Comedias, tomo 2 de 3

Part 9

Chapter 94,053 wordsPublic domain

Deteneos: decidme, animales cruelísimos, ¿por qué queréis matar y despedazar a dos hombres que ningún mal os han hecho y que son además de la misma tribu y familia que mi esposa?[443]

CORO.

Pues qué, ¿se perdona a los lobos? ¿No son nuestros más feroces enemigos? Nunca encontraremos otros más dignos de castigo.

LA ABUBILLA.

Si la naturaleza los hizo enemigos, su intención les hace amigos, y vienen aquí a darnos un consejo útil.

CORO.

¿Qué consejo útil pueden darnos ni decirnos los enemigos de nuestros abuelos?

LA ABUBILLA.

Los sabios aprenden muchas cosas de sus enemigos. La desconfianza es la madre de la seguridad. Con un amigo jamás aprenderíamos a ser cautos, al paso que un enemigo nos obliga a serlo; las ciudades en un principio aprendieron de sus enemigos, y no de sus amigos, a rodearse de altas murallas, y a construir largas naves, y con esta lección a defender hijos, casas y haciendas.

CORO.

Sea: me parece que podrá ser útil el oírles antes; puede recibirse alguna buena lección de un enemigo.

PISTETERO.

Su cólera parece calmarse. Retrocede un paso.

LA ABUBILLA.

Es muy justo; debéis de estarme agradecidos.

CORO.

En ninguna otra cosa te hemos sido contrarios.

PISTETERO.

Cada vez se manifiestan más pacíficos; por consiguiente, deja en el suelo la olla y los platos: ahora con la lanza terciada, digo, con el asador, paseémonos dentro del campamento, junto a la olla, y sin perderla de vista. No debemos huir.

EVÉLPIDES.

Tienes razón. Y si morimos, ¿dónde nos enterrarán?

PISTETERO.

En el Cerámico.[444] Para ser sepultados a cuenta del Estado, diremos que hemos muerto peleando con los enemigos junto a Orneas.[445]

CORO.

Todo el mundo a su puesto: depongamos nuestra cólera como el soldado sus armas; preguntemos quiénes son, de dónde vienen y qué proyectan. ¡Eh, Abubilla! Ven acá.

LA ABUBILLA.

¿Qué deseas saber?

CORO.

¿Quiénes son esos hombres, y de dónde vienen?

LA ABUBILLA.

Son extranjeros, venidos de Grecia, la patria de los sabios.

CORO.

¿Qué les ha inducido venir a buscarnos?

LA ABUBILLA.

La afición a vuestra vida y costumbres, y el deseo de participarla y vivir con nosotros.

CORO.

¡Será verdad! ¿y cuáles son sus proyectos?

LA ABUBILLA.

Increíbles, inauditos.

CORO.

¿Hallan alguna ventaja en habitar aquí, o esperan que viviendo con nosotros podrán vencer a su enemigo y favorecer a sus amigos?

LA ABUBILLA.

Nos anuncian una felicidad inmensa, indecible e increíble, y demuestran con irrefutables argumentos que cuanto hay aquí y allí, y en todas partes, todo nos pertenece.

CORO.

¿Estarán locos?

LA ABUBILLA.

Su discreción no es para dicha.

CORO.

¿Tienen talento?

LA ABUBILLA.

Son dos zorros redomados, la astucia personificada, gente muy corrida e ingeniosa.

CORO.

Diles, diles que vengan a hablarnos. Sin más que oír tus palabras, ya vuelo de gozo.

LA ABUBILLA.[446]

Recoged vosotros esas armas y colgadlas de nuevo en la cocina, junto al hogar,[447] bajo la protección de los dioses domésticos. (_A Pistetero._) Expón y demuestra a la asamblea el objeto para el cual ha sido convocada.

PISTETERO.

No, por Apolo; nada diré mientras no prometan, como aquel mono armero a su mujer, no morderme, ni desgarrarme, ni taladrarme...

CORO.

¿El...? Nada temas.

PISTETERO.

No, los ojos.

CORO.

Lo prometo.

PISTETERO.

Júralo.

CORO.

Lo juro, y si cumplo mi promesa, que obtenga el premio por el voto unánime de todos los jueces y espectadores.

PISTETERO.

Convenido.

CORO.

Y si no la cumplo, que la gane por un solo voto.

PISTETERO.

¡Pueblos, escuchad! Recojan los soldados sus armas y vuelvan a sus hogares, e infórmense de las órdenes que se fijen en los tablones.[448]

CORO.

El hombre es un ser siempre y en todo falso; habla tú, sin embargo. Quizá me reveles algún proyecto que te parezca útil, o un medio de aumentar mi poder que a mí se me haya pasado por alto y que tú hayas visto. Habla; en inteligencia de que lo haces para el bien general, porque los bienes que me procures los dividiré contigo. Manifiesta confiadamente los proyectos que te han traído aquí, pues por ningún pretexto romperé la tregua que contigo he pactado.

PISTETERO.

No deseo otra cosa: la masa de mi discurso está ya dispuesta y solo me falta sobarla. Esclavo, tráeme una corona y agua para las manos; pero pronto.

EVÉLPIDES.

¿Vamos a cenar o qué?[449]

PISTETERO.

No, por Júpiter; estoy buscando algunas palabras magníficas y sustanciosas para ablandar sus ánimos. (_Dirigiéndose al Coro_.) Sufro tanto por vosotros que en otro tiempo fuisteis reyes...

CORO.

¡Nosotros reyes! ¿De quién?

PISTETERO.

Reyes de todo cuanto existe; de mí, en primer lugar; de este; del mismo Júpiter; porque sois anteriores a Saturno, a los Titanes y a la Tierra.

CORO.

¿A la Tierra?

PISTETERO.

Sí, por Apolo.

CORO.

No había oído semejante cosa.

PISTETERO.

Es que sois ignorantes y descuidados y no habéis manoseado a Esopo. Esopo dice que la alondra nació antes que todos los seres y que la misma Tierra: su padre murió de enfermedad, cuando la Tierra aún no existía; permaneció cinco días insepulto, hasta que la alondra, ingeniosa por la fuerza de la necesidad, enterró a su padre en su cabeza.

EVÉLPIDES.

Por eso el padre de la alondra yace ahora en Céfale.[450]

LA ABUBILLA.

¿De modo que si las aves son anteriores a la Tierra y a los dioses, a ellas les pertenecerá el mando por derecho de antigüedad?

EVÉLPIDES.

Esa es la verdad: procura, por tanto, fortificar tu pico, pues Júpiter no devolverá así como quiera su cetro al pito real.

PISTETERO.

Hay infinitas pruebas de que las aves, y no los dioses, reinaron sobre los hombres en la más remota antigüedad. Principiaré por citaros al gallo, que fue rey y mandó a los Persas antes que todos sus monarcas, antes que Darío y Megabises; y en memoria de su reinado se le llama todavía el ave pérsica.

EVÉLPIDES.

Por eso es la única de las aves que anda majestuosamente, como el gran rey, con la tiara recta sobre la cabeza.[451]

PISTETERO.

Fue tan grande su poder y tan respetada su autoridad, que hoy mismo, como un vestigio de su dignidad antigua, en cuanto canta al amanecer, corren al trabajo y se calzan en la oscuridad todos los herreros, alfareros, curtidores, zapateros, bañeros, panaderos, y fabricantes de liras y de escudos.

EVÉLPIDES.

Pregúntamelo a mí; precisamente un gallo ha tenido la culpa de que perdiese un fino manto de lana frigia. Estaba yo en la ciudad convidado a un banquete que se daba para celebrar el acto de poner nombre a un niño; bebí algo y empecé a dormitar; en esto, y antes de que los demás convidados se sentasen a la mesa, se le ocurre cantar a un gallo: creyendo que era de día, marcho en dirección a Alimunte;[452] apenas salgo extramuros, un ladrón me asesta en la espalda un terrible garrotazo; caigo al suelo; voy a pedir socorro; pero era tarde, ya había desaparecido con mi manto.

PISTETERO.

El milano fue antiguamente jefe y rey de los griegos.

LA ABUBILLA.

¿De los griegos?

PISTETERO.

Él fue durante su reinado quien les enseñó a arrodillarse a la vista de los milanos.[453]

EVÉLPIDES.

Sí, por Baco; un día que me prosterné en presencia de uno de ellos, me echó al suelo con la boca abierta y me tragué un óbolo;[454] por lo cual volví a casa con mi saco vacío.[455]

PISTETERO.

El cuco fue rey del Egipto y de toda la Fenicia; así es que cuando cantaba ¡cucú! todos los fenicios iban al campo a segar el trigo y la cebada.

EVÉLPIDES.

De ahí sin duda viene el proverbio: ¡Cucú! los circuncidados al campo.[456]

PISTETERO.

Tan grande fue el poder de la gente alada, que los reyes de las ciudades griegas, Agamenón y Menelao, llevaban en el extremo de su cetro una ave que participaba de sus presentes.

EVÉLPIDES.

No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates[457] y los regalos con que se deja sobornar.

PISTETERO.

Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.

EVÉLPIDES.

¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan esas aves?

PISTETERO.

Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter. Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso.[458] ¡En tanta estima y veneración tenían entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos, redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes corrompidas.

CORO.

Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra soberanía.

PISTETERO.

Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.

LA ABUBILLA.

¡Oh Cebrión, oh Porfirión,[459] qué terrible plaza fuerte!

PISTETERO.

Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón, declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no gozarlas más.[460] Enviad en seguida otro alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito macho.

EVÉLPIDES.

Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene ahora el gran Júpiter!

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por grajos, al ver que volamos y tenemos alas?

PISTETERO.

No sabes lo que dices. Mercurio, siendo todo un dios, tiene alas y vuela, y lo mismo otras muchas divinidades: la Victoria vuela con alas de oro, el Amor tiene las suyas, y Homero compara a Iris con una tímida paloma.[461]

LA ABUBILLA.

¿No tronará Júpiter? ¿No lanzará contra nosotros su alígero rayo?

PISTETERO.

Si los hombres en su ceguedad se obstinan en despreciaros, y en tener por dioses solo a los del Olimpo, lanzad sobre la tierra una nube de gorriones que arrebaten de los surcos las semillas: veremos si Ceres baja a distribuir trigo a los hambrientos.

EVÉLPIDES.

No lo hará, de seguro: veréis cómo alega mil pretextos.

PISTETERO.

Además, que los cuervos, para probar que sois dioses, saquen los ojos a los bueyes de labranza y a otros ganados, y que en seguida los cure Apolo, que es médico; para eso le pagan.

EVÉLPIDES.

¡Eh, no! aguarda a que haya vendido mi parejita.

PISTETERO.

Por el contrario, si los hombres os tienen a ti por un dios, a ti por la vida, a ti por Saturno, a ti por Neptuno, lloverán sobre ellos todos los bienes.

LA ABUBILLA.

Dime siquiera uno de ellos.

PISTETERO.

En primer lugar, las langostas no devorarán las flores de sus viñas, porque un solo escuadrón de lechuzas y cernícalos dará buena cuenta de ellas. Después sus higos estarán libres de mosquitos y cínifes, que serán devorados por un escuadrón de tordos.

LA ABUBILLA.

¿Cómo les daremos las riquezas, que es lo que más quieren?

PISTETERO.

Cuando consulten a las aves, indicaréis al adivino las minas más ricas y los tráficos más lucrativos; ni un marino perecerá.

LA ABUBILLA.

¿Por qué no perecerá?

PISTETERO.

Porque cuando consulte los auspicios sobre la navegación no faltará nunca un ave que le diga: «No te embarques; habrá tempestad;» o «embárcate; tendrás ganancias.» EVÉLPIDES.

Compro un navío, y me lanzo al mar; no quiero ya vivir con vosotros.

PISTETERO.

Revelaréis también a los hombres el lugar donde se ocultan los tesoros enterrados por sus padres; porque todas lo sabéis. De aquí el proverbio: «Nadie sabe dónde está mi tesoro, como no sea algún pájaro.»

EVÉLPIDES.

Vendo mi barco; compro un azadón, y ¡a desenterrar ollas de oro!

LA ABUBILLA.

¿Y cómo darles la salud que vive entre los dioses?

PISTETERO.

¿Qué mejor salud que la felicidad? Créeme, un hombre desgraciado nunca está bueno.

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo llegarán a la vejez? Porque como esta habita en el Olimpo, habrán de morir en la infancia.

PISTETERO.

Todo lo contrario, las aves prolongaréis su vida trescientos años.

LA ABUBILLA.

¿De quién los tomaremos?

PISTETERO.

¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora corneja vive cinco vidas de hombre?

EVÉLPIDES.

¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!

PISTETERO.

¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a Delfos o Amón,[462] sino que parándonos delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.

CORO.

¡Oh anciano, que después de haberme sido tan odioso me eres ahora tan querido, nunca por mi voluntad me apartaré de tus consejos! Animado por tus palabras he prometido y jurado que si tú, fiel a tus santas promesas, te unes a mí, sin dolo alguno, para atacar a los dioses, estos no conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece. Todo lo que dependa de la fuerza, queda a nuestro cargo; y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.

LA ABUBILLA.

¡Por Júpiter! no es tiempo de dormirse y dar largas a la manera de Nicias,[463] sino de obrar con energía y rapidez. Entrad en mi nido de pajas y ramaje, y decidnos vuestros nombres.

PISTETERO.

Es fácil: me llamo Pistetero.

LA ABUBILLA.

¿Y ese?

PISTETERO.

Evélpides, de la aldea de Cría.

LA ABUBILLA.

Salud a entrambos.

PISTETERO.

Aceptamos el augurio.

LA ABUBILLA.

Entrad, pues.

PISTETERO.

Vamos, dirígenos tú.

LA ABUBILLA.

Venid.

PISTETERO.

¡Ah cielos! Ven, vuelve acá. ¿Cómo este y yo, que no tenemos alas, os hemos de seguir cuando voléis?

LA ABUBILLA.

Muy fácilmente.

PISTETERO.

Piénsalo bien: mira que Esopo dice en sus fábulas que a la zorra le causó grave perjuicio su alianza con el águila.[464]

LA ABUBILLA.

Nada temas; hay una raíz, que en cuanto la comáis os saldrán alas.

PISTETERO.

Entremos con esa condición. Ea, Jantias, y tú, Manodoro,[465] coged nuestro equipaje.

CORO.

¡Hola! ¡Eh, Abubilla! A ti te llamo.

LA ABUBILLA.

¿Qué me quieres?

CORO.

Llévate a esos y dales bien de comer; pero déjanos a la melodiosa Procne, cuyos cantos son dignos de las musas: hazla salir para que nos divirtamos con ella.

PISTETERO.

Sí, cede a sus deseos: hazla salir de entre las floridas cañas. Por los dioses te pido que la llames para que contemplemos también nosotros al ruiseñor.

LA ABUBILLA.

Puesto que lo deseáis, fuerza es obedeceros: sal, Procne, y muéstrate a nuestros huéspedes.

(_Sale Procne._)[466]

* * * * *

PISTETERO.

¡Oh venerado Júpiter! ¡Qué hermosa avecilla! ¡Qué tierna! ¡Qué brillante!

EVÉLPIDES.

¿Sabes que la estrecharía con gusto entre mis brazos?[467]

PISTETERO.

¡Cuánto oro trae sobre sí! Parece una doncella.

EVÉLPIDES.

Tentado estoy de darle un beso.

PISTETERO.

Pero, desdichado, ¿no ves que tiene por pico dos asadores?

EVÉLPIDES.

¿Qué importa? ¿Hay más que quitarle la cascarilla que le cubre la cabeza como si fuese un huevo, y besarla después?

LA ABUBILLA.

Vamos.

PISTETERO.

Guíanos en hora buena.

* * * * *

CORO.

Amable avecilla, el más querido de mis alados compañeros, mi señor, que presides nuestros cantos; al fin viniste a mi presencia; viniste para dejar oír tu suavísimo gorjeo. Tú, que en la flauta armoniosa tañes primaverales melodías, preludia nuestros anapestos.[468] Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños mentirosos, escuchad a las aves, seres inmortales y eternos, aéreos, exentos de la vejez, y ocupados siempre en pensamientos perdurables; nosotros os daremos a conocer los fenómenos celestes, la naturaleza de las aves, y el verdadero origen de los dioses, de los ríos, del Erebo y del Caos; con tal enseñanza podréis causar envidia al mismo Pródico.[469] En el principio solo existían el Caos y la Noche, el negro Erebo y el profundo Tártaro; la Tierra, el Aire y el Cielo no habían nacido todavía; al fin, la Noche de negras alas puso en el seno infinito del Erebo un huevo sin germen, del cual, tras el proceso de largos siglos, nació el apetecido Amor con alas de oro resplandeciente, y rápido como el torbellino. El Amor, uniéndose en los abismos del Tártaro al Caos alado y tenebroso, engendró nuestra raza, la primera que nació a la luz. La de los inmortales no existía antes de que el Amor mezclase los gérmenes de todas las cosas; pero, al confundirlos, brotaron de tan sublime unión el Cielo, la Tierra, el Océano, y la raza eterna de las deidades bienaventuradas. He aquí cómo nosotros somos muchísimo más antiguos que los dioses. Nosotros somos hijos del Amor; mil pruebas lo confirman; volamos como él, y favorecemos a los amantes. ¡Cuántos lindos muchachos, habiendo jurado ser insensibles, se rindieron a sus amantes al declinar su edad florida, vencidos por el regalo de una codorniz, de un porfirión, de un ánade o de un gallo! Nos deben los mortales sus mayores bienes. En primer lugar, anunciamos las estaciones; la primavera, el invierno y el otoño: la grulla al emigrar a Libia advierte al labrador[470] que siembre; al piloto que cuelgue el timón[471] y se entregue al descanso; a Orestes[472] que se mande tejer un manto, para que el frío no le incite a robárselo a los transeúntes. El milano anuncia, al aparecer, otra estación y el momento oportuno de trasquilar los primaverales vellones; y la golondrina dice que ya es preciso abandonar el manto y vestirse una túnica ligera. Las aves reemplazamos para vosotros a Amón, a Delfos, a Dodona y a Apolo. Para todo negocio comercial, o compra de víveres, o matrimonios nos consultáis previamente y dais el nombre de _auspicios_ a todo cuanto sirve para revelaros el porvenir: una palabra es un auspicio;[473] un estornudo es un auspicio; un encuentro es un auspicio; una voz[474] es un auspicio; el nombre de un esclavo es un auspicio; un asno es un auspicio. ¿No está claro que somos para vosotros el fatídico Apolo? Si nos reconocéis por dioses, hallaréis en nosotros las Musas proféticas, los vientos suaves, las estaciones, el invierno, el estío, un calor moderado; no iremos como Júpiter a posarnos orgullosos sobre las nubes, sino que, viviendo a vuestro lado, dispensaremos a vosotros y a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos, riquezas y salud, felicidad, larga vida, paz, juventud, risas, danzas, banquetes, delicias increíbles;[475] en fin, tal abundancia de bienes, que llegaréis a saciaros. ¡Tan ricos seréis todos!

Musa silvestre de variados tonos, tio tio tio tio tio tio tio tix,[476] yo canto contigo en las selvas y en la cumbre de los montes, tio tio tio tio tix, posado entre el follaje de un fresno copudo, tio tio tio tio tix, exhalo de mi delicada garganta himnos sagrados, tio tio tio tix que se unen en las montañas a los augustos coros en honor de Pan y la madre de los dioses, to to to to to to to to to tix. En ellos, a modo de abeja, liba Frínico el néctar de sus inmortales versos y de sus dulcísimas canciones, tio tio tio tio tix.

Espectadores, si alguno de vosotros quiere pasar dulcemente su existencia viviendo con las aves, que acuda a nosotros. Todo lo que en la tierra es torpe y se halla prohibido por las leyes, goza entre la gente alígera de no pequeño honor. Entre los hombres, por ejemplo, es un crimen odioso el pegar a su padre; entre las aves nada más bello que acometerle gritando: si riñes, coge tu espolón. El siervo prófugo, marcado con infamante estigma,[477] pasa aquí por pintado francolín: un bárbaro, un frigio, tal como Espíntaro, será entre nosotros el frigilo, de la familia de Filemón:[478] un esclavo de Caria, Execéstides,[479] por ejemplo, podría proveerse entre las aves de abuelos y parientes. ¿Qué más? ¿Quiere el hijo de Pisias[480] abrir las puertas a los infames? Pues trasfórmese en perdiz, digno hijo de su padre, que por acá no es deshonroso escaparse como la perdiz.

Así los cisnes, tio tio tio tio tio tio tio tix, uniendo sus voces y batiendo las alas, cantan a Apolo tio tio tio tix; deteniéndose en las orillas del Hebro,[481] tio tio tio tix, sus acentos atraviesan las etéreas nubes; escúchanlos las fieras arrobadas y el mar serenando sus olas, to to to to to to to to to tix; todo el Olimpo resuena: los dioses inmortales, las Musas y las Gracias repiten gozosos aquella melodía, tio tio tio tix. Nada hay mejor, nada hay más agradable que tener alas. Si uno de vosotros las tuviese, podría, cuando asistiendo impaciente y mal humorado a una interminable tragedia se siente desfallecer de hambre, volar a su casa, comer, y regresar satisfecho su apetito. Si Patróclides se viera acosado en el teatro por una apremiante necesidad, no tendría que ensuciar su manto, pues volaría a otra parte, y después de desahogarse, tornaría a su asiento recobradas las fuerzas. Aún más: si alguno de vosotros, no importa quién, abrasado por adúltera llama, distinguía al marido de su amante en las gradas de los senadores, podría extendiendo sus alas trasladarse a la amorosa cita, y satisfecha su pasión volver a su puesto. ¿Comprendéis ahora las inmensas ventajas de ser alado? Por eso Diítrefes,[482] aunque solo tiene alas de mimbre, ha sido nombrado filarco primero; después hiparco; y de hombre de nada, se ha convertido en gran personaje, y hoy es ya el gallito de su tribu.

PISTETERO.[483]

Ya está hecho. ¡Por Júpiter! No he visto nunca cosa más ridícula.

EVÉLPIDES.

¿De qué te ríes?

PISTETERO.

De tus alas. ¿Sabes lo que pareces con ellas? Un ganso pintado de brocha gorda.

EVÉLPIDES.

Y tú un mirlo con la cabeza desplumada.

PISTETERO.

Nosotros lo hemos querido; y como Esquilo dice: «No son plumas de otro, sino nuestras».[484]

LA ABUBILLA.

¡Ea! ¿Qué debemos hacer?

PISTETERO.

Lo primero dar a la ciudad un nombre ilustre y pomposo; después ofrecer un sacrificio a los dioses.

EVÉLPIDES.

Opino lo mismo.

LA ABUBILLA.

Pues veamos el nombre que ha de ponérsele.

PISTETERO.

¿Queréis que le demos uno magnífico tomado de Lacedemonia? ¿Queréis que la llamemos Esparta?

EVÉLPIDES.