Comedias, tomo 1 de 3

Part 9

Chapter 94,155 wordsPublic domain

¿Cómo puedes amarle cuando le ves hace ocho años vivir en cuevas y miserables chozas, y lejos de compadecerte de él lo dejas que se muera ahumado,[356] y cuando Arqueptólemo vino a proponernos la paz, la rechazaste y arrojaste de la ciudad a puntapiés a los embajadores encargados de pactar las treguas?[357]

CLEÓN.

Es para que gobierne a todos los griegos. Porque en los oráculos se dice que si tiene paciencia llegará a cobrar en la Arcadia cinco óbolos por administrar justicia. Así es que yo le alimentaré y cuidaré, y suceda lo que suceda siempre le pagaré los tres óbolos.[358]

EL CHORICERO.

No te afanas porque este mande en Arcadia, sino por robar más, y obtener muchos regalos de las ciudades tributarias: quieres que entre el remolino de la guerra el Pueblo no vea tus tunantadas, y que la necesidad, la miseria y el aliciente del estipendio le obligue a considerarte como su única esperanza. Pero si alguna vez, volviendo al campo, logra vivir en paz, y reponer sus fuerzas con el trigo nuevo y las sabrosas olivas, conocerá los bienes de que le priva tu estipendio; entonces, irritado y feroz, te acusará ante los tribunales. Tú lo sabes, y por eso le engañas con esperanzas quiméricas.

CLEÓN.

¿No es intolerable que tú digas eso de mí y me calumnies ante los atenienses y el Pueblo, cuando, por la venerable Ceres lo juro, he prestado a la república más servicios que Temístocles?

EL CHORICERO.

«¡Ciudad de Argos! ¿Escuchas lo que dice?[359]» ¿Tú igual a Temístocles? Nuestra ciudad estaba ya henchida de riquezas, y él añadió tantas que se desbordaron como el agua de un vaso lleno hasta la boca; a los manjares de su espléndida mesa, él añadió el Pireo[360], y, sin quitarnos los antiguos peces, nos procuró otros nuevos. ¡Tú igual a Temístocles, cuando no has hecho más que estrechar la ciudad, dividirla con murallas e inventar oráculos! Él, sin embargo, fue desterrado, y tú te regalas el cuerpo a nuestra costa[361].

CLEÓN.

¿No es insufrible, oh Pueblo, tener que oír estos dicterios solo porque te amo?

PUEBLO.

Cállate, basta de injurias. Harto tiempo me has engañado.

EL CHORICERO.

¡Es un malvado, Pueblecillo mío! Ha cometido mil iniquidades mientras te ha tenido sorbido el seso. Se ha hecho pagar a peso de oro la impunidad de los concusionarios, y metiendo el brazo hasta el codo en el tesoro de la república, ha robado cuanto ha podido.

CLEÓN.

¡No te has de alegrar! Yo probaré que has robado tres mil dracmas.

EL CHORICERO.

¿Por qué te revuelves? ¿Por qué te alborotas siendo el hombre peor que existe para el pueblo ateniense? También yo probaré, o si no que me muera, que recibiste de Mitilene[362] más de cuarenta minas.

CORO.

Te felicito por tu elocuencia, oh mortal que apareces como el bienhechor de todos los hombres[363]. Si así continúas, serás el más grande de los griegos, y único dueño de la república: armado del simbólico tridente, mandarás a los aliados, y reunirás inmensas riquezas trastornando y confundiéndolo todo. Pero no sueltes a ese hombre, ya que se ha dejado coger; fácil te será vencerle con semejantes pulmones.

CLEÓN.

Aún no, buena gente, aún no han llegado las cosas a ese extremo; me queda todavía por decir una hazaña tan ilustre que puedo tapar con ella la boca a todos mis adversarios, mientras se conserve un resto de los escudos cogidos en Pilos[364].

EL CHORICERO.

Párate en los escudos; ya me has dado un asidero[365]. Pues por precaución no debías, ya que tanto amas al pueblo, permitir que fueran suspendidos en el templo con sus abrazaderas. Pero lo que hay aquí, Pueblo mío, es una maquinación para que no puedas castigarle, si alguna vez lo intentas. ¿Ves esa turba de jóvenes curtidores que le escolta, acompañada por esa otra de vendedores de miel y de quesos? Pues todos conspiran al mismo fin. Por tanto, si te encolerizas y le amenazas con el ostracismo[366], se apoderarán una noche de esos escudos y correrán a apropiarse de nuestros graneros.

PUEBLO.

¡Infeliz de mí! ¿Conque aún tienen las abrazaderas? ¡Infame, cuánto tiempo me has tenido engañado!

CLEÓN.

Querido mío: no seas tan crédulo; no pienses que has de encontrar un amigo mejor que yo: yo solo he sofocado todas las conspiraciones; en cuanto existe la menor conspiración, yo te la denuncio a gritos.

EL CHORICERO.

Haces lo que los pescadores de anguilas. Si el lago está tranquilo, no cogen nada; pero cuando revuelven el cieno arriba y abajo, hallan buena pesca. Tú también pescas cuando revuelves la ciudad[367]. Pero dime una sola cosa: tú que vendes tantos cueros, y te jactas de amar tanto al pueblo, ¿le has dado nunca una suela para sus zapatos?

PUEBLO.

¡No, por Apolo!

EL CHORICERO.

Y bien, ¿vas conociendo a ese hombre? Yo te he comprado este par de zapatos y te los doy para que los gastes.

PUEBLO.

Ningún hombre, que yo sepa, ha sido mejor que tú para el pueblo; ni más celoso por el bien de la república y de los dedos de mis pies.

CLEÓN.

¿No es doloroso que des tanta importancia a un par de zapatos y te olvides de todo lo que he hecho en tu favor? Yo corregí a los lujuriosos, borrando a Grito[368] de la lista de los ciudadanos.

EL CHORICERO.

¿No es doloroso también que te metas a investigaciones de cierto género[369], y a corregir los lujuriosos? Aunque solo lo hiciste por miedo de que se convirtiesen en oradores[370]. En tanto, ves a este pobre anciano sin túnica, en el rigor del invierno, y no has sido capaz de darle una con dos mangas[371], como esta que yo le regalo.

PUEBLO.

He aquí una idea que nunca se le ocurrió a Temístocles. No cabe duda de que las fortificaciones del Pireo son una gran cosa, pero a mí me parece mejor la ocurrencia de darme esta túnica.

CLEÓN.

¡Ay de mí! ¡Con qué zalamerías me suplantas!

EL CHORICERO.

Nada de eso: hago lo que los convidados cuando se ven apretados por una necesidad; así como ellos cogen los zapatos ajenos[372], yo me valgo de tus añagazas.

CLEÓN.

Pues a zalamero no me has de ganar. Voy a cubrirle con este manto. Tú, bribón, rabia ahora.

PUEBLO.

¡Puf! ¡Quita allá! Apestas a cuero.

EL CHORICERO.

Por eso te ha puesto el manto, con objeto de asfixiarte. También antes lo intentó: ¿te acuerdas de aquella corteza de laserpicio[373] que vendía tan barata?

PUEBLO.

Sí que me acuerdo.

EL CHORICERO.

Procuró que se vendiese tan barata para que la compraseis y comieseis, y después en el tribunal os mataseis los jueces unos a otros con vuestras ventosidades.

PUEBLO.

¡Por Neptuno!, un _fematero_[374] me dijo lo mismo.

EL CHORICERO.

¿Y no os poníais rojos de tanto mal olor?

PUEBLO.

Fue en verdad una idea digna de Pirrandro[375].

CLEÓN.

¡Canalla! ¡Con qué chocarrerías intentas perderme!

EL CHORICERO.

La diosa me mandó que te sobrepujase en palabrería.

CLEÓN.

Pues no me vencerás. Yo prometo, oh Pueblo, darte un buen plato: tu salario de juez sin trabajar nada.

EL CHORICERO.

Y yo te doy esta cajita con ungüento para que te cures las úlceras de las piernas.

CLEÓN.

Yo te rejuveneceré, quitándote los cabellos blancos.

EL CHORICERO.

Toma esta cola de liebre para que te enjugues los ojillos.

CLEÓN.

Cuando te suenes, Pueblo mío, límpiate los dedos en mi cabeza.

EL CHORICERO.

En la mía.

CLEÓN.

En la mía. Haré que te nombren trierarca[376] para que te veas obligado a equipar una nave a tu costa; ya procuraré darte la más vieja, y de ese modo no tendrán fin tus gastos y reparaciones. Las velas han de ser podridas.

EL CORO.

El hombre entra en ebullición[377]; basta, basta. Mira que hierve demasiado; quita un poco de fuego para disminuir sus espumarajos de rabia.

CLEÓN.

Ya me las pagarás todas juntas; voy a hundirte a contribuciones, y a hacer que te inscriban en el padrón de los ricos.

EL CHORICERO.

Yo no gastaré el tiempo en amenazas; solo esto te deseo: que cuando la sartén llena de calamares esté chirriando en el fuego, y tú disponiéndote a hablar por los Milesios para ganar un talento si consigues que su proposición sea aprobada, al tratar de engullirte a toda prisa la fritada, antes de acudir a la asamblea, se presente cualquiera importuno, y tú por no perder el talento, te ahogues al tragar el almuerzo.

CORO.

¡Muy bien, por Júpiter, Ceres y Apolo!

PUEBLO.

A mí también me parece fuera de duda que es un buen ciudadano, y de esos que en estos tiempos no se venden por un óbolo. Tú, Paflagonio, que tanto alardeas de quererme, me has irritado, y por tanto devuélveme mi anillo[378], pues desde este instante dejas de ser mi tesorero.

CLEÓN.

Tómalo. Sin embargo, bueno es que sepas que si no me dejas gobernar la república, mi sucesor será peor que yo.

PUEBLO.

No es posible que este sea mi anillo; me parece, si no me engaña la vista, que el sello es diferente.

EL CHORICERO.

Veamos, ¿cuál era tu sello?

PUEBLO.

Una hoja de higuera untada de grasa[379].

EL CHORICERO.

No es ese.

PUEBLO.

¿No es la hoja de higuera? Pues ¿qué tiene?

EL CHORICERO.

Un cuervo marino[380], con el pico abierto, arengando desde una piedra[381].

PUEBLO.

¡Desdichado de mí!

EL CHORICERO.

¿Qué te pasa?

PUEBLO.

Tíralo lejos; no es el mío, es el de Cleónimo[382]. Toma este y sé mi tesorero.

CLEÓN.

A lo menos, dueño mío, escucha antes mis oráculos.

EL CHORICERO.

Y los míos.

CLEÓN.

Si le crees, tendrás que prestarte a sus rapiñas.

EL CHORICERO.

Si le crees, tendrás que prestarte a sus infamias[383].

CLEÓN.

Mis oráculos dicen que reinarás en todo el mundo coronado de rosas.

EL CHORICERO.

Los míos, que vestido de una túnica de púrpura bordada a aguja, y ceñida la frente con una corona, perseguirás en un carro de oro a Esmicites[384] y a su marido.

PUEBLO.

Ve y trae los oráculos para que este los oiga.

EL CHORICERO.

Con gusto.

PUEBLO.

Trae tú también los tuyos.

CLEÓN.

Voy.

EL CHORICERO.

Vamos, pues: nada nos lo impide.

CORO.

Felicísimo será este día para los presentes y los que han de llegar[385] si en él acaece la pérdida de Cleón; aunque he oído en el bazar de los pleitos sostener a ciertos viejos tardones que si este hombre no hubiera alcanzado tanto poder, nos faltarían en la república dos utilísimos enseres: el mortero y la espumadera[386].

Admiro también su grosera educación; los muchachos que con él asistían a la escuela, dicen que nunca pudo templar su lira más que al modo dórico, sin querer aprender ningún otro; por lo cual irritado el maestro de música le despidió, diciendo: «ese mozuelo es incapaz de aprender otros tonos que aquellos cuyo nombre signifique regalar»[387].

* * * * *

CLEÓN.

Aquí tienes, mira; aún no los traigo todos.

EL CHORICERO.

¡Ah, no puedo resistir más![388] y aún no los traigo todos.

PUEBLO.

¿Qué es eso?

CLEÓN.

Oráculos.

PUEBLO.

¿Todos?

CLEÓN.

¿Te admiras? Pues aún tengo un arca llena.

EL CHORICERO.

Y yo el desván de mi casa y otros dos contiguos.

PUEBLO.

Veamos, ¿de quién son esos oráculos?

CLEÓN.

Los míos de Bacis.

PUEBLO.

¿Y los tuyos?

EL CHORICERO.

De Glanis[389], hermano mayor de Bacis.

PUEBLO.

¿De qué hablan?

CLEÓN.

De Atenas, de Pilos, de ti, de mí, de todas las cosas.

PUEBLO.

Y los tuyos, ¿de qué?

EL CHORICERO.

De Atenas, de lentejas, de Lacedemonia, de alachas frescas, de los que venden en la plaza mal el grano, de ti, de mí. ¡Chúpate esa, Paflagonio![390].

PUEBLO.

Leédmelos, leédmelos, y sobre todo aquel que tanto me agrada porque vaticina que seré un águila cerniéndome en las nubes.

CLEÓN.

Escucha, y fíjate bien: «Medita, hijo de Erecteo, sobre el sentido de este oráculo, que Apolo pronunció desde su santuario impenetrable, por medio de los trípodes venerandos. Te manda guardar al sagrado can de agudísimos dientes, que ladrando y desgañitándose por ti, defiende tu salario; si así no lo hicieres, morirá. Mil grajos envidiosos graznan contra él.»

PUEBLO.

Por Ceres, no he entendido una palabra de toda esa jerigonza. ¿Qué tiene que ver Erecteo con los perros y los grajos?

CLEÓN.

Yo soy aquel perro que ladro por ti, y Apolo te dice que me guardes.

EL CHORICERO.

No dice semejante cosa; pero ese perro roe los oráculos lo mismo que tu puerta: yo tengo uno que canta claro respecto a ese sagrado can.

PUEBLO.

Dilo: antes voy a coger una piedra, no se le antoje morderme a ese oráculo que habla del perro.

EL CHORICERO.

«Desconfía, hijo de Erecteo, del Cancerbero traficante en hombres, que mueve la cola y te mira cuando cenas, dispuesto a arrebatarte la comida si vuelves la cabeza para bostezar. A la noche penetrará cautelosamente en la cocina, y con perruna voracidad te lamerá los platos y las ollas.»

PUEBLO.

Oh Glanis, tus oráculos son mucho mejores.

CLEÓN.

Escucha, amigo mío, y juzga después: «Hay una mujer que parirá en la sagrada Atenas un león, que, como si defendiese sus cachorros, peleará por el pueblo, contra una multitud de mosquitos; guárdalo y construye murallas de madera y ferradas torres.»

¿Comprendes lo que esto significa?

PUEBLO.

Ni una sola palabra.

CLEÓN.

El dios te ordena bien claro que me conserves; yo soy para ti lo que el león.

PUEBLO.

¿Cómo te has convertido en león sin yo saberlo?

EL CHORICERO.

Te oculta de intento una parte esencial del vaticinio: el fatídico Loxias[391] ordena en efecto que lo guardes, pero ha de ser encerrado en los muros de madera y ferradas torres.

PUEBLO.

¡Cómo! ¿El dios dice eso?

EL CHORICERO.

Te manda sujetarlo en un cepo de cinco agujeros.

PUEBLO.

Me parece que el oráculo se empieza a cumplir.

CLEÓN.

No lo creas; es el graznido de las envidiosas cornejas. Ama siempre al azor; no olvides que te ha traído los cuervos de Lacedemonia[392].

EL CHORICERO.

Ese peligro lo afrontó el Paflagonio en un momento de embriaguez: ¿y lo tendrás por una hazaña insigne, atolondrado Cecrópida?[393] Una mujer llevará fácilmente un fardo si le ayuda a cargársele un hombre; pero no combatirá en la guerra, porque si combate, apestará[394].

CLEÓN.

Pero fíjate bien en lo que dice de Pilos; escucha: «Pilos está delante de Pilos...»

PUEBLO.

¿Qué significa lo de «delante de Pilos»?

EL CHORICERO.

Da a entender que ocupará todas las _pilas_ de los baños[395].

PUEBLO.

De modo que hoy no podré lavarme, puesto que nos roba todas las pilas.

EL CHORICERO.

Este oráculo mío dice de la escuadra una cosa en la que te conviene fijar mucho la atención.

PUEBLO.

Ya atiendo; lee, pero antes dime cómo me he de arreglar para pagar el sueldo a los marineros.

EL CHORICERO.

«Hijo de Egeo, cuidado no te engañe el perro-zorro[396]; mira que muerde a traición, y es falaz, astuto y malicioso.»

¿Sabes quién es este?

PUEBLO.

Filóstrato es el perro-zorro[397].

EL CHORICERO.

No es eso; Cleón te pide naves ligeras, para cobrar los tributos insulares; Apolo te prohíbe dárselas.

PUEBLO.

¿Pero en qué se parece una trirreme al perro-zorro?

EL CHORICERO.

¿En qué se parece? La trirreme y el perro son muy veloces.

PUEBLO.

Y ¿por qué al perro se añade el zorro?

EL CHORICERO.

Porque el zorro se asemeja a los soldados en que roba las uvas de las viñas.

PUEBLO.

Sea; mas ¿dónde está el sueldo para esos raposillos?[398].

EL CHORICERO.

Yo lo proporcionaré en el término de tres días. Escucha también este oráculo en que el hijo de Latona te manda evitar a Cilene y sus engaños.

PUEBLO.

¿Qué Cilene?

EL CHORICERO.

Da a entender la mano de Cleón, porque está diciendo siempre «Echa en Cile»[399].

CLEÓN.

Te equivocas. Febo al hablar de Cilene[400] se refiere a la mano de Diópito[401]. Pero aún tengo un oráculo alado, que se refiere a ti. «Serás un águila y reinarás en toda la tierra.»

EL CHORICERO.

Yo tengo otro: «Administrarás justicia en la tierra, en el mar Eritreo y en Ecbatana, y comerás manjares deliciosos»[402].

CLEÓN.

Yo he tenido un sueño, y en él me ha parecido ver a la misma diosa derramando sobre el pueblo la salud y la riqueza.

EL CHORICERO.

Y yo también, por Júpiter, y en él me ha parecido ver a la misma diosa bajar de la ciudadela con una lechuza[403] sobre sus cabellos, y derramar de un ancho vaso sobre tu cabeza, ¡oh Pueblo!, la ambrosía, y sobre la de ese[404], salmuera con ajos.

PUEBLO.

¡Oh! ¡Oh! Nadie aventaja a Glanis en sabiduría. Me encomiendo a ti para que seas el báculo de mi vejez, y me eduques como a un niño[405].

CLEÓN.

Aún no; por favor, espera un instante; yo te daré todos los días trigo y alimentos.

PUEBLO.

No quiero oír hablar de granos; tú y Teófano[406] me habéis engañado ya muchas veces.

EL CHORICERO.

Yo te daré la harina preparada.

CLEÓN.

Yo tortitas muy bien cocidas y peces asados; no tendrás más que comerlos.

PUEBLO.

Apresuraos a cumplir lo que prometéis. Entregaré las riendas del Pnix al que me trate mejor.

CLEÓN.

Yo seré el primero.

EL CHORICERO.

¡Ca! El primero seré yo.

(_Vanse corriendo._)

* * * * *

CORO.

¡Oh Pueblo! tu poder es muy grande; todos los hombres te temen como a un tirano; pero eres inconstante y te agrada ser adulado y engañado[407]: en cuanto habla un orador te quedas con la boca abierta, y pierdes hasta el sentido común.

PUEBLO.

No habrá un átomo de sentido común bajo vuestros cabellos si creéis que obro sin juicio: me hago el loco porque me conviene. A mí me gusta estar bebiendo todo el día, alimentar a un dueño ladrón, y matarlo cuando está bien gordo.

CORO.

Discretamente obras, si según aseguras haces las cosas con esa intención; si los engordas en el Pnix como públicas víctimas, y luego, cuando hay falta de provisiones, eliges el más gordo, lo matas y te lo comes.

PUEBLO.

Considerad, pues, si veré claros los manejos de esos que se tienen por muy listos y creen engañarme. Yo los observo cuando roban, y finjo no ver nada, después les obligo a vomitar todo cuanto me han robado, echando por su garganta a guisa de anzuelo una acusación pública.

* * * * *

CLEÓN.

¡Afuera, en hora mala!

EL CHORICERO.

¡Vete tú, so bribón!

CLEÓN.

¡Oh Pueblo! hace ya mucho tiempo que estoy aquí dispuesto a servirte.

EL CHORICERO.

Y yo hace diez veces más tiempo, y doce veces más tiempo, y mil veces más tiempo, y mucho más tiempo, mucho más tiempo, mucho más tiempo.

PUEBLO.

Y yo hace treinta mil veces más tiempo que os espero, y os maldigo, y muchísimo tiempo, muchísimo tiempo más.

EL CHORICERO.

¿Sabes lo que has de hacer?

PUEBLO.

Si no lo sé, tu me lo dirás.

EL CHORICERO.

Mándanos que disputemos quién te sirve mejor.

PUEBLO.

Que me place. Alejaos.

CLEÓN.

Ya estamos.

PUEBLO.

Corred.

EL CHORICERO.

No me adelantarás.

PUEBLO.

Gracias a estos dos adoradores, voy a ser hoy el más feliz de los mortales, a no ser que me las eche de interesante.

CLEÓN.

¿Ves? Yo soy el primero que te traigo una silla.

EL CHORICERO.

Pero no una mesa; y yo la he traído muchísimo antes.

CLEÓN.

Mira; aquí tienes esta tortita hecha con aquella harina que traje de Pilos.

EL CHORICERO.

Toma estos panecillos que la misma diosa ha socavado con su mano de marfil[408].

PUEBLO.

¡Qué dedos tan largos tienes, Minerva veneranda!

CLEÓN.

Toma estos puches de guisantes, cuyo hermoso color y buen gusto abre el apetito: los ha colado la misma Palas, mi protectora en Pilos.

EL CHORICERO.

¡Oh Pueblo! No hay duda que la diosa te protege; ahora extiende sobre tu cabeza esta olla llena de salsa.

PUEBLO.

¿Crees tú que hubiera podido vivir tanto tiempo en esta ciudad si la diosa no hubiese tenido realmente la olla extendida sobre nosotros?[409]

CLEÓN.

Este plato de peces te lo regala la diosa, terror de los ejércitos.

EL CHORICERO.

La hija del poderoso Júpiter te envía esta carne cocida en salsa, y este plato de tripacallos e intestinos.

PUEBLO.

Bueno es que se acuerde del peplo[410] que la regalo.

CLEÓN.

La diosa temible por la Gorgona de su casco, te manda comer esta torta prolongada, para que puedas alargar más fácilmente los remos.

EL CHORICERO.

Toma también esto.

PUEBLO.

¿Y qué haré de estos intestinos?

EL CHORICERO.

La diosa te los envía de intento, para componer las tripas de las naves: no pierde de vista nuestra escuadra. Bebe también este vaso con dos partes de vino y tres de agua.

PUEBLO.

¡Oh Júpiter! ¡Qué vino tan grato! ¡Qué buen gusto le dan las tres partes de agua![411]

EL CHORICERO.

La misma Tritonia[412] ha hecho la mezcla.

CLEÓN.

Acepta este pedazo de torta untado con manteca.

EL CHORICERO.

Toma esta torta entera.

CLEÓN.

Pero tú no tienes liebre para darle, y yo sí.

EL CHORICERO.

¡Ay! Es verdad. ¿En donde encontraré liebre ahora? Ingenio mío, discurre alguna estratagema.

CLEÓN.

¿Ves esta liebre, pobre hombre?

EL CHORICERO.

Nada se me importa. ¡Calla! Aquellos se dirigen a mí.

CLEÓN.

¿Quiénes son?

EL CHORICERO.

Unos embajadores con bolsas repletas de dinero.

CLEÓN.

¿Dónde? ¿dónde?

EL CHORICERO.

¿Qué se te importa? ¿No has de dejar en paz a los extranjeros? (_Al volver la cabeza le quita la liebre y se la ofrece a_ PUEBLO.) Pueblecillo mío, ¿ves la liebre que te traigo?

CLEÓN.

¡Ay, desdichado! Me la has robado a traición.

EL CHORICERO.

Por Neptuno, tú hiciste lo mismo en Pilos.

PUEBLO.

Dime, dime: ¿de qué estratagema te has valido para robársela?

EL CHORICERO.

La estratagema es de la diosa; el hurto mío.

CLEÓN.

Me ha costado mucho trabajo el cazarla.

EL CHORICERO.

Y a mí el asarla.

PUEBLO.

Vete; yo solo sé quién me la ha servido.

CLEÓN.

¡Infeliz de mí! ¡Me vence en desvergüenza!

EL CHORICERO.

¿Por qué no decides, oh Pueblo, quién de los dos ha servido mejor a ti y a tu vientre?

PUEBLO.

¿De qué medio me valdré para demostrar a los espectadores la justicia de mi elección?

EL CHORICERO.

Voy a decírtelo. Anda, registra en silencio mi cesta y la del Paflagonio; mira lo que contienen, y después podrás juzgar con acierto.

PUEBLO.

Corriente, voy a examinar la tuya.

EL CHORICERO.

¿No ves, padrecito mío, que está vacía? Todo te lo traje.

PUEBLO.

Es una cesta verdaderamente popular.

EL CHORICERO.

Aproxímate a la del Paflagonio. ¿La ves?

PUEBLO.

¡Hola! ¡Qué repleta está! ¡Qué torta tan grande se ha guardado! ¡Y a mí me dio un pedacillo!

EL CHORICERO.

Siempre ha hecho lo mismo; te daba un trocito de lo que cogía, y él se guardaba la mejor parte.

PUEBLO.

¡Ah, infame! ¿así me robabas; así me engañabas? Y «yo te llené de coronas y presentes»[413].

CLEÓN.

Yo robaba por el bien de la república.

PUEBLO.

Quítate al instante esa corona para que se la ciña a tu rival.

EL CHORICERO.

Quítatela pronto, bergante.

CLEÓN.

De ninguna manera: tengo un oráculo de Delfos que declara quién debe ser mi vencedor.

EL CHORICERO.

Dice, y muy claro, que he de ser yo.

CLEÓN.

Examinaré antes si las palabras del dios pueden referirse a ti; dime en primer lugar, ¿a qué escuela acudiste de niño?

EL CHORICERO.

Me educaron a puñetazos en las cocinas.

CLEÓN.

¿Qué dices? ¡Ah, este oráculo me mata!... Prosigamos... ¿Qué aprendiste con el maestro de gimnasia?

EL CHORICERO.

A robar, a negar el robo y a mirar a los testigos cara a cara.

CLEÓN.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo, dios de Licia![414] ¿Qué vas a hacer de mí? Y de adulto, ¿a qué te has dedicado?

EL CHORICERO.

A la venta de chorizos y al libertinaje.

CLEÓN.

¡Oh desdicha! Soy perdido; una tenue esperanza me sustenta. Dime esto no más: ¿vendías los chorizos en el mercado o en las puertas?

EL CHORICERO.

En las puertas, donde se vende la pesca salada.

CLEÓN.

¡Infortunado! La predicción se ha cumplido[415]. Llevad adentro a este infeliz. Adiós, corona mía. Bien a mi pesar te abandono: otro te poseerá no más ladrón que yo, aunque más afortunado[416].

* * * * *

EL CHORICERO.

Tuya es la victoria, Júpiter, protector de la Grecia.

DEMÓSTENES.

Salud, ilustre vencedor; acuérdate de que yo te he hecho hombre. Bien poco te pido en recompensa: nómbrame escribano de actuaciones, como lo es ahora Fanos[417].

PUEBLO (_al Choricero_).

Dime cómo te llamas.

EL CHORICERO.

Agorácrito, porque me crié en el mercado en medio de los pleitos.

PUEBLO.

Póngome, pues, en manos de Agorácrito[418], y le entrego a ese Paflagonio.

(_En este momento Cleón, que había permanecido en la escena, era llevado adentro._)

AGORÁCRITO.