Comedias, tomo 1 de 3

Part 8

Chapter 84,084 wordsPublic domain

¡Hablar! Será bueno, si se te presenta algún asunto, ver cómo lo haces picadillo y lo embutes sin dificultad. ¿A que sé lo que te ha pasado? Lo mismo que a otros muchos. Sin duda has ganado un pleito contra algún infeliz extranjero domiciliado[293] a fuerza de soñar con tu defensa toda la noche, de hablar a solas en las calles, de beber agua, y ensayarte cien veces con gran molestia de tus amigos; y sin más te crees ya un elocuente orador. ¡Qué estupidez!

EL CHORICERO.

¿Y tú qué licor has bebido para hacer callar con tu charlatanería a toda la ciudad?

CLEÓN.

¿Y habrá quien se atreva a oponérseme? A mí, que después de comer una caliente tajada de atún, y de beber una copa de buen vino, soy capaz de hacer un corte de mangas a todos los generales de Pilos.

EL CHORICERO.

Yo, que después de tragarme todos los tripacallos de un buey y el vientre de un cerdo, y de beberme encima la salsa, soy capaz de estrangular a todos los oradores y de volver turulato al mismo Nicias.

CORO.

Me parece bien cuanto has dicho; solo me desagrada el que pienses beberte toda la salsa.

CLEÓN.

¿A que no te atreves con los milesios,[294] solo por comer percas de mar?

EL CHORICERO.

¿A que si me como un lomo de buey recobro las minas?[295]

CLEÓN.

¿A que si me arrojo sobre el Senado lo trastorno todo?

EL CHORICERO.

¿A que hago una morcilla con tu intestino recto?

CLEÓN.

¿A que te aplico un puntapié, y sales de cabeza?

EL CORO.

¡Eh! por Neptuno, para que ese salga tienes que echarme a mí antes.

CLEÓN.

¡En qué cepo de madera[296] te voy a meter!

EL CHORICERO.

Te acusaré de cobardía.

CLEÓN.

Cubriré sillas con tu piel.

EL CHORICERO.

Te desollaré para hacer un zurrón de bandidos.

CLEÓN.

Te clavaré en el suelo.

EL CHORICERO.

Te haré picadillo.

CLEÓN.

Te arrancaré los párpados.

EL CHORICERO.

Te reventaré el buche.

DEMÓSTENES.

¡Por Júpiter! Metámosle un palo en la cabeza como hacen los cocineros, arranquémosle la lengua, y mirando a placer por el agujero del ano, veamos si tiene lamparones.[297]

CORO.

Hay, pues, otras cosas más ardientes que el fuego, y en la ciudad palabras más desvergonzadas que la desvergüenza misma. No hay que despreciar este asunto. Empújale, derríbale, nada hagas a medias: en cuanto consigas que flaquee en el primer encuentro, verás que es un cobarde. Nosotros le conocemos bien.

EL CHORICERO.

Siempre lo ha sido, y sin embargo, ha pasado por valiente, sin más que por haberse dado maña a recoger la cosecha ajena. Ahora deja que se sequen en las prisiones aquellas espigas y pretende venderlas.[298]

CLEÓN.

No os temo mientras exista el Senado, y el Pueblo continúe siendo estúpido.

CORO.

¡Qué desvergonzado es en todo! ¡Ni siquiera se le muda el color! Si no te aborrezco, permita Júpiter que sirva a Cratino de colchón[299] y que tenga que aprender a cantar toda una tragedia de Morsimo.[300]

¡Y tú, que como la abeja que vaga de flor en flor andas pidiendo regalos a todos en todas partes, ojalá los devuelvas con la misma facilidad que los adquieres! Entonces podremos cantar: «Brinda, brinda a la buena fortuna.»[301] Entonces hasta el hijo de Julio,[302] ese viejo acaparador de trigo, cantará alegremente al dios Peán y a Baco.

CLEÓN.

¡Os juro por Neptuno que no me excederéis en desvergüenza! De otra suerte, permita el cielo que no asista a los sacrificios de Júpiter, protector del mercado.[303]

EL CHORICERO.

Y yo juro por los infinitos puñetazos que por mil tunantadas diversas me han sacudido desde la niñez, y por mis cien cuchilladas, que espero vencerte en esta contienda, o si no, me será inútil esta corpulencia adquirida a fuerza de comer migajones destinados a limpiarse la grasa de los dedos.[304]

CLEÓN.

¡Migajones, como un perro! ¿Y tú, miserable, que te has alimentado como un perro, quieres reñir con un cinocéfalo?[305]

EL CHORICERO.

¡Eh, por Júpiter! también yo cometía mis fraudes cuando chico. Engañaba a los cocineros diciéndoles: «Mirad, muchachos, ¿no veis? Ya viene la primavera, la golondrina.»[306] Ellos miraban, y mientras tanto yo les atrapaba muy buenas tajadas.

CORO.

¡Astucia admirable! ¡Inteligencia precoz! Como los aficionados a comer ortigas,[307] hacías tu cosecha antes de volver las golondrinas.

EL CHORICERO.

La mayor parte de las veces no me veían; pero si alguno lo notaba, escondía la carne entre los muslos, y juraba por todos los dioses que nada tenía. Por lo cual dijo un orador que me vio: «Es imposible que ese muchacho no llegue a gobernar la república.»

CORO.

Acertó en su pronóstico. Claro está en qué se fundaba: en que negabas descaradamente el hurto, mientras lo escondías entre las nalgas.

CLEÓN.

Yo reprimiré tu audacia, o más bien, la de los dos. Me arrojaré sobre ti con ímpetu horrendo, y, a modo de violento torbellino, revolveré los mares y la tierra.

EL CHORICERO.

Pero yo formaré con mis chorizos una balsa, y encomendándome sobre ella a las olas propicias, te daré que sentir.

DEMÓSTENES.

Y yo vigilaré en la sentina, por si acaso se raja.

CLEÓN.

No, por Ceres lo juro; no has de disfrutar impunemente de los talentos que has robado a Atenas.

CORO.

Cuidado, amaina un poco las velas; empieza a soplar un viento de calumnias y delaciones.

EL CHORICERO.

Me consta que has sacado diez talentos de Potidea.[308]

CLEÓN.

¿Quién? ¡Yo! ¿Quieres uno por callar?

CORO.

Con gusto lo tomaría. Pero tú ya desamarras.

EL CHORICERO.

El viento cede.

CLEÓN.

Voy a hacer que te formen cuatro causas de cien talentos cada una.[309]

EL CHORICERO.

Y yo a ti veinte por deserción, y más de mil por robo.

CLEÓN.

Yo digo que desciendes de los profanadores de la Diosa.[310]

EL CHORICERO.

Y yo, que tu abuelo fue uno de los satélites...

CLEÓN.

¿De quién? Di.

EL CHORICERO.

De Birsina, esposa de Hipias.[311]

CLEÓN.

Eres un impostor.

EL CHORICERO.

Y tú un bandido.

CORO.

¡Dale duro!

CLEÓN.

¡Ay, ay! Los conspiradores me matan a palos.

CORO.

Dale, dale duro; azótale el vientre con manojos de intestinos; castígale sin piedad.

¡Oh admirable corpulencia! ¡Oh esforzado corazón, salvador de la república y de los ciudadanos! ¡Con qué hábil oratoria has sabido vencerle! ¡Ojalá pudiéramos alabarte como deseamos!

CLEÓN.

No se me ocultaba, por Ceres, esta fábrica de intrigas: bien sabía yo que aquí se encolaban todas.[312]

CORO.

¿Y tú no le dirás algún término de constructor de carretas?

EL CHORICERO.

Tampoco se me oculta lo que está fraguando en Argos. Finge que trata de conciliarnos su alianza, y celebra en tanto conferencias secretas con los lacedemonios. Sé para qué se atiza este fuego; para forjar las cadenas de los cautivos.

CORO.

¡Bravo, bravo! forja tú mientras él encola.

EL CHORICERO.

Allí tienes hombres que te ayudan en la obra;[313] mas nunca, aunque me des todo el oro y plata del mundo y me envíes a todos mis amigos para que me calle, nunca conseguirás que yo oculte la verdad a los atenienses.

CLEÓN.

Iré al punto al Senado y delataré a todos vuestra conjuración, vuestras reuniones nocturnas contra la república, vuestra connivencia con el rey persa, y ese negocio con los de Beocia que tratáis de que cuaje.

EL CHORICERO.

¿Pues qué precio tiene el queso de Beocia?[314]

CLEÓN.

¡Por Hércules, te voy a desollar vivo!

CORO.

Ea, demuéstranos ahora ingenio y valor; tú, que, como acabas de confesarlo, escondías en otro tiempo la carne entre los muslos. Corre al Senado sin perder un instante, pues ese va a calumniarnos a todos, vociferando como acostumbra.

EL CHORICERO.

Voy allá; pero antes permitidme que deje aquí estas tripas y cuchillos.

CORO.

Lleva solo esa enjundia para untarte el cuello y poder escurrirte si la calumnia te agarra.[315]

EL CHORICERO.

Buen consejo; así se acostumbra en la palestra.

CORO.

Toma, y cómete también esos ajos.[316]

EL CHORICERO.

¿Para qué?

CORO.

Para que al combatir harto de ajos, tengas más fuerza, amigo mío. Pero anda pronto.

EL CHORICERO.

Ya voy.

CORO.

Procura morderle y derribarlo; arráncale la cresta, y no vuelvas sin haberte comido su papada.[317] Parte alegre y triunfa como es mi deseo. ¡Que el Júpiter del mercado te guarde, y vuelvas vencedor y cubierto de coronas!

* * * * *

(EL CHORICERO _sale_; EL CORO _queda solo por primera vez en la escena y se vuelve a los espectadores para principiar la parábasis_.)

Pero vosotros, que estáis acostumbrados a todo género de poesías, escachad nuestros anapestos.[318]

Si alguno de vuestros antiguos poetas cómicos nos hubiese pedido que recitáramos sus versos en el teatro, le hubiera sido difícil conseguirlo; pero el autor de esta comedia es digno de que lo hagamos en su obsequio. Ya porque odia a los mismos que nosotros aborrecemos, ya porque desafiando intrépido al huracán y las tempestades, no le atemoriza el decir lo que es justo. Como muchos se le han acercado admirándose de que desde hace tiempo no haya solicitado un coro, y preguntádole la causa de ello, el poeta nos manda que os manifestemos el motivo. No ha sido sin razón, dice, el haber tardado tanto, sino por conocer que el arte de hacer comedias es el más difícil de todos, hasta el punto de que, de los muchos que lo solicitan, pocos logran dominarlo. Sabe además desde hace tiempo cuán inconstante es vuestro carácter, y con qué facilidad abandonáis, apenas envejecen, a los poetas antiguos. No ignora, en primer lugar, la suerte que cupo a Magnes[319] cuando le empezaron a blanquear los cabellos. Aunque había conseguido muchas victorias en los certámenes cómicos; aunque recorrió todos los tonos y presentó en escena citaristas, aves, lidios y cínifes; aunque se pintó el rostro del color de las ranas, no pudo sostenerse, sino que en la edad madura y no en la juventud le abandonasteis, porque con los años había perdido aquella gracia que os hacía reír. También se acuerda de Cratino, que en sus buenos tiempos, en el apogeo de su gloria, corría impetuosamente por los llanos, y desarraigando plátanos y encinas los arrastraba con sus adversarios vencidos; entonces no se podía cantar en los banquetes otra cosa que: _Doro, la de las sandalias de higuera_,[320] y _Autores de himnos elegantes_;[321] ¡tan floreciente estaba! Pero ahora cuando le veis chochear no os compadecéis de él: desde que a su lira se le caen las clavijas, se le saltan las cuerdas y se le pierden las armonías, el pobre anciano vaga lo mismo que Connas,[322] ceñida la frente de una seca corona y muerto de sed, él que por sus primeros triunfos merecía beber[323] en el Pritaneo, y en vez de delirar en la escena, presenciar perfumado el espectáculo, sentado junto a la estatua de Baco.[324] Y Crates,[325] ¿cuántos insultos y ultrajes vuestros no sufrió a pesar de que os alimentaba, a tan poca costa, masticando en su boca delicada los más ingeniosos pensamientos? Y, sin embargo, este fue el único que se sostuvo, ya cayéndose, ya levantándose.

Temeroso de esto nuestro autor, se ha contenido repitiéndose a menudo: «es preciso ser remero antes de ser piloto, y guardar la proa y observar los vientos antes de dirigir por sí mismo la nave.» En gracia de esta modestia, que le ha impedido deciros necedades, tributadle un aplauso que iguale al estruendo de las olas, honradle en estas fiestas Leneas[326] con jubilosas aclamaciones, para que, satisfecho de su triunfo, se retire con la frente radiante de alegría.[327]

Neptuno ecuestre,[328] que te complaces oyendo el relincho de tus corceles y el resonar de sus ferrados cascos; potente numen a quien agrada ver las trirremes[329] mercenarias hender rápidas los mares con azulada proa, y a los jóvenes, enardecidos por esa pasión que les arruina, dirigir sus carros en el reñido certamen, asiste a este coro, deidad de áureo tridente, rey de los delfines, adorado en Sunio[330] y en Geresta,[331] hijo de Saturno, protector de Formión,[332] y ahora, para Atenas, el más propicio de los dioses.

Queremos elogiar a nuestros padres, héroes dignos de su patria y de los honores del peplo,[333] que, vencedores siempre y en todas partes en combates terrestres y marítimos, cubrieron de gloria a la república; que nunca al encontrar los enemigos se ocuparon en contarlos, pues su corazón estaba siempre dispuesto al ataque. Si alguno llegaba a caerse por casualidad en la batalla, limpiábase el polvo, y negando su caída, volvía a la carga con más ardor. Jamás los generales de entonces hubieran pedido a Cleéneto[334] que se les alimentase a costa del Estado; pero ahora, si no tienen esta prerrogativa y la de asiento distinguido,[335] se niegan a combatir. Nosotros deseamos pelear valientemente y sin sueldo por la patria y nuestros dioses: nada pedimos en pago, sino que cuando se haga la paz y cesen las fatigas de la guerra nos permitáis llevar largo el cabello[336] y cuidar de nuestro cutis.

Veneranda Palas, diosa tutelar de Atenas que reinas sobre la tierra más religiosa y fecunda en poetas y guerreros, ven y trae contigo a la Victoria, nuestra compañera en los ejércitos y batallas, esa fiel amiga del Coro, que combate a nuestro lado contra nuestros enemigos. Preséntate ahora: hoy más que nunca, sea como quiera, es preciso que nos otorgues el triunfo. Queremos también publicar lo bueno que sabemos de nuestros caballos:[337] dignos son de alabanza. Muchas veces nos ayudaron en las excursiones y combates; mas nunca nos admiraron tanto con lo que en tierra hicieron como cuando se lanzaron intrépidamente a las naves[338] con toda su carga de vasos de campaña, ajos y cebollas; y apoderándose de los remos, como si fueran hombres, gritaban: «¡Hippapai![339] ¿Quién remará con más brío? ¿Qué hacemos? ¿No remarás tú, oh Sánfora?»[340] También bajaron a Corinto: los más jóvenes se hicieron allí un lecho con sus cascos o iban en busca de cobertores, y en vez de forraje de la Media, comían los cangrejos que se descuidaban en salir a la playa, y aun los buscaban en lo profundo del mar. Por eso Teoro dijo que un cangrejo había hablado así: «Terrible es, oh Neptuno, no poder, ni en el fondo del abismo, ni en la tierra, ni en el mar, escapar de los Caballeros».[341]

* * * * *

(_Vuelve_ EL CHORICERO.)

CORO.

¡Oh, el más querido y valiente de los hombres, cuán inquieto nos ha tenido tu ausencia! Ya que vuelves sano y salvo, cuéntanos cómo te las has arreglado.

EL CHORICERO.

¿Qué he de deciros, sino que he conseguido la victoria en el Senado?

CORO.

¡Ahora es ocasión de prorrumpir todos en exclamaciones de júbilo! Tú, que hablas tan bien, pero que superas a las palabras con las obras, cuéntanoslo todo circunstanciadamente; con gusto emprenderíamos un largo viaje solo por oírte. Por tanto, hombre excelente, habla sin miedo; todos nos alegramos de tu triunfo.

EL CHORICERO.

Escuchad, pues la cosa merece la pena. En cuanto salió de aquí, le seguí pisándole los talones; apenas entró en el Senado, empezó con su voz estentórea a tronar contra los Caballeros, acumulándoles calumnias portentosas, acusándoles de conspiradores y amontonando palabras sobre palabras, que empezaban a ser creídas. El Senado le escuchaba y tan fácilmente se apacentó de aquellas falsedades, que crecían prodigiosamente como la mala hierba, que ya lanzaba miradas severas y fruncía el entrecejo. Pero yo, cuando comprendí que sus palabras producían efecto y que conseguía engañar a su auditorio, exclamé: «Oh dioses protectores de la lujuria y del fraude, de las chocarrerías y desvergüenzas;[342] y tú, Mercado, en donde se educó mi niñez, dadme audacia, lengua expedita e impudente voz.» Cuando pensaba en esto, un bardaje se desahogó[343] a mi derecha, y yo me prosterné en actitud de adoración; después, empujando la barrera con la espalda, grité abriendo una boca enorme: «Senadores, soy portador de buenas noticias, y quiero ser el primero en anunciároslas: desde que estalló la guerra, nunca han estado más baratas las anchoas.» Al punto la serenidad brilló en todos los semblantes, y en seguida me decretaron una corona por la fausta nueva. Yo en cambio les enseñé en pocas palabras un secreto para comprar muchas anchoas por un óbolo: que era el recoger todos los platos a los fabricantes. Todos aplaudieron y me miraban con la boca abierta. Advirtiendo esto el Paflagonio, que conoce muy bien el modo de engatusar al Senado, dijo: «Ciudadanos, propongo, ya que tan buenas nuevas acaban de anunciarnos, que para celebrarlas inmolemos cien bueyes a Minerva.» Y el Senado se puso otra vez de su parte: yo, viéndome entonces humillado y vencido, le cogí la vuelta, proponiendo que se sacrificasen hasta doscientos, y además mil cabras a Diana, si al día siguiente se vendían las sardinas a un óbolo el ciento; con esto el Senado se inclinó de nuevo a mi favor; y el Paflagonio, aturdido, empezó a decir necedades: los arqueros y pritáneos le sacaron fuera y se formaron grupos en que se trataba de las anchoas. Él les suplicaba que esperasen un momento: «Escuchad, exclamaba, lo que va a decir el enviado de Lacedemonia: viene a tratar de la paz.» Entonces gritaron todos a una: «¿Ahora de la paz? ¡Estúpido! ¿Después que han sabido lo baratas que tenemos las anchoas? No necesitamos paz, siga la guerra.» Y mandaron a los pritáneos que levantasen la sesión. En seguida saltaron las verjas por todas partes. Yo me escapé y corrí a comprar cuanto cilantro y puerros había en el mercado, y los distribuí luego gratis a todos los que lo necesitaban para sazonar las anchoas. Ellos no hallaban palabras con que elogiarme y me colmaban de caricias, hasta el punto de que por un solo óbolo de cilantro me he hecho dueño del Senado.

CORO.

Has conseguido cuanto te proponías como hombre favorecido por la fortuna. Aquel bribón ha tropezado con otro que le da quince y raya en tunantadas, astucia y zalamerías. Procura terminar el combate con igual felicidad: ya sabes hace tiempo que somos tus benévolos auxiliares.

EL CHORICERO.

Ahí viene el Paflagonio turbando y arremolinando las olas delante de sí, como si tratara de tragarme. ¡Dioses! ¡qué audacia!

* * * * *

CLEÓN.

¡Que me muera si no te hago añicos, por pocas de mis antiguas mentiras que me resten!

EL CHORICERO.

Me gusta oír tus amenazas y reírme de tus humos; de miedo que me das, bailo y grito: ¡quiquiriquí!

CLEÓN.

¡Por Ceres, perezca ahora mismo si no te devoro!

EL CHORICERO.

¿Si no me devoras? ¡Así me muera si no te sorbo de un solo trago y reviento después de haberte sorbido!

CLEÓN.

Te mataré, lo juro por el asiento de honor que gané con lo de Pilos.

EL CHORICERO.

¡Ya salió el asiento distinguido! ¡Bah! pronto pienso verte relegado de aquel primer asiento a los últimos bancos del teatro.

CLEÓN.

Juro por cuanto hay que jurar, aplicarte el tormento.

EL CHORICERO.

¡Qué furioso estás! Vamos, ¿qué te daré de comer? ¿Qué es lo que más te gusta? ¿Una bolsa?

CLEÓN.

Te voy a arrancar las tripas con las uñas.

EL CHORICERO.

Ya te cortaré yo esas uñitas con que atrapas los víveres del Pritaneo.

CLEÓN.

Te arrastraré ante el pueblo para que me haga justicia.

EL CHORICERO.

También yo te arrastraré y te acusaré de mil crímenes.

CLEÓN.

¡Miserable! a ti no te cree, y yo me burlo de él cuando quiero.

EL CHORICERO.

¡Qué seguro estás de dominar al pueblo!

CLEÓN.

Es que sé con qué guisos se le ceba.

EL CHORICERO.

Y le alimentas mal como las nodrizas; pues con el pretexto de masticar antes la comida te tragas tres veces más de lo que a él le presentas.[344]

CLEÓN.

¡Por Júpiter, con mi destreza yo puedo ensanchar o estrechar el pueblo a mi gusto![345]

EL CHORICERO.

¡Vaya un lance! también lo sé yo.

CLEÓN.

Pobre hombre, no pienses que me has de jugar otra pasada como la del Senado: acudamos al pueblo.

EL CHORICERO.

Nada nos lo impide: adelante, no haya tardanza.

CLEÓN.

¡Oh pueblo! ¡sal aquí!

EL CHORICERO.

¡Sí, por Júpiter; sal aquí, padre mío!

CLEÓN.

¡Pueblecillo mío querido, sal para que veas cuán indignamente me tratan!

* * * * *

PUEBLO.

¿Quiénes son estos alborotadores? ¡fuera pronto de esta puerta! Me habéis tirado el ramo de olivo.[346] ¿Quién te maltrata, Paflagonio?

CLEÓN.

Este, y esos jóvenes que me apalean por tu causa.

PUEBLO.

¿Por qué?

CLEÓN.

Porque te quiero, oh Pueblo, y estoy enamorado de ti.

PUEBLO.

Y tú, ¿quién eres?

EL CHORICERO.

Yo soy su rival; te amo ya hace tiempo, y con otros muchos buenos y honrados ciudadanos solo anhelo serte útil. Pero este nos lo impide. Pues tú te pareces a esos jóvenes rodeados de amantes; no quieres a los buenos y honrados, y te entregas a los vendedores de lámparas,[347] y a los zapateros, guarnicioneros y curtidores.

CLEÓN.

Hace bien; porque yo sirvo al pueblo.

EL CHORICERO.

¿En qué? ¿dime?

CLEÓN.

Fui a Pilos, suplanté a los generales cuando a ella se dirigían, y me traje a los prisioneros lacedemonios.

EL CHORICERO.

También yo, estando paseando, robé de una tienda la olla con la comida que otro había puesto a cocer.

CLEÓN.

Pueblo mío, convoca cuanto antes una asamblea para que sepas quién de los dos te quiere más, y decidas quién merece tu amor.

EL CHORICERO.

Bueno, bueno, decide entre los dos, con tal que no sea en el Pnix.[348]

PUEBLO.

No puedo sentarme en otro sitio; pero antes es necesario reunir en él los ciudadanos.

EL CHORICERO.

¡Infeliz de mí! ¡Soy perdido! Porque este viejo, que en su casa es el más discreto de los hombres, en cuanto se sienta en esos bancos de piedra se está con la boca abierta, como el que al colgar higos se le quedan los cabos en la mano.[349]

* * * * *

CORO.[350]

Ahora es necesario que despliegues todas las velas y desamarres todos los cables; ármate de valor y de astucia y de capciosos discursos para vencerle. El enemigo es flexible y hábil en presentar toda clase de obstáculos. Procura, pues, arrojarte sobre él con todas tus fuerzas; mucho cuidado; antes de que él te ataque levanta los pesos que has de arrojarle y adelanta tu nave.[351]

CLEÓN.

¡Oh poderosa Minerva, protectora de la ciudad! si después de Lisicles,[352] Cinna y Salabaca[353] soy yo el que más amo al pueblo ateniense, concédeme que, como hasta ahora, sea, por no hacer nada, alimentado a costa del Estado. Mas si te aborrezco y no combato por ti, aunque me vea aislado, que muera y me sierren vivo, y corten en correas mi pellejo.

EL CHORICERO.

¡Y yo, Pueblo mío, si no es cierto que te amo y estimo, permita Júpiter que sea cocido y hecho menudísimas tajadas! Si no crees mis palabras, consiento en ser rallado sobre este tablero, mezclado con queso para hacer un almodrote y arrastrado con un gancho al Cerámico.[354]

CLEÓN.

¡Oh Pueblo! ¿Cómo puede haber un ciudadano que te ame más que yo? Desde que soy tu consejero, he enriquecido tu tesoro atormentando a estos, apurando a aquellos y pidiendo a otros, sin atender a ningún particular con tal de serte grato.

EL CHORICERO.

Todo eso, oh Pueblo, nada tiene de extraordinario; yo haré lo mismo, pues robaré panes a otros para servírtelos. No creas que ese te ama y procura tu bien en consideración a tu persona, sino por calentarse a tu fuego. De otra suerte, ¿cómo no ve que tú, que en defensa de esta tierra desenvainaste en Maratón la espada contra los persas y alcanzaste de ellos aquella insigne victoria tantas y tantas veces ponderada, te sientas siempre sobre esas duras piedras? Nunca se le ha ocurrido como a mí ofrecerte un cojín, como este que te traigo cosido con mis propias manos. Ea, levántate y siéntate sobre él cómodamente; así no estarán mortificados esos miembros que trabajaron tanto en Salamina.[355]

PUEBLO.

¿Quién eres, amigo mío? ¿Eres acaso de la raza de Harmodio? Tu obsequio es en verdad muy popular y delicado.

CLEÓN.

Eso es muy poco para que ya te muestres benévolo con él.

EL CHORICERO.

A fe que tú le has engañado con mucho menos cebo.

CLEÓN.

Apuesto la cabeza a que no habido nunca uno que combata más que yo por ti, ¡oh Pueblo! ni que más te ame.

EL CHORICERO.