Part 7
El pueblo ateniense está en _Los Caballeros_ personificado en Δῆμος, viejo chocho y gruñón, de áspero e irascible carácter. Dos de sus esclavos, Nicias y Demóstenes, los generales de que acabamos de hablar, se quejan amargamente de que uno de sus camaradas, como perro zalamero, a fuerza de adulaciones y servilismo ha logrado sorber el sexo al buen anciano, y gobernar a su antojo toda la casa. Este tal es Cleón, al cual nunca llaman por su propio nombre, sino con los apodos de paflagonio o curtidor. Buscando un modo de librarse de tan odiosa tiranía, consiguen apoderarse de un oráculo, en el cual se predice que debe ser suplantado por un choricero. Apenas han concluido de enterarse de la preciosa profecía, aparece uno de aquel oficio en la plaza pública: Nicias y Demóstenes se apresuran a anunciarle su futura gloria, y logran vencer sus escrúpulos y resistencia. «¿Pero cómo yo, simple choricero, les dice, puedo llegar a ser un gran personaje? -- Por eso mismo, porque eres un canalla, audaz y salido de la hez del pueblo. -- Si no he recibido la menor instrucción; si solo sé leer, y eso mal...» alega batiéndose ya en retirada. A lo lo cual replican: «Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque mal, porque has de tener presente que el gobierno popular no pertenece a los hombres ilustrados y de intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos.» Con tan sangrienta ironía ataca Aristófanes a la democracia.
Cleón aparece entonces vomitando calumnias, y a su vista el choricero huye despavorido: el coro, formado de _Caballeros_, acude a socorrerle, y lanza una granizada de denuestos sobre el paflagonio; el choricero se anima poco a poco; entáblase entre ambos contendientes un certamen sobre cuál es más bribón, desvergonzado y canalla, y el choricero vence. Cleón acude al Senado y al Pueblo, y su rival consigue nuevos triunfos, hasta que al fin se presenta con el anciano Demo, completamente remozado y embellecido, y con firmes propósitos de enmendarse. Para probar su arrepentimiento el Pueblo arroja al paflagonio de su presencia, y celebra las _dulzuras de la paz_.
Respecto a la dificultad de apreciar el mérito literario de _Los Caballeros_, dice el Sr. Camus: «Dos circunstancias de gran bulto hacen que no podamos recrearnos con esta pieza tanto como se recrearon los espectadores atenienses: es la primera el ningún interés que para nosotros tiene el personaje satirizado por el poeta, y por tanto, no tienen ya el efecto cómico que hubieron de tener entonces las mordaces alusiones a sus rasgos personales; y la segunda, que por estar erizado su estilo de enigmas y anécdotas de aquel tiempo, por grande que sea nuestra erudición, por grande que sea nuestro conocimiento de las cosas de aquella época por siempre memorable, nunca llegaremos a comprenderlas todas lo bastante para poder disfrutar de toda la gracia que contienen, quedando siempre algo ininteligible y oscuro.»[247] Mas a pesar de todo, se nota en esta comedia que el vigor del ataque, la seria indignación que hervía en el alma del poeta, y tal vez el convencimiento de los peligros a que le dejaba expuesto su filípica teatral, hacen sin duda que en ella no se encuentren con la ordinaria abundancia la inagotable inventiva, la vis cómica, las sabrosas sales, las ingeniosas alegorías, las chispeantes burlas, la ática ironía características del teatro aristofánico. La realidad se ve demasiado clara, y la verdad se muestra demasiado al desnudo, sin que el velo de la ficción, tan necesario en todo poema dramático, suavice la dureza de sus contornos y dulcifique la acritud de su colorido; «solo al fin, dice un traductor de Aristófanes,[248] cuando el poeta ha desahogado ya su bilis contra Cleón su enemigo, vuelve a aparecer la inextinguible vena de sus chistes en la lucha de adulaciones y zalamerías que el choricero y el curtidor entablan para granjearse el afecto del Pueblo.» Es también de admirar en _Los Caballeros_ la pericia de consumado general con que Aristófanes previene los peligros y consecuencias de su agresión, ligando a su propia causa la de los acaudalados propietarios, de entre los cuales formó el coro, no designando nunca por su nombre a Cleón, por más que se le vea, dice Brumoy[249], detrás de una alegoría de gasa; y por último, lisonjeando los instintos de la multitud, abofeteada en la persona de Pueblo, con su regeneración y embellecimiento final.
El hecho de no haber querido ningún actor encargarse del papel de paflagonio ni haberse encontrado en Atenas artista alguno que quisiera hacer su máscara, demuestra elocuentemente la necesidad de estas precauciones: el mismo Aristófanes con la cara embadurnada tuvo que representar al peligroso personaje.
_Los Caballeros_ se pusieron en escena en las fiestas _Leneas_, a raíz de los acontecimientos de Pilos, el 425 antes de Jesucristo, habiendo obtenido el primer premio.
PERSONAJES.
DEMÓSTENES.
NICIAS.
UN CHORICERO llamado AGORÁCRITO.
CLEÓN.
CORO DE CABALLEROS.
PUEBLO, personificado en un anciano.
La escena pasa delante de la casa del anciano Pueblo.
LOS CABALLEROS.
DEMÓSTENES.
¡Oh qué calamidad! ¡Ojalá confundan los dioses a ese recién venido Paflagonio[250] y a sus malditos consejos! Desde que, en mal hora, se introdujo en esta casa[251], no cesa de apalear a los esclavos.
NICIAS.
¡Ojalá perezca desastradamente con sus infames calumnias!
DEMÓSTENES.
¿Cómo lo pasas, desdichado?
NICIAS.
Muy mal, lo mismo que tú.
DEMÓSTENES.
Ven acá: mezclemos nuestros gemidos, imitando los cantos plañideros de Olimpo.[252]
DEMÓSTENES Y NICIAS.
Mumu, mumu, mumu, mumu, mumu, mumu.
DEMÓSTENES.
¿A qué lamentos inútiles? ¿No convendría más buscar otro medio de mejorar nuestra suerte, y dejarnos de llantos?
NICIAS.
¿Cuál podrá ser ese medio? Dímelo.
DEMÓSTENES.
Dímelo tú; no quiero disputar contigo.
NICIAS.
No, ¡por Apolo! No he de ser yo el primero; habla sin temor; después hablaré yo.
DEMÓSTENES.
«¡Ojalá me dijeses lo que debo decir!»[253]
NICIAS.
No me atrevo. ¿Cómo haré para decir eso discretamente, a la manera de Eurípides?
DEMÓSTENES.
¡Aparta, aparta, no me llenes de verdolagas![254] Más vale que inventes un canto de libertad.[255]
NICIAS.
Di, pues, de una vez: _pasemos_.[256]
DEMÓSTENES.
Sea; ya digo _pasemos_.
NICIAS.
Añade _a él_ a _pasemos_.
DEMÓSTENES.
_A él_.
NICIAS.
Perfectamente. Ahora, como si te arrascases, di primero despacito: _Pasemos_, y repítelo después, aprisa, añadiendo _a él_.
DEMÓSTENES.
_Pasemos_, _pasemos a él_, _pasemos a él_.
NICIAS.
¡Eh! ¿No es delicioso?
DEMÓSTENES.
Sin duda; pero temo que este oráculo sea funesto a nuestra piel.
NICIAS.
¿Por qué motivo?
DEMÓSTENES.
Porque arrascándose suele arañarse la piel.[257]
NICIAS.
En el actual estado de las cosas, creo que lo mejor será acercarnos suplicantes a la estatua de cualquier dios.
DEMÓSTENES.
¿A qué estatua? ¿Acaso crees que hay dioses?
NICIAS.
Yo sí.
DEMÓSTENES.
¿En qué te fundas?
NICIAS.
En que soy aborrecido por ellos. ¿No tengo razón?
DEMÓSTENES.
Me has convencido.
NICIAS.
Pero hablemos de otra cosa.
DEMÓSTENES.
¿Quieres que manifieste todo el asunto a los espectadores?
NICIAS.
No será malo: pero antes roguémosles que con la expresión de su fisonomía muestren si les son gratos nuestros argumentos y palabras.[258]
DEMÓSTENES.
Principio ya. Tenemos un amo, selvático, voraz por las habas,[259] irascible, tardón y algo sordo; se llama Pueblo Pniciense. El mes último compró un esclavo, zurrador paflagonio, lo más intrigante y calumniador que puede imaginarse. El tal Paflagonio, conociendo el carácter del viejo, empezó, como perro zalamero, a hacerle la rosca, a adularle, a acariciarle y a sujetarle con sus correíllas,[260] diciéndole: «¡Dueño mío! vete al baño, que ya es bastante trabajo el sentenciar un pleito; toma un bocadillo, echa un trago, come, cobra los tres óbolos.[261] ¿Quieres que te sirva la comida?» Y arrebatando después lo que cada uno de nosotros había dispuesto para sí, se lo ofrecía generosamente al viejo. Últimamente le había yo preparado en Pilos[262] un pastel lacedemonio; pues bien, no sé de qué manera se las arregló ese bribón pero el caso es que me lo escamoteó y se lo ofreció al amo como cosa suya. Nos aparta cuidadosamente del anciano Pueblo y no nos permite servirle. Armado de su mosquero de correas,[263] se coloca junto a su señor cuando cena, y espanta a los oradores y pronuncia oráculos, y le ha llenado al viejo la cabeza de profecías. Cuando le ve ya chocho, pone manos a la obra. Acusa y calumnia a todos los de la casa y nos muelen a golpes. El mismo Paflagonio corre alrededor de los criados, les pide, les acosa, les arranca regalos, diciéndoles: «¿Veis cómo por mi causa le sacuden a Hilas? ¡Si no hacéis lo que quiero, moriréis hoy mismo!» Y nosotros le damos cuanto pide, pues si no, pateados por el viejo, aflojaríanos ocho veces más.[264] Tratemos, pues, cuanto antes, amigo mío, del camino que debemos seguir y a dónde debemos ir a parar.
NICIAS.
Lo mejor será lo que antes hemos dicho: huir.
DEMÓSTENES.
Pero si nada puede hacerse sin que lo vea ese maldito Paflagonio: él mismo lo inspecciona todo. Tiene un pie en Pilos y el otro en la asamblea. Esta inmensa separación de sus piernas hace que sus nalgas caigan sobre Caonia, mientras sus dos manos están pidiendo en Etolia y su imaginación robando en Clopidia.[265]
NICIAS.
Lo mejor será morir. Mas procura que muramos como valientes.
DEMÓSTENES.
¿Cómo nos arreglaremos para morir como valientes?
NICIAS.
Lo mejor será beber sangre de toro. ¿Hay muerte más apetecible que la de Temístocles?[266]
DEMÓSTENES.
Sangre no, por mi vida; mejor será vino del Buen Genio. Quizá se nos ocurra alguna idea excelente.
NICIAS.
¡Ah! ¡Vino! Luego se trata de beber. ¿Pero qué idea buena puede ocurrírsele a un hombre ebrio?
DEMÓSTENES.
Pues ya lo creo; bebes tanta agua que solo aciertas a decir necedades. ¿Te atreves a acusar al vino de que turba la razón? ¿Acaso hay nada de más eficaces resultados? Escucha: los hombres cuando beben son ricos, afortunados en sus negocios, ganan los pleitos y son felices y útiles a sus amigos. Ea, tráeme pronto una copa de vino para que riegue mi espíritu y diga alguna gracia.
NICIAS.
¡Ay de mí! ¿Qué vamos a sacar de que tú bebas?
DEMÓSTENES.
Mil ventajas; pero trae la copa: voy a recostarme aquí. Si llega a alegrarme el vino, ya verás cómo inundo estos contornos de conceptitos, sentencitas y argumentillos.
(_Entra un momento en la casa y vuelve con el vino._)
NICIAS.
¡Qué suerte! nadie me ha sorprendido.
DEMÓSTENES.
¡Di! ¿Qué hace el Paflagonio?
NICIAS.
Harto de vino y panes denunciados, el muy bribón ronca tendido sobre sus cueros.
DEMÓSTENES.
Entonces escánciame vino con mano pródiga, como si fuera para una libación.
NICIAS.
Toma y haz una libación en honor del Buen Genio;[267] bebe, bebe el vino del Genio de Pramnio.[268]
DEMÓSTENES.
¡Oh Buen Genio! esta idea no es mía, sino tuya.
NICIAS.
¡Cómo! ¡Habla pronto! ¿Qué se te ha ocurrido?
DEMÓSTENES.
Entra en la casa mientras duerme, y escamotéale sus oráculos al Paflagonio.
NICIAS.
Lo haré. Mas temo que esa idea te la haya inspirado un Mal Genio.
DEMÓSTENES.
Anda. En tanto llenaré yo mismo la copa. Tal vez este riego haga germinar en mi cerebro alguna buena idea.
(_Entra en la casa Nicias y vuelve en seguida._)
NICIAS.
¡Con qué furia ronca y se desahoga el Paflagonio! Así es que le he sustraído sin dificultad aquel sagrado oráculo que guardaba cuidadosamente.
DEMÓSTENES.
¡Tu destreza no tiene rival! Dámelo para que lo lea. En tanto échame vino a toda prisa. -- Veamos lo que dice. ¡Oh, qué precioso hallazgo! Dame, dame pronto la copa.
NICIAS.
Toma. ¿Qué dice el oráculo?
DEMÓSTENES.
Lléname otra.
NICIAS.
¡Cómo! ¿El oráculo dice: «Lléname otra»?
DEMÓSTENES.
¡Oh Bacis![269]
NICIAS.
¿Pero qué es ello?
DEMÓSTENES.
Dame pronto la copa.
NICIAS.
Sin duda Bacis menudeaba los tragos.
DEMÓSTENES.
¡Maldito Paflagonio! ¡Por eso guardabas hace tanto tiempo este oráculo que se refiere a ti!
NICIAS.
¿Cómo?
DEMÓSTENES.
Aquí se dice cómo ha de perecer.
NICIAS.
Pero ¿cómo?
DEMÓSTENES.
¿Cómo? El oráculo dice terminantemente que primero habrá un vendedor[270] de estopas que gobernará la república.
NICIAS.
Ya hemos tenido el vendedor. ¿Y después?
DEMÓSTENES.
Será el segundo un tratante en ganado.[271]
NICIAS.
Ya van dos comerciantes. Y a ese ¿qué le sucederá?
DEMÓSTENES.
Mandará hasta que aparezca otro hombre más perverso que él. Caerá entonces, reemplazándole un Paflagonio, comerciante en pieles, ladrón, alborotador y de voz ensordecedora como la del torrente Ciclóboro.[272]
NICIAS.
¿El tratante en ganado debía, pues, ser derribado por el comerciante en pieles?
DEMÓSTENES.
Sí, por cierto.
NICIAS.
¡Infeliz de mí! ¿Dónde podremos encontrar otro comerciante?
DEMÓSTENES.
Aún hay otro de astucia extraordinaria.
NICIAS.
¿Quién? Por favor, ¿quién es?
DEMÓSTENES.
¿Lo diré?
NICIAS.
Sí, por Júpiter.
DEMÓSTENES.
Un choricero será quien le derribe.
NICIAS.
¡Un choricero![273] ¡Nobilísimo oficio, por Neptuno! ¿Pero dónde hallaremos a ese hombre?
DEMÓSTENES.
Busquémosle.
NICIAS.
Ahora entra uno en el mercado; los dioses nos le envían.
* * * * *
(_Entra el_ CHORICERO _con una tabla llena de embutidos._)
DEMÓSTENES.
¡Ven, ven, choricero dichoso! ¡Adelante, hombre querido, a quien está reservada nuestra salvación y la de la república!
EL CHORICERO.
¿Qué es esto? ¿Por qué me llamáis?
DEMÓSTENES.
Ven acá, y escucha tu feliz y afortunado destino.
NICIAS.
Ea, cógele el tablero y entérale del oráculo del dios, y de su contenido. Yo voy a ver lo que hace el Paflagonio.
DEMÓSTENES.
Vamos, deja primero en el suelo tus mercancías, y adora después a la tierra y a los dioses.
EL CHORICERO.
Heme aquí. ¿Qué es ello?
DEMÓSTENES.
¡Mortal bienaventurado! ¡Mortal opulento, que hoy no eres nada, y mañana lo serás todo! ¡Oh jefe de la afortunada Atenas!
EL CHORICERO.
¿Por qué, buen hombre, te burlas de mí y no me dejas lavar estas tripas ni vender estos chorizos?
DEMÓSTENES.
¿Qué tripas? ¡Insensato! mira allí. ¿Ves esas filas de ciudadanos?[274]
EL CHORICERO.
Las veo.
DEMÓSTENES.
Pues bien, tú serás su jefe, y el jefe del mercado, y de los puertos y de la Asamblea; pisotearás al Senado; destituirás a los generales, les cargarás de cadenas, los reducirás a prisión y establecerás tu mancebía en el Pritaneo.
EL CHORICERO.
¿Yo?
DEMÓSTENES.
Sí, tú; y aún no lo ves todo. Súbete sobre ese tablero y mira todas las islas del rededor.[275]
EL CHORICERO.
Las veo.
DEMÓSTENES.
Bueno; ¿y los mercados y las naves de carga?
EL CHORICERO.
También.
DEMÓSTENES.
¿Puede haber fortuna mayor? Dirige ahora el ojo derecho a Caria y el otro a Calcedonia.[276]
EL CHORICERO.
¿De modo que mi gran fortuna va a ser quedarme bizco?
DEMÓSTENES.
No; tú _venderás_[277] todo eso. Porque llegarás a ser, como el oráculo lo dice, un gran personaje.
EL CHORICERO.
¿Pero cómo yo, que soy un choricero, llegaré a ser un personaje?
DEMÓSTENES.
Por eso mismo llegarás a ser un grande hombre; porque eres un canalla audaz, salido de la hez del pueblo.
EL CHORICERO.
Me creo indigno de ser grande.
DEMÓSTENES.
¡Pobre de mí! ¿De qué te crees indigno? Parece que aún abrigas algún buen sentimiento. ¿Acaso perteneces a una clase honrada?
EL CHORICERO.
No, por los dioses; pertenezco a la canalla.
DEMÓSTENES.
¡Oh mortal afortunado! ¡De qué felices dotes de gobierno te ha colmado la naturaleza!
EL CHORICERO.
Pero, buen amigo, si no he recibido la menor instrucción; si solo sé leer, y eso mal.
DEMÓSTENES.
Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque sea mal. Porque el gobierno popular no pertenece a los hombres instruidos y de intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos. No desprecies lo que los dioses te prometen en sus predicciones.
EL CHORICERO.
Veamos; ¿qué dice ese oráculo?
DEMÓSTENES.
Se expresa muy bien, por los dioses, y con una alegoría elegante y no muy oscura. «Pero cuando el águila pelambrera, de ganchudas uñas, por la cabeza sujete al estúpido dragón bebedor de sangre, entonces la salmuera con ajos de los paflagonios perecerá, y el Numen a los tripacalleros concederá insigne gloria; a no ser que prefieran continuar vendiendo embutidos.»[278]
EL CHORICERO.
¿Qué tiene eso que ver conmigo? Explícamelo.
DEMÓSTENES.
El águila pelambrera es nuestro Paflagonio.
EL CHORICERO.
¿Qué significa eso «de ganchudas uñas?»
DEMÓSTENES.
Eso quiere decir que con sus manos todo lo arrebata y se lo lleva.
EL CHORICERO.
¿Y lo del dragón?
DEMÓSTENES.
Eso está clarísimo. El dragón es largo y el chorizo también. Y el chorizo y el dragón se llenan de sangre. Así es que el dragón, dice el oráculo, podrá vencer al águila pelambrera si no se deja engañar por palabras.
EL CHORICERO.
Me lisonjean, por vida mía, sus vaticinios; mas no acierto a comprender cómo puedo ser apto para los negocios políticos.
DEMÓSTENES.
Muy fácilmente. Haz lo mismo que ahora: embrolla y revuelve los negocios como acostumbras a hacer con los intestinos, y conquista el cariño del pueblo engolosinándole con proposiciones culinarias. Tus cualidades son las únicas para ser un demagogo a pedir de boca: voz terrible; natural perverso; impudencia de plazuela; en fin, cuanto se necesita para gobernar la república. Los oráculos y el mismo Apolo Pitio te designan para ello. Ea, ponte una corona, haz una libación a la _Necedad_,[279] y ataca a tu rival denodadamente.
EL CHORICERO.
¿Y quién me ayudará? Los ricos le temen; la pobre plebe tiembla en su presencia.
DEMÓSTENES.
Pero hay mil honrados Caballeros[280] que le detestan y que te defenderán; en tu auxilio vendrán todos los ciudadanos buenos y probos, todos los espectadores sensatos y yo con ellos, y hasta los mismos dioses. No temas; ni siquiera verás su rostro, pues ningún artista se ha atrevido a esculpir su máscara. Sin embargo, ya se le conocerá; los espectadores no son lerdos.
* * * * *
(_Sale Cleón._)
EL CHORICERO.
¡Desdichado de mi! Ya sale el Paflagonio.
CLEÓN.
No quedará impune, lo juro por los doce grandes dioses, la conspiración que estáis tramando contra el pueblo hace tanto tiempo. ¿Qué hace aquí esta copa de Calcis?[281] No cabe duda de que tratabais de sublevar a los calcidenses. Pereceréis, moriréis sin remedio, pareja de malvados.
DEMÓSTENES.
¡Eh, tú! ¿Por qué huyes? Quédate, ilustre choricero. No abandones la empresa. Acudid, Caballeros: llegó la hora. Simón, Panecio, colocaos en el ala derecha. Ya se acercan. Persiste tú también y dale cara de nuevo. El polvo que levantan te anuncia que ya llegan; resístele, acométele, hazle que huya.
* * * * *
CORO DE CABALLEROS.
Hiere, hiere a ese canalla enemigo de los Caballeros, recaudador sin conciencia, abismo de perversidad, mina de latrocinios, y canalla y cien veces canalla; y siempre canalla, nunca me cansaré de decírselo, pues lo es más cada día. Pero sacúdele, síguele, zarandéale, expulsa a ese bribón; maldícele como nosotros y persíguele gritando. Cuidado no se te escabulla; mira que sabe los caminos por donde Éucrates se escapó al salvado.[282]
CLEÓN.
Ancianos heliastas,[283] cofrades del trióbolo, a quienes yo alimento con mis justas o injustas denuncias, socorredme: estos hombres se han conjurado para sacudirme.
CORO.
Y nos sobra razón, porque tú te apoderas de los bienes de todos y los consumes antes de que sean distribuidos; y después tanteas y oprimes a los que han de dar las cuentas, como se tantea un higo para ver si está verde o maduro; y cuando ves alguno de carácter débil y pacífico, le haces venir del Quersoneso,[284] le agarras por la cintura, le echas los brazos al cuello, le armas la zancadilla, y después de arrojarlo al suelo te lo tragas de un solo bocado.[285] Tú siempre estás acechando a los ciudadanos sencillos y mansos como ovejas, honrados y enemigos de pleitos.
CLEÓN.
¿Todos os subleváis contra mí? Y sin embargo, ciudadanos, por vuestra causa soy apaleado, pues iba a proponer en el Senado que se construyese en la ciudad un monumento conmemorativo de vuestro valor.
CORO.
¡Qué hablador y qué astuto! Mira como se arrastra a nuestro alrededor y trata de engañarnos como si fuéramos unos viejos chochos. Mas si vence por estos medios, con ellos será castigado; si se inclina hacia aquí, le plantaré un puntapié.
CLEÓN (_apaleado_).
¡Oh pueblo! ¡Oh ciudadanos! ¡Qué fieras me patean el vientre!
CORO.
¿También tú gritas, destructor de la república?
EL CHORICERO.
Yo me comprometo a ahuyentarle al punto con mis gritos.
CORO.
Si tus gritos son mayores, te proclamaremos vencedor; si le sobrepujas en desvergüenza, nuestra será la victoria.
CLEÓN.
Yo delato a ese hombre, y sostengo que ha llevado la salsa de sus mercancías a las naves peloponesias.[286]
EL CHORICERO.
Y yo, voto a bríos, acuso a este de haber ido al Pritaneo con el estómago vacío, y haber vuelto de él con el vientre lleno.[287]
DEMÓSTENES.
Y además, saca de allí cosas prohibidas, carne, pan y pescado, lo cual nunca consiguió ni el mismo Pericles.
CLEÓN.
Los dos vais a morir.
EL CHORICERO.
Gritaré tres veces más que tú.
CLEÓN.
Te aturdiré con mis voces.
EL CHORICERO.
Te ensordeceré con mis gritos.
CLEÓN.
Te acusaré cuando seas general.
EL CHORICERO.
Te deslomaré como a un perro.
CLEÓN.
Ya te cortaré los vuelos.
EL CHORICERO.
Ya te atajaré el camino.
CLEÓN.
Mírame de frente.
EL CHORICERO.
También yo me he criado en la plaza.
CLEÓN.
Si resuellas, te hago trizas.
EL CHORICERO.
Si hablas, te cubro de estiércol.
CLEÓN.
Yo confieso que soy un ladrón: tú lo niegas.
EL CHORICERO.
Por Mercurio, dios del mercado, lo negaré con juramento aunque me cojan infraganti.
CLEÓN.
Quieres adornarte con méritos ajenos. Te acusaré ante los pritáneos[288] de que tienes vientres de víctimas que no han pagado su diezmo a los dioses.
CORO.
¡Infame, bribón, bocaza; tu audacia llena toda la tierra, toda la asamblea, las oficinas de recaudación, los procesos, los tribunales! ¡Removedor de fango, tú has enturbiado la limpieza de la república, y ensordecido a Atenas con tus estentóreos clamores: tú desde lo alto del poder acechas las rentas públicas, como desde un peñasco acecha el pescador los atunes!
CLEÓN.
Ya sé yo donde se ha adobado[289] esta conspiración.
EL CHORICERO.
Si tú no supieses adobar pieles, yo no sabría hacer embutidos; tú que vendías a los labradores la piel de un buey enfermo, curtida de suerte que parecía más gruesa, y apenas la habían llevado un día se estiraba dos palmos.
DEMÓSTENES.
¡A mí me jugó la misma mala pasada! ¡Cuánto se burlaron mis compañeros y vecinos! Antes de llegar a Pérgasas[290] ya nadaba en mis zapatos.
CORO.
¿No has hecho desde el principio ostentación de desvergüenza, arma única de los oradores? Tú, que eres el jefe de esa impudente gavilla, sonsacas a los extranjeros opulentos; por eso el hijo de Hipodamo[291] llora cuando te mira; pero ha aparecido, ¡cuánto me alegro!, otro hombre más bribón que tú, que te arrojará del puesto, y, a lo que parece, te vencerá en audacia, intrigas y maquinaciones. (_Al Choricero._) Tú, que te has criado aquí,[292] de donde salen los hombres que valen algo, demuéstranos cuán inútil es una educación honrada.
EL CHORICERO.
Escuchad, pues, quién es este ciudadano.
CLEÓN.
¿No me dejarás hablar?
EL CHORICERO.
No por cierto; también yo soy un canalla.
CORO.
Si eso no le convence, dile que también fueron canallas tu padre y tu madre.
CLEÓN.
¿No me dejarás hablar?
EL CHORICERO.
No.
CLEÓN.
Sí.
EL CHORICERO.
No, por Neptuno. Discutamos antes para ver a quién le corresponde hablar el primero.
CLEÓN.
¡Oh, voy a estallar!
EL CHORICERO.
No te dejaré.
CORO.
Déjale, por los dioses te lo pido; déjale que estalle.
CLEÓN.
¿En qué confías para creerte digno de contradecirme?
EL CHORICERO.
En que sé hablar y hacer chorizos.
CLEÓN.